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Toda mi vida -quizá influido
por la cinematografía- he querido escribir una novela o un
cuento con música de fondo. De tal modo, en tanto el lector
sigue la trama, la música estimula sus sentimientos y
pasiones. Si lo consiguiera, ganarían dos artes: la literatura
y, desde luego, la música, recuperando de este modo el
prestigio perdido ante los espectáculos como el cine y la
televisión.
Recuerdo que Alejo Carpentier
proponía con su buen humor habitual leer un texto con música
de fondo. Escuchar, por ejemplo, una marcha militar mientras
se lee un relato de guerra. Pero esa ya es una idea
generalizada y fácil, de hecho diversos lectores suelen
practicarla al poner un disco con su música favorita al
arrancar la lectura. El resultado es desolador: la música no
coincide con el libro sino con las aficiones de un lector
irrespetuoso que no sabe que se trata, en este caso, de dos
artes separadas, de méritos distintos. Mi idea va más allá.
Uno, al abrir el libro de literatura, debe escuchar música:
primero la introducción, enseguida las notas correspondientes
a cada uno de los capítulos o párrafos. Lenta y suave o fuerte
y violenta, según el caso de lo que se narra. La pregunta es
cómo lograr la revolucionaria hazaña, aquélla que sin duda
aumentaría el número de lectores: de miles a millones y
millones.
Supongo que hablaríamos de un
libro complicado o inteligente, que al abrirlo se pone en
marcha un mecanismo musical que sigue gracias a una diminuta
computadora la acción, tal como sucede en un filme. No
encuentro otro antecedente -probablemente vago y remoto- que
la cajita de música. Con una ventaja adicional, el trabajo del
compositor estaría por completo ligado al del literato en
beneficio no del simple lector y, perdón por la petulancia,
sino de la mismísima humanidad.
En algunos casos, pienso, el
libro podía tener música de autores clásicos como Mozart o
Wagner o tal vez popular de grandes orquestas, Miller y Benny
Goodman, rock and roll o música especialmente escrita
para el poema o la novela. Sin embargo, mientras trabajo en el
proyecto algo me preocupa -más como ingeniero que como
literato-: ¿y si el lector no se adentra en la lectura y
utiliza el libro abierto como una suerte de radio o de
tocadiscos, sólo para escuchar la música o, y esto es aún más
aterrador, para bailar? Dejaría de lado lo que a mi juicio es
la parte sustantiva, la literatura, pues debo confesar que,
con el debido respeto a la música, he preferido la poesía y la
prosa narrativa, el arte de las palabras. Por otro lado, mis
afanes científicos o técnicos son resultado de una carrera que
concluí sin mayor vocación.
He consultado mi proyecto con
directores de orquesta y simples melómanos y todos me han
respondido con el escepticismo y aun con ironía apenas
disfrazada. Pese a ello no cejaré en el intento. Ayer ya logré
un libro rudimentario, quizá demasiado grueso y tosco, donde
inserté una maquinaria que se pone en movimiento cuando es
abierta la primera página. Trataré que sea menos voluminoso y
pesado; espero, asimismo, fabricar un censor altamente
sensible para que cuando los ojos se posen en el inicio de la
historia, en las primeras palabras, comience la música y cada
vez que el lector suspenda la lectura, las notas se detengan.
Trabajo con un entusiasmo sólo controlado por los severos
horarios del hospital donde estoy recluido.
RENÉ
AVILÉS FABILA
Escritor.
Profesor de tiempo
completo en
la Universidad Autónoma Metropolitana
y
catedrático
de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAMEditorialista
de diversos periódicos y revistas de circulación nacional.
Premio Nacional de Periodismo del Gobierno de la República
(1991). Miembro del Sistema Nacional de Creadores. Autor de
una vasta producción literaria, entre cuyas obras destacan
Hacia el fin del mundo, El gran solitario de Palacio, Tantadel
y
Réquiem por un suicida.
ravilesf@prodigy.net.mx
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