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  Conservatorianos No. 10 (noviembre-diciembre) 2006
   

Conservatorianos conmemora el XC aniversario de su nacimiento

 UBERTO ZANOLLI

(1917-1994)


Conservatorianos conmemora el CCLV aniversario de su fallecimiento

 GIACOMO FACCO

(1676-1753)


 

 

Orquesta Sinfónica Nacional

 

 

Orquesta Filarmónica de la UNAM

 

Cartelera UNAM

 

 

Orquesta Sinfónica de Minería

 

Sugiere un sitio

 

 

Universo de El Búho

 Marzo de 2008

 

 

Peritaje * Registro de obras * Defensoría jurídica autoral

 

Arte y Cultura Digital: Diseño editorial * Multimedios * Web * Hospedaje * Registro de derechos de autor y marcas

 

* * * NUEVO * * *

Digitalización de documentos

 


Fondo sonoro:

 

Sobre las olas

del músico conservatoriano mexicano

Juventino Rosas

(Fragmento)

 

Elaboración orquestal de Uberto Zanolli

 

Orquesta de Cámara de la Escuela Nacional Preparatoria -UNAM (1987)

   

 

         

 

  Reflexiones académicas

 

Entrevista con

Víctor Urbán

Director del Conservatorio Nacional de Música

de México (1974-1977)

¿Cómo se da su integración al arte musical?

 

Yo nací en un pequeño pueblito que se llama Tultepec, en el Estado de México y prácticamente desde que nací estuve involucrado con la música: mi padre, mi abuelo, todos los hermanos de mi padre, todos los de mi abuelo, todos mis hermanos son músicos. Prácticamente desde que recuerdo yo ya estudiaba música, no sé cuándo empecé, aunque según mi papá lo hice desde los cuatro o cinco años, más o menos. No ha sido pues ningún mérito, yo debía ser músico, tenía que serlo, estaba dentro de mí.

¿Cómo inicia su aprendizaje de la ejecución musical?

 

Como pueblo que era, abundaban las bandas, por lo que inicié estudiando percusiones, pues generalmente en ellas se usan tres instrumentos de este tipo; el bombo o tambora como le dicen en los pueblos, los platillos y la tarola, con la que precisamente comencé. Después continué con solfeo y más tarde con el saxofón alto, pero mi inquietud era el órgano porque en la iglesia había un órgano y en las iglesias cercanas a donde íbamos a tocar con una banda, una orquesta pequeña y un coro que tenía mi papá, siempre había órganos y en ellos tocaban mi padre y mi abuelo. Sus sonidos me llenaban y desde niño siempre pensé que ese debía ser mi instrumento.

Cuando por primera vez escuché por ejemplo el órgano de la antigua Basílica de Guadalupe, me impresionó muchísimo, pero en realidad fue sólo cuando oí al maestro Jesús Estrada, que tiempo después sería mi maestro -con el que me recibí- en el Conservatorio Nacional de Música, en un concierto que dio en mi tierra con un órgano electrónico alquilado, fue que pude escuchar al órgano como debía de ser. Si bien mi padre y mi abuelo lo tocaban, ellos no tenían una técnica verdaderamente de organista como sí la tenía el maestro Estrada. Ellos se sentaban al órgano como pianistas, pero cuando oí tocar al órgano con su respectiva técnica y pude escuchar además a Bach con el maestro Estrada, me dije: "ése es tu instrumento". No obstante, pasaron varios años todavía para que yo pudiera dedicarme al órgano, porque aunque en 1951 entré al Conservatorio, siendo un chamaco todavía, el maestro Estrada no me admitió en su clase. Me dijo que sólo lo haría una vez que terminara por lo menos el cuarto año de los estudios de piano. No me quedó por tanto más que doblar años, pues yo ya había estudiado en mi tierra, y rápidamente presenté los primeros años de piano con la maestra Lourdes Cuevas. Sin embargo, al terminar el cuarto año me pasé con el maestro Francisco Agea, con quien terminé la carrera también de Ejecutante de Piano. Para entonces, desde el quinto año había ya podido empezar a estudiar órgano con el maestro Estrada, y con él realicé toda la carrera hasta terminarla.

