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Reflexiones
académicas
Entrevista
con
María
Teresa Rodríguez |
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Directora
del Conservatorio Nacional de Música
(1988-1991) |
¿Cuándo
surge en usted la necesidad de ser pianista?
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La
necesidad tal vez la tuve sin darme cuenta porque como mi
mamá era pianista y maestra de piano y mi papá,
cantante, me contaron y yo sí lo creo que en un piano
de cola hermoso que tenía mi mamá, un Steinway,
de bebé me gustaba tocar las teclas, ¿a qué
bebé que le ponen unas teclas enfrente no quiere tocar?
Lo primero que quiere hacer es usar su tacto, ver qué
es, en qué mundo está viviendo. Y yo me dí
cuenta que era el mundo de los sonidos, pero al mismo tiempo
dicen que en cuanto seguí creciendo, ya de chiquita
a bebé a un poquito más bebé, que la
pilmama se hincaba en el suelo y me sostenía en el
banco para que yo estuviera juegue y juegue con las teclas,
que hasta me quedaba dormida porque yo no me quería
separar de las teclas, pues si me quitaban lloraba. Es de
creerse porque ya a los 4 años mis papás decidieron
que mejor me enseñaban las notas y poco a poco el nombre
de las notas en el papel, tanto que como antes no se iba a
la escuela sino hasta los seis o siete años cuando
fui a la escuela a leer y escribir, yo ya sabía el
lenguaje musical. Por eso quiero pensar que el piano nació
conmigo, o mejor, yo nací con el piano y no me di cuenta
si me gustaba o no, sólo que me gustaban los sonidos. |
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¿Su
papá y su mamá eran músicos?
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Cantante
mi papá, que también tocaba el piano y el órgano,
y pianista mi mamá. Lo cual hacía que ellos
hicieran un conjunto de cámara muy agradable, siempre
acompañando mi mamá a mi papá. No tuvieron
el éxito que en estos tiempos deberían tener
porque en aquellos tiempos no se vivía del arte. Mi
papá también era contador y trabajaba como tal
para mantener a sus cuatro hijos en Pachuca -yo la mayor de
ellos- en las Cajas de las Minas de Real del Monte, y mi mamá
enseñaba a toda la sociedad de Pachuca, era la maestra
consentida, siendo pianista. Yo crecí en aquel ambiente.
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¿Cómo
podría caracterizar al ambiente de Pachuca en el que
desarrolló su infancia?
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Un
ambiente de pocos conciertos públicos, tal vez alguna
zarzuela u opereta que a mi papá le encantaban; pero
todo se limitaba a esa sociedad pequeña, pero que se
reunía todas las semanas, no sé qué día,
tal vez los domingos después de misa, ... decían
que, ya que se habían reunido para la misa, tenían
que tomar su vinito en diferentes casas. Pero todos los conciertos
eran muy íntimos, tan íntimos como los que se
usaron en los tiempos de Bach, Beethoven, cuando los conciertos
eran íntimos, de pocas personas, no tenían que
ser tan públicos ni mucho menos costeándolos
el público mismo. Entonces, cuando yo entraba a alguna
casa de visita con mis papás, porque que me llevaban,
afortunadamente, y veía un piano, por destartalado
que estuviera, yo ya sentía esa amenaza. Mis hermanos
se iban a jugar con sus amigos, aunque también eran
míos, pero yo no tenía permiso para salir, por
lo que me quedaba en la sala, enterándome de las pláticas
de mis mayores que no deberían de interesarme, y yo
tenía que esperar a que mi papá dijera: "la
niña les va a tocar el piano". Entonces, como
crecí tocando el piano para las personas, también
me incorporé al público con mucha alegría,
pues en las salas las tenía ya a cierta distancia,
... pero en las casas estaban muy cerquita. Así no
me costó tocar el piano ante el público. |
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¿Qué
compositores llegaba a interpretar o qué nombres formaban
parte de dichas tertulias?
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Indudablemente
Bach, Mozart, el compositor que también me ponía
mi maestro, Gómezanda, con quien venía a estudiar
a México porque decía que para las manos chiquitas
lo más conveniente era tocar sus obras. Uno piensa
entonces que tocar a Mozart es muy fácil, al fin y
al cabo sólo necesitan manos chiquitas, como las de
una niña. No sabiendo el gran genio del cual uno creía.
Estábamos muy europeizados.
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¿Sus
papás fueron los primeros maestros y el maestro Gomezanda
fue entonces su siguiente maestro?
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Sí,
un maestro que tuvo enorme influencia en mí, porque
primero fue maestro de mi mamá antes de irse a Europa.
