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Reflexiones
académicas
Entrevista
con
Víctor
Urbán |
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Director
del Conservatorio
Nacional de Música
de México
(1974-1977) |
¿Cómo
se da su integración al arte musical?
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Yo
nací en un pequeño pueblito que se llama Tultepec,
en el Estado de México y prácticamente desde
que nací estuve involucrado con la música: mi
padre, mi abuelo, todos los hermanos de mi padre, todos los
de mi abuelo, todos mis hermanos son músicos. Prácticamente
desde que recuerdo yo ya estudiaba música, no sé
cuándo empecé, aunque según mi papá
lo hice desde los cuatro o cinco años, más o
menos. No ha sido pues ningún mérito, yo debía
ser músico, tenía que serlo, estaba dentro de
mí.
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¿Cómo
inicia su aprendizaje de la ejecución musical?
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Como
pueblo que era, abundaban las bandas, por lo que inicié
estudiando percusiones, pues generalmente en ellas se usan
tres instrumentos de este tipo; el bombo o tambora como le
dicen en los pueblos, los platillos y la tarola, con la que
precisamente comencé. Después continué
con solfeo y más tarde con el saxofón alto,
pero mi inquietud era el órgano porque en la iglesia
había un órgano y en las iglesias cercanas a
donde íbamos a tocar con una banda, una orquesta pequeña
y un coro que tenía mi papá, siempre había
órganos y en ellos tocaban mi padre y mi abuelo. Sus
sonidos me llenaban y desde niño siempre pensé
que ese debía ser mi instrumento.
Cuando por primera vez escuché por ejemplo el órgano
de la antigua Basílica de Guadalupe, me impresionó
muchísimo, pero en realidad fue sólo cuando
oí al maestro Jesús Estrada, que tiempo después
sería mi maestro -con el que me recibí- en
el Conservatorio Nacional de Música, en un concierto
que dio en mi tierra con un órgano electrónico
alquilado, fue que pude escuchar al órgano como debía
de ser. Si bien mi padre y mi abuelo lo tocaban, ellos no
tenían una técnica verdaderamente de organista
como sí la tenía el maestro Estrada. Ellos
se sentaban al órgano como pianistas, pero cuando
oí tocar al órgano con su respectiva técnica
y pude escuchar además a Bach con el maestro Estrada,
me dije: "ése es tu instrumento". No obstante,
pasaron varios años todavía para que yo pudiera
dedicarme al órgano, porque aunque en 1951 entré
al Conservatorio, siendo un chamaco todavía, el maestro
Estrada no me admitió en su clase. Me dijo que sólo
lo haría una vez que terminara por lo menos el cuarto
año de los estudios de piano. No me quedó
por tanto más que doblar años, pues yo ya
había estudiado en mi tierra, y rápidamente
presenté los primeros años de piano con la
maestra Lourdes Cuevas. Sin embargo, al terminar el cuarto
año me pasé con el maestro Francisco Agea,
con quien terminé la carrera también de Ejecutante
de Piano. Para entonces, desde el quinto año había
ya podido empezar a estudiar órgano con el maestro
Estrada, y con él realicé toda la carrera
hasta terminarla.
Al mismo tiempo, además de estudiar piano como ejecutante
y órgano, cursé la carrera de composición
que me interesaba mucho de joven. Inclusive, antes de haber
entrado a esta clase ya había ganado un concurso
en mi tierra con un vals, pues mucho me interesaba la composición.
Inicié así con el maestro José Pablo
Moncayo pero a su muerte, siendo muy pocos sus alumnos,
unos cinco cuando más, nos pasamos con el maestro
Blas Galindo -director entonces del Conservatorio, con quien
terminé también la carrera de composición.
Tuve pues la gran suerte, como mis demás compañeros
de generación, de contar con grandes maestros, Estrada,
Moncayo, Galindo, Rodolfo Halffter, Juan Diego Tercero,
una pléyade de grandes maestros de los que pudimos
ser alumnos.
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¿Sólo
estudió órgano con el maestro Estrada en México?
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Sí,
hasta concluir la carrera de Organista Concertista, título
del que yo fui el segundo en haberlo recibido en el Conservatorio,
siendo el primero el maestro Daniel Trejo, veinticinco o veintiséis
años atrás. En ese entonces era sumamente raro
que alguien se graduara en el Conservatorio, pocos se recibían,
casos especiales, pues la carrera era larga y además
dura y había también la necesidad de trabajar.