Al mismo tiempo, además de estudiar piano como ejecutante y órgano, cursé la carrera de composición que me interesaba mucho de joven. Inclusive, antes de haber entrado a esta clase ya había ganado un concurso en mi tierra con un vals, pues mucho me interesaba la composición. Inicié así con el maestro José Pablo Moncayo pero a su muerte, siendo muy pocos sus alumnos, unos cinco cuando más, nos pasamos con el maestro Blas Galindo -director entonces del Conservatorio, con quien terminé también la carrera de composición. Tuve pues la gran suerte, como mis demás compañeros de generación, de contar con grandes maestros, Estrada, Moncayo, Galindo, Rodolfo Halffter, Juan Diego Tercero, una pléyade de grandes maestros de los que pudimos ser alumnos.

¿Sólo estudió órgano con el maestro Estrada en México?

Sí, hasta concluir la carrera de Organista Concertista, título del que yo fui el segundo en haberlo recibido en el Conservatorio, siendo el primero el maestro Daniel Trejo, veinticinco o veintiséis años atrás. En ese entonces era sumamente raro que alguien se graduara en el Conservatorio, pocos se recibían, casos especiales, pues la carrera era larga y además dura y había también la necesidad de trabajar. Todos los compañeros necesitábamos trabajar, lo que nos hacía sacrificar nuestro propio tiempo de estudio.

Era difícil terminar una carrera, pero ello no impedía que se formaran buenos músicos, se hacían músicos buenísimos aunque ya en la práctica, en las orquestas sinfónicas, tocando, aunque sin título, no obstante que diga el refrán que hay "muchos músicos con título y muchos títulos sin músico". Yo sí, afortunadamente, logré sacar el título y conservo un gran recuerdo del entonces subdirector del Conservatorio, el maestro Roberto Téllez Girón, cuando el director era el maestro Joaquín Amparán, pues a mí personalmente y a un grupo de compañeros nos ayudó muchísimo, nos trató de maravilla, impulsándonos siempre pues sabía que no teníamos muchos recursos. Nos daba por ejemplo la beca del comedor para que pudiéramos desayunar y comer en la escuela, de lo contrario quién sabe cómo nos hubiera ido. Le tengo por ello una gratitud muy especial al maestro Téllez Girón.

En fin, después, una vez que terminé en el Conservatorio de México la carrera, tuve el valor de irme a Europa, porque no tuve ni siquiera para ello una beca, y estuve allá dos años en el Instituto Pontificio de Música Sacra en Roma, donde estudié con Ferruccio Villanelli, mientras en los periodos de verano acudía a la Academia Chigiana de Siena, donde alterné con Fernando Germani, quien junto con Villanelli me llegó a apreciar mucho, al grado de haber aceptado ser mi compadre en el bautizo de una hija mía. Desafortunadamente hace casi seis años murió el maestro Villanelli, a quien se le hizo un gran homenaje en Italia el año pasado con dos conciertos de órgano, en uno de los cuales, en el Instituto mismo, fui invitado a tocar. Similar fue la relación con Germani, de quien fui amigo prácticamente hasta su muerte, pues falleció el año pasado. A la par de ello, conocí también en Siena a Helmut Riding, actual presidente de la Sociedad Bach Internacional, cuyo coro es uno de los más importantes del mundo entero, con el que se han grabado todas sus cantatas.

Al volver a México, tuve que montar un programa dedicado exclusivamente a Bach con las cinco tocatas y fugas para la Asociación Ponce de Angelita Calcaneo, por lo que le pedí ayuda al maestro Riding, que había sido él mismo asistente de mi maestro Germani en la Academia Chigiana. Le hablé por teléfoo y él me dijo que por esa vía cualquier comentario sería muy difícil, lo mejor sería que me fuera allá y que él me recibía en su casa en Alemania pues tenía casi dos meses libres de trabajo. No sé realmente cómo le hice para irme, pero lo único malo es que no me dejaba salir. Tenía que estar estudiando en todo momento y sólo una o dos horas los domingos me permitía salir, pues me decía: "Tienes órgano, tienes discos, tienes partituras y tienes al maestro, entonces ¿para qué quieres salir?". Realmente me sirvió muchísimo, por todo ello también considero a Riding otro de mis grandes maestros.