Luego mi mamá se casó y cuando él regresó,
ella me llevó con él, de modo que él
dijo: "ojalá y todas mis alumnas al casarse me
trajeran después a sus hijas a estudiar". Fue
un magnífico maestro, no sólo porque traía
esas influencias de Alemania donde permaneció varios
años, sino porque era muy entusiasta. Tenía
una salita de conciertos que especialmente había mandado
construir, con cien butacas, para que las alumnas pudiéramos
tocar en público. Se apagaban las luces y sólo
quedaba prendida la luz en el foro, todo eso que es muy importante.
Me llevó con mucha inteligencia en el transcurso de
mi formación. Se dio cuenta que yo tenía talento
para esto y si yo digo que tenía talento no es que
haya sido algo que yo me viera, sino que mis padres vieron
la facilidad que tenía para aprender; leía con
rapidez porque ellos me habían enseñado a hacerlo.
Así, como aprendía rápido, el maestro
semana a semana me ponía música nueva, cada
semana yo le llevaba de memoria cuatro o cinco autores, Bach,
Mozart, Debussy y otros, logrando que yo terminara prácticamente
la carrera como maestra a los catorce años de edad,
teniendo un repertorio de quince o dieciocho programas diferentes
de concierto.
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¿A
qué compañeras recuerda de aquel entonces?
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Tenía
varias compañeras, como Josefina Lavalle, ahora destacada
bailarina, pero en realidad ninguna logró una formación
connotada como pianista, ante la falta de coincidencia de
diferentes circunstancias. |
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¿Qué
le impactaba del maestro Gómezanda?
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Su
dedicación y afecto. Era muy cariñoso, muy "papachón",
y sabía que si yo tocaba bien, él me iba a abrazar,
a agasajar, lo que era para mí una gran cosa. Pero
él también tocaba, era un gran pianista, y sin
saber yo que era un gran maestro, yo lo quise muchísimo.
Y sí, no dudo que él tuvo una gran influencia
en mí, de tal manera que, cuando lo dejé, yo
tenía ya 18 años y prácticamente ya me
había recibido como pianista. Entonces llegó
a México a causa de la guera, Borowsky, quien se iba
a quedar unos meses para escuchar a jóvenes a los que
podría dar clase. Fui a verlo y así estudié
con él por seis meses, presentándome luego en
un concierto en el Anfiteatro Bolívar, pues el Palacio
de Bellas Artes estaba cerrado y el Anfiteatro era el lugar
más famoso de la ciudad de México, allí
dimos el concierto, muy bonito, bello. Además uno nunca
debe conformarse con lo que hace, hay que seguir luchando
para lograr el éxito o la perfección. Claro
que la puede haber en un Arrau, Rubinstein, Friedman, Hoffman,,
pocos nombres que se conocían en ese entonces, pero
que brillaban en el ambiente mundial de la Europa de aquellos
años. Para mí, durante los años cuarenta
o cincuenta, poco se sabía por fortuna, pues no había
televisión ni internet y había menos competencia;
los grandes artistas se contaban verdaderamente todos, pero
fuera de eso, uno sabía sólo que quería
hacer música, como fue mi caso. La música ha
estado en mí, ha sido parte de mi vida y no me imagino
a ésta sin ella.
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¿Qué
significa Borowsky para Usted?
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Una
reacción muy importante, porque el maestro Gómezanda
con todo su saber y conocimiento, permitió que la niña
que entonces era yo, desarrollara su facilidad manual, seguramente
intelectual, pero no de gran exigencia, porque todo lo que
hacía la niña estaba bien, pero en realidad
no todo lo que hacen los niños es correcto y menos
con sus escasos conocimientos. Así, cuando Borowsky
me conoció me dijo "señorita Rodríguez,
Usted es como un pajarito que nació cantando",
lo que fue para mí una gran desilusión. Tenía
18 años, toda una vida tocando y fui con mi papá
llorando a decirle que para el maestro yo requería
una buena disciplina de estudio, y no es que careciera de
ella, pero la dejaba a lo que yo quisiera hacer, y uno aprende
que precisamente la interpretación no está sólo
en el hecho de que qué bonito suena cuando llora el
que toca. No, hay que conocer el estilo de los compositores,
lo más que se pueda, aún la personalidad que
naturalmente tiene cada compositor ha de brotar en cada interpretación,
y para ello, es necesario conocer bien al compositor. Tenía
yo pocos años en mi haber, por lo que considero que
no se le podía exigir tanto a la persona o al maestro,
pero Borowsky, como buen ruso, proveniente de una guerra,
exigía lo que él conocía, de un país
en el que independientemente de los regímenes sociales
se estudia muy bien. Ello no influye en que cambien las enseñanzas.
