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Reflexiones
académicas
Entrevista
con
Leopoldo
Téllez López |
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Director
del Conservatorio Nacional de Música de México
(1984-1988) |
¿Cómo
nace en Usted la vocación de ser músico?
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Siento
que no hubo un momento en el que hubiera decidido ser músico,
pues esto ya venía de familia. No sólo mis padres
sino también los padres de mis padres, todos eran músicos.
Algunos de ellos no totalmente profesionales, otros dedicados
más a la música popular, mi abuelo materno por
ejemplo, fue autor de la "Canción Mixteca",
profesional sí, pero dentro de la música folklórica.
Además de haberse dedicado a la composición
y de haber creado más de 200 canciones, tocó
regularmente en bandas. Era muy cuidadoso de la melodía
y escribía además de la música, la letra;
siempre tuvo mucho interés en la música clásica
y recuerdo que cuando recibí el Premio Cassals, él
me acompañó, pues mi padre trabajaba por las
noches. Mi abuelo siempre nos brindó todo su cariño
y apoyo. Mi abuelo paterno era abogado, pero dirigía
también una escuela de música y componía.
Así, toda mi familia es de músicos, y cuando
nace un miembro, desde pequeño se le enseña
la música, el piano. De siete hermanos tres nos dedicamos
a ella. Mi hermana que es doctora, también estudió
el piano. |
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¿Qué
influencia tuvo en usted que su padre, Roberto Téllez
Oropeza, hubiera sido compositor?
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El
haber recibido toda la formación que no se recibe en
una escuela sino después de los 7 u 8 años,
no obstante que ahora existan escuelas de educación
infantil donde llegan los pequeños a muy corta edad.
Fue el recibir una importantísima educación
durante mi niñez, que me permitió asimilar una
gran información musical, pues mi papá fue un
importante compositor y director de una banda musical, y el
haber sido su hijo fue para mí haber recibido un regalo
de Dios y tener una puerta abierta para desarrollar una profesión
como ésta. Mi padre mostraba deseos de que nosotros
estudiáramos música, sin embargo, al hablar
con él nos decía que no nos dedicáramos
a ella porque nos íbamos a morir de hambre. Creo que
tenía razón, pero de todas maneras no me arrepiento
de haber estudiado música. |
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¿Hubo
algún instrumento que preferentemente estudiaran en
su familia? |
No,
al violoncello, por ejemplo, se dedicó profesionalmente
un hermano de mi padre, Juan Téllez Oropeza, que trabajó
inclusive en la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) por
muchos años. En violín destacaron también
varios familiares. Rosendo Oropeza, que hoy tendría
112 años, y que desde muy chico se fue a estudiar a
los Estados Unidos, en donde conoció a Camille Saint-Saëns,
aunque no llegó a estudiar la profesión de músico.
Hay también pianistas. Mi abuelo materno fue clarinetista,
pero lo que más predomina, sobre todo en los antiguos,
es la composición. De mi generación, sólo
mi hermano Francisco, en el género del jazz, ha sido
quien más se ha dedicado a la composición. |
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¿Cómo
fue que entró a estudiar al Conservatorio Nacional
de Música de México?
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En
realidad, fue también de familia pues antes lo habían
hecho mis padres y mi abuela. Había que entrar y punto.
Yo entré justamente cuando inicié mis estudios
de secundaria, en la última generación que hubo
en el Conservatorio y que es una tristeza que esa área
de educación haya desaparecido, pues debiera de continuar
porque la enseñanza básica, primaria y secundaria,
así como la preparatoria, deberían de cursarse
paralelamente a la música, aquí en el Conservatorio.
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¿Por
qué lo cree así?
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Porque
es muy pesado para el alumno tener que desplazarse de un lado
a otro y además debe de aprovechar todo su tiempo.