En 1961 regresé de Europa, empecé a trabajar en el Conservatorio que fue mi casa, mi familia, todo, toda mi vida. Allí me inicié en 1951 como alumno, terminé mi carrera, fui de la Sociedad de Alumnos y cuando regresé como docente me convertí en Secretario General de la Delegación Sindical de maestros, es decir, pasé por todos los peldaños y finalmente, gracias al apoyo de los alumnos y maestros, fui nombrado Director, porque fue la primera vez que el Conservatorio -maestros, alumnos y hasta empleados-, propuso una terna para que hubiera un director por votación, lo que nunca se había dado, y me tocó a mí salir designado por la inmensa mayoría en la votación, lo que el INBA aceptó, al grado que en mi nombramiento el entonces director general, arquitecto Luis Ortiz Macedo, expresa que por acuerdo de toda la comunidad conservatoriana que había votado por su servidor, era nombrado director de la institución. Ello es para mí un recuerdo muy bonito, por primera vez se votaba para director dentro del propio Conservatorio.

Electo democráticamente...

 

Sí, efectivamente, electo democráticamente. Y de allí salimos, estuve durante un periodo como director entre altas y bajas, pero todos trabajando. Fue para mí una época muy bonita, yo que había casi vivido en el Conservatorio desde joven como alumno y luego como maestro, conocía prácticamente a todos, como director viví una época muy feliz. Por supuesto con críticas, políticas, pero yo sabía muy bien que así se maneja eso, que muchas veces hay que nadar a contracorriente, pero afortunadamente durante mi gestión, por una causa completamente ajena al Conservatorio logramos algo que tampoco nunca se había conseguido, pero que desafortunadamente después se perdió, es decir, la autonomía del Conservatorio. Fuimos autónomos, manejando nuestro propio presupuesto por tres años, los mismos que restaban a mi gestión. Pudimos comprar instrumentos que durante muchos años no se habían comprado, como un órgano electrónico, un clavecín, un arpa, se impermeabilizó todo el plantel, se les incrementó el sueldo a los maestros. Los especialistas -los propios maestros del Conservatorio- hicieron los programas de estudio y en este plantel se aprobaron.

El Conservatorio, como la principal institución educativa de música en el país, podrá caminar correctamente si lo hace de manera propia, autónoma, cuando la manejen los maestros, los especialistas, quienes saben cómo se hace un programa de estudios. El maestro es quien conoce qué necesidades físicas tiene en su salón de clases, no necesita estar pidiéndolo, con una vez basta para que se le dé.

Sin embargo, hace ya diecisiete años que dejé el Conservatorio, aunque mi salida fue por causas diferentes. En 1983 nuevamente maestros y alumnos me propusieron para ser director, pero eran momentos difíciles para la institución. No obstante ello, acepté la propuesta, pues soy un ferviente creyente de que la única manera en la que el Conservatorio va a trabajar bien es siendo autónomo, manejándose por sí mismo. El Conservatorio tiene un presupuesto propio, por eso decidí contribuir a luchar porque el plantel nuevamente fuera autónomo. Además, yo no podía darle la espalda a todos aquellos miembros de la comunidad que ya llevaban tres o cuatro meses en huelga. No podía abandonarlos, y así fue, estuve con ellos hasta el final, hasta que renunciamos a continuar con el movimiento y abrimos la escuela. Habíamos luchado por un ideal, por el bien del Conservatorio, no éramos gangsters.

A partir de entonces me fui al Estado de México, mi propio estado, de donde me habían llamado para trabajar pero que yo no había aceptado. Fue una decisión de la que no me arrepiento, me tratan muy bien y hasta puedo venir a trabajar a la iglesia de San Ignacio de Loyola en Polanco. Estos últimos diecisiete años de residencia en Toluca los he vivido muy tranquilo y en paz, aunque por supuesto, es grande la nostalgia de mi Conservatorio, en donde nací, estudié, crecí, fui maestro y director. Esta es la historia.

¿Cómo obtuvo su autonomía el Conservatorio?