Todos los compañeros necesitábamos trabajar,
lo que nos hacía sacrificar nuestro propio tiempo de
estudio.
Era difícil terminar una carrera, pero ello no impedía
que se formaran buenos músicos, se hacían
músicos buenísimos aunque ya en la práctica,
en las orquestas sinfónicas, tocando, aunque sin
título, no obstante que diga el refrán que
hay "muchos músicos con título y muchos
títulos sin músico". Yo sí, afortunadamente,
logré sacar el título y conservo un gran recuerdo
del entonces subdirector del Conservatorio, el maestro Roberto
Téllez Girón, cuando el director era el maestro
Joaquín Amparán, pues a mí personalmente
y a un grupo de compañeros nos ayudó muchísimo,
nos trató de maravilla, impulsándonos siempre
pues sabía que no teníamos muchos recursos.
Nos daba por ejemplo la beca del comedor para que pudiéramos
desayunar y comer en la escuela, de lo contrario quién
sabe cómo nos hubiera ido. Le tengo por ello una
gratitud muy especial al maestro Téllez Girón.
En fin, después, una vez que terminé en el
Conservatorio de México la carrera, tuve el valor
de irme a Europa, porque no tuve ni siquiera para ello una
beca, y estuve allá dos años en el Instituto
Pontificio de Música Sacra en Roma, donde estudié
con Ferruccio Villanelli, mientras en los periodos de verano
acudía a la Academia Chigiana de Siena, donde alterné
con Fernando Germani, quien junto con Villanelli me llegó
a apreciar mucho, al grado de haber aceptado ser mi compadre
en el bautizo de una hija mía. Desafortunadamente
hace casi seis años murió el maestro Villanelli,
a quien se le hizo un gran homenaje en Italia el año
pasado con dos conciertos de órgano, en uno de los
cuales, en el Instituto mismo, fui invitado a tocar. Similar
fue la relación con Germani, de quien fui amigo prácticamente
hasta su muerte, pues falleció el año pasado.
A la par de ello, conocí también en Siena
a Helmut Riding, actual presidente de la Sociedad Bach Internacional,
cuyo coro es uno de los más importantes del mundo
entero, con el que se han grabado todas sus cantatas.
Al volver a México, tuve que montar un programa
dedicado exclusivamente a Bach con las cinco tocatas y fugas
para la Asociación Ponce de Angelita Calcaneo, por
lo que le pedí ayuda al maestro Riding, que había
sido él mismo asistente de mi maestro Germani en
la Academia Chigiana. Le hablé por teléfoo
y él me dijo que por esa vía cualquier comentario
sería muy difícil, lo mejor sería que
me fuera allá y que él me recibía en
su casa en Alemania pues tenía casi dos meses libres
de trabajo. No sé realmente cómo le hice para
irme, pero lo único malo es que no me dejaba salir.
Tenía que estar estudiando en todo momento y sólo
una o dos horas los domingos me permitía salir, pues
me decía: "Tienes órgano, tienes discos,
tienes partituras y tienes al maestro, entonces ¿para
qué quieres salir?". Realmente me sirvió
muchísimo, por todo ello también considero
a Riding otro de mis grandes maestros.
En 1961 regresé de Europa, empecé a trabajar
en el Conservatorio que fue mi casa, mi familia, todo, toda
mi vida. Allí me inicié en 1951 como alumno,
terminé mi carrera, fui de la Sociedad de Alumnos
y cuando regresé como docente me convertí
en Secretario General de la Delegación Sindical de
maestros, es decir, pasé por todos los peldaños
y finalmente, gracias al apoyo de los alumnos y maestros,
fui nombrado Director, porque fue la primera vez que el
Conservatorio -maestros, alumnos y hasta empleados-, propuso
una terna para que hubiera un director por votación,
lo que nunca se había dado, y me tocó a mí
salir designado por la inmensa mayoría en la votación,
lo que el INBA aceptó, al grado que en mi nombramiento
el entonces director general, arquitecto Luis Ortiz Macedo,
expresa que por acuerdo de toda la comunidad conservatoriana
que había votado por su servidor, era nombrado director
de la institución. Ello es para mí un recuerdo
muy bonito, por primera vez se votaba para director dentro
del propio Conservatorio.
