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En el hemisferio
occidental, las grandiosas y espléndidas culturas de Mesoamérica asimilaron la
música como una de sus manifestaciones populares. Principalmente en grupos
étnicos tan notables como los mayas, los toltecas, los maya-quiché, los
totonacas y los mixtecas. Los aztecas, pobladores del denominado suelo de
Anáhuac, heredaron de los pueblos mencionados una tradición que no superaron,
pero sí cultivaron disciplinas artísticas tan bellas como la poesía, la música y
la danza.
A la llegada de los
hombres blancos se sumaron otras razas y culturas para constituir un mestizaje
que aún prevalece, el cual dio lugar a una nueva expresión de la música en
México que comenzó en la época colonial. Vale mencionar que los frailes, como
describe Pedro de Gante, se asombraron al ver cómo surgió una pléyade de
cantores aborígenes que aprendieron primero el latín y luego las técnicas del
canto llano.
Hubo a la par
compositores de villancicos, alabanzas, motetes y fue escrita una misa completa
con letra en dialecto indígena, en español y en latín. Y así, en las tres
centurias siguientes fueron numerosos los autores de música religiosa y la
denominada profana o popular, que en sus inicios estuviera conformada por la
música autóctona, la música europea y la música negra. La primera de los pueblos
naturales, la segunda de los iberos influidos por godos, judíos y árabes, y la
tercera de los esclavos negros traídos de África, canto de añoranza y
desconsuelo envuelto en lágrimas de dolor y desesperanza.
En los siglos XVIII y XIX
el arte musical francés e italiano influyó de manera determinante en la música
popular de este país, como se escucha y observa todavía en los bailes y danzas
regionales de los diferentes estados de la República. Así, el sentimiento
secular de la música en México tuvo un florecimiento inusitado que comenzó en el
siglo XIX y se prolongó hasta bien entrado el siglo XX, al ser implantados
modelos musicales europeos que aquí tuvieron una expresión propia en las formas
instrumental y operática. Primero interpretados por artistas venidos de ultramar,
concertistas y cantantes españoles en su mayoría. Surgieron sociedades
filarmónicas, escuelas del arte musical y compositores de óperas, música de
salón, fantasías de concierto, sin que faltaran las obras religiosas.
Consumada la
Independencia, el desarrollo musical lo patrocinaron tres sociedades
filarmónicas. La primera, fundada el 17 de abril de 1825, estuvo encabezada por
don José Mariano Elízaga. La segunda se estableció en 1838, encabezada por
Agustín Caballero, José Antonio Gómez y Cenobio Paniagua. La tercera agrupación
quedó constituida el 14 de enero de 1866 por 74 socios. Se le denominó Sociedad
Filarmónica Mexicana y fue la precursora del denominado Conservatorio de la
Sociedad Filarmónica Mexicana bajo la Ley de Instrucción Pública; pocos años
después, en virtud de una ley especial, se convirtió en el Conservatorio
Nacional. Entre los años 1860-1862 fue formada la primera compañía mexicana de
ópera y dos notables músicos del siglo XIX dignos de ser mencionados por su
fecundidad musical son Cenobio Paniagua y Melesio Morales. Hasta finales de esa
centuria fue creciente el entusiasmo y el fervor que sus fundadores le
impusieron al Conservatorio, fructificante desde sus primeros egresados: Ricardo
Castro, Felipe Villanueva, Gustavo E. Campa, Carlos J. Meneses, Julián Carrillo,
entre otros no menos talentosos.
En la primera década de
este siglo la música en México tuvo decisiva influencia de la escuela romántica
europea. Fueron creados valses, danzas, gavotas, romanzas, fantasías, en su
mayoría para instrumentos solos. Después se inicia la tendencia nacionalista con
Manuel M. Ponce y José Rolón, entre los primeros exponentes de un movimiento
musical que se consolidara entre 1925-1928 y trascendiera nuestras fronteras con
obras de gran contenido, impronta personalista y alto valor estético, de
compositores como Silvestre Revueltas, Carlos Chávez, Miguel Bernal Jiménez,
Blas Galindo, Candelario Huízar, Eduardo Hernández Moncada, José Pablo Moncayo,
Carlos Jiménez Mabarak, Luis Sandi, Daniel Ayala, Juan León Mariscal, Alfonso de
Elías, etc., hasta prolongarse en la segunda mitad del siglo XX con
significativos valores en el campo de la musicología como Esperanza Pulido,
Adolfo Salazar, Jerónimo Baqueiro Foster y los directores brillantes Luis
Herrera de la Fuente, José F. Vázquez, Clemente Aguirre, José I. Limantour,
Eduardo Mata, Enrique Batiz, Enrique Arturo Diemecke, y otros talentos que no
menciono pero importantes por su entrega al arte de Euterpe, como el sin par
director, compositor y maestro Uberto Zanolli, que dedicó su vida a promover la
música de Giacomo Facco, después de rescatarla del olvido, para ser difundida y
apreciada por su alto valor musical del periodo barroco italiano.
Así como también
excelentes concertistas como Esperanza Cruz, María Teresa Rodríguez y Carlos
Prieto, conocidos ampliamente aquí y fuera de nuestras fronteras.
Todos, con su talento y
creatividad colocaron a México entre los países con gran categoría musical.
Vista es la fecundidad de los mexicanos en cuanto a producir música. Pero es
necesario insistir en impartir una sistemática educación musical dirigida
principalmente a los niños y jóvenes, que en buen porcentaje ignora la música de
los grandes maestros, nacionales y extranjeros. Preservemos la auténtica y
valiosa música mexicana de influencias ajenas que distorsionan su esencia. Es la
expresión de un pueblo orgulloso de sus valores ancestrales incomparables.
JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA Y CARRANCÁ
Doctor en Derecho.
Catedrático de la Universidad Nacional Autónoma de México. Presidente del
Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal. Conferencista y ponente en
múltiples congresos nacionales e internacionales. Editorialista en diversos
periódicos de circulación nacional. Es autor de una numerosa obra escrita,
jurídica, pedagógica y cultural.
jlgac@hotmail.com
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