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Transcurría
la primavera del año 1948 y mis primeros meses como
alumno del primer año en la Escuela Nacional Preparatoria
(plantel 1) en el inolvidable Colegio de San Ildefonso, cuando
la Universidad Nacional Autónoma de México sufre
una de sus más graves crisis, la que obligó
a renunciar al cargo de rector de la misma al eminente médico
don Salvador Zubirán, ya que como casi siempre intereses
ajenos y bastardos querían destruir nuestra Casa de
Estudios. Así, en el mes de junio del citado año,
la Junta de Gobierno se reunió con el objeto de designar
nuevo rector y, sin apresuramiento, estudió todas las
candidaturas propuestas y con justo tino designó al
doctor Luis Garrido, de amplísimo curriculum, quien
al aceptar el cargo expresó: "Se ha dicho que
la Universidad sacrifica a sus rectores, sin embargo, no sería
sincero si tratara de ocultar que cargo de tan alta responsabilidad
desborda fatigas y decepciones. No obstante, también
tiene sus recompensas y no es sin duda la menor de ellas el
advertir la fidelidad de los viejos conocidos y la conquista
de nuevos amigos".
Entre esos viejos conocidos figuró la persona del maestro
Juan González Alcántara y Alpuche, quien fue
designado Director General de Servicios Escolares, y que como
el rector, supo elevar su voz, de suave estilo, para acallar
las pasiones y hacer que la vida de la Universidad tomara
el cauce normal, el camino del Derecho, de la libertad humana,
de la libertad y el saber. Actitud que se conservó
años después hasta desembocar en la creación
de la Ciudad Universitaria en el año de 1953, colaborando
en el esfuerzo del Gobierno Federal presidido por el brillante
universitario licenciado Miguel Alemán Valdez.
Mi paso por las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria
y mi naciente inquietud política dieron lugar a que
ocupara el cargo de Oficial Mayor de la Sociedad de Alumnos
en el año de 1949 y, con ello, la misión de
arreglar muchos problemas estudiantiles, por lo que pude conocer
y tratar personalmente al respetado maestro Juan González
Alcántara y Alpuche, quien desde la primera ocasión
me tendió la mano y me ofreció su amistad sincera,
la cual me honro en seguir conservando. Aunque no fue mi maestro
en aulas, algunos compañeros que sí lo fueron
me platicaban de su enorme cultura, de lo grato de sus clases
y sobre todo de su gran don de gentes, lo que le atraía
el respeto del estudiantado en general. Años adelante,
cuando ya me desempañaba como Ministerio Público
en la Procuraduría General de Justicia del Distrito
Federal y Territorios Federales, acudía con frecuencia
al Juzgado Primero Mixto de Paz ubicado en las calles de Costa
Rica, atrás de la Plaza del Carmen y que también
era considerada como parte del barrio estudiantil universitario,
cuyo juez titular lo era el maestro Juan González Alcántara
y Alpuche, y muchas veces me pasaba horas enteras viendo y
oyendo impartir la justicia y sus experimentados comentarios
legales, que confieso honestamente ampliaron mi aún
reducida capacidad profesional. Cuánto extraño
aquellos gratos y amables recuerdos. Más adelante lo
ví y saludé esporádicamente siendo el
funcionario más importante después del titular
del Consejo Nacional de Turismo, su amigo el señor
licenciado Miguel Alemán Valdez.
Y qué sorpresa más agradable me deparó
la vida al encontrarlo años después como maestro
de Nociones Generales de Derecho en este nuestro muy querido
plantel "Ezequiel A. Chávez" (7), del que
sólo la enfermedad lo ha separado transitoriamente,
ya que tratando de recuperar su salud no deja de mencionar
su anhelo de reincorporarse a la brevedad posible a impartir
sus doctas clases, lo que no dudo que muchos de sus amigos
lo deseamos fervientemente, porque esa es una de sus actividades
que más ama, le agrada y lo hacen feliz.
De sus observaciones a las personas con que ha colaborado
en el magisterio, le hizo nacer una reflexión de lo
que debe ser un maestro, y lo expresa así:
Una
de las funciones que con más ahínco debe llevar
a cabo el Maestro, es contribuir a la profilaxis social, eliminando
los falsos valores y fomentando las cualidades positivas.
Su tarea no es la de cumplir regularmente una especie de rutina
en el campo de la docencia, sino buscar continuamente, con
base en la historia -que es experiencia vivida- y en la audacia
-que es visión del porvenir- una transformación
ético-social que, para ser perdurable debe estar profundamente
inmersa en la conciencia popular.
Si bien es evidente que la suma de valores éticos que
rigen la conducta humana son permanentes e invariables, si
creemos que no siempre se les observa y acata de la misma
manera y de ahí que importe esencialmente que exista
en el Maestro una conciencia plena de su misión espiritual;
si sólo se tratare de inculcar conocimiento, de formar
aptitudes, la labor del Maestro sería ya de por sí
básica para la vida social, pero si le agregamos su
poderosa influencia en la vida interior del educando, se comprenderá
mejor que su misión no es sólo pedagógica,
sino primordialmente, de conformación moral.
El Maestro enseña y guía en el campo del conocimiento,
pero también rectifica actitudes erróneas y
busca remedio de los males sociales, por ello, observa siempre
la realidad que lo rodea para apoyar en ella su palabra y
acción. Así pues, la complejidad de sus tareas
exige de él una total dedicación y una sólida
y bien conformada cultura, cuya amplitud asegure el éxito
de la misión que la sociedad le tiene encomendada.
Estas
reflexiones que son producto de más de cincuenta años
de labor magisterial y de funcionario del Estado, bien podrían
aplicarse a la crisis que hoy envuelve a nuestra amada Universidad,
y mi más caro anhelo actual y no dudo de muchos compañeros
es que el Maestro recupere la salud y siga adelante en su
brillante labor de educar a la juventud.
GUILLERMO PALOMINO SÁNCHEZ
Catedrático de Ciencias
Sociales en la Escuela Nacional Preparatoria por más
de veinte años. Licenciado y maestro en Derecho y doctorando
en Ciencias Penales por la Facultad de Derecho de la UNAM.
Desde hace tres décadas, Asesor Jurídico del
Instituto Politécnico Nacional.
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