Él me hizo ver todo eso y me dijo al verme triste,
"yo le puedo ayudar a Usted", y me ayudó
muchísimo, a tal grado que al término de la
guerra mi papá logró que me otorgaran una beca
para estudiar por tres años consecutivos con Borowsky
en Boston, ello gracias al apoyo de la empresa para la cual
él trabajaba, Cementos Cruz Azul. Pude entonces ver
la música desde otro punto de vista, estupendo, tal
vez no real todavía, pero sabiendo que no sólo
porque yo adoraba la música la tocaba bien, no, sino
por estudiarla como se debía. |
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Era
ruso y ante el desarrollo de la guerra se fue a vivir a Estados
Unidos de Norteamérica, en Boston se casó con
una rusa y posteriormente vino con la Asociación de
Conciertos Daniel a México, agrupación que trajo
a nuestro país a artistas del más alto nivel,
muchos de los cuales no sólo estuvieron por un buen
tiempo en nuestro país, sino que inclusive algunos
de ellos llegaron a establecer su residencia aquí. |
¿A
qué edad tocó usted por primera vez con una
orquesta?
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A
principios de los años 30, el maestro Gómezanda
que conocía a miembros de la Orquesta Filarmónica
de la Universidad Nacional Autónoma de México
(UNAM), pudo reunir a una Orquesta de Cámara que, bajo
la dirección de Juan León Mariscal y a los 7
años de edad toqué con ella el Primer Concierto
de Beethoven. Desafortunadamente, luego de haberlo tocado
de manera privada en la Academia del maestro, un día
antes del estreno, accidentalmente un primo mío me
hizo trizas un dedo, por lo que tuvo que suspenderse el concierto.
Más tarde, la orquesta ya no estuvo conmigo, pues dos
meses después de ese suceso la orquesta se había
desintegrado. En cualquier caso, todo me resultaba fácil,
sencillo, no obstante que no pude presentarse ante un mayor
público.
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¿A
partir de entonces con qué orquestas ha tocado en México?
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En
nuestro país, aún con la UNAM, todo debía
ser por concurso, no obstante hacia los 16 o 18 años,
me molesté mucho porque en un concurso había
empatado con otro pianista, tocando el Primer Concierto de
Tchaikovsky. Vino el desempate y el jurado le concedió
el premio al otro pianista, sin embargo, en esos días
iba a venir a México Schura Cherkasky a tocar dicho
concierto, pero anunció a la última hora que
no podría hacerlo, por lo que la Orquesta de la UNAM
me llamó para ver si podía en tres días
presentar dicho concierto, que era el que yo sabía.
Así, en el Teatro de Bellas Artes, ante un teatro completamente
lleno, como mi padre siempre me había enseñado
a ser valiente, yo acepté hacerlo. En tres días
toqué un concierto que en 7 ú 8 años
no había tocado, pero el resultado fue un gran éxito,
tal y como llega a suceder en muchas ocasiones con las figuras
artísticas. Así, de allí en adelante
continuó mi carrera como concertista con la Sinfónica
Nacional y la Sinfónica de Boston. Tocar en México
era una aventura pues no había grandes oportunidades,
en cambio ahora sí las hay, el FONCA, el CNCA que dan
becas que antes no se otorgaban, no obstante ser ahora la
competencia mayor.
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¿Qué
pianistas destacaban en ese entonces en el ambiente musical?
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Indudablemente
sonaban nombres como los de Luz María Puente que tocaba
mucho obras contemporáneas, Carlos Vázquez,
Stella Contreras, pianista que tocaba fuerte, alumna de José
F. Velásquez, que desgraciadamente murió a los
cincuenta y tantos años. Posteriormente llegó
otra generación, y fuera de ellos sólo otro
de apellido Rivero, alumno de Amparán que ganaba siempre
los concursos en los que él era presidente del jurado.
Por eso sólo pude ganar cuando llegué a Boston,
al entrar al concurso a que convocó la estación
radiofónica WBZ, lo que me permitió tocar con
Arthur Fiedler, luego de resultar vencedora entre cien participantes
en una sala de grabación con micrófono en donde
nunca conocí al jurado ni éste a mí.
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¿Con
qué directores ha actuado en el extranjero?
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Con
Arthur Fiedler y Carlos Chávez, y en México
con Kondriashin y la Filarmónica de Moscú, al
igual que con Eduardo Mata y la Orquesta Filarmónica
de Londres, entre otras más.
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¿Cuál
ha sido el director con el que ha sentido una mayor simpatía
o comunicación?
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Pudiera
mencionar casi a todos, porque al momento que uno toca con
la orquesta, primero se pone de acuerdo con el director, puesto
que ambos vamos a hacer un acto de amistad, un acto de amor
a través de la música, para el cual si no se
está de acuerdo se va verdaderamente a pique. En términos
generales, podría decirle que Kondriashin en alguna
ocasión me dijo, junto con su ayudante: "Usted
toca como una rusa", y es que Borowsky, siendo ruso,
había tenido una gran influencia soviética.
Si no se está de acuerdo, muchas cosas no van bien.