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Electo
democráticamente...
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Sí,
efectivamente, electo democráticamente. Y de allí
salimos, estuve durante un periodo como director entre altas
y bajas, pero todos trabajando. Fue para mí una época
muy bonita, yo que había casi vivido en el Conservatorio
desde joven como alumno y luego como maestro, conocía
prácticamente a todos, como director viví una
época muy feliz. Por supuesto con críticas,
políticas, pero yo sabía muy bien que así
se maneja eso, que muchas veces hay que nadar a contracorriente,
pero afortunadamente durante mi gestión, por una causa
completamente ajena al Conservatorio logramos algo que tampoco
nunca se había conseguido, pero que desafortunadamente
después se perdió, es decir, la autonomía
del Conservatorio. Fuimos autónomos, manejando nuestro
propio presupuesto por tres años, los mismos que restaban
a mi gestión. Pudimos comprar instrumentos que durante
muchos años no se habían comprado, como un órgano
electrónico, un clavecín, un arpa, se impermeabilizó
todo el plantel, se les incrementó el sueldo a los
maestros. Los especialistas -los propios maestros del Conservatorio-
hicieron los programas de estudio y en este plantel se aprobaron.
El Conservatorio, como la principal institución
educativa de música en el país, podrá
caminar correctamente si lo hace de manera propia, autónoma,
cuando la manejen los maestros, los especialistas, quienes
saben cómo se hace un programa de estudios. El maestro
es quien conoce qué necesidades físicas tiene
en su salón de clases, no necesita estar pidiéndolo,
con una vez basta para que se le dé.
Sin embargo, hace ya diecisiete años que dejé
el Conservatorio, aunque mi salida fue por causas diferentes.
En 1983 nuevamente maestros y alumnos me propusieron para
ser director, pero eran momentos difíciles para la
institución. No obstante ello, acepté la propuesta,
pues soy un ferviente creyente de que la única manera
en la que el Conservatorio va a trabajar bien es siendo
autónomo, manejándose por sí mismo.
El Conservatorio tiene un presupuesto propio, por eso decidí
contribuir a luchar porque el plantel nuevamente fuera autónomo.
Además, yo no podía darle la espalda a todos
aquellos miembros de la comunidad que ya llevaban tres o
cuatro meses en huelga. No podía abandonarlos, y
así fue, estuve con ellos hasta el final, hasta que
renunciamos a continuar con el movimiento y abrimos la escuela.
Habíamos luchado por un ideal, por el bien del Conservatorio,
no éramos gangsters.
A partir de entonces me fui al Estado de México,
mi propio estado, de donde me habían llamado para
trabajar pero que yo no había aceptado. Fue una decisión
de la que no me arrepiento, me tratan muy bien y hasta puedo
venir a trabajar a la iglesia de San Ignacio de Loyola en
Polanco. Estos últimos diecisiete años de
residencia en Toluca los he vivido muy tranquilo y en paz,
aunque por supuesto, es grande la nostalgia de mi Conservatorio,
en donde nací, estudié, crecí, fui
maestro y director. Esta es la historia.
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¿Cómo
obtuvo su autonomía el Conservatorio?
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Logramos
la autonomía del Conservatorio, como los mismos periódicos
lo dijeron, 110 años después de su fundación,
luego de que encabezamos conciertos de protesta en las calles
con maestros y alumnos, afuera aún de la antigua Cámara
de Diputados en la calle de Donceles, concierto que yo mismo
inicié tocando el órgano. Por horas hablamos
con diputados como Augusto Gómez Villanueva, entonces
Presidente de la Gran Comisión de la Cámara
de Diputados, hasta que la propia Cámara aprobó
la autonomía del Conservatorio. Entonces nos fuimos
a la Secretaría de Educación Pública
y su entonces titular, Víctor Bravo Ahuja, nos otorgó
el presupuesto para el Conservatorio.
Nació por una causa fortuita, cuando regresamos
de unas vacaciones durante el primer año de gestiones
en que estuve al frente de la escuela, hacia 1975, nos dimos
cuenta de que nos habían empezado a quitar la parte
posterior del plantel, donde se ubicaba la alberca, a fin
de construir lo que sería le Embajada de Cuba por
disposición del presidente Luis Echeverría.