En 1959 en que entré a la escuela secundaria, fue para
mí un gran beneficio en tiempo, pues realizaba en el
mismo lugar los estudios de la educación secundaria
y los del Conservatorio. |
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¿A
qué maestros recuerda de la Secundaria? |
No
recuerdo mucho de la secundaria. Al maestro Rodolfo Palacios
porque siempre me regañaba, creo que me reprobó
siempre en Historia, lo que hacía que yo pasara al
Conservatorio a estudiar el violoncello. A lo mejor es a él
a quien debo mucho haber estudiado el instrumento. No obstante,
del Conservatorio recuerdo especialmente a los maestros Gerónimo
Baqueiro, Eloísa Carballo, Francisco Moncada y, por
supuesto, a maestros ya grandes como Fanny Anitúa,
Guido Pico y Jesús Estrada. En aquel entonces había
sólo 450 alumnos en el Conservatorio y de cello éramos
muy pocos, frecuentemente a nosotros se acercaban los maestros
de canto para felicitarnos. Con relación a toda mi
carrera recuerdo a muchos, como a los maestros Carlos Jiménez
Mabarak, Rodolfo Halffter, Jorge Serafini, Alberta Castelazzi,
que aún sigue de maestra pues empezó su encomiable
labor educativa siendo muy jovencita. |
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¿Y
de sus compañeros de estudio? |
A
Víctor Manuel Cortés, un alumno muy estudioso
que además estudiaba otra carrera. Y recuerdo a otros
que iban más adelante, en tiempos del maestro Joaquín
Amparán como director de la escuela, como Oscar Tarragó,
Emilio Angulo, Jorge Federico Osorio, Enrique Batiz y Gilda
Cruz, cuyo entusiasmo era contagiante. |
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¿Qué
maestros influyeron más en su formación como
violoncellista? |
El
maestro Imre Hartman, con quien estudié principalmente
en México, aunque llegaban a nuestro país como
novedades otros maestros, con quienes los demás compañeros
se iban. Yo nunca lo hice. Estudié con un sólo
maestro, un gran maestro y cellista, que formó a la
mayor parte de los mejores cellistas mexicanos, como a Carlos
Prieto. En el extranjero estudié en Rusia con Lascaux
y tres años más tarde en Estados Unidos con
Gregor Piatigorsky. No soy alumno de cello de muchos maestros
pero en cambio muchos cellistas sí han influido en
mi vida artística. Por ejemplo, con Pierre Fournier
nunca estudié pero muchas veces le acompañé
como integrante de la Orquesta de Cámara y aprendí
muchísimo de él, de su forma de desplazar los
dedos. Normalmente el instrumentista de cuerda desplaza los
dedos sin resbalar, cuando no hay que cambiar de posición,
pero yo notaba que con Fournier entre un dedo y otro generaba
un pequeño resbaloncito para unir ambos sonidos, lo
que le daba un touché distinto al del resto de los
sonidos que producían otros instrumentistas. A Pablo
Cassals lo escuché en Acapulco, ya muy grande de edad,
y de él me han impresionado sus videos, pues en aquel
entonces yo era muy pequeño. Toda su trayectoria ha
sido para mí un elemento importante de aprendizaje.
Obviamente Piatigorsky y otros que no conocí, pero
de los cuales aprendí leyendo su obra, como David Popper,
el cellista de todos los tiempos. Inclusive hoy en día
los métodos de David Popper son considerados como los
mejores, y la mayoría de los maestros los usan. No
importa la técnica que empleen, alemana, francesa,
todos toman a Popper. Mi maestro Hartman fue precisamente
el mejor alumno de Popper, de lo que deriva en mí el
ser, metafóricamente, nieto de Popper. Lo admiro mucho;
otro maestro fue también Emmanuel Feuermann, que llegó
a ser director del Conservatorio de Berlín a los 18
años y que murió muy joven. Ellos pues han sido
los grandes cellistas que han influenciado mi formación
profesional. |
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¿Cómo
podría definir desde el punto de vista técnico
al maestro Hartman?
