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Sin
más preámbulo y con su permiso, lector respetado
de Conservatorianos, le confío que este ensayo lo introducirá
de lleno en el criterio del autor sobre el significado de
arte, ciencia, filosofía y técnica, los cuatro
componentes esenciales de la cultura, ésta última
un concepto plural cuyos elementos, bases y materia, tan frecuentemente
confundidos o tergiversados, son parte equilibrada y ponderada
del currículo de la benemérita Escuela Nacional
Preparatoria, columna vertebral de la Universidad Nacional
Autónoma de México que, el 2 de diciembre de
1999, cumplió ya 132 años de haber sido fundada
al tiempo que se restauraba la República democrática
y popular, de cuyos afanes educativos, culturales y académicos
fue alguna vez fiel reflejo y símbolo vivo.
Quizás
le parezcan a usted muy controvertibles algunos conceptos
pero ¡así es en nuestra Universidad plural!:
todos los universitarios -y ninguno como individuo aislado-
tenemos la razón y, también todos-y nadie por
sí solo- tenemos la verdad, es decir, nos escuchamos
los unos a los otros nuestras opiniones con respeto y atención
y, en conjunto y con interacción recíproca,
forjamos conceptos acordes, lo más cercano posible
al todo constituido por partes con coherencia interna e interrelación
activa, así como también afines a la certeza
y el interés general, factores que siempre han prevalecido
-y deberán seguir prevaleciendo- sobre la parte como
representante usurpadora del todo y, asimismo, sobre la confusión,
el sesgo insidioso y el interés particular.
Así
pues, en las páginas siguientes se hará un desmenuzamiento
integral de esa síntesis que es la cultura, así
como el análisis de la interrelación de arte,
ciencia, filosofía y técnica, con sus coincidencias
y diferendos aunque, señor lector de Conservatorianos,
quien tiene la última palabra y decide es usted.
CONCEPTO
DE CIENCIA
La
ciencia (del latín scientia, conocimiento cierto) es
un producto de la cultura humana, pero los principios universales
que la rigen son la esencia de la Naturaleza si no es que
la Naturaleza misma, partiendo del punto de vista irrefutable
de que la Madre Natura no es una creación del ser humano
sino -por el contrario- éste es una parte de aquélla
que, además, lo antecede cronológicamente y
-dicen los abogados: primero en tiempo, primero en derecho.
Pero
no todo lo que el ser humano crea, inventa o descubre es ciencia,
puesto que cuando menos hay tres aspectos generales de la
cultura que no pertenecen al área científica:
el arte, la filosofía y la técnica.
Por
ejemplo, durante varios siglos se ha creído que todo
médico es un científico por la razón
simplísima de que profesa la ciencia de la medicina,
error derivado de la premisa, que es falsa: la medicina no
es una ciencia pura sino que está conformada por diversas
disciplinas, unas con rango de ciencia y otras con categoría
de técnica; en realidad, el asunto va más allá:
debería hablarse de ciencias de la salud en lugar de
la medicina o, mejor aún, de disciplinas de la salud.
Entonces
¿cómo y cuál es la -en apariencia oculta
e incomprensible- línea que separa y une, dialécticamente,
la ciencia y la técnica? Con un poco de razonamiento,
interés y vountad, en poco tiempo se puede comprender.
La
física, por ejemplo (y escojo la física porque
su raíz griega -?????V, physis- significa naturaleza),
es una ciencia conformada por fenómenos naturales que
existen desde el origen del Universo (¿o desde antes?),
esto es, muchos miles de millones de años previos a
que el primer ser humano existiera en la Tierra y se constituyera
bio-psíquica-socialmente por medio de las leyes de
la evolución o por voluntad divina, según quiera
cada quien creer o postular libremente.
Y
la física, como cualesquier otras ciencias, está
integrada por una serie de principios universales que son
inconmovibles, mientras no se demuestre fehacientemente que
hay otros principios que se sumen a los primeros para completar
mejor el conocimiento que tiene el hombre de la Naturaleza,
porque el conocimiento se construye de modo escalonado y no
mediante saltos inconexos entre sí.
Algo
diferente sucede con una disciplina filosófica, la
ética, por ejemplo: está integrada por una serie
de principios generales que, como producto de la mente humana,
son diferentes en las diversas regiones geopolíticas
que componen la Tierra pero, además, cambian de manera
constante al paso de los siglos y los milenios con el fin
de adaptarse a las costumbres, espíritu,hábitos,
ideas, intereses, modas, modos, tradiciones, usos y valores
de cada pueblo y cada época.
