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A
principios del siglo XX se planeó ampliar las instalaciones
de la Escuela Nacional Preparatoria con la construcción
de un edificio anexo en el que se alojarían oficinas
y un anfiteatro. El arquitecto Samuel Chávez quedó
a cargo del proyecto. El Anfiteatro, llamado entonces únicamente
"de la Preparatoria", quedó concluido en
1910 y el 22 de septiembre fue sede de la inauguración
de la Universidad Nacional de México, en el marco de
la celebración del primer Centenario de la Independencia.
El
inicio de la Revolución detuvo temporalmente la construcción
del resto del anexo y no fue sino hasta 1931 en que quedó
concluido el proyecto original.
En
1922 Diego Rivera pintó en el anfiteatro su primer
mural, llamado La creación, en referencia a la creación
científica y artística. Es una composición
con marcada influencia bizantina en la que convergen cualidades
estéticas del ímpetu inicial de Rivera y cualidades
filosóficas alentadas por el pensamiento de José
Vasconcelos. La obra fue realizada a la encáustica
-técnica a base de resina copal emulsionada con cera
de abeja y una mezcla de pigmentos fundidos con fuego directo-
en el muro del proscenio y en lo que fue la concha acústica
de un órgano monumental colocado en 1910 y que desapareció
probablemente durante los años de la lucha armada.
Otro órgano de menor tamaño ocupó el
espacio aproximadamente desde los primeros años de
la década de los veinte hasta las postrimerías
de los años cincuenta.
En
la parte central superior del mural un semicírculo
azul contiene la luz primera o energía primaria que
es proyectada en tres direcciones. Dentro del nicho destaca
la célula original, de donde surge la figura del hombre
o pantocrátor, cuyos brazos abiertos en cruz siguen
las directrices principales de la obra. Entre el follaje del
árbol de la vida se encuentra un hombre alado, un águila,
un león y un toro, integrantes del tetramorfo de la
tradición judeocristiana y símbolos de los evangelios
en referencia al Verbo, principio de todo.
En
las paredes laterales del nicho, Rivera dibujó la flora
y la fauna que observó durante un viaje que había
realizado por el istmo de Tehuantepec: la vegetación
estilizada propia de la selva tropical, dos felinos, una grulla
y un águila arpía.
Los
paños laterales del nicho constituyen conjuntos rectangulares
correspondientes al hombre y la mujer, ambos desnudos y sedentes
-que corresponden a Adán y Eva- con los rostros vueltos
hacia sendos grupos de figuras femeninas. Los modelos fueron
su ayudante Amado de la Cueva y Lupe Marín, con quien
Diego se casaría. Las del lado derecho personifican
a la fábula, con rostro moreno y manto añil
transparente, cofia azul cobalto y diadema de oro; el conocimiento,
con túnica ocre, manto azul con aplicaciones de oro.
Ascendiendo a la derecha de la anterior, se encuentra la poesía
erótica, en quien se reconoce a Carmen Mondragón
-llamada Nahui Ollin por el doctor Atl-, por sus grandes ojos
verdes y cabello dorado. A su lado la tradición es
una mujer de tipo de indígena con vestido y rebozo
carmesí y con las manos sobre su regazo. Luz Jiménez,
una india pura de las serranías del sur del Valle de
México, sirvió como modelo para esta figura.
Sobre este grupo se encuentra la tragedia, con el rostro cubierto
con una máscara de dolor, símbolo griego de
este género teatral. La modelo fue la declamadora cubana
Graciela Garbaloza.
En
el segundo plano cuatro figuras de pie provistas de un halo
dorado -que evidencia parte de la influencia bizantina del
mural- representan de derecha a izquierda a las cuatro virtudes
cardinales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la continencia.
La prudencia, para la que posó Julieta Crespo de la
Serna, lleva el cabello largo y túnica y manto verdiazules.
La justicia está vestida de blanco; para esta virtud
se mencionan dos nombres de modelos: María Dolores
Asúnsolo, actriz que sería conocida como Dolores
del Río y Luz Jiménez. La fortaleza, representada
por la célebre Lupe Marín, entonces esposa de
Diego; está ataviada de color oscuro y sostiene un
puñal de combate con las manos juntas sobre un escudo
rojo con un sol en el centro. El grupo termina con la continencia,
con túnica gris y manto lila que oculta las manos y
la mitad del rostro.
En
el paño del lado izquierdo detrás de la Mujer,
aparecen la Música cubierta por una piel de animal
y tocando una doble flauta de oro que nos recuerda a la de
la musa Euterpe. A su lado el canto, vestida de rojo llevando
en su regazo tres manzanas de oro de las hespérides
(ninfas guardianas del jardín de los dioses en la mitología
griega); su fisonomía está inspirada en la mujer
criolla jalisciense, es la figura de Lupe Marín. La
comedia -sonriente en contraste con la tragedia del panel
derecho- peinada de trenzas con blusa bordada y rebozo, es
la actriz de tandas Guadalupe Rivas Cacho. Al frente del grupo,
la danza está de pie con los brazos en alto y con una
túnica blanca cuyos pliegues sugieren movimiento; sus
rasgos son característicos de la criolla michoacana.
En
el segundo plano se encuentran también de pie las tres
virtudes teologales: la caridad, la esperanza y la fe, también
con halos dorados. La caridad está cubierta por sus
propios cabellos rojizos. A su lado la esperanza, con túnica
verde, manto de pliegues tubulares que con las manos sobre
el pecho dirige su mirada al centro luminoso. La fe se ve
representada por Luz Jiménez, quien va envuelta en
un rebozo; sus ojos están cerrados y sus manos entrelazadas
en actitud de oración.
La
narrativa plástica de este mural se une a través
de figuras aladas sentadas sobre nubes a ambos lados del mismo.
A la derecha la ciencia, de túnica amarilla y manto
verde. A la izquierda la sabiduría, de túnica
azul y manto amarillo claro, forma con sus manos el símbolo
del infinito. Palma Guillén y Luz Jiménez sirvieron
respectivamente como modelos para estas representaciones.
El conjunto en pleno muestra la simetría y el equilibrio
que consiguió Rivera mediante el empleo de ejes de
composición y elementos equivalentes en peso y contrarios
en color.
El
Anfiteatro, hoy conocido con el nombre de "Simón
Bolívar", cuenta con 450 asientos distribuidos
en isóptica. La decoración del vestíbulo
es obra de Fernando Leal, quien entre 1930 y 1942 pintó
la Epopeya bolivariana, que consta de tres obras mayores y
seis paneles con imágenes de la vida del prócer
y de los libertadores americanos.
NOTA:
Para la investigación
de este artículo se contó con la asistencia
de Ricardo Candía.
EVANGELINA
VILLARREAL
Subdirectora del Museo del Antiguo Colegio de San Ildefonso
en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
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