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El
maestro perteneció al Cuarteto Lenner, en una época
en que había muy pocos cuartetos. No era como ahora,
y tengo entendido que si no era el mejor, sí era uno
de los principales cellistas en el mundo. Podría entonces
considerar que toda su enseñanza la ponía en
práctica justamente al tocar con el cuarteto, haciendo
música de cámara, además era director
de la Orquesta de Cámara en la cual no dirigía
con batuta, sino sólo dando indicaciones. Lo más
importante de su enseñanza fue el haber podido tocar
con otros miembros de la Orquesta, además de hacerlo
como solista. |
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¿Es
fundamental la enseñanza de la música de cámara
para la formación de quien estudia un instrumento como
el cello? |
Yo
creo que para todos los instrumentistas. Fue afortunado que
maestros como Imre Hartman y José Smilovitz pudieran
encontrarse aquí en el Conservatorio, justamente en
momentos en que se estaba reformulando el plan de estudios
en 1979, pues hizo posible apreciar la enorme influencia de
la música de cámara. Por ejemplo, las carreras
más largas son de diez años, y vemos cómo
además del instrumento principal que se lleva durante
ese mismo número de años, la que sigue en tiempo
es justamente la de música de cámara, durante
ocho años. Esto ha sido criticado desde siempre por
muchos maestros, al señalar que no es posible que dicha
materia se curse desde el segundo año de la carrera,
cuando el alumno casi no sabe ni afinar el violín.
No obstante, para aquellos maestros era muy importante, y
es hoy una de las principales riquezas con las que cuenta
la enseñanza en el CNM, pues en esa materia se empieza
a enseñar al alumno a tocar en conjunto, que es uno
de los principales problemas que deben enfrentar no sólo
los alumnos de este Conservatorio sino los de cualquiera otra
institución musical en el mundo, y si empiezan desde
el segundo año, les habrá de servir mucho. El
maestro de esta materia deberá tener mucha paciencia,
al grado precisamente de enseñar a los alumnos a afinar
sus instrumentos. |
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¿Dónde
estudió en el extranjero?
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Primero
estudié tres meses en Rusia, no obstante que tenía
una beca para 5 años, pero preferí irme a Estados
Unidos, en donde tenía otra beca para estudiar en Los
Ángeles con Gregor Piatigorsky. En Rusia estuve en
el Conservatorio de Leningrado, actualmente de San Petersburgo,
del que conservo la credencial que me acredita haber sido
el primer estudiante mexicano inscrito en dicho Conservatorio,
al grado de que me tocó estar allí en la celebración
de los cincuenta años de la Revolución Rusa,
en 1967. Luego en Estados Unidos estuve en la Universidad
del Sur de California, un año en el Music Center. Sin
embargo, considero que en ninguna parte del mundo hay un Conservatorio
con estudios tan completos como los que se ofrecen en nuestra
institución. En muchos ya no se enseña Acústica,
ni todas las claves en Solfeo. Gracias a la formación
musical que recibí de los maestros que mencioné
anteriormente, en realidad sólo estudié en el
extranjero la clase de cello, lo demás ya lo sabía.
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¿Usted
recomendaría que se continuaran impartiéndose
esas materias?
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Creo
que es importante conservar todas las materias, no obstante,
sería conveniente encontrar un mecanismo más
viable para llevarlas con el ritmo actual de vida. Podrían
hacerse grupos reducidos en materias grupales o bien disminuir
horas en algunas materias. En Solfeo, tal vez hacer grupos
de ocho alumnos en lugar de treinta, o bien diluir sus cuatro
años a lo largo de la carrera o reducir la carga horaria;
quizás de las seis horas efectivas debieran ser menos,
pero la materia en sí y sus contenidos representan
un aspecto fundamental en la formación del músico,
pues su duración y distribución constituyen
otra cuestión. Se deberían revisar los programas
de estudio, aunque en realidad todas las materias son muy
importantes. Yo no quitaría una sola, cuando menos
en lo que se refiere a la carera de violoncellista. |
¿Con
qué orquestas ha actuado y qué directores le
han impactado como solista?
