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  Conservatorianos No. 10 (noviembre-diciembre) 2006
   

Conservatorianos conmemora el XC aniversario de su nacimiento

 UBERTO ZANOLLI

(1917-1994)


Conservatorianos conmemora el CCLV aniversario de su fallecimiento

 GIACOMO FACCO

(1676-1753)


 

 

Orquesta Sinfónica Nacional

 

 

Orquesta Filarmónica de la UNAM

 

Cartelera UNAM

 

 

Orquesta Sinfónica de Minería

 

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Universo de El Búho

 Marzo de 2008

 

 

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* * * NUEVO * * *

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Fondo sonoro:

 

Sobre las olas

del músico conservatoriano mexicano

Juventino Rosas

(Fragmento)

 

Elaboración orquestal de Uberto Zanolli

 

Orquesta de Cámara de la Escuela Nacional Preparatoria -UNAM (1987)

   

 

         

 
  Anecdotario musical

 

Rondó

Samuel Cristóbal Máynez Champion

 

A Gustavo, como un tributo fraternal

que enlaza sangre y espíritu

Las tardes de aquella primavera incierta eran cada vez más monótonas y los proyectos de aquel entonces no representaban mayor estímulo para escapar a la inercia que significa saberse vivo.

Durante el ocaso de una de esas tardes, cuando la luz gris rosácea del cielo desdibuja gradualmente los contornos de las cosas y los ánimos, noté su presencia.

A simple vista parecía una mariposa negra, de las que dicen que son malos augurios, pero enfocando mejor a la figurita que se apoyaba sobre una rama del árbol de mi terraza, vi un largo pico, demasiado sutil para ser de madera y cuyo cuerpo se mantenía perfectamente quieto frente a mí.

Ignoraba cuánto tiempo llevaba ahí, pero su cuerpecito atrajo mi atención de una manera inusual. El colibrí, con su febril batir de alas ahuyenta a nuestros fantasmas, y es como la alegría del cielo que se insinúa fugazmente frente a nosotros. Pero lejos de percibir en él una señal de buena suerte saboreé algo más tangible, como una campanada de amanecer en mis penumbras cotidianas.

Un compañerito que goza con los sonidos de mi violín y que se concede un momento de reposo, pensé, pero su actitud no era propiamente de descanso casual, sino de elección deliberada.

Lo comprobé con el pasar de los días: invariablemente, la misma rama era ocupada al filo del anochecer por esa criaturilla milagrosa y frágil.

Era un deleite contemplarlo en su pequeña magnificencia. Su vuelo era tan prodigioso como los colores de su plumaje. ¡Qué extrañeza para los primeros europeos, dueños de la verdad y enemigos de la duda, toparse con este pajarito que solamente vive en el continente americano!

Nos acostumbramos muy pronto el uno con el otro ya que mis movimientos no le causaban temor y yo podía disponer de mi atención para otras actividades con mayor facilidad.

Era muy bello, sin embargo, después de quitarle la vista unos instantes, levantarla y encontrarlo ahí, posado y sugerente, en vilo, entre la aparición y la nada.

No recuerdo cuántas tardes compartimos entre los ejercicios y escalas de mi práctica musical y su silencio notoriamente cómplice hasta que, una frase tocada en el violín por azar, suscitó sus trinos; si así se les puede llamar, eran como los besos al viento de un ser plenamente feliz con su existencia.

Repetí la misma frase del Rondó que Franz Schubert compusiera, en 1816, para Fernando, su hermano violinista y con sorpresa observé cómo el pajarito además de abandonar su mutismo habitual, se levantaba en una especie de danza, llena de ímpetu y elegancia.

- Qué afortunado soy -, me dije, es un regalo que la vida me ofrece por quién sabe cual buena acción. Tocar y motivar el vuelo de un pajarillo tan inocente es digno de mención y recuerdo; -recordis- sabia etimología, que sitúa al corazón como pasaje obligado de la memoria.

Si bien el Rondó me traía muchos recuerdos gratos, esta inesperada reacción en un ave me intrigaba especialmente.

Quería volver a tocar el tema pero temía que se deshiciera el hechizo y el animalito no respondiera a lo que yo elucubraba, pero al reiniciar con titubeo, el colibrí volvió con sus aleteos frenéticos en vuelos de perfecta sincronía con las notas.

La obscuridad envolvió nuestro encuentro cerrando los espejos que reflejaban ese espectáculo íntimo que se volvería una obsesión para el resto de la vida. Los días fueron horas, los minutos fueron semanas en esa quimera que llamamos tiempo.

El colibrí, a quien yo llamaba Bambinito, era puntual. Nuestras citas eran sacras, como mis tardes de ausencia una traición injustificable.

Puesto que ignoraba qué tan longevo era con relación al ser humano, una extraña angustia comenzaba a manifestarse. La única certeza: que cada tarde compartida era una menos para ambos.

El sortilegio musical con el Rondó de Schubert era nuestro inviolable secreto, sólo en dos ocasiones había yo roto el cerrojo intocable de nuestro tácito pacto. Dudas infantiles o trampas de la mente siempre acechante quisieron volver a poner a prueba lo que se me antojaba ficticio pero, como lección suprema, el pajarito inmutablemente danzó con los acentos rítmicos de las frases de nuestro Rondó.