Nos sorprendimos mucho y hablé entonces con el subdirector
del INBA, Alejandro Calderón diciéndole: "Oye,
¿qué pasa aquí?". "Es una
orden presidencial", me dijo. Afortunadamente a nosotros
sólo nos quitaron la alberca en esa ocasión,
porque a la Escuela de Danza les quitaron toda la escuela.
Anteriormente, cuando yo todavía no era director,
le habían quitado ya a la escuela todo el terreno
de su campo deportivo, la cancha de futbol, pues el Conservatorio
ocupaba toda la cuadra, con canchas de futbol, volibol y
jardines, y en medio de ese espacio estaban la Escuela de
Danza y la alberca.
Cuando ocurrieron tales hechos, nadie reclamó, pero
todos lo hicimos cuando nos quitaron la alberca y fue entonces
cuando nos lanzamos a una huelga, hasta que pude ver al
presidente de la República. La oportunidad se dio
en una comida de la Asociación Nacional de Productores
y Compositores, cuya titular era Consuelito Velázquez
y Ferrusquilla el Vicepresidente. Fui invitado a ella como
director del Conservatorio y al evento asistió el
Presidente. Cuando él salía, mi esposa me
dio un empujón de modo que quedé enfrente
del licenciado -a riesgo de que su escolta me detuviera-,
entonces Ferrusquilla me presentó con él y
el presidente me dijo: "Maestro, ya sé de su
problema, pero cuando dí la orden yo no sabía
que era terreno del Conservatorio". Yo que en esa época
era bravo le dije: "¿Cómo es posible
que un presidente de la República no sepa que pertenecía
ese terreno al Conservatorio?" Él, de carácter
muy recio, todavía no me había soltado la
mano, que casi me quebraba con sus enormes y fuertes manos,
y me contestó: "Esto no lo vamos a tratar aquí,
lo espero a las 5 de la tarde en los Pinos". Entonces
yo que me voy prácticamente con todo el Conservatorio,
la maestra Irma González y el maestro Juan José
Vera al frente, pero no me recibió: "Que venga
solo", mandó decir, "mañana, pero
solo".
Cuando el Presidente Echeverría me recibió
en Los Pinos al día siguiente, era ya otra persona,
muy sencillo, me tomó del brazo y me llevó
hasta su oficina acompañado del secretario de Educación
Pública; era día de su cumpleaños y
estaba muy contento. "¿Cuál es su problema?"
"Señor Presidente, es que usted nos quitó
la alberca, y aunque yo no sé nadar y el agua generalmente
estaba helada, los alumnos la utilizan siempre, el músico
requiere hacer ejercicio y la natación es muy buena
para él." "Bueno maestro, pues ya no se
puede hacer otra cosa, yo tenía un compromiso que
cumplir". Le hice entonces una serie de peticiones
que al final terminaría por concedérnoslas.
Él mismo le dijo al secretario: "Todo, todo
está aprobado".
No obstante, pasaron los meses y no pasaba nada. Por eso
nos lanzamos a los actos de protesta y huelga, hasta que
conseguimos lo que en la misma hoja de peticiones no estaba
contemplada, la autonomía del Conservatorio, pedíamos
otras cosas, claro, como autonomía financiera y educativa
para que sin necesidad de preguntar a nadie externo pudiéramos
actuar, siempre por supuesto con el aval de la propia comunidad
conservatoriana, el Consejo Técnico para todo. Así,
su servidor, en compañía de la maestra María
Luisa Salinas que era la subdirectora, o cada uno por separado,
éramos recibidos por el propio Secretario, quien
nunca nos dejó de recibir. A su vez, la propia Secretaría
de Hacienda era quien emitía los cheques para el
personal del Conservatorio, con base en el presupuesto asignado
a éste. El subsidio que otorgó el Presidente
al Conservatorio fue de ocho millones de pesos, un presupuesto
muy bueno para ese entonces. El mismo presidente me habló
un día por teléfono y me dijo: "Maestro,
me gustó mucho su protesta". A lo que respondí:
"Nosotros sólo sabemos tocar, no hubo insultos,
señor Presidente", así que agregó:
"Además de todo, les voy a enviar un camión";
camión que hasta hace poco estaba aún en el
Conservatorio.