Aquí
un paréntesis pequeño, para hacer hincapié
en una noción expresada líneas antes: el conocimiento
no se construye a saltos, sino de modo escalonado, lo cual
significa que para ir de la planta baja al primer piso de
un edificio como primera parada, se utiliza una escalera y
no se sube de uno o varios saltos y, si se quiere seguir subiendo
a los otros pisos, de la misma manera tendrá que seguirse
utilizando una escalera, artefacto integrado por varios escalones,
cada uno de los cuales posee su propia función y misión
y sirve lo mismo para detenerse en él, que para seguir
al siguiente o regresarse al anterior.
Ningún
escalón es inútil y todos tienen un valor asegurado
pero, además, el rendimiento de cada uno se acrecienta
cuando se unen las funciones de todos para un fin común;
esto se llama interacción.
Cierto,
puede el ser humano crear otro escalón -mediante la
observación de la realidad, la experimentación
y el registro de los aciertos y errores- cuasi a la imagen
y semejanza del anterior o construirlo de modo muy distinto
y con características sui generis que lo pueden hacer
más adecuado. También es posible que al escalón
anterior se le arregle la estructura o la forma, pero siempre
guardando el principio de que la parte no hace el todo, sino
que es la interacción de cada una de las partes -actuando
en conjunto y no por separado- la que conforma el todo.
CUALIDADES
DE LA CIENCIA
Conviene
ahora resumir las cualidades que debe tener un conocimiento
para alcanzar el rango de ciencia, de conformidad con algunas
pistas aportadas por el criterio racional de Morris Cohen;
los conocimientos ordinarios, reunidos en un todo con el apoyo
del sentido común, podría aceptarse que pasaran
por el lego como una disciplina científica si no fuera
porque no alcanzan tal categoría, ya que no llenan
los requisitos ideales, colmados con estricto rigor y método.
CERTEZA
La
certeza, integrada por dos valores fundamentales, la evidencia
y la prueba, es un ideal científico que aporta la posibilidad
de eliminar los sectarismos derivados del carácter
inconcluso del sentido común, la incertidumbre lógica
y la certidumbre psicológica, porque es costumbre cotidiana
de la gente opinar sobre todo lo que está al alcance
de sus sentidos, aunque la mayor parte de las veces y aun
en temas que están incluidos en el campo de su especialidad,
se deje guiar más por convicciones a priori, rumores,
corazonadas, sentimientos, tradiciones, opiniones derivadas
de la autoridad o del especialista, supuestos, prejuicios,
intereses o sentimientos personales o de grupo, que por las
evidencias con coherencia lógica -a veces a la vista,
pero otras ocasiones escondidas o semiocultas- que demuestran,
fuera de toda duda razonable, lo verdadero de los diversos
interrogantes que se le plantean a la humanidad en relación
con el ser y el deber ser y, en el otro concepto de la palabra,
con la aparición y desarrollo del ser (humano), a lo
largo y ancho de los siglos y de la vida, lo mismo como especie
que como individuo (también su eventual desaparición).
Asimismo,
es oportuno detenerse ahora en la ¿incógnita,
especulación? filosófica, planteada sobre todo
por Kant, Hegel, Marx y Heidegger, sobre existencia y esencia
y sobre materialismo y conciencia: no es lo mismo ser (lo
que es, lo real y concreto), que lo que debiera ser (abstracto
porque es de conformidad con las normas, deseos personales,
intereses o pensamientos).
Pero,
además, el concepto anterior del ser (como verbo, esto
es, acción) difiere de la concepción del ser
(sustantivo, del latín ens entis = lo que es y del
griego ????????, el ser), como ente biológico: por
ejemplo, la especie humana y el individuo.
Si
el lector analiza friamente el asunto, constatará -con
ejemplos que por sí mismo podrá identificar
derivados de su propia percepción del mundo- que hay
muchos temas, problemas o soluciones que lo mismo admiten
una argumentación que la contraria, esto es, el gonismo
y el antagonismo, y como resulta que hay mucha gente que opina
en pro de algo y lo sostiene con todas sus fuerzas físicas
y espirituales, pero hay muchas otras personas que están
exactamente en el polo opuesto, entonces se torna difícil
saber en dónde está la certeza; además,
cada lado tiene muchas aristas y colores, lo cual quiere decir
que puede haber mil criterios divergentes para un sólo
asunto.
¿Será
que -como los opuestos se unen- está en los dos extremos
y en medio, pero también en ninguno de ellos sino en
otros puntos?