Indudablemente tocar con orquestas como la Filarmónica
de Londres fue una maravilla, con ella toqué el concierto
de Carlos Chávez, pero también lo fue el haberme
atrevido a tocar un concierto de Tchaikovsky con los mismos
rusos. Atrevida, pero salió. Así, en general,
con la mayor parte ha habido siempre mucha comunicación. |
Dentro
de los festivales musicales en que usted participó,
¿en cuál sintió obtener mayor éxito?
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En
el de Cabrillo College, en California, cerca de San Francisco,
un festival como los que se desarrollan en verano y que son
muy importantes ya que reúne grandes artistas para
un público que se encuentra de descanso, y al que la
prensa de San Francisco o Los Ángeles se refiere atacando
o apoyando. A dicho festival fui por cuatro años consecutivamente,
no sólo por invitación de Chávez que
fue el primero que me invitó, sino por invitación
expresa de los organizadores, al grado de escribirme que "era
del consenso general que la Rodríguez actuara en el
Festival". Allí pude ejecutar conciertos de Mozart,
Chávez, y también de Brahms, Beethoven, Rachmaninoff,
de modo que además de obras de cámara, pude
interpretar y estrenar grandes obras de Chávez, estrenándolas
no sólo para él sino para mí misma como
obras nuevas. Éste ha sido de los festivales el que
más me ha dejado un gran recuerdo, tanto por mis experiencias
con Chávez, como por la calidad de los músicos
que en él tomaban parte en la orquesta de verano.
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¿Qué
significó para Usted el maestro Carlos Chávez?
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Fue
como un padrino que encontré por los azares de la vida.
Siendo niña, un día el maestro Gómezanda
me llevó al Conservatorio, entonces bajo la dirección
de Estanislao Mejía, a que me examinara nada menos
que Manuel M. Ponce y Carlos Chávez, para ver si podría
ser merecedora de una beca, porque en ese entonces siendo
Narciso Bassols Secretario de Educación Pública,
él me la había otorgado. Yo rezaba que no me
dieran la beca pues yo no me quería ir de mi casa.
No quería que me corrieran de ella. Por fortuna para
mí y porque seguramente la Virgen me hizo el milagro,
dejó de ser secretario Bassols y con ello cayó
la posibilidad de que me dieran esa beca. Sin embargo, Chávez
aún sin conocerme dio la autorización para que
se me examinara en el Conservatorio. Años después,
hacia 1952, pude conocerlo porque él me mandó
llamar, con la fama que tenía, yo me pregunté
qué habría hecho de malo. Yo sí le conocía
porque iba a sus conciertos, a escuchar desde la galería
a la orquesta y constataba desde la galería el éxito
de aquel hombre. Yo era muy tímida y si mi papá
no me llevaba, yo no iba. Ya cuando fui a verlo en sus oficinas
del Palacio de Bellas Artes, él me dijo: "platíqueme
de Usted, Señorita Rodríguez, siéntese
". Yo, con esta agitación, creo que en 10 minutos
se la narré toda. No era muy larga claro, pero ya para
entonces había estudiado con Borowsky en Boston, había
ido a Europa por primera vez. Cuando terminé, me dijo:
"¿qué quisiera Usted hacer?". "Yo
en realidad, le contesté, me gustaría mucho
poder regresar a estudiar a Europa. Me interesa mucho ese
ambiente que a nosotros nos beneficia mucho y que no tenemos
aquí". El me dijo entonces, "voy ya a salir
de director del Instituto", que por cierto fue hecho
por él, dirigido por él, a instancias de él,
por el Presidente Alemán, "pero ya se terminaron
los seis años de mi periodo y tengo un remanente".
Imagínense, si algun dirigente de estas dependencias
hoy en día va a decir que tiene un remanente. "Queda
un remanente y yo creo que se debe utilizar en los jóvenes.
Yo la he observado a Usted a la distancia y sé que
es Usted la que merece esa ayuda. ¿Qué haría
con ella?" "Bueno maestro" respondí,
yo por supuesto me quedé extrañada pero tuve
que hablar, y creo que con demasiada prisa, a lo doble de
la velocidad de lo que hablo regularmente, "sí
quisiera volver a Europa". "Perfecto, cuando salga
Usted de la oficina, mi secretaria le va a dar un cheque por
$3,000.00 dólares". En aquel entonces, esa cantidad,
Ustedes no tienen idea de lo que significaba. "Cuidado
-me dijo-, no se lo vaya usted a gastar". "No maestro
-respondí-, pero este año tengo varios conciertos
pendientes con Canal 4 de Televisión, alrededor de
30 programas. No me puedo ir, pero una vez que los termine
sí voy". "Pues cuide entonces bien el dinero,
y sí le digo una cosa, no se quede por allá,
como lo ha hecho Angélica Morales, porque México
la necesita. Si yo se lo estoy dando a usted, es porque México
la necesita". Él era un hombre que realmente quiso
mucho a nuestro país. "Cuidado y usted no regrese.