 

Logramos la autonomía del Conservatorio, como los mismos periódicos lo dijeron, 110 años después de su fundación, luego de que encabezamos conciertos de protesta en las calles con maestros y alumnos, afuera aún de la antigua Cámara de Diputados en la calle de Donceles, concierto que yo mismo inicié tocando el órgano. Por horas hablamos con diputados como Augusto Gómez Villanueva, entonces Presidente de la Gran Comisión de la Cámara de Diputados, hasta que la propia Cámara aprobó la autonomía del Conservatorio. Entonces nos fuimos a la Secretaría de Educación Pública y su entonces titular, Víctor Bravo Ahuja, nos otorgó el presupuesto para el Conservatorio.

Nació por una causa fortuita, cuando regresamos de unas vacaciones durante el primer año de gestiones en que estuve al frente de la escuela, hacia 1975, nos dimos cuenta de que nos habían empezado a quitar la parte posterior del plantel, donde se ubicaba la alberca, a fin de construir lo que sería le Embajada de Cuba por disposición del presidente Luis Echeverría. Nos sorprendimos mucho y hablé entonces con el subdirector del INBA, Alejandro Calderón diciéndole: "Oye, ¿qué pasa aquí?". "Es una orden presidencial", me dijo. Afortunadamente a nosotros sólo nos quitaron la alberca en esa ocasión, porque a la Escuela de Danza les quitaron toda la escuela. Anteriormente, cuando yo todavía no era director, le habían quitado ya a la escuela todo el terreno de su campo deportivo, la cancha de futbol, pues el Conservatorio ocupaba toda la cuadra, con canchas de futbol, volibol y jardines, y en medio de ese espacio estaban la Escuela de Danza y la alberca.

Cuando ocurrieron tales hechos, nadie reclamó, pero todos lo hicimos cuando nos quitaron la alberca y fue entonces cuando nos lanzamos a una huelga, hasta que pude ver al presidente de la República. La oportunidad se dio en una comida de la Asociación Nacional de Productores y Compositores, cuya titular era Consuelito Velázquez y Ferrusquilla el Vicepresidente. Fui invitado a ella como director del Conservatorio y al evento asistió el Presidente. Cuando él salía, mi esposa me dio un empujón de modo que quedé enfrente del licenciado -a riesgo de que su escolta me detuviera-, entonces Ferrusquilla me presentó con él y el presidente me dijo: "Maestro, ya sé de su problema, pero cuando dí la orden yo no sabía que era terreno del Conservatorio". Yo que en esa época era bravo le dije: "¿Cómo es posible que un presidente de la República no sepa que pertenecía ese terreno al Conservatorio?" Él, de carácter muy recio, todavía no me había soltado la mano, que casi me quebraba con sus enormes y fuertes manos, y me contestó: "Esto no lo vamos a tratar aquí, lo espero a las 5 de la tarde en los Pinos". Entonces yo que me voy prácticamente con todo el Conservatorio, la maestra Irma González y el maestro Juan José Vera al frente, pero no me recibió: "Que venga solo", mandó decir, "mañana, pero solo".

Cuando el Presidente Echeverría me recibió en Los Pinos al día siguiente, era ya otra persona, muy sencillo, me tomó del brazo y me llevó hasta su oficina acompañado del secretario de Educación Pública; era día de su cumpleaños y estaba muy contento. "¿Cuál es su problema?" "Señor Presidente, es que usted nos quitó la alberca, y aunque yo no sé nadar y el agua generalmente estaba helada, los alumnos la utilizan siempre, el músico requiere hacer ejercicio y la natación es muy buena para él." "Bueno maestro, pues ya no se puede hacer otra cosa, yo tenía un compromiso que cumplir". Le hice entonces una serie de peticiones que al final terminaría por concedérnoslas. Él mismo le dijo al secretario: "Todo, todo está aprobado".

No obstante, pasaron los meses y no pasaba nada. Por eso nos lanzamos a los actos de protesta y huelga, hasta que conseguimos lo que en la misma hoja de peticiones no estaba contemplada, la autonomía del Conservatorio, pedíamos otras cosas, claro, como autonomía financiera y educativa para que sin necesidad de preguntar a nadie externo pudiéramos actuar, siempre por supuesto con el aval de la propia comunidad conservatoriana, el Consejo Técnico para todo. Así, su servidor, en compañía de la maestra María Luisa Salinas que era la subdirectora, o cada uno por separado, éramos recibidos por el propio Secretario, quien nunca nos dejó de recibir. A su vez, la propia Secretaría de Hacienda era quien emitía los cheques para el personal del Conservatorio, con base en el presupuesto asignado a éste. El subsidio que otorgó el Presidente al Conservatorio fue de ocho millones de pesos, un presupuesto muy bueno para ese entonces. El mismo presidente me habló un día por teléfono y me dijo: "Maestro, me gustó mucho su protesta". A lo que respondí: "Nosotros sólo sabemos tocar, no hubo insultos, señor Presidente", así que agregó: "Además de todo, les voy a enviar un camión"; camión que hasta hace poco estaba aún en el Conservatorio.

