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A
Gustavo, como un tributo fraternal
que enlaza sangre y espíritu
Las tardes de aquella primavera incierta eran cada vez más
monótonas y los proyectos de aquel entonces no representaban
mayor estímulo para escapar a la inercia que significa
saberse vivo.
Durante
el ocaso de una de esas tardes, cuando la luz gris rosácea
del cielo desdibuja gradualmente los contornos de las cosas
y los ánimos, noté su presencia.
A
simple vista parecía una mariposa negra, de las que
dicen que son malos augurios, pero enfocando mejor a la figurita
que se apoyaba sobre una rama del árbol de mi terraza,
vi un largo pico, demasiado sutil para ser de madera y cuyo
cuerpo se mantenía perfectamente quieto frente a mí.
Ignoraba
cuánto tiempo llevaba ahí, pero su cuerpecito
atrajo mi atención de una manera inusual. El colibrí,
con su febril batir de alas ahuyenta a nuestros fantasmas,
y es como la alegría del cielo que se insinúa
fugazmente frente a nosotros. Pero lejos de percibir en él
una señal de buena suerte saboreé algo más
tangible, como una campanada de amanecer en mis penumbras
cotidianas.
Un
compañerito que goza con los sonidos de mi violín
y que se concede un momento de reposo, pensé, pero
su actitud no era propiamente de descanso casual, sino de
elección deliberada.
Lo
comprobé con el pasar de los días: invariablemente,
la misma rama era ocupada al filo del anochecer por esa criaturilla
milagrosa y frágil.
Era
un deleite contemplarlo en su pequeña magnificencia.
Su vuelo era tan prodigioso como los colores de su plumaje.
¡Qué extrañeza para los primeros europeos,
dueños de la verdad y enemigos de la duda, toparse
con este pajarito que solamente vive en el continente americano!
Nos
acostumbramos muy pronto el uno con el otro ya que mis movimientos
no le causaban temor y yo podía disponer de mi atención
para otras actividades con mayor facilidad.
Era
muy bello, sin embargo, después de quitarle la vista
unos instantes, levantarla y encontrarlo ahí, posado
y sugerente, en vilo, entre la aparición y la nada.
No
recuerdo cuántas tardes compartimos entre los ejercicios
y escalas de mi práctica musical y su silencio notoriamente
cómplice hasta que, una frase tocada en el violín
por azar, suscitó sus trinos; si así se les
puede llamar, eran como los besos al viento de un ser plenamente
feliz con su existencia.
Repetí
la misma frase del Rondó que Franz Schubert compusiera,
en 1816, para Fernando, su hermano violinista y con sorpresa
observé cómo el pajarito además de abandonar
su mutismo habitual, se levantaba en una especie de danza,
llena de ímpetu y elegancia.
-
Qué afortunado soy -, me dije, es un regalo que la
vida me ofrece por quién sabe cual buena acción.
Tocar y motivar el vuelo de un pajarillo tan inocente es digno
de mención y recuerdo; -recordis- sabia etimología,
que sitúa al corazón como pasaje obligado de
la memoria.
Si
bien el Rondó me traía muchos recuerdos gratos,
esta inesperada reacción en un ave me intrigaba especialmente.
Quería
volver a tocar el tema pero temía que se deshiciera
el hechizo y el animalito no respondiera a lo que yo elucubraba,
pero al reiniciar con titubeo, el colibrí volvió
con sus aleteos frenéticos en vuelos de perfecta sincronía
con las notas.
La
obscuridad envolvió nuestro encuentro cerrando los
espejos que reflejaban ese espectáculo íntimo
que se volvería una obsesión para el resto de
la vida. Los días fueron horas, los minutos fueron
semanas en esa quimera que llamamos tiempo.
El
colibrí, a quien yo llamaba Bambinito, era puntual.
Nuestras citas eran sacras, como mis tardes de ausencia una
traición injustificable.
Puesto
que ignoraba qué tan longevo era con relación
al ser humano, una extraña angustia comenzaba a manifestarse.
La única certeza: que cada tarde compartida era una
menos para ambos.
El
sortilegio musical con el Rondó de Schubert era nuestro
inviolable secreto, sólo en dos ocasiones había
yo roto el cerrojo intocable de nuestro tácito pacto.
Dudas infantiles o trampas de la mente siempre acechante quisieron
volver a poner a prueba lo que se me antojaba ficticio pero,
como lección suprema, el pajarito inmutablemente danzó
con los acentos rítmicos de las frases de nuestro Rondó.
Era
nuestro, no podía yo dudarlo, desde siempre y para
siempre.
La
infausta ocasión en que ya no apareciera me atemorizaba
cada día más. Una tarde de junio, presidida
por un sol plomizo, fue la elegida para lo que yo concebía
como un mal sueño.
De
sobra sabía que la vida implica irremediablemente a
la muerte pero también estaba seguro que sería
algo irrepetible.
Esperé
en vano toda la tarde hasta que la obscuridad me confirmó
el presagio.