Se lograron cosas que antes nunca se hubieran podido hacer
en la institución, como el admitir sólo alumnos
de nivel medio y superior que previamente hubieran ya concluido
hasta el tercer año de sus estudios profesionales.
Se sacaron desplegados para informar de esto y muchas escuelas
de música se incorporaron al Conservatorio, de toda
la república, hasta de la frontera, de Oaxaca, etc.,
mandábamos a maestros a los estados de la República
a supervisar los exámenes, de modo que se avalara
el desarrollo de los programas del Conservatorio; el maestro
Miguel Agustín López de piano, por ejemplo,
llegó a ir a Nuevo Laredo, Chihuahua, Guadalajara,
a examinar a alumnos, pues al plantel sólo ingresaban
estudiantes a partir del cuarto grado. Así estuvimos
funcionando por dos años, yo considero que con resultados
muy buenos.
Cuando ahora voy a tocar a las orquestas profesionales,
me rodean los músicos como Antonio Medrano, Ábrego,
los hermanos Bitrán, los hermanos Bedolla, Javier
García Vigil, muy buenos músicos que salieron
de esa época, la mayoría de alumnos que salió
bien formada, en parte también por la forma en como
trabajábamos en el Conservatorio.
A mí me gustaría mucho regresar por el amor
que le tengo a esa, mi casa, como muchos la consideramos,
por algo sentimental, y también por el hecho de que
sin pretender ser director, tengo muchos años en
la oficina, me gustaría mucho dar clases allí.
Me gustaría formar alumnos, levantar la escuela organística.
En una ocasión que hicimos un evento con alumnos
de órgano en el Estado, ellos evidenciaron tener
un nivel europeo. Eso es lo que querría, por México.
Actualmente entre los maestros del Conservatorio algunos
fueron mis alumnos como Rodrigo Treviño y José
Suárez, que terminó yéndose a estudiar
en Roma con mi propio maestro Fernando Germani, con quien
lo contacté y que posee una gran calidad musical.
Treviño por su parte, fue mi alumno en la Escuela
Nacional de Música y de allí me lo traje al
Conservatorio.
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¿Hay
una razón por la cual deben seguirse apoyando escuelas
como el Conservatorio?
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Evidentemente,
porque es una obligación constitucional el proporcionar
la educación al pueblo en los diferentes niveles. Yo
pondría en primer lugar a la enseñanza cultural,
artística, porque es la única que podrá
sacarnos adelante. Vean mi ejemplo, yo nací en un pueblito,
que si no hubiera podido aprender música, jamás
hubiera podido salir de él. Yo me superé porque
supe, a través de la cultura, que había otras
escuelas como el Conservatorio, y más tarde que había
otras en Europa. Primero se adquiere la cultura, y cuando
se tiene, uno lucha y desea cosas mejores. Todos tenemos derecho
a ella, a la educación. Si aún antes que educación
se nos diera cultura, las familias progresarían y como
células de la nación, llevarían al país
en ascenso. La obligación de brindar educación
es algo necesario, natural, y si el gobierno recibe el apoyo
de los impuestos de todos los ciudadanos y no les retribuye
con educación, está faltando a su compromiso,
al no permitir que el pueblo progrese. Es indispensable que
el gobierno apoye a las escuelas.
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¿Qué
particularidades observa en la organización del CNM
conr elación a otros conservatorios?
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En
Italia por ejemplo hay un solo Conservatorio que maneja a
todos los demás, el de Santa Cecilia en Roma, no porque
sea el mejor, sino porque está en la capital del país.
Su importancia es la misma, sus características similares
por ejemplo al de Palermo, Bari, Bolzano, se manejan como
si fuera uno solo. Un maestro puede ser ubicado en cualquiera
de ellos, es prácticamente un solo conservatorio con
los mismos programas y los mismos maestros. En México
la situación es totalmente otra. Sería muy difícil
que ese modelo se aplicara en nuestro país, dado que
cada estado posee soberanía propia. Nuestro Conservatorio
debe conservar el mismo carácter que ha tenido desde
el siglo pasado, solo, coexistiendo con las escuelas locales
que de música hay en cada estado. Sería muy
difícil hacerlo de otra manera si aún entre
nosotros mismos no nos ponemos de acuerdo. El funcionario
en turno del INBA debe permitir expresarse al músico,
al artista con sus propias características, que no
son las mismas que las de cualquier otro trabajador del Instituto.
