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Hace
treinta y dos años que me acerqué a las rejas que circundan el Conservatorio
Nacional de Música de la Ciudad de México, y ayer volví a asomarme de nueva
cuenta, curioso, por preguntar en qué mes se reiniciaban los cursos. Regresé a
visitar el Conservatorio una vez más, a instancias de que mi mejor amiga la
señorita Mónica Núñez Vélez (digo mejor amiga, y añado excelente mezzosoprano y
ser humano) desea continuar con sus estudios musicales. Pues bien, dicen que el
artista nace ¡sí!, nosotros, los que nos dedicamos por entero a una o dos o tres
de las Bellas Artes, al nacer, o mejor dicho, desde el momento que nuestros
padres nos concibieron, recibimos un soplo de Dios, el cual se fijó en nosotros,
en muchas ocasiones, nuestros dones de artesanos del arte no los descubrimos por
nosotros mismos, nos los descubren.
Al
surgir en nosotros alguna manifestación artística, se nos muestra de una forma
tan natural que puede pasar inadvertido para uno mismo, sin embargo, si tenemos
la fortuna de estar rodeados de un medio en el cual se respire y transpire arte,
seremos detectados desde niños por ese ojo-espiritual que nos encamine y
redescubra para nosotros esa vena artística. Digo esto, porque es mi historia.
Provengo de familia de artistas. Mi bisabuela Ana y mi bisabuelo Alonso -dos
artistas para el más difícil de las artes... el educar con amor y con respeto,
el enseñar con el ejemplo noble y recto, y el vivir cotidiano de una manera
clara y firme en sus convicciones cien por ciento humanas-. ¡Olé! Sigue sus
pasos mi hermosísima abuela Pastora Pérez Gómez -que con ese amor tan dulce y
cálido que dan las abuelas, nos llenan los días de infancia rodeándonos con sus
brazos, desde los cuales el mundo nos parece tan distinto... de lo que es-. Mi
madre, Julia Peluyera Pérez, artista sui generis en su vivir, la cual,
nos costó un poco de trabajo convencer a mi primo Manolo Arjona -el que más
quiero- con su palabra y a mí con los hechos. Mi padre, Arcadio Vilches
-corredor de caballos-. Aquí se abre un espacio especial para nombrar a mi tía
abuela Anita Sevilla -mamá guapa-, cantante de lo que se le pusiera enfrente.
Mis tíos, la pareja de baile flamenco de «Anita Sevilla y Manolo Arjona». Y...
aquí interviene en el escenario de mi vida nuestro descubridor -de mi hermano
Alfonso José y mío- mi tío Antonio Durán, torero y pintor, diestro en el manejo
de la espátula como retratista, y diestro en saber guiar nuestros pasos en el
campo minado del arte y de la vida. Digo campo minado porque vivir del arte es
todo un arte, y hay que tener arte para vivir del arte.
En
1969, ponemos por primera vez mi hermano Alfonso y yo nuestras almas en este
Conservatorio de México. Como recuerdo, el esperar en el Paseo de la Reforma, el
camión verde deslavado, más deslavado que verde, del Conservatorio. Llegar corriendo
a clases, porque, por una razón u otra, invariablemente llegábamos rayando la
hora de entrada, y ... si era día de examen, quién no ponía atención en ese si
bemol semitonado que daba el silbato del tren que pasaba frente al Conservatorio
al momento de tomar un dictado musical, o de echar mano al diapasón o al
afinador cilíndrico -bueno, como no tenía dinero para el diapasón, lo mejor era
recurrir al silbato del tren... ¡si es que pasaba en ese momento el susodicho!.