Se lograron cosas que antes nunca se hubieran podido hacer en la institución, como el admitir sólo alumnos de nivel medio y superior que previamente hubieran ya concluido hasta el tercer año de sus estudios profesionales. Se sacaron desplegados para informar de esto y muchas escuelas de música se incorporaron al Conservatorio, de toda la república, hasta de la frontera, de Oaxaca, etc., mandábamos a maestros a los estados de la República a supervisar los exámenes, de modo que se avalara el desarrollo de los programas del Conservatorio; el maestro Miguel Agustín López de piano, por ejemplo, llegó a ir a Nuevo Laredo, Chihuahua, Guadalajara, a examinar a alumnos, pues al plantel sólo ingresaban estudiantes a partir del cuarto grado. Así estuvimos funcionando por dos años, yo considero que con resultados muy buenos.

Cuando ahora voy a tocar a las orquestas profesionales, me rodean los músicos como Antonio Medrano, Ábrego, los hermanos Bitrán, los hermanos Bedolla, Javier García Vigil, muy buenos músicos que salieron de esa época, la mayoría de alumnos que salió bien formada, en parte también por la forma en como trabajábamos en el Conservatorio.

A mí me gustaría mucho regresar por el amor que le tengo a esa, mi casa, como muchos la consideramos, por algo sentimental, y también por el hecho de que sin pretender ser director, tengo muchos años en la oficina, me gustaría mucho dar clases allí. Me gustaría formar alumnos, levantar la escuela organística. En una ocasión que hicimos un evento con alumnos de órgano en el Estado, ellos evidenciaron tener un nivel europeo. Eso es lo que querría, por México. Actualmente entre los maestros del Conservatorio algunos fueron mis alumnos como Rodrigo Treviño y José Suárez, que terminó yéndose a estudiar en Roma con mi propio maestro Fernando Germani, con quien lo contacté y que posee una gran calidad musical. Treviño por su parte, fue mi alumno en la Escuela Nacional de Música y de allí me lo traje al Conservatorio.

¿Hay una razón por la cual deben seguirse apoyando escuelas como el Conservatorio?

Evidentemente, porque es una obligación constitucional el proporcionar la educación al pueblo en los diferentes niveles. Yo pondría en primer lugar a la enseñanza cultural, artística, porque es la única que podrá sacarnos adelante. Vean mi ejemplo, yo nací en un pueblito, que si no hubiera podido aprender música, jamás hubiera podido salir de él. Yo me superé porque supe, a través de la cultura, que había otras escuelas como el Conservatorio, y más tarde que había otras en Europa. Primero se adquiere la cultura, y cuando se tiene, uno lucha y desea cosas mejores. Todos tenemos derecho a ella, a la educación. Si aún antes que educación se nos diera cultura, las familias progresarían y como células de la nación, llevarían al país en ascenso. La obligación de brindar educación es algo necesario, natural, y si el gobierno recibe el apoyo de los impuestos de todos los ciudadanos y no les retribuye con educación, está faltando a su compromiso, al no permitir que el pueblo progrese. Es indispensable que el gobierno apoye a las escuelas.

¿Qué particularidades observa en la organización del CNM conr elación a otros conservatorios?

En Italia por ejemplo hay un solo Conservatorio que maneja a todos los demás, el de Santa Cecilia en Roma, no porque sea el mejor, sino porque está en la capital del país. Su importancia es la misma, sus características similares por ejemplo al de Palermo, Bari, Bolzano, se manejan como si fuera uno solo. Un maestro puede ser ubicado en cualquiera de ellos, es prácticamente un solo conservatorio con los mismos programas y los mismos maestros. En México la situación es totalmente otra. Sería muy difícil que ese modelo se aplicara en nuestro país, dado que cada estado posee soberanía propia. Nuestro Conservatorio debe conservar el mismo carácter que ha tenido desde el siglo pasado, solo, coexistiendo con las escuelas locales que de música hay en cada estado. Sería muy difícil hacerlo de otra manera si aún entre nosotros mismos no nos ponemos de acuerdo. El funcionario en turno del INBA debe permitir expresarse al músico, al artista con sus propias características, que no son las mismas que las de cualquier otro trabajador del Instituto.