Cuando yo me fui por ejemplo a Toluca, dejé la Escuela
Nacional de Música, la Escuela Superior de Música
y la Escuela Sacra de Música, no habiendo retirado
ni siquiera mis fondos de antigüedad. Yo extraño
mucho al Conservatorio, sobre todo cuando paso y veo que
se está destruyendo, hay que meterle ganas, ya no
como director en mi caso, pero sí como maestro, hacer
un movimiento que lo haga resurgir. De los alumnos recuerdo
mucho a Eliseo Martínez, director de la escuela de
Oaxaca. También a Lourdes Méndez, Héctor
Guzmán, Jesús González y Machorro.
Actualmente tengo un grupo de alumnos que está tocando
en Europa. Recientemente hubo un concurso internacional
de órgano, el primero que se hace en nuestro país,
organizado por el Obispado de Toluca, al que me hicieron
el favor de poner mi nombre, y uno de mis alumnos ganó
el tercer lugar frente a otros colegas del extranjero.
Todos ellos son los recuerdos gratos que tengo, aunque
también haya desilusiones. Es mejor saber quién
realmente está con uno y quién no está,
saberlo. Porque así puede uno saber de quién
defenderse. La vida me dio la oportunidad de saber quiénes
eran mis enemigos, que me hirieron, que me traicionaron,
no obstante que creía que eran mis amigos. Quedé
curado, eso para mí ha sido de las mejores cosas
que me han pasado en la vida, Dios me ha permitido conocer
quiénes eran mis enemigos, lo cual no se adquiere
tan fácilmente, es un privilegio. Vivimos y no sabemos
quién por detrás nos puede en cualquier momento
traicionar, no lo sabemos, estamos tranquilos, pero de las
mejores cosas en la vida esa es una, lo que he logrado saber
por las circunstancias, lo que agradezco a Dios. No puedo
decir más que gracias por ello.
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¿Actualmente
que hace y cuáles son sus proyectos?
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Estoy
dedicado a realizar presentaciones como concertista del Instituto
Mexiquense de Cultura. En cuanto a mis proyectos, éstos
son los mismos que los de hace cincuenta años, seguir
estudiando, seguir tocando, hacer mejor cada día las
cosas. A las cinco de la mañana ya estoy estudiando,
pues no sé si después habrá alguna visita,
algún alumno que llegue, no sé que pase, por
lo que esas horas que temprano estudie ya nadie me las quitará.
Tengo tres o cuatro giras a Europa, el año pasado hice
cuatro, y en total son ya 43 las que he hecho al extranjero
con casi 500 conciertos dados en Europa. A finales de mayo
toqué en el Festival Bach de Leipzig y a principios
de junio fui a Nuremberg e Italia; espero regresar en octubre
a España y otra vez a Italia.
De mis planes como maestro está el continuar formando
alumnos, pues aunque no esté muy bien decirlo, he
adquirido experiencia en la docencia luego de tantos años
de dar clases, de oír a los grandes organistas y
de ver cómo van los jóvenes organistas de
Europa, Estados Unidos y Sudamérica en el ambiente
musical internacional, lo que me ha dado una concepción
de la escuela actual del órgano que no la tenía
hace 20 años. He profundizado muchísimo por
ejemplo en la música de Bach, al grado de oponerme
a lo que están haciendo hoy en día en Europa
en general, como en la Academia de Musicología de
Basilea para la cual la ejecución de Bach en el órgano
debe ser pareja, con una técnica de sólo puntas,
sin cambiar de teclado ni registro. Yo me he opuesto y en
un curso al que me invitaron hace cuatro años sobre
música de Bach en Calabria, Italia, para decir lo
que pensaba, yo le expuse a ese grupo que no estaba de acuerdo.
Que para mí Bach era un músico, no un mecanicista,
que tenía corazón, sentimientos, sensibilidad,
que había sido el más grande músico
de todos los tiempos y que no podíamos saber cómo
tocaba él en su época, pero que seguramente
no lo hacía así. Tenemos que estudiar y analizar
mucho su obra, él mismo puso fraseos en algunos de
sus corales, por lo que debió haberlos usado en el
resto de las obras, no todo era staccato de principio a
fin.
