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SEÑOR PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA;
SEÑOR SECRETARIO DE EDUCACIÓN;
SEÑORAS Y SEÑORES:
El Conservatorio es una institución
ilustre y de abolengo; ha hecho una obra notable por el arte
musical de México y tiene ascendencia de ya muchas
generaciones de antepasados. Las tertulias musicales en la
casa de Tomás León, allá por 1864 ó
65, de distinguidos músicos mexicanos y hombres de
ciencia y de letras -Melesio Morales, Julio Ituarte, Aniceto
Ortega, el Dr. José Ignacio Durán, entonces
Director de la Escuela Nacional de Medicina, el Dr. Eduardo
Liceaga, D. Antonio García Cubas y algunos otros más-
fueron la cuna de un Club Filarmónico, que, poco después,
se volvió la “Sociedad Filarmónica”
que había de fundar el Conservatorio antecesor a éste.
Entusiasta y valeroso esfuerzo fue el de
estos hombres que sin desvíos mantuvieron su idea y
su obra.
Dos o tres años después, no
siendo aún oficial, pues su nacionalización
no se decretó sino hasta enero de 1877, “el Conservatorio
adquirió vastas proporciones -dice García Cubas-
que, aumentando las necesidades, hicieron indispensable su
traslación a otro edificio de conveniente amplitud,
lo que pudo llevarse a efecto por la decidida protección
que el Gobierno del Sr. Juárez impartió al nuevo
establecimiento, concediéndole para sus útiles
trabajos el edificio de la extinguida Universidad”.
Esta resolución, según documento
oficial, citado por el propio escritor en “El Libro
de mis Recuerdos”, está fechada el 25 de octubre
de 1867.
El magnífico y venerable edificio
que había sido de la primera universidad mexicana,
alojó al Conservatorio, resultado de esa disposición
del Presidente Benito Juárez, desde entonces, hasta
los años de 1910 u once, en que la ciega y criminal
onda demoledora de joyas arquitectónicas en perfecto
estado de conservación -no totalmente pasada aún-
convirtió en cascajo uno de los más bellos edificios
de México y de América.
De allí pasó a la casona fea
e inadecuada del Puente de Alvarado 43, y, dos o tres años
después, a las preciosas casas números 14 y
16 de la calle de la Moneda, de donde fue, a principios de
1947, a ocupar, provisionalmente, un pabellón del edificio
de la Escuela Normal Superior en la Rivera de San Cosme, de
donde ahora sale, para instalarse en este gran edificio de
la Avenida Masarik construido especialmente, para alojarlo,
por el anterior y el presente Gobierno de la República.
La iniciativa resuelta y entusiasta del Lic.
Ernesto Enríquez, Oficial Mayor de la Secretaría
de Educación Pública durante los últimos
años de la Administración del señor General
Manuel Ávila Camacho, resolvió al Gobierno a
emprender la construcción.
Al expirar el término del pasado
Gobierno, el edificio apenas estaba a medio construir. Gracias
al especial empeño del señor Lic. Alemán,
Presidente de la República, manifestado abiertamente,
y declarado aun en sus informes presidenciales al Congreso
de la Unión, se da término a esta obra que,
hoy el mismo señor Presidente inaugura.
En su labor educativa, cuenta el señor
Presidente con un colaborador de excepcionales virtudes, y
a él, el Lic. Gual Vidal, se debe la feliz ejecución
de los propósitos presidenciales.
Como la iniciación de la obra se
decidió con cierta precipitación, al reanudarse
los trabajos, a principios de 1947, hubo que hacer algunas
modificaciones, no ya sólo al proyecto, sino a la obra
misma.
Es notoria y plausible la intención
de cierta monumentalidad en la concepción de este edificio.
Es preciso que se comprenda y se establezca
bien que la funcionalidad de una obra arquitectónica
no debe basarse tan sólo en consideraciones prácticas,
utilitarias, sino también en las que se refieran al
buen ánimo, la felicidad, el contento del morador,
que provienen del hecho de moverse entre formas arquitectónicas
de proporción, de espaciosidad, de equilibrio, de belleza.