Cuando yo me fui por ejemplo a Toluca, dejé la Escuela Nacional de Música, la Escuela Superior de Música y la Escuela Sacra de Música, no habiendo retirado ni siquiera mis fondos de antigüedad. Yo extraño mucho al Conservatorio, sobre todo cuando paso y veo que se está destruyendo, hay que meterle ganas, ya no como director en mi caso, pero sí como maestro, hacer un movimiento que lo haga resurgir. De los alumnos recuerdo mucho a Eliseo Martínez, director de la escuela de Oaxaca. También a Lourdes Méndez, Héctor Guzmán, Jesús González y Machorro. Actualmente tengo un grupo de alumnos que está tocando en Europa. Recientemente hubo un concurso internacional de órgano, el primero que se hace en nuestro país, organizado por el Obispado de Toluca, al que me hicieron el favor de poner mi nombre, y uno de mis alumnos ganó el tercer lugar frente a otros colegas del extranjero.

Todos ellos son los recuerdos gratos que tengo, aunque también haya desilusiones. Es mejor saber quién realmente está con uno y quién no está, saberlo. Porque así puede uno saber de quién defenderse. La vida me dio la oportunidad de saber quiénes eran mis enemigos, que me hirieron, que me traicionaron, no obstante que creía que eran mis amigos. Quedé curado, eso para mí ha sido de las mejores cosas que me han pasado en la vida, Dios me ha permitido conocer quiénes eran mis enemigos, lo cual no se adquiere tan fácilmente, es un privilegio. Vivimos y no sabemos quién por detrás nos puede en cualquier momento traicionar, no lo sabemos, estamos tranquilos, pero de las mejores cosas en la vida esa es una, lo que he logrado saber por las circunstancias, lo que agradezco a Dios. No puedo decir más que gracias por ello.

¿Actualmente que hace y cuáles son sus proyectos?

Estoy dedicado a realizar presentaciones como concertista del Instituto Mexiquense de Cultura. En cuanto a mis proyectos, éstos son los mismos que los de hace cincuenta años, seguir estudiando, seguir tocando, hacer mejor cada día las cosas. A las cinco de la mañana ya estoy estudiando, pues no sé si después habrá alguna visita, algún alumno que llegue, no sé que pase, por lo que esas horas que temprano estudie ya nadie me las quitará. Tengo tres o cuatro giras a Europa, el año pasado hice cuatro, y en total son ya 43 las que he hecho al extranjero con casi 500 conciertos dados en Europa. A finales de mayo toqué en el Festival Bach de Leipzig y a principios de junio fui a Nuremberg e Italia; espero regresar en octubre a España y otra vez a Italia.

De mis planes como maestro está el continuar formando alumnos, pues aunque no esté muy bien decirlo, he adquirido experiencia en la docencia luego de tantos años de dar clases, de oír a los grandes organistas y de ver cómo van los jóvenes organistas de Europa, Estados Unidos y Sudamérica en el ambiente musical internacional, lo que me ha dado una concepción de la escuela actual del órgano que no la tenía hace 20 años. He profundizado muchísimo por ejemplo en la música de Bach, al grado de oponerme a lo que están haciendo hoy en día en Europa en general, como en la Academia de Musicología de Basilea para la cual la ejecución de Bach en el órgano debe ser pareja, con una técnica de sólo puntas, sin cambiar de teclado ni registro. Yo me he opuesto y en un curso al que me invitaron hace cuatro años sobre música de Bach en Calabria, Italia, para decir lo que pensaba, yo le expuse a ese grupo que no estaba de acuerdo. Que para mí Bach era un músico, no un mecanicista, que tenía corazón, sentimientos, sensibilidad, que había sido el más grande músico de todos los tiempos y que no podíamos saber cómo tocaba él en su época, pero que seguramente no lo hacía así. Tenemos que estudiar y analizar mucho su obra, él mismo puso fraseos en algunos de sus corales, por lo que debió haberlos usado en el resto de las obras, no todo era staccato de principio a fin.