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Del
extranjero actué sobre todo con la Orquesta de Cleveland
con Lorin Maazel. De las orquestas nacionales, he tocado con
la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México,
la Orquesta Sinfónica Nacional, la Orquesta Filarmónica
de la Universidad Nacional Autónoma de México,
es decir con casi todas. En cuanto a los directores, particularmente
recibí la influencia de Václav Smetácek,
Brusilov, Wislocki, con quienes participé en los inicios
de mi carrera, cuando se buscaba presentar a los artistas
nacionales con directores extranjeros. En aquel entonces el
director de la Orquesta Sinfónica Nacional era Luis
Herrera de la Fuente, y mí debut fue con Stanislaw
Wislocki con el concierto de Eduard Laló. |
De
los conciertos para cello, ¿cuál ha sido el
que a Usted más le ha gustado interpretar? |
Tradicionalmente
los de Dvorak, Haydn, Saint-Saëns, Tchaikovsky y un concierto
de mi padre, que toqué sólo una vez en público
con orquesta, no obstante que a diario lo ejecuto. Es de los
que más me gustan. Esos son los que más he interpretado
y todavía podría agregar el de Elgar. |
En
la música de cámara, ¿de qué conjuntos
ha formado parte? |
En
mi carrera básicamente apareció el Conjunto
Barroco, con miembros de la OSN. Luego una camerata de música
de estreno, la Camerata de México, aunque yo era el
único mexicano con doce extranjeros de diferentes instrumentos.
Más tarde del Trío México durante tres
años, el de mayor peso. Finalmente, a lo largo de toda
mi carrera, prácticamente desde que era alumno, del
Cuarteto Nuevo en el Instituto Nacional de Bellas Artes, al
grado que no logré sentir la diferencia entre haber
sido alumno y profesional de la música, pues empecé
mi carrera como violoncellista a los 12 años, toda
vez que ya tenía conocimientos musicales y de piano.
A los 13 años ofrecí mi primer concierto en
el Palacio de las Bellas Artes. En 1959 ingresé al
CNM y en 1962 Bellas Artes me contrató para formar
parte de ese cuarteto, realizando cuatro conciertos mensuales
en diversos estados de la República Mexicana. |
¿Cuál
sería para Usted la función social que debe
realizar un músico?
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Es
una pregunta muy difícil de responder porque la vida
da muchas vueltas. Muchas veces a la pregunta de para qué
sirve ser músico, se dice que la música clásica
hará a la gente buena, pero Hitler por ejemplo adoraba
a la música clásica, por lo que esa respuesta
resulta no muy convincente. Por otra parte, últimamente
no me he presentado como solista, no obstante que en el transcurso
de mi vida he realizado cerca de 2,000 conciertos. Por eso,
a la pregunta de para qué sirve la música, tal
vez en mí sea simplemente un gusto, un amor por la
música, y cuando se me paga por presentarme en un concierto
-porque también tengo que vivir de algo-, pues también
lo comparto con el público con todo gusto, pero de
allí a que yo piense que tengo una deuda, pues no.
Pienso que la función social es sobre todo como maestro,
que lo que he aprendido por años y años como
violoncellista lo pueda transmitir facilitándoselo
a mis alumnos; aquello que tal vez me costó dos, tres,
cuatro años para encontrarlo, yo se lo regalo a los
alumnos, explicándoles lo más detalladamente
posible, indicándoles cómo pueden conseguirlo,
haciendo que produzcan sonidos más agradables de una
manera más sencilla y que disfruten más la música.
Considero pues que es mayor la función social que se
puede realizar como maestro que como músico. |
¿Cómo
se integró a la planta docente del Conservatorio?
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En
realidad casi desde que un alumno destaca y queda formado,
se conecta directamente con la enseñanza. Sin embargo,
en mi caso primero me fui a estudiar al extranjero gracias
a las dos becas que había recibido cuando estaba en
el noveno año de la carrera, por lo que fue a mi regreso
en 1970, tres años después, cuando quise dar
clases, pero para mi sorpresa no había plazas. Esperé
otro año, y otro, y en 1974 le dije a Manuel Enríquez,
que era entonces el director: "Maestro, yo quiero dar
clases en el Conservatorio, aunque sea de manera gratuita.
