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Plasmar
en estas páginas mis recuerdos de niñez y juventud,
con respecto a mis estudios musicales, es revivir una etapa
de ternura y gran felicidad cuyo desarrollo me dejó
en el alma y el corazón una gama impresionante de valores
que aún perdura en mi quehacer profesional. Su origen
se remonta hasta las vivencias escolares de la clase de conjuntos
corales que alegremente recibí en las aulas del Centro
Escolar "Estado de Michoacán" durante el
año de 1950. Asimismo, de las clases particulares de
piano que tomaba con el maestro Severo Muguerza, que en ese
entonces fungía como titular de la "Cabalgata
Española", y que lamentablemente, por tener que
realizar un viaje a la Madre Patria para una estancia prolongada,
me pidió proseguir mi aprendizaje pianístico
con otro profesor. Esta circunstancia, felizmente para mi
educación musical e instrumental, se vio acompañada
por la organización de un festival escolar en el que
-por sugerencias al personal directivo del plantel, hechas
por conocidos míos-, participé como intérprete
al piano bajo la supervisión de la maestra Esperanza
Alarcón, quien después de avalar mi audición
y de enterarse que yo no tendría maestro de piano,
gentilmente me ofreció su apoyo para continuar mi preparación
con ella de manera gratuita, lo cual acepté gustosamente
y consideré además como un elogio.
La importancia de la música en la educación
de los escolares de primarias y secundarias era por ese tiempo,
verdaderamente notable; su estudio teórico-práctico
tenía un marcado carácter cultural y formativo
que no era de menor interés académico y didáctico
al reconocido a las demás asignaturas de los respectivos
planes y programas de estudio. Los maestros ejercían
la docencia musical con gran amor pedagógico, convicción
y motivación, lo que hacía que todos sus alumnos
nos interesáramos más por participar en las
actividades de aprendizaje musical. De igual manera la supervisión
de la clase de conjuntos corales era una función llevada
a cabo con toda regularidad por muy destacados maestros, de
quienes citar únicamente sus nombres resulta sorprendente,
por el lugar que lograron en la historia de la música
de nuestro país. En este sentido, recuerdo a los maestros
Carlos Chávez, Luis Sandi, Jerónimo Baqueiro
Foster y a la maestra Esperanza Alarcón, entre otros.
La música de salas de concierto, la ejecutada magistralmente
por orquestas profesionales en el máximo escenario
de arte en México, el Palacio de Bellas Artes, fue
también una fuente imprescindible e inagotable de mi
educación musical. A este recinto asistí infinidad
de ocasiones para escuchar maravillosas ejecuciones de las
obras maestras de la música orquestal, universal y
nacional, debidas al genio de los más grandes compositores
de todos los tiempos y lugares, para quienes ese sitio era
destinado casi exclusivamente por la excelsitud y universalidad
de sus composiciones, a diferencia de lo que ahora se observa,
y que en ocasiones, desvirtúa la naturaleza de ser
y de creación del inigualable teatro, orgullo de la
nación, al permitir la realización de conciertos
de música de protesta, ranchera o de otra índole.
Al término de mi primaria la profesora Alarcón
me sugirió estudiar la Secundaria en el plantel escolar
que para estos fines tenía el Conservatorio Nacional
de Música en sus propias instalaciones. En él
concluí ese ciclo de mi educación en el trienio
1951-1953, que incluía tres cursos anuales de piano,
que acredité mediante la presentación de igual
número de exámenes a título de suficiencia,
obteniendo en cada uno de ellos la máxima calificación,
motivo por el cual el Instituto Nacional de Bellas Artes me
otorgó una beca para proseguir mis estudios musicales
en Europa. Este hecho lo valoré en toda su dimensión,
por lo que ante los requerimientos económicos que exigía
continuar y dedicarme únicamente al estudio de la música,
y la posibilidad de ingresar a la Escuela Nacional Preparatoria
de la UNAM, opté por esta última. Así,
con la mitad prácticamente cursada de la carrera de
pianista, recibí del maestro Blas Galindo, director
del Conservatorio, la documentación que le había
solicitado para inscribirme en la Preparatoria e iniciar un
cambio en mi rumbo.
En la Preparatoria mi relación con el Conservatorio
siguió viva, de alguna forma, pues en la clase de francés
resultó que el profesor Juvencio López Vázquez,
era quien también impartía la cátedra
en él. Luego que me vio, dijo: "Mademoiselle,
creo que Usted y yo ya nos conocemos", le contesté
que sí, pues efectivamente nos conocíamos del
Conservatorio Nacional de Música.
Al expresar estos recuerdos de mi vida conservatoriana, vienen
a mi mente el nombre de Betty Fabila, magnífica cantante
que escuché en varias ocasiones tanto en el Conservatorio
como en el Teatro de Bellas Artes, a su prima, la pianista
Adoración Fabila, que se casaría con mi profesor
de Historia Universal, el licenciado Rodolfo Palacios, al
que recuerdo con afecto. Los conciertos de las hermanas Bolívar
-Consuelo, violinista, y Gloria, pianista-, a Ceferino Nandayapa,
con el que coincidía a la hora de la comida en el restaurante
del Conservatorio; a Víctor Urbán, compañero
de la secundaria, que fuera director de la propia institución.
También a Lilia y Olivia, dos amigas entrañables
que estudiaban arpa; al violinista Tomás Marín,
al violoncellista Luis García Renart y su hermana pianista,
así como a Sonia Amelio, crotalista reconocida mundialmente
y a otros tantos compañeros y amigos míos con
quienes pasé momentos inolvidables.
En mi estancia en el Conservatorio recuerdo que era en el
segundo piso del edificio donde se impartían las clases
de secundaria y los cubículos que nos prestaban para
el estudio del instrumento; el auditorio principal en donde
se realizaban los conciertos, que contaba con un órgano
monumental; el teatro al aire libre, la Escuela de Danza,
contigua al edificio, a la cual inclusive se podía
pasar libremente por el jardín y, por supuesto, la
alberca.
Años después me enteré por el periódico
que el licenciado Luis Echeverría Álvarez, siendo
presidente de la República había donado las
instalaciones de la Escuela de Danza con todo y terreno para
que las demolieran y pudieran construir la sede de la Embajada
de Cuba. ¡Qué lástima!, era una casa bella
acorde a lo que en ella se enseñaba.
Qué gratificante ha sido para mí remover mis
raíces musicales y expresar estos pensamientos de mi
pasado de juventud a Conservatorianos, publicación
a la que auguro mucho éxito y a cuya editora, Betty
Zanolli, decidí entregar una partitura antigua que
conservaba del vals Sobre las Olas de Juventino Rosas, pues
en mejores manos no podía estar.
ALENA ZURITA GARRIDO RAMÓN
Catedrática
de la Factulad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma
de México. Ha sido funcionaria de la Secretaría
del Trabajo y Previsión Social y de la Junta Federal
de Conciliación y Arbitraje. Autora de una vasta bibliografía
en Derecho Laboral.
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