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En
esta actualidad de cambio de milenio; es decir, cuando la
humanidad está pasando del segundo al tercer milenio
enfrentando una crisis de valores, al parecer cíclica,
en que la verdad, la justicia, la belleza y la bondad están
siendo desplazadas, al parecer también, por un monetarismo
que conlleva drogadicción, envilecimiento, discordia
y devastación de nuestro planeta: Tierra, pues se ha
dispuesto, por ello mismo y entre otras cosas, de las maderas
de los bosques y del agua de los manantiales, la cultura,
encabezada por las bellas artes y éstas, a su vez,
por la buena música o música selecta, cobra
un significado muy especial en tanto la humanidad vuelva a
reencontrar en ella la esencia más pura de su ser.
Efectivamente,
mientras hombres y mujeres sigan dejando a un lado su razón
y sus sentimientos para atender, zoológica y únicamente
a sus animalescos instintos, como vemos que ha venido ya sucediendo
con esos masivos espectáculos en los que altisonantes
griterías, se dan la mano con incitantes y sensuales
bailables y "desgreñamientos" que han venido
degenerando en degradación y han acrecentado los altos
índices de delictuosidad, sentando sus reales ahí,
precisamente, adonde deberían campear el amor al prójimo
y el imperio axiológico de verdad, justicia, belleza
y bondad, el ser humano seguirá minusvalorándose.
Mucho
se ha especulado acerca de esa doble naturaleza humana que
si por una parte es materia corporal, por la otra es ideal
espiritual; pero poco se ha dicho sobre este último
al que ha llegado a considerarse hasta como una utópica
concepción, cuando no, ha llegado de plano a negarse
su existencia, porque no es sensorialmente apreciable. Nada
más falso, empero, que afirmar la inexistencia del
espíritu tan sólo porque no podemos verlo ni
tocarlo; pues, sin embargo es él, el que está
aquí: presidiendo nuestra vida interior, nuestros pensamientos,
nuestra voluntad y nuestros sentimientos; es decir, todo aquello
que aparte de la presencia material, diferencia al ser humano
del ser puramente animal. Y son estas características
de hombres y mujeres, precisamente, las que nos llevan, como
bien sabido es a superar infortunios y adversidades; a alegrarnos
o entristecernos ante los diarios acontecimientos y a emocionarnos
o apesadumbrarnos, en fin, frente a estímulos provenientes
del exterior.
Pues
bien, si es dentro de esta espiritual dimensión, que
podemos explicarnos las acciones y reacciones del ser humano,
¿cómo es que nunca nos preguntemos ni ocupemos
de alimentarle, como si lo hacemos de nuestra corporal materia?
No... no es de tal manera, se nos respondería... la
alimentación del espíritu la hacemos constante
e inconscientemente a través, precisamente, de esos
valores que parecen haberse olvidado en la actualidad: verdad,
justicia, belleza y bondad, fundamentalmente, a fin de abandonar
de una vez por todas ese campo simplemente instintivo que
por esencia pertenece al animal y que en el momento actual
que vivimos parece estar nutriendo, asimismo y enteramente,
a la humanidad en casi su totalidad.
No...
hora es ésta: la entrada del nuevo tercer milenio,
en efecto, para reencontrarnos en esa esencia axiológica
que corresponde al ser humano; que éste retome los
valores que parece haber dejado a un lado, para volver a normar
sus actuaciones todas, por la verdad, la justicia, la belleza
y la bondad. Cuando lo haga de tal suerte, se sentirá
plenamente realizado. A mí, en lo particular, aparte
de la justicia y la verdad que he perseguido y aplicado como
maestro y magistrado en el ámbito profesional y la
bondad que he procurado siempre al correr de mi existencia,
ha sido la belleza de la buena música lo que mayormente
me ha cautivado: en ella he encontrado paz frente a la discordia,
alegría y gozo ante la tristeza, tranquilidad frente
a la inquietud y dicha ante la adversidad. La buena música
le descubre a uno todo un mundo diferente que nos lleva a
parangonarla con la inadmisible realidad y circunstancias
que nos rodean y nos ayuda a superarlas, al grado de que llegamos
a considerar infortunados a quienes, pasando por esta vida,
han permanecido ajenos al supremo deleite que solamente la
buena música puede proporcionar al ser humano.
Si...
así es, y así ha sido; quien se acerca a ella,
queda atrapado ante su exquisitez y muchos encantos; y quien
en ella profundiza, si no es un profesional de la misma, se
convierte en apasionadísimo diletante y melómano.
Es ello lo que a mí me ha sucedido, al punto que me
ha venido siendo no sólo indispensable, sino verdaderamente
existencial; me es como el alimento, que sin ella, tal vez,
no pudiese vivir.
Es
por ello, por todo ello, el necesario alimento que mi espíritu
requiere y paréceme, de tal suerte, que lo mismo ha
sucedido a los miles y miles de "musicófilos"
que habitan nuestro planeta. ¡Claro que en esta "musicofilia"
hay, asimismo, diferentes gustos y preferencias! Pero esto...
será tratado ya en un próximo artículo
para esta misma revista.
JORGE
SAYEG HELÚ
Doctor en Derecho. Magistrado del Tribunal Superior de Justicia
del Distrito Federal. Catedrático de la UNAM. Conferencista,
editorialista y ensayista, es autor de una amplia gama de
textos jurídicos, entre los que se encuentran El Constitucionalismo
Social Mexicano, El Poder Legislativo Mexicano, Los Derechos
Sociales de la Revolución Mexicana, y otros de interés
general como De la Flauta Mágica a Rigoletto.
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