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Hoy en día, aunque se habla de ellas, no es posible
encontrar una sola. Las pobres, tan hermosas y útiles,
inspiradoras de músicos y pintores, hombres de letras,
artistas en una palabra, no lograron trasponer el romanticismo.
Las últimas ayudaron a Bécquer a escribir sus
Rimas y leyendas; revoloteaban a su alrededor como si fueran
mariposas. Entonces la tarea del poeta era más sencilla:
bastaba con obtener un mínimo de concentración
y las musas aparecían. Melpómene, Erato, Polimnia,
acompañadas de otras igualmente bellas y prestas a
dar su colaboración al arte, a guiar pinceles, dictar
versos... ¡Cuánto le debe la humanidad a estas
damas envueltas en gasas y con guirnaldas en las manos que
aparecían al llamado del creador, sin importarles que
en momentos éste hubiese empleado a modo de intercesión
las drogas o el alcohol! En estos tiempos, por más
que les gritemos, ninguna de ellas aparece en nuestro auxilio.
Es necesario, pues, trabajar y trabajar con el objeto de conseguir
un poema o una novela, un vals o una sinfonía, un cuadro
o un mural, no hay otro remedio. Qué tragedia nos ocasionó
la modernidad, la única fuente de inspiración
ya no son las musas (las que contribuyeron al éxito
de Homero y Virgilio), son la disciplina y el rigor.
RENÉ
AVILÉS FABILA
Escritor.
Profesor de tiempo
completo en
la Universidad Autónoma Metropolitana
y
catedrático
de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAMEditorialista
de diversos periódicos y revistas de circulación nacional.
Premio Nacional de Periodismo del Gobierno de la República
(1991). Miembro del Sistema Nacional de Creadores. Autor de
una vasta producción literaria, entre cuyas obras destacan
Hacia el fin del mundo, El gran solitario de Palacio, Tantadel
y
Réquiem por un suicida.
ravilesf@prodigy.net.mx
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