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Hace un cuarto de siglo, en la intersección del Anillo
Periférico e Insurgentes, un ejército de intrépidos
levanta una nave de concreto de entre un mar de magma petrificada
por milenios: brillan al sol espaldas cobrizas que escarban,
escalan, atan, esculpen, tallan. Durante meses, los afanes
de operarios, peones, arquitectos, van acumulando altura,
volumen, dimensiones, trazos de una utopía: la mejor
sala de conciertos de América Latina, que fue construida
hace 25 años e inaugurada la noche del 30 de diciembre
de 1976, con un concierto a cargo de la Orquesta Filarmónica
de la UNAM (OFUNAM), dirigida por Héctor Quintanar
con partituras de él mismo (una Fanfarria escrita ex
profeso), Carlos Chávez (Sinfonía India), canciones
de Manuel de Sumaya e Ignacio Jerusalem, con la soprano suprema
Irma González como solista y el Concierto Emperador
de Beethoven. En la primera efemérides, la lista de
solistas extranjeros inicia con el alemán Hans Richter-Haaser,
quien a su vez emprendería, también, ese bello
juego de abalorios que conforman, vistos en perspectiva, los
grandes recitales que han ocurrido en ese recinto de privilegio.
Fue
la culminación de un largo sueño. La vida musical
universitaria, desde entonces uno de los polos de la cultura
metropolitana, había crecido merced a impulsos formidables,
entre los cuales resultó fundamental el trabajo de
una de las máximas personalidades del siglo veinte
mexicano: el maestro Eduardo Mata, quien cada semana oficiaba
rituales de magia irresistibles: como titular de la OFUNAM,
hacía de cada uno de sus conciertos semanales verdaderas
ceremonias de iniciación. En el Auditorio Che Guevara,
sede universitaria de esos conciertos, no cabía ya
un alfiler: sobre los descansabrazos de las butacas, en los
pasillos, y aún en el mismo podio, junto a los pies
de Eduardo Mata, variopintas multitudes vivíamos episodios
que marcaron a varias generaciones. La formación de
públicos -capítulo toral de la crisis mexicana-
fue la piedra de toque para la construcción de la Sala
de Conciertos Nezahualcóyotl.
"Cuando
empezamos a trabajar en el diseño de la Sala de Conciertos
Nezahualcóyotl -apunta Christopher Jaffe, experto estadounidense
quien durante 1975 diseñó, mediante simulaciones
en computadora y pruebas reales, la acústica de ese
recinto- teníamos dos modelos: la sala sede de la Filarmónica
de Berlín y, si regresamos cien años atrás,
vamos a encontrar un salón clásico que es al
mismo tiempo una sala al redonde de alguna manera: el Concertgebouw
de Amsterdam, en el cual hay 600 personas, 300 de cada lado,
que se sientan atrás de la orquesta. A estos modelos
los consideramos como la piedra angular en el diseño
de la Sala Nezahualcóyotl. El maestro Eduardo Mata
-narra Jaffe- tenía una idea clara de lo que quería:
una sala viva, al redondo, con el escenario adelantado hacia
el público para permitir mayor convivencia y que al
mismo tiempo fuera una sala cálida y viva, tuviera
viveza de sonido y al mismo tiempo intimidad".
La
numeralia de la Sala: una superficie total construida de 9
mil 500 metros cuadradas, con un volumen de 40 mil metros
cúbicos, 240 metros cuadrados de superficie de escenario,
mil cien metros cúbicos de volumen de la cámara
acústica (ubicada a los pies de todos los músicos),
una altura de 25 metros en el punto más alto de la
estructura total, 35 metros de distancia entre el escenario
y la fila más alejada en la planta alta y una capacidad
total de 2 mil 299 espectadores.
Así
como todo el, digámoslo así, sótano del
escenario es una gran caja acústica, del techo penden
plafones de acrílico, de altura regulable de acuerdo
con las características de la sesión en ciernes
(orquestas sinfónicas, de cámara o bien recitalistas)
y lograr los componentes de frecuencia de cada reflexión
de sonido, considerando tres patrones básicos de reflexión
acústica: la dirección, la intensidad y los
componentes de frecuencia de cada reflexión, así
como el tiempo que tarda en llegar al oído el sonido
de cada instrumento. Todo esto, está comprobado, acontece
durante res segundos después de la primera nota y es
una experiencia acústica que está alrededor
de todos los escuchas. El diseño de Christopher Jaffe
consistió en la creación del balance de los
tres primeros componentes a través del tiempo. Una
vez construida la sala, durante su primer año de vida
fue sometida a un minucioso proceso de afinación, a
cargo del propio Jaffe.