Ése es el compromiso". "Maestro, pues qué
quiere usted que le diga. Yo tengo aquí a mi familia.
Maestro, es un compromiso". Obvio que cuando salí
de allí con el cheque en mi bolsa no lo podía
creer. "Lloraba como una Magdalena", la gente habrá
pensado que me había pegado, ¡vayan ustedes a
saber!, pero era la emoción tan grande que sentía,
por algo que no pedí y que me habían dado. Fue
así como conocí a Chávez, y luego, una
vez que me fui a Europa y volví al cabo de un año,
estuve dando conciertos, tomando cursos. Claro, ese dinero
me ayudó mucho para que me presentara en Europa, con
el deseo de continuar mi carrera allá, pero si no lo
hice fue porque decidí regresar a mi país y
vivir en él, y si uno quiere seguir una carrera en
determinado lugar, debe vivir en él. Si me hubiera
quedado a vivir en Europa, a lo mejor hubiera continuado mi
carrera allá. Cuando regresé fui a ver al maestro
Chávez y le mostré los programas de concierto,
en los cuales también incluía música
suya, que no era mucho, dos preludios, lo confieso, no más,
que tocaba en su honor por que me había becado.
Me había ido en 1953 y regresado
en 1954, pero hasta 1960 no supe más del maestro,
hasta que él me habló para que colaborara
en el Conservatorio Nacional de Música en el taller
de composición que acababa de fundar en la institución.
Consistía en tocar las obras de sus alumnos de composición
conforme las iban realizando. Así me decía,
"Acaba de salir del horno, vaya usted al piano en el
otro estudio y, una vez que les dé una ojeadita,
me las interpreta para que yo las escuche". Fue así
como entablé el contacto con el maestro Chávez,
no sólo con el músico sino con el amigo, con
su música, no sólo con la de otros compositores
del pasado y empecé a tocar y a viajar con él.
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¿Usted
estrenó toda la obra pianística de Chávez?
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Sí,
por esa suerte que yo tuve, insisto, en que habiendo tenido
su dirección, cuando yo le dije "Maestro, me asusta
mucho su música". "Es que no la conoce".
"Maestro, es que es muy difícil". "Pues
abórdela, si no, usted no va a saber cómo es
mi música". Fue así como aprendí
y estrené su concierto para piano y orquesta. Años
después, cuando él había muerto, el licenciado
Roger Díez de Cossío, funcionario de la SEP
me dijo, "María Teresa, qué tal, ¿toca
Usted toda la obra de Chávez?". "¡Sí,
claro!" Yo creía que así era, pero no,
sólo conocía las obras de los cuarenta para
acá, desconocía toda su producción anterior,
por lo que me preguntó "¿Quiere Usted grabar
toda la obra de Chávez?", "¡Cómo
no, con mucho gusto!". Empecé entonces a averiguar
lo que había. Me dediqué por cerca de tres años
a estudiar y grabar toda su música, no sólo
la que había estudiado personalmente con él.
En tal forma, me vino el honor de haber sido la persona que
ha grabado toda su obra pianística.
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Del
taller del maestro Chávez ¿con qué colegas
convivió?
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Muy
interesante, porque fue una "horneada", como se
dice, de músicos de primera. No fue casualidad. El
maestro primero los elegía, primero veía si
el muchacho estaba en buenas condiciones de aprender, en qué
año de su formación se encontraba, de ahí
que finalmente escogió sólo a cinco personas
con tales atributos: Eduardo Mata, que inclusive su propia
mamá nos comentaba en alguna ocasión, mintió
al referir su edad y decir que tenía 18 años,
con tal de ingresar a dicho taller, pues en realidad tenía
un año menos, tal vez el más destacado; sin
ser menos brillante, Humberto Hernández Medrano, magnífico
compositor y magnífico maestro; Héctor Quintanar,
estupendo director, compositor; Jesús Villaseñor,
magnífico compositor también, así como
Jorge Daher, que resultó también muy buen compositor,
parece también que Manuel de Elías, quien me
ha comentado pasó también por el taller del
maestro Chávez. Durante los cuatro o cinco años
que eran rigurosos en el taller, los primeros cinco sí
cursaron con todas las de la ley ahí. Primero estudiaban
y analizaban a tal grado las obras, que terminaban por desgajarlas
completamente, para luego componer como ellos mismos, primero
sonatas como Mozart, cuartetos como Beethoven, lieder como
Brahms, sinfonías como Prokofiev, y luego hacerlo todo
a un lado para que cada quien fuera sacando su personalidad,
que siempre se les notaba, en el ánimo por encontrar
su propio lenguaje individual y componer a su manera, no a
imitación de los anteriores compositores. Ese taller
estuvo muy bien llevado, y yo debía interpretar las
obras recién compuestas, dándome el maestro
veinte minutos para leer obras que duraban treinta, las cuales
no obstante estar muy bien escritas a lápiz, indudablemente
creo que hicieron que yo dejara allí mis ojos; después
debía tocar las obras al maestro, para que,no obstante
que él sabía cómo eran, pudiera escuchar
en vivo los sonidos desde el piano. Luego las grabábamos
en las cintas de aquel entonces, "grandototas",
y presentábamos las composiciones en conciertos, para
los cuales buscaba el maestro patrocinio, pues estaba en buenas
relaciones con gente de Educación Pública como
el Licenciado Ernesto Enríquez. En verdad, lo que él
siempre emprendía lo lograba, luchaba y luchaba, y
lo hacía por el ambiente musical, por los jóvenes,
por la música misma y por el país.