Con el maestro Schneider en Alemania, por ejemplo, no estuve
de acuerdo en otorgar el premio de un concurso a una joven
alemana que tenía esa técnica. Yo le dije
que se trataba de un concurso de música, no de computadoras
y que aún si no había fallado una sola nota,
un joven polaco que también había participado
había tenido toda la musicalidad. Que escucháramos
las grabaciones. Al final ganó justamente el muchacho
polaco que había hecho música y no sólo
técnica. He participado no menos de 20 veces en Europa
y he dado más de 10 cursos de órgano en Europa
para jóvenes graduados, lo que me ha dado mucha experiencia
que espero darla y la estoy dando a mis nuevos alumnos,
a quienes ya los están invitando a tocar en Europa.
Vamos bien en el camino, lo cual es otra de mis expectativas,
seguir dando clases y seguir componiendo. El propio maestro
José Pablo Moncayo que me dio clases de composición,
me animó a seguir esa carrera, pero yo me dije, no
soy un genio, no puedo hacer muchas cosas a la vez. Escogí
una sola, y escogí la que más me gustaba desde
niño, tocar. Dejé así la composición
y sólo últimamente, con más tiempo,
he vuelto a ella, he hecho obras para órgano, para
voz, para trío, para piano, pero es también
una expectativa a la cual reconozco uno debe de dedicarle
mucho tiempo y por años, como es al instrumento.
No me dedicaré a ella pero tampoco dejaré
de lado los consejos del maestro José Pablo Moncayo
que me quiso mucho y hasta me llevaba a su casa. En su recuerdo
no quiero dejar completamente la composición.
Lo administrativo y burocrático también es
bonito, porque los muchachos con los cuales tiene uno contacto,
los siente también como si fueran sus alumnos, como
algún día se lo dije a Ángel Bedolla
Guzmán ahora que fui a Morelia. "Yo los considero
casi como mis hijos, como mis alumnos, aunque nunca lo fueron
directamente". Empezamos a platicar y me dio mucho
gusto revivir recuerdos bonitos, pero creo que ya mi faceta
administrativa la realicé, es del pasado. Estoy satisfecho,
haya pasado lo que haya pasado, errores muchísimos,
los reconozco y los reconoceré, al grado que cuando
me señalaron cosas fuertes que sabían eran
verdades, me quedé callado. No reclamé, al
contrario, dije, tienes razón, vamos a cambiar, voy
a cambiar, porque considero que así se hace uno hombre,
"hombre humano", reconociendo nuestros errores,
y los sigo reconociendo, y quizás muchísimos
otros que no sé, pero si me los dicen y veo que es
realidad, los acepto y trato de cambiar. En ese aspecto
estoy satisfecho pero creo que podría hacer todavía
bien a instituciones como ahora lo estoy haciendo con la
Escuela Superior de Música Sacra de Toluca, una escuela
que junto con mi hermano hicimos en el afán de hacer
música verdaderamente sacra, queremos restaurarla,
pues todos estos últimos años han sido de
puras guitarritas, una porquería de música
en la iglesia.
En 1968 hablé con el Papa Paulo VI comentándole
lo que estaba pasando con la música en México.
Le dije que estaba muy mal la música sacra y me dijo
una frase que llevaba mucho fondo, tomándome la mano:
"No te preocupes, esto va a pasar", y pasaron
muchos años y no pasaba nada y no pasa, hasta que
hace diez años, con mi hermano, que se encontraba
junto a mí en aquella audiencia con el Papa, nos
dijimos: "Lo dijo el Papa, tiene que pasar", y
entonces yo le dije a mi hermano, lo que ocurre es que no
comprendimos el mensaje. "Va a pasar, sí, pero
cuando pongamos de nuestra parte. Cuando dejemos de estar
criticando y diciendo si sirve o no. Vamos a hacer una escuela
de música sacra para que verdaderamente los jóvenes
puedan y sepan distinguir lo que es realmente la música
sacra y puedan extenderse a toda la República".
Y está pasando, estamos trabajando, ese mensaje llevaba
el comentario del Papa: sí va a pasar, pero háganlo,
pongan de su parte y ocurrirá.