Como
un adiós solemne volví a tocar el tema del Rondó
y logré, en una suerte de trance, un tono melancólico
para esas notas desbordantes de vitalidad infantil.
Esa
noche concilié el sueño con una tristeza infinita
y absurda: en la duermevela entreveía a Bambinito entrar
y salir a través de las efes de mi violín bajo
el resplandor de una luna insólita. Parecía
que su nido ya no era un enigma y que el interior de madera
hueca era su morada predilecta.
Al
despertar, como de costumbre, los sueños volvieron
al reino de lo inaferrable y el olvido.
Pasaron
muchos años y el compañero de mi devenir siguió
siendo el viejo violín de etiqueta apócrifa.
Con el paso del tiempo los violines no pierden la frescura
de su voz y sus dueños son meros custodios temporales.
Siempre
me había preguntado cuántas manos a lo largo
de los siglos, habían hecho vibrar las cuerdas de este
violín amalgamado a la vez su alma con la del noble
instrumento.
Hermosa
analogía de llamarle alma a esa varita de madera que
es la responsable última de su magia sonora; está
ahí dentro y pone en magistral vibración las
dos caras del cuerpo del violín pero no se ve, más
que observando el interior.
Se
me ocurrió en aquella época que el secreto del
alma humana no era más que eso, el nexo invisible,
pero real, que debe poner en vibración nuestros dos
aspectos tan a menudo antagónicos: razón y sensibilidad
o intelecto y espíritu.
La
vida pasa pero la música nos sobrevive y el Rondó
de Schubert me siguió regalando fulgurantes dichas
cada vez que lo tocaba. El recuerdo del colibrí era
indisoluble con el efecto anímico que me provocaba
la obra entera.
Una
noche, al regreso de una gira por países remotos, abrí
el estuche del violín y con espanto noté que
el mango del instrumento se había despegado de raíz
rajando a su vez el vientre.
Seguramente
el clima extremoso había aflojado la cola que sirve
de pegamento y la enorme presión de las cuerdas había
completado el desastre.
En
las primeras horas del día siguiente localicé
al laudero para llevarle el instrumento lo más pronto
posible.
Mientras
me dirigía hacia el taller me taladraban las preguntas
obligadas: ¿tendría reparación?, ¿qué
tal si no quedaba igual?... Por fin abandoné las conjeturas
en las diestras manos del artesano.
El
diagnóstico no era muy alentador pero mi confianza
era absoluta.
Al
cabo de dos semanas volvería por él y me estaría
enterando periódicamente de su evolución.
Esa
compostura equivalía a una cirugía de corazón
abierto en un individuo, con la diferencia que la madera del
violín tenía más de doscientos años
de estar en actividad.
Esa
misma tarde encontré un mensaje del laudero en un tono
muy agitado: comunicarme de inmediato porque después
de abrir el instrumento y empezar su limpieza interna se había
despegado la etiqueta falsa que a su vez ocultaba a otra increíblemente
peculiar.
Con
el corazón y el estómago en disputa me encaminé
rápidamente para ver con qué me encontraba.
No
pude impedir, durante el trayecto fantasear con el descubrimiento.
Tal vez yo era dueño de un violín de autor famoso
cuyo precio sería sin duda astronómico y en
su pedigree podría figurar una lista de renombrados
violinistas. Pensé súbitamente en Paganini,
que en sus múltiples viajes tocando por Europa habrá
tenido a su disposición cientos de instrumentos...
Las
especulaciones cesaron bruscamente al estar frente al violín
abierto y el laudero de testigo. La etiqueta original* decía
lo siguiente:
CODA
Una
vez revelados los misterios de la historia pude situarme en
la corriente de mi tiempo y valorar la belleza de lo efímero.
Mi
violín pasará a otras manos y solamente los
colibríes seguirán bailando, suspendidos hacia
el infinito, el eterno Rondó.
* Hecho en Neudorf (pequeña ciudad de
la antigua Moravia de donde era originaria la familia Schubert)
en el año de 1808 para el violinista Fernando Schubert.
Por Jerónimo Waldenstern (misterioso constructor de
violines de quien no figura ningún dato en la historia
de la Laudería).
Por una extraña coincidencia el apellido Waldenstern
significa literalmente "estrella del bosque" que
es otro nombre con que los anglosajones denominan al colibrí.
Texto
ilustrado por MINERVA HERNÁNDEZ
SAMUEL
CRISTÓBAL MÁYNEZ CHAMPION
Profesor titular de violín del Conservatorio Nacional
de Música. Egresado de la Escuela de Música
de la Universidad de Yale y del Conservatorio Giuseppe Verdi
de Milán. Ha actuado como solista con la Orquesta Sinfónica
Nacional de México y la Orquesta Finlandesa de Yubaskula
y en escenarios como La Scala de Milán, Lincoln Center
de Nueva York y La Chartreuse de Avignon. En 1996 fundó
el Ensable Kalevala, integrado en su mayoría por sus
propios alumnos. Paralelamente a su actividad musical se dedica
también a la creación literaria.
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