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¿Cuál
era en ese entonces el ambiente que se vivía en el
Conservatorio Nacional de Música?
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Era
un ambiente muy afable, muy agradable. Dirigía el maestro
Joaquín Amparán y el Conservatorio, estrenado
a finales de los cuarenta, mantenía unos jardines muy
limpios y hermosos. El maestro Amparán lo dirigía
hasta con "con los ojos". Recuerdo que en una ocasión
iba en el pasillo con él y simplemente nada más
con los ojos daba indicaciones a los trabajadores. No, aquella
fue otra época, cuando al que mandaba sí se
le hacía caso. Los estudiantes, magníficos,
algunos que llegaron a ser verdaderas personalidades aún
cuando no se hubieran titulado. Pertenecían al México
tranquilo de los 50 y 60. Así se vivía en el
Conservatorio.
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¿Cuándo
se integró Usted a la plata docente del CNM?
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Gracias
a Miguel García Mora, entonces director de Música
en la UNAM, y a Francisco Savín, que me invitó
a dar clases en la escuela, a finales de los 60 entré
a dar clases en el Conservatorio. No quería hacerlo
por falta de tiempo, pero fue precisamente Carlos Chávez
quien me dijo: "no se enconche, Usted tiene mucho por
dar a los jóvenes". Tuve mucho éxito, no
por maestra sino por los alumnos que conmigo estudiaron, pues
el buen alumno hace del maestro un buen maestro, y el mal
alumno hace del maestro un pésimo maestro. He tenido
desde entonces diferentes generaciones de alumnos muy brillantes
que han pasado por mis manos y mis oídos. Algunos de
ellos están hoy en día en Puerto Rico, Chicago,
Europa. No tengo a la mano una lista de los alumnos que estudiaron
y terminaron conmigo, pero puedo recordar a Beatriz Helguera
que está en Chicago y que se la pelean los principales
solistas de la Sinfónica de esa ciudad, Martha Nogueras,
Ana María Báez, José Luis García
Corona, ahora colega mío en la Escuela Superior de
Música. Jaime Wolfson que luego de terminar en la Escuela
lleva ahora ya tres años de estudiar en Viena y a quien
su maestra actual le ha ofrecido una beca para ir a estudiar
a Moscú. El hecho de que una maestra apoye a un alumno
para estudiar en otro lugar, ya dice grandes cosas de dicho
muchacho, por eso estoy muy contenta, pero él ha sido
quien se lo ha ganado, por lo que yo sólo le pasé,
le transmití algo de mis conocimientos, técnica,
forma de estudiar, y si ello les ayuda, qué mejor,
para eso es. |
¿Cómo
podría definir su técnica?
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Mi
técnica, absolutamente aprendida del maestro Gómezanda,
busca la soltura de brazos y de manos, busca tocar de forma
muy natural, a gusto. Según Angélica Morales
cuando me conoció, me dijo que yo movía mucho
los brazos, que no los moviera tanto. Pues sí, en realidad
era una técnica muy distinta a la que ella traía,
heredada de su maestro y esposo Émil von Sauer, de
quien se dice a su vez, que además de alumno de Liszt
era también su hijo. Pero podemos decir, son variantes
de lo mismo, como decía el maestro Roa, hay dos técnicas,
la buena y la mala, y ya; la buena que lleva a buenos resultados
y la mala que no. Sin embargo, estudiando en Boston aún
con Borowsky, encontré a un maestro, Harp Shaw, quien
me enseñó una técnica que venía
de Leopold Godowsky, de Europa, de Polonia, que se limita
a seguir algo muy sencillo, la anatomía de las manos,
lo natural, para aprovechar lo natural del mover los dedos
de acuerdo a la necesidad fisiológica del momento en
que uno toca la tecla, la cual debe estar supeditada a ese
movimiento, no de dos manos sino de diez dedos. Les digo a
mis alumnos, están trabajando con diez personas y como
las diez son de distinto tamaño, pues un dedo es chaparrito,
el otro largo, uno más es débil y otro fuerte,
hay que igualarlos lo más posible mediante ejercicios
y posición de la mano en el teclado para que supuestamente
entren de una distancia parecida para que el sonido sea lo
más equilibrado posible, siendo ello lo más
difícil en la tecla: igualar el sonido, porque según
el dedo que le toca a la tecla se sabe, "ah, el sonido
está cojo porque le tocó el cuarto dedo, el
quinto dedo porque está chiquito también está
cojo ". No, por ejemplo, la música de Beethoven
exige que los diez dedos toquen al parejo.