Creo que ese ejemplo podría darse también
en el Conservatorio, algo se puede dar, yo no diría
tanto en cuanto de índole administrativa, yo en eso
no me metería más, si no en el trabajo que
estuviera desempeñando como profesor. Ser maestro
de órgano, allí, en mi clase, no criticando
a mis demás colegas sobre si tienen o no una técnica
y una escuela. Sólo a los alumnos que tuvieran confianza
en mí, a esos hacerlos en esa forma, lo más
profesionales que sea posible, pero antes que profesionales
en el aspecto técnico, en lo musical. He llegado
a la conclusión de que la música es un arte,
es lo que se siente dentro, pero para eso necesitamos una
técnica perfecta. Cómo voy a decir lo que
quiero si no me responden los dedos o los pies. Pongo de
ejemplo a un orador que quiere expresar sus sentimientos,
y cómo lo puede hacer si no sabe el idioma y la gramática
del idioma en que hablará, si no domina la gramática
o la sintaxis, no podrá expresarse. Si fuéramos
a China no podría decir allá mis sentimientos.
Primero necesito dominar el idioma, que es la técnica
en la música. Primero dominar la técnica,
los conocimientos, la armonía, todo, para poder decir
lo que queremos. Eso es para mí lo máximo
en la música y seguir, como lo dije al principio.
Yo he llegado, gracias a Dios, a un lugar en el que sé
que subí, llegué a las nubes, las toqué
y me sentí déspota, orgulloso, llegué,
pero seguí estudiando. Atravesé las nubes,
llegué a la punta de la montaña, estaba yo
feliz, orgulloso, ya llegué, me dije, pero seguí
estudiando y, cuando vi el cielo, me di cuenta de que el
universo era infinito y que jamás lo podría
tocar. Eso me pasó, vi el cielo, a los grandes maestros,
no había más. Vi a un Germani, un Villanelli,
un Pablo Cassals, un Andrés Segovia, esas son las
grandes estrellas, jamás las podré alcanzar,
no sé nada, pero llegué a ese convencimiento
porque seguí estudiando, porque logré ver
ese infinito. Esa ha sido mi filosofía y esa sigue
siendo, seguir. Sé que no voy a llegar, que no soy
nadie absolutamente, que no soy nadie en la música,
pues si digo que soy alguien me estaría mintiendo
a mí mismo porque conozco que hay cosas increíbles
que jamás podré alcanzar. Esas son pues mis
expectativas, seguir adelante hasta que Dios me preste la
vida. Ya nos hicimos grandes, estamos viejos, pero tenemos
la salud y a mí las ganas no se me han quitado de
continuar en esto, por eso es que quiero seguir allí,
seguir adelante.
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¿Qué
palabras podría regalar a los alumnos del CNM?
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A
los alumnos sólo les diría que tengan una ambición
extrema en llegar al otro lado de las nubes, los que puedan
hacerlo porque Dios les dio ese talento de llegar a las estrellas
y tocarlas, que muchos de nosotros no podremos hacerlo. Y
cómo lograrlo, sólo trabajando, no hay otra
forma, teniendo una buena guía por supuesto, que es
el maestro, pero el trabajo uno lo realiza sólo, ya
sea frente al instrumento, al componer o al estar dando clase.
Es preciso dedicarse con mucho ahínco al trabajo, prepararse
con estudio, llegar al fondo de las cosas y analizar. Yo por
años he estudiado a compositores como Miguel Bernal
Jiménez y su obra para órgano, su tratado medieval,
por ejemplo. Hoy en día estoy terminando un libro sobre
esa obra en particular. Seguí sus pasos, fui hasta
España a ver dónde había compuesto esas
partes y hablé con diferentes personas.
De Bach igual, fui a los archivos, gracias a Riding me
enseñaron hasta las partituras originales manuscritas
por él mismo, las tuve en mis manos. Estudiar a fondo
a Bach, como una obsesión. Y hacerlo igual con los
alumnos, llegar al fondo y estudiar, estudiar y estudiar,
pero bien, no decir que voy a estudiar porque soy muy bueno
y quiero quedar bien, quiero tocar. No, estudiar por el
deseo de saber, porque eso hace que México quede
bien ante el mundo, aunque sea sólo con una, dos
o tres personas. A este respecto he tenido muchas satisfacciones,
por ejemplo, hace años un alemán me hizo la
siguiente crítica: "No creíamos que un
mexicano podría tocar así". Eso para
mí fue una gran satisfacción.
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