DIOS
Y LA VERDAD
Por
ejemplo, en asuntos religiosos ¿quién tiene
la razón sobre el verdadero Dios, porque resulta que
los católicos, las diversas sectas cristianas, los
musulmanes, los sintoístas, los judíos y los
budistas difieren y cada uno alega la posesión de la
verdad? ¿Y los ateos y los agnósticos, que sostienen
la inexistencia de la divinidad y de otro mundo después
de la vida terrenal?
Muchas
veces la convicción de la verdad de una persona no
es otra cosa que su propia incapacidad o tozudez para admitir
lo contrario a lo que piensa y sostiene. Por eso la certeza
que la ciencia forja, desecha la convicción basada
en los sentimientos, en las debilidades psicológicas
o en las inclinaciones mentales, porque la certeza no es sólo
la concepción mental que de ella se tenga o su emisión
utilizando los diversos lenguajes, sino algo más: su
conexión íntima con lo que significa y su interdependencia
con otras proposiciones con las cuales se vincula, único
camino conocido hasta ahora para desechar las dudas razonables,
porque es una obligación ineludible la que tienen el
científico, el filósofo y el artista de identificarlas,
exponerlas y resolverlas.
Desde
luego que la duda es necesaria, como también lo es
atreverse a confrontar la verdad con la duda; pero si una
verdad ya ha pasado las pruebas y vencido los obstáculos
interpuestos, entonces habrá que reconocer que los
límites naturales de la duda han llegado a su fin y
que entonces ya no hay posibilidad -en ese momento histórico-
de seguirla objetando.
Y
cuando llegue el momento de constatar que hay algo nuevo alrededor
de esa verdad, aparentemente contradictorio con ella, podrá
también comprenderse que el conocimiento no se construye
a saltos sino con pasos escalonados, y que lo nuevo no niega
lo viejo sino sólo lo perfecciona, redondea o aumenta
lo que se sabe ya sobre cierto tema.
EUCLIDES
Y ARISTÓTELES
Por
ejemplo, la verdad sobre la geometría del espacio,
derivada de la teoría de la relatividad de Einstein,
no cambió la verdad de Euclides en cuanto a que la
geometría plana establece, y es cierto, que no puede
haber un triángulo con tres ángulos rectos (90°
grados cada uno), pero no deja de ser también una verdad
que la geometría del espacio demuestra que, en una
esfera, sí coexisten y se identifican fácilmente
tres ángulos rectos en un triángulo.
Igualmente,
la lógica de Aristóteles no vio desmentidos
sus postulados por los aportes dialécticos con los
cuales contribuyó Carlos Marx al acervo de una disciplina
filosófica como lo es la lógica, ni tampoco
dejaron de tener razón Ptolomeo3 ni Copérnico4
cuando la teoría de la relatividad comprobó
que había complemento entre ambas concepciones, pero
que además los conocimientos que aportaron fueron la
base que le permitió a la ciencia astronómica
seguirse desarrollando y conocer más y mejor el Universo.
Todo
conduce a establecer como un hecho cierto que las nuevas verdades
que se van agregando a las antiguas certezas de una disciplina,
sea ciencia, sea técnica, sea arte o sea filosofía,
son el acercamiento progresivo del ser humano al conocimiento
de lo que es en sí la esencia y la forma de la Naturaleza.
Y
para conocer la totalidad de la Naturaleza, todavía
le falta al ser humano un largo trecho de tiempo y de espacio
que recorrer5.
Esto
significa que la ciencia aspira a que cualquier conocimiento
que se quiera validar tenga una base lógica y despeje
todas las incertidumbres y las lucubraciones fabricadas por
el dizque sentido común, pero también quiere
decir que la ciencia y el arte -o la filosofía- están
abiertas a la discusión de todas las proposiciones,
bien fundadas, que se quieran plantear.
EXACTITUD
Esta
parte de los requisitos que debe llenar una disciplina para
alcanzar la categoría de ciencia, se refiere tanto
a la precisión como a la medición, factores
interconectados.
Es
claro que estos factores, en lo que cabe a las ciencias exactas
o naturales y a las artes, quizás no sean tan difíciles
de llenar, pero cuando se trata de ciencias sociales o de
humanidades, entonces empiezan los problemas, por otra parte,
son requisitos que se dan en el ambiente de la biblioteca
y en los campos de la investigación, pero no es posible
que se den en la conversación cotidiana porque entonces
se cae en los vericuetos de la ridiculez, la afectación,
el artificio, la chabacanería o la simulación.
¿Cómo
precisar, cuando se habla de lo verdadero, lo bueno, lo justo
o lo bello, cuáles son los límites -calidad
o cantidad- para alcanzar tales categorías?
