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El
matrimonio duró menos que un instante, de esa relación
sólo tengo tres o cuatro recuerdos claros, los demás
son imprecisos, borrosos.
Ya instalado donde pasaría más de veinte años,
en el seno de mi familia materna, a mis tías Esther
y Nohemí (Teté y Mimí) les gustaba la
ópera, quizá por la influencia de otra tía
más distante: Betty. De esas tres sólo la última
tuvo éxito: aún la veo en el Palacio de las
Bellas Artes. Teté se casó con un cantante (barítono)
y ambos se dedicaron a la docencia primero como apoyo de Fanny
Anitúa y luego en la Escuela Nacional Preparatoria.
De tal suerte que si escuché música popular,
tríos y mariachis, fue, en mi caso, puro accidente.
Cuando
llegué al bachillerato, Escuela Nacional Preparatoria,
plantel diurno número 7, situado en Licenciado Verdad
y Guatemala, uno de mis maestros, el de estética, Ramón
Vargas, un hombre agudo y de singular talento, solía
poner ejemplos musicales. Alguna vez nos hizo escuchar completa
Scherezada y le pidió al grupo nuestra opinión.
Se trataba de ver que el sentimentalismo nada tenía
que ver con la estética. Yo, que tenía una idea
al respecto, me limité a dar mi opinión sobre
la obra de Korsakov. Pero mi mayor sorpresa fue descubrir
que mi maestro de italiano iba a ser mi propio tío,
Uberto Zanolli, un hombre excepcional que había venido
a México donde se casó con Betty Fabila. Al
maestro Zanolli (siempre le dije maestro), lo conocía
por su matrimonio, allí lo vi y más adelante
volví a encontrarlo en alguna de las escasas reuniones
que mi familia tenía con esa otra rama Fabila. Era
un hombre distinguido, elegante en extremo y bien parecido,
de una amplia cultura. Simpático y buen profesor, añadiría
luego de ser su alumno.
La
relación profesor-alumno duró un año,
nunca faltaba a sus clases, las que por cierto también
tomaba mi novia Rosario. Era un gusto escuchar su fina clase,
sus comentarios y ejemplos que por regla general estaban apoyados
por la música, su gran pasión. De pronto, en
alguna clase, se dirigió a mí: René,
¿a usted le gusta la música? Claro, maestro.
Mis investigaciones, siguió como si no le hubiera respondido,
me han hecho descubrir a un músico sorprendente: Facco.
Algo más me dijo sobre cómo descubrió
al notable músico véneto en los viejos archivos
de Las Vizcaínas, y me citó en el soberbio castillo
de Chapultepec, lugar donde dirigiría por vez primera
en México, obra de ese fascinante músico hasta
entonces desconocido. Más adelante, en 1965, mi tío
publicaría un libro, Giacomo Facco, maestro de reyes,
narrando cómo fue el descubrimiento o mejor dicho el
redescubrimiento del músico. Allí cuenta paso
a paso su hallazgo y lo pone también en la prosa de
Carlo Coccioli. Un médico, Luis Vargas y Vargas, halla
el paquete conteniendo doce conciertos de Facco, se lo hace
conocer a Gonzalo Obregón y finalmente ambos ponen
en manos de Uberto Zanolli los papeles para que realice una
investigación en México y en Italia en busca
de la identidad y la obra completa del músico. En honor
a la verdad, el libro de mi tío se deja leer sin que
el interés decaiga, no sólo por que sabía
escribir sino porque hace el recuento de su investigación
prácticamente detectivesca para recuperar a Giacomo
Facco. Lo curioso es que Zanolli llegó a compenetrarse
de tal forma con Facco que -como dice Carlo Coccioli- “ya
Facco y Uberto Zanolli no son sino una sola y única
cosa; y arden de entusiasmo. Zanolli elabora completamente
las viejas partituras de Facco...” Es cierto, mis nostalgias
me llevan a esa misma conclusión: el nombre de Facco
va ligado de manera íntima al de Zanolli, pues él
es quien busca y encuentra la mayoría de los trabajos
perdidos: si los primeros se deben al azar, los demás
al talento y afanes de mi tío.
Nuestro
último encuentro fue en 1985, cuando yo estaba en la
Dirección General de Difusión Cultural de la
UNAM y él dirigía la Orquesta de Cámara
de la Escuela Nacional Preparatoria. En la conversación
le pregunté por Antonio Salieri y me dio una clase
sobre la obra y la vida del músico que tantos suponen
un envidioso sin mayor talento. Era un músico notable,
concluyó Zanolli. Luego supe de su muerte por los periódicos.
Por fortuna, mi tío no sólo dejó bien
documentado el descubrimiento de Facco, también su
intensa participación en lo que es una hazaña:
reponer los acordes perdidos y organizar la música,
también grabó, entre otras obras, el Concierto
IX para violín, órgano y arcos, con la violinista
Luz Vernova como solista y una cantata, Clori, con su esposa,
Betty Fabila.
A
mí me gusta vivir de recuerdos y a veces creo que todo
tiempo pasado fue mejor y entonces saco de un cofre la imagen
de mi tío Uberto Zanolli hablándonos con voz
cálida de Italia, de la música italiana, de
Facco, por supuesto, mientras un grupo de preparatorianos
atento lo escucha. Y a mí, en lo privado, hablándome
de su amor por mi tía Betty.
Fue
en el añoso castillo de Chapultepec, en 1962, donde
Giacomo Facco volvió a la vida musicalmente dirigido
por Uberto Zanolli. De nuevo se escucharon sus notas. Es probable
que muertos ambos, la brillantez de la música de Facco
no vuelva a tener el brillo y la pasión que ambos autores
supieron imprimirle. Uno era el creador, el otro quien había
hecho el milagro de resucitarlo de entre los muertos.
Fragmento
de Recordanzas, tercer tomo del volumen autobiográfico
del autor, de próxima aparición.
RENÉ
AVILÉS FABILA
Escritor.
Profesor de tiempo
completo en
la Universidad Autónoma Metropolitana
y
catedrático
de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAMEditorialista
de diversos periódicos y revistas de circulación nacional.
Premio Nacional de Periodismo del Gobierno de la República
(1991). Miembro del Sistema Nacional de Creadores. Autor de
una vasta producción literaria, entre cuyas obras destacan
Hacia el fin del mundo, El gran solitario de Palacio, Tantadel
y
Réquiem por un suicida.
ravilesf@prodigy.net.mx
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