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Me
encontraba en la estación del ferrocarril de Reggio
Emilia en Italia, esperando el tren que me llevaría
en un par de horas a Milán, donde residía con
mi familia.
La
Segunda Guerra Mundial había terminado tres años
antes, tenía dieciocho años de edad y estudiaba
violín en el Conservatorio "Giuseppe Verdi"
de Milán. Poco a poco resanaba las heridas sufridas
durante la guerra, así dígase también
de nuestras vidas que iban tomando su curso normal.
Los
trenes todavía no respetaban los horarios, sino que
a veces llegaban en retardo y por eso en los andenes de la
estación aquel día se reunió mucha gente
que iba y venía en espera del tren. Yo hacía
lo mismo.
En
varias ocasiones me encontré en el ir y venir a un
"alpino". Era un soldado con el uniforme clásico
de color verde militar de nuestras tropas alpinas -cuerpo
especial para la guerra en los Alpes, que separan a Italia
de los países vecinos: Francia, Suiza, Austria y la
antigua yugoslavia-, en su mayoría provenían
de lugares montañosos. Eran jóvenes fuertes,
su piel de un blanco rosado por el aire fresco y puro de las
montañas.
Simples
en sus modales -muchos de ellos campesinos-, de buen comer
y beber vino tinto. Todos los respetábamos porque no
sólo eran de corazón noble, sino que siempre
en las guerras, sobre todo en la de 1915-1918, se distinguieron
por su valor y espíritu de sacrificio, defendiendo
los confines de la patria. Decía de su uniforme clásico
y especial, por su sombrero típico montanaro, único,
diría yo, con una esbelta pluma larga puesta a un lado
del mismo, y cubierta la parte superior de su cuerpo con una
capa que le llegaba hasta las rodillas.
Lo
miré varias veces en mi ir y venir. Lo acompañaba
un hombre entrado en años. De repente, al dar la vuelta
para regresarme en el mismo andén, ví junto
a mí a un oficial que caminaba en mi misma dirección.
Era un joven subteniente -no recuerdo a qué cuerpo
especializado pertenecía-, bien parecido, con el uniforme
elegante, de fina tela, guantes y botas lúcidas. El
oficial caminó unos pasos más y rápidamente
retrocedió y se acercó al "alpino".
Yo
estaba a unos cuantos metros, me paré y oí cómo
el oficial le reclamó al "alpino" porque
al pasar junto a él no lo había saludado militarmente,
o sea, levantando el brazo y llevando la mano extendida a
la altura del sombrero.
-
"¿Qué no sabes soldado que a un superior
se le saluda primero?", le dijo el subteniente y continuó:
"Bien que me viste, entonces, ¡Salúdame!"
Varias
personas al oir hablar en voz alta al subteniente se detuvieron
y se acercaron. El "alpino", parándose, lo
miró repetidas veces, recorriéndolo con la mirada
de arriba abajo, cuando el señor que lo acompañaba
se le acercó más y con las dos manos abrió
la capa que cubría gran parte del cuerpo del "alpino".
...¡Oh, Dios mío!, qué impresión
tan grande fue aquélla, para mí y para todos
los presentes, al ver que ¡no tenía los dos antebrazos!
También el subteniente viéndolo, se quedó
inmóvil, asombrado, mirando alrededor agachó
la cabeza y se puso pálido.
-
"Este es mi hijo, ... sí, mi hijo", dijo
el acompañante, con voz entrecortada, con lágrimas
en los ojos y sollozando prosiguió: "Sí,
mi único hijo, violinista de la Orquesta Sinfónica
de Bolzano y que finalmente pudo regresar de Rusia, después
de varios años de participar en una guerra cruel e
inconcebible." Y, dirigiéndose al subteniente,
agregó: "Tú, ¿dónde estabas
cuando él perdió sus brazos? ... Sin duda, ordenando
tu bonito uniforme o comprándote tus galones, los finos
guantes, y te limpiaban las botas".
El
subteniente, mirando al "alpino" y a su padre, ¡no
supo qué contestar!. De improviso, se puso de rodillas
y abrazando las piernas del "alpino", llorando le
pidió perdón.
-
"Sí, sí, tiene Usted razón, soy
un presumido, un ambicioso, soy un cadete recién salido
de la Academia Militar. Me gusta lucir mi nuevo uniforme,
me siento muy importante", alcanzó a decir, mientras
seguía abrazándolo, pidiéndole nuevamente
que lo perdonara.
-
"No se preocupe, señor subteniente", dijo
el "alpino" con voz simple y pausada. "Es usted
muy joven. Sólo ruegue que nunca pase y sufra lo que
muchos de nosotros vivimos y padecimos, muriendo miles en
la gélida estepa rusa."
Mirando
a su padre y con un gesto que indicaba que siguieran caminando,
mientras se oía el silbido del tren que llegaba a la
estación, le dijo:
-
"Vámos papá, vámonos a casa. Quiero
conocer a mi hijo y oírlo tocar mi violín".
FRANCO
CORGHI FERRETTI
Nace
el 9 de septiembre de 1929 en Reggio Emilia, Italia. Violinista
y violista, estudió en los conservatorios "Giuseppe
Verdi" de Milán y Nacional de Música de
México. Integrante de un conjunto clásico de
músicos venecianos, llegó de gira a México
en 1956, radicando desde entonces en este país. Miembro
fundador de la Orquesta de Cámara "Yolopatli",
formó parte de las orquestas del CNM, de la Ópera
de Bellas Artes, Sinfónica Nacional, Filarmónica
de la UNAM, Sinfónica de Xalapa, del IMSS y por veinte
años de la Orquesta de Cámara de la Escuela
Nacional Preparatoria de la UNAM
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