Con el maestro Schneider en Alemania, por ejemplo, no estuve de acuerdo en otorgar el premio de un concurso a una joven alemana que tenía esa técnica. Yo le dije que se trataba de un concurso de música, no de computadoras y que aún si no había fallado una sola nota, un joven polaco que también había participado había tenido toda la musicalidad. Que escucháramos las grabaciones. Al final ganó justamente el muchacho polaco que había hecho música y no sólo técnica. He participado no menos de 20 veces en Europa y he dado más de 10 cursos de órgano en Europa para jóvenes graduados, lo que me ha dado mucha experiencia que espero darla y la estoy dando a mis nuevos alumnos, a quienes ya los están invitando a tocar en Europa.

Vamos bien en el camino, lo cual es otra de mis expectativas, seguir dando clases y seguir componiendo. El propio maestro José Pablo Moncayo que me dio clases de composición, me animó a seguir esa carrera, pero yo me dije, no soy un genio, no puedo hacer muchas cosas a la vez. Escogí una sola, y escogí la que más me gustaba desde niño, tocar. Dejé así la composición y sólo últimamente, con más tiempo, he vuelto a ella, he hecho obras para órgano, para voz, para trío, para piano, pero es también una expectativa a la cual reconozco uno debe de dedicarle mucho tiempo y por años, como es al instrumento. No me dedicaré a ella pero tampoco dejaré de lado los consejos del maestro José Pablo Moncayo que me quiso mucho y hasta me llevaba a su casa. En su recuerdo no quiero dejar completamente la composición.

Lo administrativo y burocrático también es bonito, porque los muchachos con los cuales tiene uno contacto, los siente también como si fueran sus alumnos, como algún día se lo dije a Ángel Bedolla Guzmán ahora que fui a Morelia. "Yo los considero casi como mis hijos, como mis alumnos, aunque nunca lo fueron directamente". Empezamos a platicar y me dio mucho gusto revivir recuerdos bonitos, pero creo que ya mi faceta administrativa la realicé, es del pasado. Estoy satisfecho, haya pasado lo que haya pasado, errores muchísimos, los reconozco y los reconoceré, al grado que cuando me señalaron cosas fuertes que sabían eran verdades, me quedé callado. No reclamé, al contrario, dije, tienes razón, vamos a cambiar, voy a cambiar, porque considero que así se hace uno hombre, "hombre humano", reconociendo nuestros errores, y los sigo reconociendo, y quizás muchísimos otros que no sé, pero si me los dicen y veo que es realidad, los acepto y trato de cambiar. En ese aspecto estoy satisfecho pero creo que podría hacer todavía bien a instituciones como ahora lo estoy haciendo con la Escuela Superior de Música Sacra de Toluca, una escuela que junto con mi hermano hicimos en el afán de hacer música verdaderamente sacra, queremos restaurarla, pues todos estos últimos años han sido de puras guitarritas, una porquería de música en la iglesia.

En 1968 hablé con el Papa Paulo VI comentándole lo que estaba pasando con la música en México. Le dije que estaba muy mal la música sacra y me dijo una frase que llevaba mucho fondo, tomándome la mano: "No te preocupes, esto va a pasar", y pasaron muchos años y no pasaba nada y no pasa, hasta que hace diez años, con mi hermano, que se encontraba junto a mí en aquella audiencia con el Papa, nos dijimos: "Lo dijo el Papa, tiene que pasar", y entonces yo le dije a mi hermano, lo que ocurre es que no comprendimos el mensaje. "Va a pasar, sí, pero cuando pongamos de nuestra parte. Cuando dejemos de estar criticando y diciendo si sirve o no. Vamos a hacer una escuela de música sacra para que verdaderamente los jóvenes puedan y sepan distinguir lo que es realmente la música sacra y puedan extenderse a toda la República". Y está pasando, estamos trabajando, ese mensaje llevaba el comentario del Papa: sí va a pasar, pero háganlo, pongan de su parte y ocurrirá.

