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Si
la música no debe estar acompañada de sustitutos
para darse una justificación de existencia, si su voz
debe ser tan potente para bastar por sí sola en conmover
y gustar, si la música es ya metáfora cuando
en cada una de las demás artes es todavía descripción,
y ella quiere ser comprendida por una vez como música,
y no puede ser entendida ni gustada más que en sí
misma y por sí misma, si su esencia íntima es
elemento cósmico nacido con el hombre, podremos comprender
cómo la concepción purista escrupulosamente
seguida y realizada en la forma y en la expresión de
nuestros más selectos compositores del admirable seiscientos
y del melodioso setecientos, encuentra una base, una vida
y un fin en su propia naturaleza.
Entre
los compositores que supieron y quisieron realizar este arte
puro euterpiano, cierto Evaristo Felice Dall'Abaco no figura
en un nicho conmemorativo, gloria scaligera, poderoso sinfonista
de cámara, el nombre con el que el Liceo Musical de
Verona espera ser nombrado desde hace tiempo.
Cada
trabajo de este maestro, en realidad, está impregnado
de una frescura melódica y una riqueza armónica
que puede estar a la par, si no alguna vez superar, a la de
su contemporáneo Arcangelo Corelli de Fusigano que,
como sabemos, ha sido considerado digno de estar sepultado
en el Panteón junto a los restos del divino Rafael.
INSPIRACIONES
DE VIDA
Sandberger,
además, comentando analíticamente la producción
dallabachiana, la considera superior a la de otro gran músico
veronés: el violinista Giuseppe Torelli (1660-1708).
A este punto, nosotros agregamos que mientras Torelli sacrificaba
frecuentemente la substancia íntima y la expresión
puramente lírica en favor del virtuosismo, las composiciones
de nuestro músico son fogosas, desbordantes inspiraciones
de vida salidas de una gran alma inquieta y simple, y la fuerza
melódica es tan exuberante que las obras pueden ser
consideradas entre las mejores que los italianos produjeron
en aquel periodo y que nosotros poseemos.
Estos
trabajos no sólo nada tienen que envidiar a los mejores
de un Veracini, de un Steffani, de un Stradella, sino -como
dijo Manara- pueden servir de modelos a las nuevas generaciones
para abrir vastos horizontes y descubrir las riquezas y bellezas
de la música instrumental del seiscientos y setecientos.
Nacido
el 12 de julio de 1675 en esta Verona, que tantos hombres
ilustres ha dado a las artes y a las ciencias, demostrando
desde los primeros años una particular disposición
a la música, le fue permitido por su padre Damiano
-connotado jurista- estudiar en su ciudad natal el violín
y el violoncello; y dando en esta disciplina muestra de talento,
fue invitado a Modena donde terminó los estudios y
aprendió del insigne Vitali los secretos del contrapunto
y de la instrumentación.
En
1700 lo vemos en Mónaco llamado a la corte del bávaro
Príncipe Elector Maximiliano Emmanuel II, "amador
y protector espléndido de la música y todas
las artes bellas".
Desde
aquel momento, no podrá decirse que los años
subsecuentes hayan sido en la existencia de Dall'Abaco los
más serenos y tranquilos, al haber debido acompañar
a su Señor en las afortunadas campañas de guerra
de aquel tiempo.
LUZ
DE ITALIA
Lo
volvemos a encontrar en Bruselas, en París, en Versalles,
en Luxemburgo, en todas partes portador de aquella luz que
Italia desde milenios tiene la misión de expandir por
medio de sus hijos más selectos y de sus obras inmortales
en el mundo.
En
Mons, donde después de infinitas peripecias y trastornos,
el príncipe reúne a sus más ilustres
músicos y mejores cantantes, instituye una Academia
musical sobre el modelo de la parisina y funda un Teatro de
Ópera que hospederá a los más insignes
y disputados artistas de su tiempo.
Después
de la caída de Mons y la paz de Restatt de 1715, encontramos
a nuestro cuarentón Dall'Abaco, nuevamente en Mónaco
como maestro concertador en la capilla Principesca donde al
lado de Melchor Dardespin pudo desplegar en la paz, en la
tranquilidad y en el bienestar ofrecidos por el alto cargo,
toda su fecunda actividad de creador, en su plena madurez
artística y como ejecutante.
Son
de este periodo los Dodici Sonate per violino e basso op.