Ya no me aguanto y necesito formar cellistas". Prácticamente
yo me invité solo, pero el maestro me consiguió
12 horas y fue así como entré a dar clases en
1974. |
De
sus alumnos, ¿quiénes han sido los más
relevantes? |
He
tenido muchísimos alumnos, tal vez más de cien.
En este año escolar por ejemplo tengo dieciséis.
No todos cumplen, no todos vienen, no todos tienen mucho talento,
hay de todo. Pero también tengo en la Universidad Autónoma
de Tamaulipas donde igualmente doy clases, lo que eleva la
cifra a 25 alumnos. También debería sumar a
los que doy música de cámara, y entonces el
número resulta grande. Pero recuerdo con especial cariño
a Ignacio Mariscal, de los más brillantes, está
también Jimena Jiménez Cacho, Héctor
Robles y Álvaro Bitrán; el cellista de la Camerata
Punta del Este también estuvo conmigo, y realmente
me siento muy contento cuando voy a los conciertos y veo y
escucho a mis alumnos tocando, no sólo a los cellistas. |
¿Qué
orquestas ha dirigido?
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Casi
desde que empecé a dar clases, paralelamente el maestro
Manuel Enríquez me invitó a dirigir la orquesta
de estudiantes del CNM, pues en ese entonces el maestro Serafín
ya se encontraba un poco enfermo. He dirigido pocas orquestas,
la de Cámara de Bellas Artes y las de Tampico, Morelia
y del Estado de México, aunque realmente con la que
más tiempo estuve y que además formé
es la Orquesta San Petersburgo, con músicos rusos,
que debería ahora llamar de Leningrado. Poco he incursionado
en grupos establecidos. La única forma en que me podrían
aceptar con mis demandas como director es cuando yo mismo
formo y pago al conjunto. Hice una orquesta con músicos
que entre sí son amigos y con quienes he hecho los
conciertos de estos últimos años en diferentes
estados, Chiapas, Puebla, Morelos, etc. Una enseñanza
que obtuve luego de haber estado por seis años como
cellista en la OSN, todavía siendo alumno del CNM,
fue el haberme dado cuenta de la labor tan difícil
que es la dirección orquestal. |
¿Cuál
es la importancia del público para un músico? |
Bueno,
yo digo cada cosa, que por ejemplo podría citar que
ahora, a casi año y medio de no tocar en público,
si vieran lo tranquilo que me siento, porque cuando llega
el momento de tocar, aparecen unos nervios, un sufrimiento,
un pánico, que uno dice, para qué me dedico
a la música. A mí me gusta la música,
pero como actividad por la que necesito que me aplaudan, como
generalmente ocurre con todo artista, pues para mí
no funciona, no lo entiendo. Yo toco porque me gusta la música,
como lo dije antes, es porque también tengo que comer,
es una forma de ganarme la vida. Me gusta sí, tocar
frente al público, pero no diría que me debo
al público. Es tal vez egoísmo, pero yo lo que
busco es tratar de mejorar, y ya si aparte de ello tiene uno
la oportunidad de tocar y que lo inviten a uno, pues qué
bueno. Si pensara así, ahora no tendría yo nada
de vida. |
¿Cómo
surge la oportunidad de llegar a ser Director del CNM? |
Para
cuando fui nombrado Director del CNM, era ya la tercera o
cuarta vez que participaba en el proceso. En alguna de ellas
di mi voto a Víctor Urbán, en otra ocasión
me detuve antes. Cuando concursé en 1984 prácticamente
había dos grupos, uno de maestros institucionales y
otro de maestros de tendencias más hacia la izquierda,
con los que más me inclinaba, aunque tal vez de ellos
yo era el menos radical. Hubo dos votaciones y fue en la segunda
cuando ambos grupos me favorecieron con su apoyo, tanto los
maestros como los alumnos.