Creo que ese ejemplo podría darse también en el Conservatorio, algo se puede dar, yo no diría tanto en cuanto de índole administrativa, yo en eso no me metería más, si no en el trabajo que estuviera desempeñando como profesor. Ser maestro de órgano, allí, en mi clase, no criticando a mis demás colegas sobre si tienen o no una técnica y una escuela. Sólo a los alumnos que tuvieran confianza en mí, a esos hacerlos en esa forma, lo más profesionales que sea posible, pero antes que profesionales en el aspecto técnico, en lo musical. He llegado a la conclusión de que la música es un arte, es lo que se siente dentro, pero para eso necesitamos una técnica perfecta. Cómo voy a decir lo que quiero si no me responden los dedos o los pies. Pongo de ejemplo a un orador que quiere expresar sus sentimientos, y cómo lo puede hacer si no sabe el idioma y la gramática del idioma en que hablará, si no domina la gramática o la sintaxis, no podrá expresarse. Si fuéramos a China no podría decir allá mis sentimientos. Primero necesito dominar el idioma, que es la técnica en la música. Primero dominar la técnica, los conocimientos, la armonía, todo, para poder decir lo que queremos. Eso es para mí lo máximo en la música y seguir, como lo dije al principio.

Yo he llegado, gracias a Dios, a un lugar en el que sé que subí, llegué a las nubes, las toqué y me sentí déspota, orgulloso, llegué, pero seguí estudiando. Atravesé las nubes, llegué a la punta de la montaña, estaba yo feliz, orgulloso, ya llegué, me dije, pero seguí estudiando y, cuando vi el cielo, me di cuenta de que el universo era infinito y que jamás lo podría tocar. Eso me pasó, vi el cielo, a los grandes maestros, no había más. Vi a un Germani, un Villanelli, un Pablo Cassals, un Andrés Segovia, esas son las grandes estrellas, jamás las podré alcanzar, no sé nada, pero llegué a ese convencimiento porque seguí estudiando, porque logré ver ese infinito. Esa ha sido mi filosofía y esa sigue siendo, seguir. Sé que no voy a llegar, que no soy nadie absolutamente, que no soy nadie en la música, pues si digo que soy alguien me estaría mintiendo a mí mismo porque conozco que hay cosas increíbles que jamás podré alcanzar. Esas son pues mis expectativas, seguir adelante hasta que Dios me preste la vida. Ya nos hicimos grandes, estamos viejos, pero tenemos la salud y a mí las ganas no se me han quitado de continuar en esto, por eso es que quiero seguir allí, seguir adelante.

 

¿Qué palabras podría regalar a los alumnos del CNM?

A los alumnos sólo les diría que tengan una ambición extrema en llegar al otro lado de las nubes, los que puedan hacerlo porque Dios les dio ese talento de llegar a las estrellas y tocarlas, que muchos de nosotros no podremos hacerlo. Y cómo lograrlo, sólo trabajando, no hay otra forma, teniendo una buena guía por supuesto, que es el maestro, pero el trabajo uno lo realiza sólo, ya sea frente al instrumento, al componer o al estar dando clase. Es preciso dedicarse con mucho ahínco al trabajo, prepararse con estudio, llegar al fondo de las cosas y analizar. Yo por años he estudiado a compositores como Miguel Bernal Jiménez y su obra para órgano, su tratado medieval, por ejemplo. Hoy en día estoy terminando un libro sobre esa obra en particular. Seguí sus pasos, fui hasta España a ver dónde había compuesto esas partes y hablé con diferentes personas.

De Bach igual, fui a los archivos, gracias a Riding me enseñaron hasta las partituras originales manuscritas por él mismo, las tuve en mis manos. Estudiar a fondo a Bach, como una obsesión. Y hacerlo igual con los alumnos, llegar al fondo y estudiar, estudiar y estudiar, pero bien, no decir que voy a estudiar porque soy muy bueno y quiero quedar bien, quiero tocar. No, estudiar por el deseo de saber, porque eso hace que México quede bien ante el mundo, aunque sea sólo con una, dos o tres personas. A este respecto he tenido muchas satisfacciones, por ejemplo, hace años un alemán me hizo la siguiente crítica: "No creíamos que un mexicano podría tocar así". Eso para mí fue una gran satisfacción.

 

 

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