1, los Dieci Concerti da Chiesa a quattro parti op. 2, las
Sei Sonate da Chiesa y Sei da Camera a tre parti op. 3 que
dedica a Leopoldo I, duque de Lorena. En todos sus trabajos
y especialmente en los primeros, no olvidando nunca de ser
sobretodo y antes que todo italiano y véneto, escribía
después de su nombre: "Ciudadano veronés".
Algunas
de estas composiciones enriquecen los archivos de las bibliotecas
de Viena, París, Berlín y Londres. Escribe además
Dodici Sonate per violino e basso op. 4 publicadas también
por Chédeville en una reducción para musetta,
flauta, oboe con bajo continuo; Sei Concerti a sette parti
y los famosos Concerti per violino solo op. 6. Alguna composición
la encontramos inserta en la Colección Collegium musicum
de Riemann, otras publicadas por Schott, otras por la Casa
de Lipsia "Breitkopf und Haertel"; mientras que
muchísimas otras composiciones se han perdido.
VERDADERO
INNOVADOR
Es
sabido que él sobresalía a tal grado en el arte
instrumental que a menudo los conciertos que ofrecía
a los amigos en su casa, asumían la importancia de
verdaderos acontecimientos artísticos a los cuales
el propio Príncipe Maximiliano quería asistir
con toda la alta nobleza de Mónaco.
Pero
lo que permanecerá verdaderamente en el transcurso
del tiempo, desafiando los embates y las corrientes de todas
las escuelas, serán las Sonate da Chiesa donde, especialmente
en los adagi, el veronés ha logrado potentes expresiones
pinceladas por cálidas oleadas de melodías nobilísimas
en medio de atrevimientos de modulaciones y contrastes.
Es
justo, en fin, reivindicar y recordar que nuestro compositor
fue el primero en adoptar instrumentos de aliento madera en
orquesta, provocando -como fácilmente se podrá
argüir- una verdadera revolución en la ciencia
físico-acústica y sobretodo tímbrica
de la instrumentación, y fue el primero en adoptar
en sus piezas los a solo instrumentales.
Muerto
en 1726 su generoso protector, Evaristo Felice dall'Abaco
permaneció todavía en la Corte bávara;
pero no pudiendo Carlos VII continuar brindándole aquellos
honores y aquel apoyo material de los que su predecesor fue
tan pródigo, vivió los últimos años
en la inercia y el olvido.
Acompañado
por un grande y conmovedor llanto, moría singular y
precisamente en el mismo día y mes en el que sesenta
y siete años antes, había nacido. Mónaco
-y las crónicas de la época lo confirman- tributó
a este gran veronés que se desempeñaba en tierra
extranjera solemnes y cálidas honras.
Para
concluir, queremos añadir las palabras que Manara pronunció
en el ya lejano 1908 en el Conservatorio "Giuseppe Verdi"
de Milán en ocasión del congreso didáctico
y del centenario de aquel instituto:
En
nuestros días, en los que a pesar del rápido
sucederse de nuevas escuelas, de nuevos intentos y de nuevas
maneras dominantes por un momento en el fervor de la vida
moderna, afortunadamente se asiste esta vez a la exhumación
de algunas obras de nuestros mejores antiguos, si se hiciese
de modo que también aquellas no apreciadas de E. F.
Dall'Abaco tuvieran finalmente el lugar que se merecen en
los programas de concierto. Así al menos, no podremos
lamentarnos más y dolernos sabiendo que sólo
más allá de los montes se sabe apreciar dignamente
la obra de uno de nuestros mejores representantes de la música
de cámara italiana.
UBERTO ZANOLLI BALUGANI
(Verona,
Italia, 7 de mayo de 1917- Ciudad de México, 20 de
diciembre de 1994) Director de Orquesta, compositor, musicólogo,
escritor, violinista y violista. Estudió en los conservatorios
de Verona, Bolzano y Milán. Realizó el rescate
y divulgación musicológicos del compositor véneto
Giacomo Facco (1676-1753). En 1972 fundó la Orquesta
de Cámara de la Escuela Nacional Preparatoria de la
UNAM, agrupación que dirigió hasta su deceso.
Periodista en Italia y México, su obra escrita aborda
temas musicológicos y de organología musical.
Entre sus composiciones musicales destacan: Tres danzas antiguas;
Retablo Romántico, Elegía a un Hombre, Cabalgata,
Siete miniaturas del Mayab y Cántico a Fray Sol.
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