Sin embargo, no hay que confundir esto con
lo que se ha llamado bien arquitectura decorativista, ni equivocar
la necesaria sensación de espaciosidad, con una mera
adición aritmética de metros cúbicos
y más metros cúbicos de vestíbulos y
pasillos.
En fin, no quiero terminar sin referirme
a dos materias de interés.
El Conservatorio ha sido el centro más
importante de desarrollo musical de México, a pesar
de su naturaleza inevitablemente precursora y de sus muchas
deficiencias, lagunas y pobrezas. De él han salido,
o a él han ido a dar, todos los artistas que más
han hecho por el florecimiento musical de México.
Su actual Director, el gran músico
Blas Galindo, es buena muestra de que el Conservatorio puede
formar un músico.
Por último, quiero hablar de lo que
me parece ver detrás del costoso esfuerzo hecho por
nuestro Gobierno para dotar a México de un buen edificio
para su Conservatorio.
Está, me parece, el deseo latente
de organizar la actividad artística del país.
Tal organización, que requiere dinero,
esfuerzo inteligente, y devoción, es necesaria para
lograr un gran florecimiento artístico, general, que
México puede producir.
Semejantes florecimientos, en las grandes
culturas europeas, no han sido de generación espontánea.
Han sido fruto del impulso infalible, duradero, costoso en
esfuerzo y dinero, del Estado.
Las dos riquezas de un país -la económica
y la cultural- deben ser propias. Tan malo es vivir de dinero
prestado como vivir de cultura prestada.
Y la miseria de cultura es más grave
aún que la miseria de dinero: la miseria total es preferible
a la insolente opulencia inculta.
Juzgando a la ligera, puede parecer desproporcionado
el gasto de un edificio bien acondicionado para un Conservatorio.
Pero, sólo un poco de reflexión,
hará ver que no porque sean enormes las necesidades
de la educación elemental, van a descuidarse las de
la cultura superior, lo mismo que no se descuidan, digamos,
las necesidades de Defensa Nacional, por atender las muy ingentes
de Agricultura.
Las necesidades del Estado son múltiples.
La cuestión está en resolverlas en proporción
debida. Y hasta ahora, el criterio ha sido, más bien,
de extraordinaria reserva y timidez para impulsar la alta
cultura.
Es equivocado creer que el dinero que se
gasta en Defensa Nacional se le quita a Agricultura. Igualmente
erróneo sería pensar que lo que se gasta en
esta escuela de música se le quita a las escuelas primarias.
Se trata de dos cosas distintas, con igual derecho a la atención
del Estado.
Malo sería gastar mucho en arte y
nada en educación elemental. Pero la cosa no es así.
Lo cierto es que, de 1865 a esta fecha, el Estado no ha gastado
ni un centavo en alojar sus dos o tres escuelas de arte, mientras
que, en el mismo periodo de tiempo, bien puede haber gastado
muchos cientos, o miles, de millones de pesos, en edificar
decenas de miles de escuelas primarias, regadas en toda la
extensión del país.
Lo que hasta ahora se ha dado a nuestras
escuelas de arte es apenas nada. No ha habido un sistema,
ni siquiera incipiente, de escuelas, teatros, museos, talleres,
academias, que desarrollen y estimulen la creación
de nuestro arte y nuestros artistas con un sentido general.
Hay, sin embargo, individuos fuertes, dueños
de excepcional voluntad artística. Su obra es el único
logro auténtico y tangible de México. Queremos
tener industria, queremos tener agricultura, queremos tener
muchas cosas que no tenemos y debemos tener, pero gracias
a esos pocos artistas, heroicos y aislados, México
tiene, tiene ya, un gran arte. Arte, es lo único que
tiene México, lo único que le da carácter
y fisonomía propios, para sí mismo, y ante el
mundo.
Ya es tiempo de empezar la tarea organizadora
de una cultura superior, generalizada y penetrante. Ojalá
que este nuevo edificio sea como marca de una nueva etapa.
Carlos Chávez
Director del Instituto
Nacional de Bellas Artes y Literatura
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