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¿Cuáles
eran los problemas por los que atravesaba la institución
al momento de ser nombrado Director? |
El
primer problema era que el Conservatorio estaba dividido entre
dos grupos que entre sí no se saludaban. Ese era el
mayor problema, tratar que volvieran a reconciliarse entre
sí, no sólo entre alumnos sino también
entre los maestros. Esa fue la tarea más difícil
y afortunadamente se logró, al grado que hoy en día
no existe esa distinción tan marcada como la había.
La comunidad estaba muy dividida. |
¿Qué
acciones le significaron un mayor éxito?
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Yo
considero que fue todo lo concerniente a la labor de difusión.
Siempre consideré que esa era la tarea principal: los
conciertos fundamentalmente. Todo el equipo, maestros, alumnos,
gente de fuera, trabajamos mucho para ello. Había constantemente
conciertos, no sólo en la sede del CNM, sino también
en otros lugares, como hospitales, escuelas, reclusorios,
en provincia. Por radio particularmente fue impresionante,
con Jesús Elizarrarás en Radio Educación,
cada jueves se presentaba una hora con interpretaciones de
alumnos y maestros de la escuela, careciendo de todo presupuesto
para ello. En sí, hubo mucha difusión del quehacer
artístico del plantel. |
¿Cómo
fue su relación con las autoridades del INBA?
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En
un principio fue difícil. Me costó trabajo entender
la relación. Era mi primera experiencia en el sector
gubernamental. En esta actividad sí participa principalmente
la función de servir a la gente. Y la relación
con las autoridades yo considero que fue más que buena,
muy amplia. Hubo la oportunidad para que la figura del director
hiciera contacto no sólo con la Coordinación
del INBA, sino que por la brillantez y fantasía del
titular de la Subdirección General de Educación
Artística en ese tiempo, fue posible llevar a cabo
múltiples gestiones. Al grado de que se pudo hacer
contacto con la Secretaría de Relaciones Exteriores,
con un Conservatorio de la República China, haciendo
intercambio de músicos; con Hungría se logró
que aceptaran para estudiar a alumnos brillantes de esta institución
como Emilio Soto, ahora maestro del plantel, con Corea del
Norte y Corea del Sur, con muchas partes del mundo se hicieron
contactos. Se pudo también impulsar la Escuela de Laudería,
establecer convenios con Universidades, con la Asociación
Nacional de Universidades e Instituciones de Educación
Superior (ANUIES), con diferentes instituciones en el país,
teniendo casi sucursales del Conservatorio en las ciudades
de Torreón y Tlaxcala. Su presencia llegó a
ser más nacional de lo que fue cuando yo llegué
a la dirección, y de la que ahora tiene. En una primera
parte las autoridades dieron la oportunidad, el apoyo, pero
en los últimos años no, y el Conservatorio no
ha podido abrir tanto sus puertas. Tal vez esa tarea se estaba
reservando para el Centro Nacional de las Artes. Mis relaciones
con las autoridades fueron muy buenas y cuando llegó
el momento de la sucesión, nuevamente se respetó
la votación de la comunidad académica de la
institución, que eligió como su directora a
la maestra María Teresa Rodríguez. |
Como
alumno, luego maestro y posteriormente directivo, ¿qué
ha significado para usted ser conservatoriano?
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Pienso
que si bien desde 1974 he sido maestro, pero desde 1962 trabajo
para el INBA, y desde 1959 como alumno, casi por salud mental
debería salirme de la escuela, pues no se puede estar
eternamente en una institución. En ocasiones cuando
algún alumno no llega a su clase, me pongo a tocar
y me encuentro interpretando una sonata que justamente por
casualidad en este mismo salón estudiaba cuando tenía
12 años y me digo, ¡qué barbaridad, tantos
años y aquí estoy y a lo mejor todavía
no me sale igual!. Bueno, no, no exagero, pero sí,
por salud mental debería salirme, no me pienso jubilar
ni hoy ni mañana, ni el próximo año,
pero sí en pocos años. Por muchas razones, es
necesario también que entren otras personas. Físicamente
me siento bien para trabajar pero también no me gustaría
quedarme aquí todos los años hasta la muerte.