Es
que, aparte de lo atinado de que los helenos concibieran la
verdad como una hermosa mujer oculta en una cueva inescrutable,
esto es, una noción difícil de localizar (lo
cual podría aplicarse a las otras categorías),
hay que tomar en cuenta los diversos patrones dictados por
el tiempo o por el espacio.
LA
BELLEZA DE LA MUJER ORIENTAL
Un
paradigma para ilustrar algunos problemas de la medición
de la belleza y el hallazgo de la verdad: los rasgos en el
rostro de una mujer oriental son diferentes a los que caracterizan
a una africana de raza negra o a una mujer caucásica,
del mismo modo la mujer blanca, ancha de caderas, busto opulento,
nariz recta, pómulos redondeados, boca pequeña,
labios delgados, ropas holgadas y conducta discreta, corresponde
al ideal de belleza eurocéntrico e iberoamericano del
periodo conocido como la belle époque, a finales de
la centura pasada -el siglo XIX- y los 14 primeros años
de la centuria actual, es decir, este siglo XX que no terminará
sino hasta el 31 de diciembre de 2000.
Pero,
mediante la cinematografía y la televisión,
desde los años sesenta se popularizó un tipo
de belleza femenina que hubiera sido reprobado hace 100 años;
mujer con tez apiñonada (un poco morena) o discretamente
blanca, caderas estrechas, busto escaso, nariz aguileña,
pómulos salientes, boca grande, labios gruesos, ropas
ceñidas y actitud extrovertida.
¿Cuál
de los dos tipos de belleza es el verdadero, a juicio del
lector? ¿Doña Virginia Fábregas o Audrey
Hepburn?
¿Y
qué decir de los concursos nacionales contemporáneos,
regionales o universales de belleza, donde están al
tú por tú las mujeres indígenas, africanas
y orientales con las europeas?
Pues
no hay más remedio que declarar que la decisión
no es fácil, fundándose en el juicioso pensamiento
hipocrático que ya se expresó en páginas
anteriores: "La vida es corta, el arte es largo, la ocasión
fugaz, la experiencia engañosa y el juicio difícil".
CADA
OVEJA CON SU PAREJA
A
primera y segunda vistas, todas las mujeres son bonitas, pero
¿fundaría su hogar el oriental común
y corriente con una africana, cobriza o europea? Y sobre esta
base, sáquense todas las combinaciones que se quieran,
al tiempo que sería pertinente asentar que, desde luego,
hay rarezas en cuanto a que se observan casos frecuentes de
parejas que no coinciden en cuanto a raza (o edad, religión,
costumbres, escolaridad, clase social, condición económica).
Pero lo habitual es que la generalidad de la gente se comporta
como lo establecen tres viejos y sabios refranes:
-
Cada oveja con su pareja.
- Aunque
todos somos del mismo barro, no es lo mismo bacín
que jarro.
- Tal
para cual, Pascuala para Pascual.
¿HAY
MEDICIÓN EN LAS CIENCIAS SOCIALES?
Pero,
regresemos a la exactitud, ahora en el área de las
ciencias sociales: se ha dicho mucho que sería deseable
tener posibilidades de medición similares a las de
las ciencias exactas y naturales, pero su carencia sólo
es aparente pues la historiografía es un instrumento
que registra los hechos, tiempos y personajes históricos,
incluyendo sus causas, vinculaciones, desarrollo, resultados,
sustitución, remedo o extinción; es posible
que no proporcione la exactitud que aportan las matemáticas
y la trigonometría, pero en cambio sí detecta
muchas variables y, al identificarlas y compararlas, se consiguen
patrones de medición que permiten no sólo la
comprobación y el rastreo, sino hasta la especulación;
aunque sin dejar de tomar en cuenta la observación
sagaz de Marx: la historia no se repite.
Por
último, en lo que respecta a medición y exactitud,
que quede establecido que la categoría de ciencia la
poseen las disciplinas sociales y las humanidades al igual
que las disciplinas clasificadas -y así lo ostentan
en su nombre- como naturales y exactas. Esto significa que
tan son ciencias el derecho, la economía, la geografía,
la historia, la politicología y la sociología,
por mencionar unas, como la astronomía, la biología,
la cosmografía, la geometría, la física,
las matemáticas y la química, por mencionar
otras.
(Concluye
en el próximo número)
HUGO
FERNÁNDEZ DE CASTRO
Profesor titular B de carrera, tiempo completo, de la UNAM,
Plantel 2 de la Escuela Nacional Preparatoria y Facultad de
Medicina. Articulista de Uno más uno y Excélsior.
hfdec@hotmail.com
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