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1° de Julio de 1866
SEÑORES:
Un
objeto bello e interesante nos reúne en este día.
La fundación y establecimiento de un Conservatorio
de música. La protección y fomento de este agradabilísimo
arte, que según la observación de un célebre
autor contemporáneo, es el único que todos los
pueblos y todas las creencias, esperan volver a encontrar
en un mundo mejor.
Efectivamente, nadie ha imaginado al Cielo adornado de pinturas,
estatuas o pórticos por bellos o magníficos
que fuesen, pero todos los pintan con dulcísimos y
armoniosos coros de ángeles que entonan himnos de alabanza
al Todopoderoso.
La música es una de esas artes que no puede producir
mal a nadie, y sí ocasionar un deleite puro e inocente;
y ¿qué cosa puede haber más grata al
corazón del hombre, que el haber proporcionado un dulce
entretenimiento a sus semejantes y haberles hecho olvidar
por algunas horas las tristes penalidades de la vida? Además,
el triunfo del artista es uno de esos triunfos que no está
acompañado de remordimientos ni de pesares.
El
conquistador que viene cargado de laureles y arrastrando en
pos de sí millares de trofeos y cautivos, debe tener
un corazón muy mal formado, si no se cubre el rostro
con ambas manos y prorrumpe en amargos gemidos al recordar
el número de víctimas que ha inmolado a su ambición;
al contemplar la multitud de huérfanos, viudas y desvalidos
que ha hundido en un porvenir de miseria y llanto; si tiene
alguna sensibilidad, si tiene un corazón que pueda
llamarse humano, debe ser el primero en detestar su triunfo.
¿De
cuán distinto modo debe sentirlo el artista laureado?
Por donde quiera que vuelva la vista, encontrará caras
que le sonríen y semblantes de donde ha huido el dolor
y el pesar, gracias a su mágico talento y artificio.
¿Qué cosa puede haber más satisfactoria
ni qué placer más puro?
Por esto creo y me atrevo a sostener, sin vacilar, que ha
de ser de naciones grandes y generosas la protección
de las artes y en especial la de la música. En nuestro
bello país con un clima y un cielo tan deliciosos,
las bellas artes están llamadas a crecer y desarrollarse
de una manera prodigiosa. Esta opinión que si fuera
solo nuestra podría atribuirse al amor propio, la tienen
igualmente todos los extranjeros ilustrados, que visitan nuestro
suelo sin prevención, y emiten sus opiniones con imparcialidad.
Además, la Italia con un cielo, clima y circunstancias
semejantes a las nuestras, es un ejemplo que lo comprueba.
Por esto mismo ha sido una necesidad y lo será siempre
entre nosotros el establecimiento de un conservatorio que
preste los elementos necesarios a la instrucción y
fomento del genio filarmónico.
Recordemos en este momento, con el aprecio que se merecen
los mexicanos, que antes de nosotros han intentado llevar
al cabo el pensamiento que ahora hemos realizado. Los señores
Elízaga, D. José Antonio Gómez, D. Joaquín
Beristáin y D. Eusebio Paniagua, han consagrado en
distintas épocas sus esfuerzos para realizar el establecimiento
de un conservatorio mexicano. Varias circunstancias, ajenas
de su voluntad, les impidieron ver logrados sus deseos; pero
siempre es muy honorífico para ellos el haber trabajado
en tal sentido.
A pesar de esto, el malogrado y distinguido Maestro D. Joaquín
Beristáin, estableció desde hace treinta años
una academia de música que después de haberla
dirigido con gran provecho por algunos años, la recibí
en herencia después de las sensible pérdida
de aquel ilustre mexicano. Esta academia ha continuado desde
aquella época hasta el día presente, dando no
pocos frutos al cuerpo filarmónico mexicano. Testigo
de esto son los nombres de los distinguidos profesores Balderas,
Gavira, López, Rivas, Salot D. José, Medinilla,
Reyes, Flores, Ortiz y otros muchos que se han formado en
dicho plantel, y honran con sus conocimientos y brillante
carrera, al inteligente e instruido cuerpo filarmónico.
Actualmente los niños y niñas que se educan,
presentan también notables adelantos de que se podrá
juzgar en la presente ocasión y de los cuales se pueden
esperar frutos óptimos, tanto más cuanto que
con los nuevos elementos que hoy establece el Conservatorio
de la Sociedad Filarmónica Mexicana, podrán
perfeccionar su educación musical, de una manera nueva
y puede decirse perfecta.
Deseo ser breve en este discurso, por lo que, para terminarlo,
séame lícito decir que si bien a mis débiles
fuerzas fue encargado el continuar con la academia del Sr.
Beristáin, de ninguna manera he aducido este ejemplo,
como un elogio propio, muy ajeno del carácter que me
conocen mis verdaderos amigos, que sabrán hacerme justicia;
pero sí lo presentaré y esto sin el menor rubor,
como una prueba del deseo que me anima y me ha animado siempre,
de fomentar y proteger la enseñanza de la música
en México.
Los ilustrados Socios y junta directiva de la Sociedad Filarmónica
Mexicana, al hacerme el inmerecido honor de nombrarme director
del Conservatorio, se habrán equivocado en cuanto al
valor facultativo de mi persona; pero en cuanto al ardiente
deseo que me anima de cooperar a sus nobles y desinteresados
esfuerzos; en cuanto a la constancia y decisión con
que procuraré impulsar la enseñanza, y auxiliar
las demás operaciones que puedan proteger la asociación,
no se han equivocado; ellos y el público verán
que antes que filarmónico soy mexicano, y que consagraré
mis esfuerzos y mis desvelos al mantenimiento de un cuerpo,
que debe derramar lustre y decoro sobre una nación,
que a pesar de sus detractores, es una de las más bellas
y civilizadas del nuevo mundo.
He
dicho.
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