Yo amo enormemente al Conservatorio, piensen que sólo
estuve fuera tres años desde 1959 y luego por varios
años luché por entrar como maestro. Yo no sólo
pertenezco al Conservatorio, soy parte de él. |
¿Qué
mensaje le daría a los alumnos o a los maestros?
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En
general al conservatoriano diría que nuestra profesión
es demasiado repetitiva, tocar 5, 6, 7, 10 veces un mismo
pasaje. Es parte de la vida del Conservatorio, que el maestro
y el alumno estén repitiendo lo mismo miles de veces,
por lo que se debería siempre encontrar el lado bonito,
considerando como si fuera la última vez que estarás
repitiendo esas mismas notas, con la idea de que el estudio
no sea rutina, tedio, fastidio, porque de lo contrario es
imposible hacer algo grande. Hay que trabajar con muy buena
voluntad y con todas las ganas para que salga bien el estudio.
El trabajo del Conservatorio es muy delicado. A veces llegué
a estudiar durante varias horas en el Conservatorio una misma
melodía. Uno tiene que estar siempre con muy buen ánimo
porque de lo contrario no es posible, se amarga uno la vida. |
¿Cuáles
serían los atributos que debería tener un alumno
de música? |
Primero
que nada el estudiante o ejecutante, el artista debe proyectar
una vivencia. Casi diría que el músico debería
vivir con mucha pasión su vida, y si no tienen una
vida tan activa en miles de aspectos, cuando menos imaginársela.
Se requieren grandes vivencias que expresar o transmitir. |
Maestro,
usted comentaba la posibilidad de integrar los estudios de
primaria, secundaria y bachillerato a la enseñanza
del Conservatorio, y sin embargo, desde 1993, la música
se ha excluido como materia de los planes de estudio de la
educación básica, ¿qué opinión
le merece esta situación? |
Eso
es un total error, no hay razón. No se logra entender
cómo se pueda hacer una educación básica
sin la materia de música. Eso se tendrá que
corregir. En lo que corresponde al Conservatorio, urge, ahora,
después de tanto tiempo que estuve como alumno, como
maestro, que tengamos primaria, secundaria y preparatoria.
Ustedes lo saben perfectamente que en nuestro tiempo se tuvo
una preparatoria anexa, pero las determinaciones de fuera
llegaron a separarla, se luchó por defenderla, pero
la línea que se marcaba era de suprimirla. Es algo
que no sólo deberíamos volver a tener, sino
desde la primaria aquí mismo en el Conservatorio. Es
más, si me volviera a postular para ser electo como
director, eso sería el primer punto de mi plan de trabajo,
porque es injusto, inhumano, que uno vea a los chiquillos
correr de un lado para el otro, sin poder aprovechar más
el tiempo. Tendrían que estar aquí mismo las
escuelas. En el Centro Nacional de las Artes se dijo que no
entrarían niños, pero también la Escuela
de Danza debería solicitar que los tres niveles de
estudio fueran impartidos a sus alumnos, para no ir solos
en este propósito. Sería otra cuestión
que solicitar conjuntamente, no estudios abiertos, sino como
materias formales. Estructurar un plan en el que se llevaran
paralelamente los estudios tradicionales y los del Conservatorio.
Con los directores de las Escuelas de Iniciación Artística
y de la Escuela Superior de Música, nos reuníamos
mensualmente para presentar a la SEP un plan, pero entonces
los intereses del INBA no permitieron que el Conservatorio
creciera hasta ese grado. No obstante, ahora creo que ello
no sólo se puede, sino que debe de hacerse, elaborando
un programa para la comunidad del Conservatorio a fin de que
realmente funcione. |
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