Y naturalmente de Beethoven, Mozart, o aún
Bach, que no obstante usaba el clavecín, y es otra
técnica, se exige que no se sepa qué dedo
está tocando, de ahí la importancia de la
técnica. Ahora, no es la única técnica,
pero las hay, como, las buenas y las malas, y las duras.
El sonido es muy importante en los dedos. Éstos deben
tener la sensibilidad de que a pesar que la tecla es percutiva
no se sienta que lo es, que hay unión entre esos
sonidos para que le acaricien al oyente, y es muy fácil
no acariciar al oído, es muy fácil golpear.
El piano golpea porque es percutivo por su propia naturaleza,
y no porque la persona intente golpear, pero si uno no cuida
de ello, entonces es un trabajo muy diferente, es el hecho
de la música no sólo desde Bach, los clásicos,
la música romántica, el legato, para que no
se separen un sonido de otro, solamente cuando el compositor
dice ahí acabó la frase, respiramos, pero
eso en los dedos es muy difícil.
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¿Qué
obras le ha gustado mayormente interpretar?
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Desde
luego Bach; porque yo tuve una temporada, y no es que no la
tenga ahora, pero así pasó, que siendo alumna
de Borowsky, que era uno de los grandes especialistas en Bach,
que para mí es el rey y lo siguirá siendo. Lo
trabajé mucho, pero después de eso, creo que
en los románticos me encontré. De ellos, Chopin
es, podríamos decir mi favorito, pero sin hacer a un
lado a Brahms, otro gran favorito, y luego los impresionistas
como Debussy que también es para mí un pilar
de la música moderna, pues ya se atreve a comunicar
los sonidos en diferentes formas, y los que siguen, ya de
la música contemporánea, podría llegar
a mencionar a Prokofiev o a Bártok, pero sería
ahora muy difícil decir cuál es mi compositor
favorito. Creo yo que esas palabras no son invento mío,
el compositor favorito es el que estoy interpretando ahora,
tiene que ser, porque si yo no voy muy contenta a tocar el
Segundo Concierto de Beethoven, no estoy contenta, y por tanto
el concierto me va a provocar más molestia que si yo
estoy en pláticas con Beethoven, encontrando qué
quería él. De ahí que aún la música
de Chávez, que alguna es romántica, también
de estilo mexicano porque hace algunos arreglos de Las Mañanitas,
que aunque no se dedicaba mucho a ello sí incursionaba
en ese estilo. Hay música de él realmente muy
difícil pero que yo llegué a querer mucho, no
sólo porque era mi trabajo y porque yo quería
mucho al maestro Chávez, entonces, si lo quería
y además quería a mi trabajo, llegué
a gustar lo que hacía, aunque a lo mejor no tan bello
como yo creía que fuera, pero como llegué a
trabajar tanto con esa música, estaba ya familiarizada
con sus sonidos. Si me dicen que mi favorito es Chávez
pues quién sabe, pero fue mi favorito y lo es cuando
lo estoy interpretando.
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¿Diría
Usted lo mismo con relación a los conciertos para piano
y orquesta? |
Indudablemente,
que de los cuales hay una variedad enorme, enorme. Tuve la
inmensa fortuna de poner mucha obra durante mi juventud para
poderlos gozar y asimilarlos también. No perfeccionar,
no. La perfección, si es que llega, yo creo que es
después de la tumba, ¡no!, es una cosa que si
se tocara todos los días tendría algo más
que componer en el sentido de perfeccionar, porque siendo
obras de verdadero arte no tienen fin, uno les va encontrando
cada día, "ah, mira esto, pero qué quiso
decir ...," esas cosas sutiles que nosotros como músicos
sabemos que existen o, si uno fuera escritor, en literatura,
en poesía, uno sabe que un poema se podría decir
de muchísimas formas y aún ser muy bello en
todas ellas. Alguna vez le gustará de una forma y en
otras de modo distinto.
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¿Cuál
considera que pueda ser el mayor reto para un pianista?