Algunos
de los parámetros de afinación fueron los reflectores
de sonido. "Es muy difícil que un músico
alcance a escuchar al que está al otro lado de la orquesta
-explica Jaffe. Para resolver esto no podíamos elevar
las paredes traseras a ellos pues la gente que se sienta en
las secciones de Coro y Orquesta no tendrían visibilidad,
de manera que resolvimos instalar una serie de reflectores
suspendidos en el techo, sistema que empleé por vez
primera en la Sala Nezahualcóyotl y desde entonces
utilizo en todas las salas al redondo que diseño en
el mundo, porque por muy buena acústica que logremos
instalar en la sección del público, lo que realmente
importa es que los músicos se puedan escuchar a ellos
mismos y entre ellos, porque son quienes hacen la música
y tienen que tocar en ensamble, en tiempo y si están
veinte metros el uno del otro sin los reflectores que penden
sobre ellos sería muy difícil crear un balance
entre las diferentes secciones de instrumentos, entre los
metales y las percusiones y los instrumentos de baja densidad
sonora, que son las cuerdas. Todo esto es fundamental para
que el sonido de la orquesta sea excelente. La cualidad de
sonido es una combinación de lo que crea la orquesta
y lo que crea la sala.
"Otro
punto fundamental -explica el diseñador de la acústica
de la Nezahualcóyotl- es que como estamos en una sala
redonda hay más absorción de energía.
En un salón rectangular no hay mucha absorción
en la parte trasera del escenario; en un teatro redondo en
cambio la energía se dispersa hacia todos lados y,
de no ser controlados, los niveles de presión sonora
que da una orquesta bajarían uno o dos decibeles. Lo
que busqué era que la parte superior de la sala tuviera
un sonido reverberante en el tiempo, dado que la intensidad
misma del sonido reverberante es menor, pues la orquesta no
sólo emite tonos sino un conjunto de sonidos, no está
emitiendo música aislada. Es de tal forma que la gente
que está muy cerca de la orquesta no le llega mucho
el beneficio de la reverberación, pues es casi como
si estuvieran sentados dentro de la orquesta."
"Así
que creé una cámara de reverberación
bajo el escenario y bajo algunos asientos de las primeras
filas. Tenemos unas rejillas al frente y bajo los asientos
para que las frecuencias bajas y los tipos de reverberación
puedan llegar a estas personas y se combine con la reverberación
que viene de arriba, a niveles adecuados, pues se compensan
entonces las curvas de absorción y reflexión
y los tiempos de frecuencia media que crean esas curvas."
"Para
que la sala tenga un sonido vivaz y cálido debe producir
un determinado tipo de curva en las gráficas de sonido
que he diseñado, pues si se extiende demasiado por
ejemplo la curva de sonido de los violonchelos en la sala
hay un punto en que el aire no la toma y las cuerdas hacen
un efecto como de rechinido. Pero nosotros lo que queríamos
es una sala de sonido vivaz y cálido, y es el resultado
de las curvas de sonido, las frecuencias y los demás
componentes que desmenuzamos y volvimos a fundir".
Estas
son algunas de las explicaciones del por qué la Sala
de Conciertos Nezahualcóyotl es la mejor de América
Latina. La historia completa la virtió quien esto escribe
en un extenso reportaje que publicó en forma de libro
(Sala Nezahualcóyotl, una vida de conciertos) la Dirección
General de Actividades Musicales de la UNAM en 1996, para
festejar el vigésimo aniversario de la sala en 1996.
A
punto de cumplir su primer cuarto de siglo, la biografía
de esta casa común de los melómanos se sigue
escribiendo cada vez que suena la música bajo los plafones,
en intensidad similar en el escenario que en cada una de las
butacas, pues la música se explica no sólo porque
está en una partitura, sino porque hay un ser humano,
o muchos, que pulsan un instrumento con el cual se comunican
con otro ser humano, o muchos. Y eso, ni más ni menos,
explica toda la magia.
PABLO
ESPINOSA
Nace en Córdoba, Veracruz en 1956. Ejerce el periodismo
cultural desde hace 22 años. Es autor del libro Si
me han de matar mañana, lo redacto de una vez, por
el que le fue otorgado el Premio Bellas Artes de Literatura
en 1986. Dos años después recibió el
Premio Sinaloa de Periodismo Cultural. Textos suyos han sido
recogidos en los libros Escenarios de dos mundos (editado
por el Ministerio de Cultura de España) y El fin de
la nostalgia. Nueva crónica de la ciudad de México.
En 1994, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes publicó
su libro de crónicas No por mucho madrugar se redacta
más temprano y en 1996 la Universidad Nacional Autónoma
de México publicó, como libro conmemorativo,
el amplio reportaje titulado Sala Nezahualcóyotl, una
vida de conciertos.
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