Era nuestro, no podía yo dudarlo, desde siempre y para siempre.

La infausta ocasión en que ya no apareciera me atemorizaba cada día más. Una tarde de junio, presidida por un sol plomizo, fue la elegida para lo que yo concebía como un mal sueño.

De sobra sabía que la vida implica irremediablemente a la muerte pero también estaba seguro que sería algo irrepetible.

Esperé en vano toda la tarde hasta que la obscuridad me confirmó el presagio.

Como un adiós solemne volví a tocar el tema del Rondó y logré, en una suerte de trance, un tono melancólico para esas notas desbordantes de vitalidad infantil.

Esa noche concilié el sueño con una tristeza infinita y absurda: en la duermevela entreveía a Bambinito entrar y salir a través de las efes de mi violín bajo el resplandor de una luna insólita. Parecía que su nido ya no era un enigma y que el interior de madera hueca era su morada predilecta.

Al despertar, como de costumbre, los sueños volvieron al reino de lo inaferrable y el olvido.

Pasaron muchos años y el compañero de mi devenir siguió siendo el viejo violín de etiqueta apócrifa. Con el paso del tiempo los violines no pierden la frescura de su voz y sus dueños son meros custodios temporales.

Siempre me había preguntado cuántas manos a lo largo de los siglos, habían hecho vibrar las cuerdas de este violín amalgamado a la vez su alma con la del noble instrumento.

Hermosa analogía de llamarle alma a esa varita de madera que es la responsable última de su magia sonora; está ahí dentro y pone en magistral vibración las dos caras del cuerpo del violín pero no se ve, más que observando el interior.

Se me ocurrió en aquella época que el secreto del alma humana no era más que eso, el nexo invisible, pero real, que debe poner en vibración nuestros dos aspectos tan a menudo antagónicos: razón y sensibilidad o intelecto y espíritu.

La vida pasa pero la música nos sobrevive y el Rondó de Schubert me siguió regalando fulgurantes dichas cada vez que lo tocaba. El recuerdo del colibrí era indisoluble con el efecto anímico que me provocaba la obra entera.

Una noche, al regreso de una gira por países remotos, abrí el estuche del violín y con espanto noté que el mango del instrumento se había despegado de raíz rajando a su vez el vientre.

Seguramente el clima extremoso había aflojado la cola que sirve de pegamento y la enorme presión de las cuerdas había completado el desastre.

En las primeras horas del día siguiente localicé al laudero para llevarle el instrumento lo más pronto posible.

Mientras me dirigía hacia el taller me taladraban las preguntas obligadas: ¿tendría reparación?, ¿qué tal si no quedaba igual?... Por fin abandoné las conjeturas en las diestras manos del artesano.

El diagnóstico no era muy alentador pero mi confianza era absoluta.

Al cabo de dos semanas volvería por él y me estaría enterando periódicamente de su evolución.

Esa compostura equivalía a una cirugía de corazón abierto en un individuo, con la diferencia que la madera del violín tenía más de doscientos años de estar en actividad.

Esa misma tarde encontré un mensaje del laudero en un tono muy agitado: comunicarme de inmediato porque después de abrir el instrumento y empezar su limpieza interna se había despegado la etiqueta falsa que a su vez ocultaba a otra increíblemente peculiar.

Con el corazón y el estómago en disputa me encaminé rápidamente para ver con qué me encontraba.

No pude impedir, durante el trayecto fantasear con el descubrimiento. Tal vez yo era dueño de un violín de autor famoso cuyo precio sería sin duda astronómico y en su pedigree podría figurar una lista de renombrados violinistas. Pensé súbitamente en Paganini, que en sus múltiples viajes tocando por Europa habrá tenido a su disposición cientos de instrumentos...

Las especulaciones cesaron bruscamente al estar frente al violín abierto y el laudero de testigo. La etiqueta original* decía lo siguiente:

CODA

Una vez revelados los misterios de la historia pude situarme en la corriente de mi tiempo y valorar la belleza de lo efímero.

Mi violín pasará a otras manos y solamente los colibríes seguirán bailando, suspendidos hacia el infinito, el eterno Rondó.

* Hecho en Neudorf (pequeña ciudad de la antigua Moravia de donde era originaria la familia Schubert) en el año de 1808 para el violinista Fernando Schubert. Por Jerónimo Waldenstern (misterioso constructor de violines de quien no figura ningún dato en la historia de la Laudería).

Por una extraña coincidencia el apellido Waldenstern significa literalmente "estrella del bosque" que es otro nombre con que los anglosajones denominan al colibrí.

Texto ilustrado por MINERVA HERNÁNDEZ


SAMUEL CRISTÓBAL MÁYNEZ CHAMPION

Profesor titular de violín del Conservatorio Nacional de Música. Egresado de la Escuela de Música de la Universidad de Yale y del Conservatorio Giuseppe Verdi de Milán. Ha actuado como solista con la Orquesta Sinfónica Nacional de México y la Orquesta Finlandesa de Yubaskula y en escenarios como La Scala de Milán, Lincoln Center de Nueva York y La Chartreuse de Avignon. En 1996 fundó el Ensable Kalevala, integrado en su mayoría por sus propios alumnos. Paralelamente a su actividad musical se dedica también a la creación literaria.

 

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