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En
primer lugar depende de qué tipo de pianista sea, si
hablamos de un pianista el reto es fuerte siempre en los estudios
Conciertos como los que han existido antes como los de Chopin
o Liszt, los de Rachmaninoff, que son un tour de force, muy
peligrosos, porque en aras de demostrar que se tiene una gran
técnica, se puede brincar al otro lado, no ser tan
musicalmente bellos como lo son. De ahí los conciertos
para piano y concierto, en los que además de perfeccionarlos,
tocarlos con toda la mayor belleza que se necesita, se debe
lidiar con la orquesta detrás de uno. Entonces, tenemos
la fortuna en el piano que hay una vasta literatura, grandísima,
como no la tienen otros instrumentos como el violín,
cello, y mucho menos la guitarra o la flauta, no obstante
que Jean Pierre Rampal hace sus arreglos para ejecutar bellamente
diversas obras. Pero en el piano, con sus inmensas posibilidades,
se pueden hacer muchísimas cosas. Tenemos que lidiar
con todo ese teclado y esa gran oportunidad que se nos da
de hacer música a través de tanta tecla, es
un gran reto a vencer.
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¿A
qué artistas de talla internacional con los que ha
actuado recuerda especialmente?
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Precisamente
a Rampal, que cuando llegó a México, invitado
por "Conciertos Daniel", buscó a un pianista
en el Conservatorio para que le acompañara un concierto.
No fue así y tuvo que actuar con un pianista de fuera,
sin embargo, él no quedó satisfecho y entonces
me hablaron, 24 horas antes de la celebración del concierto.
Yo, que tenía la enseñanza de Borowksy, enseñada
desde mi infancia por mis padres y luego con el mismo Chávez,
si yo no he leído música a primera vista, pronto
me hubiera corrido, él no tenía contemplación
con las personas que no servían.
Entonces me puse a leer la música,
ensayamos una vez al mediodía, y en la noche el concierto,
a la mitad del cual me comía a besos porque estaba
feliz de que le hubiera acompañado al estilo que
él quería. Sí, lo recuerdo con mucho
gusto. No puedo negar que yo había aprendido mucha
música de cámara con Henryk Szeryng, que vivía
en México, con quien monté muchas sonatas
para violín y piano, y quien me introdujo con el
maestro Sandor Roth, violista del Cuarteto Lenner, de aquel
grupo de artistas internacionales que con la guerra vinieron
a México a enriquecer maravillosamente el ambiente
musical nacional, como igualmente se dio con los españoles
y otros extranjeros en los demás campos del conocimiento.
Con el maestro Roth trabajaba a diario sonatas para viola,
tenía pues la práctica de música de
cámara. De niña acompañaba también
a mi papá que cantaba lieder, pero luego él
me decía, "no, tú no debes acompañar",
que me acompañe tu mamá, sí, pero también
con el maestro Gómezanda incursioné en este
género cuando acompañaba a su esposa que era
cellista, hablamos de que yo tenía 13 ó 14
años. Tuve pues esa formación que requiere
un músico, un pianista, aún acompañando
cantantes, con los que se aprende mucho, de lo que se debe
y no de hacer, aún de sus exageraciones que no puede
hacer un pianista pero ellos sí. Así fue como
entre Szeryng, Rampal, el maestro Roth, un grupo de cellistas
que llegaron a México en 1970, los "siete más
grandes cellistas" del mundo que llegaron a Xalapa,
desde Pablo Cassals hasta algunos de sus alumnos, con los
que dimos conciertos estupendos.
Por supuesto que ha habido músicos
con los que mejor me he entendido que con otros. Hace un
año, la primera viola de la Sinfónica Nacional
me dijo, "vamos a tocar para alcanzar el nirvana",
y de verdad me transportó a él. Haciendo un
Brahms, por ejemplo, logramos una belleza de sonido y de
expresión tales que, no obstante que de no tratarse
bien a cualquiera de estos instrumentos la ejecución
resulta mecánica, pude remontarme a las épocas
cuando yo tenía tanto contacto con músicos
de diversos instrumentos. Anastasio Flores, gran clarinetista
mexicano, que a los treinta y tantos años empezó
a estudiar su instrumento en el Conservatorio, llegando
a ser el mejor en su género y maestro de varias generaciones
de clarinetistas con quien también hicimos muchos
conciertos. Sally van den Berg, gran profesional, primer
oboe y cello de la Sinfónica que se decidió
luego por el cello; Luz Vernova, gran violinista ruso-mexicana,
con los que hacíamos tríos, una maravilla
del México en el que además era fácil
comunicarse; en que hacíamos música de cámara
por el gusto de hacerla, no por el hecho de cuánto
te van a pagar y que luego del concierto no nos volvemos
a ver, sino por el gusto exclusivamente, que es otra cosa,
no una simple paga. Así, yo podría recordar
a grandes elementos con los que he colaborado, y estoy muy
agradecida con al vida pues ello ha enriquecido el conocimiento
de la música que es infinito ... y no se acaba de
conocer.
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