El
profesor Leonardo Velázquez guió nuestra vocación musical los primeros dos años
de solfeo, en un curso piloto al que tuvimos mi hermano Alfonso y yo el honor de
pertenecer. Conjuntos Corales con el profesor Alberto Alva, quien en una ocasión
de examen nos pidió que cantásemos el Magnificat de Bach, y... Santo
Dios, obtengo un nueve de calificación, lo cual me indicaba que tenía
posibilidades de presentarme en el auditorio del Conservatorio junto con los
«elegidos» para cantar el Magnificat. Bueno, nueve de calificación con el
profesor Alva no era tan malo, lo malo en mí es el uno sesenta y tres de
estatura que tengo, que no me aprobó el profesor Alva para dicha presentación.
Antes -espero que no continúe hoy en día-, los grupos de piano se encontraban
saturados, por lo que tuvimos que escoger otro instrumento mi hermano y yo.
Alfonso escogió violoncello y yo clarinete, no porque fuese de mi agrado tanto
el clarinete, sino porque tampoco había lugar en los grupos de la clase de
percusiones que impartían el profesor Carlos Luyando y el profesor Homero Valle.
El profesor Víctor Manuel Cortés fue para mi hermano en la clase de violoncello,
lo que el maestro Rostropovich fue para el profesor Cortés en su tiempo.
Por
esos
días, la cantante española Rocío Jurado visitó México y mi tío Antonio fue a
verla. Cuando nos contó a mi hermano Alfonso y a mí acerca de ella, le pedimos
que nos llevase para conocerla... y tuvimos el gusto de conocerla a ella y a
Felipe Campuzano que venía como su pianista. Nos identificamos con Campuzano al
momento, el cual le dijo a mi tío Antonio: «¡Ojalá pudiera darle clase a tus
sobrinos en Madrid!» y... al año siguiente, estábamos mi tío Antonio, mi hermano
Alfonso y yo dándole un beso a la tierra que vio nacer a mis ancestros, y
estudiando mi hermano y yo con el profesor Felipe Campuzano en el estudio que
tenía en la Plaza de Tirso de Molina, y a unos pasos de la Plaza de Isabel II,
en donde a espaldas del Teatro Real se hallaba el Real Conservatorio de Música
de Madrid (España). Con Campuzano estudiábamos piano y armonía. Nos hacía pasar
las de Caín con el Hanon y el Oscar Beringer, y sus cambios en cuanto la
acentuación de los ejercicios, pero valió enteramente la pena, y al
Conservatorio íbamos a presentar exámenes y yo a tomar percusiones con Enrique
Llacer «Regoli» -baterista de corazón que lo llamaban mucho para grabaciones con
cantantes-.
Cuando
más fuerte es el dolor, el aprendizaje es mejor. Me refiero a que uno se va
puliendo moral y físicamente, y a estudiar también sus propios alcances y
limitaciones. Muchas veces no comía por avocarme a estudiar, por salir adelante
con mi objetivo y dar lo mejor de mí. Hay que estudiar diario. Recuerdo en una
ocasión en que Alfonso y yo fuimos a la ciudad de Granada, para deleitarnos con
una semana inolvidable de música, se presentaban Anton Rubinstein, Herbert von
Karajan, Yehudi Menuhin, Daniel Barenboim, entre otros. Mi hermano y yo nos
colamos, todavía no se cómo -bueno, por ver a Rubinstein se cuela uno al
infierno-, y lo vimos antes del concierto practicando él solo.
¡Qué
cara pusimos cuando lo vimos! Nos acercamos muy despacio... y nos sentamos en la
primera fila. El maestro volteó, nos sonrió... y nos preguntó si nos gustaba -él
hablaba castellano muy bien-. Le contestamos que nos encantaba. Nos dijo... ¿Son
músicos?... ¡Sí, maestro! ¡Qué instrumento? ¡Piano, maestro! ¿Y cuántas horas
estudian al día?... ¡cinco, maestro!... y con el ceño fruncido nos contestó...
¡No, eso no está correcto! ¡Hay que estudiar dos horas diarias pero a
conciencia!... ¡Estámos!... Alfonso y yo nos miramos... y eso bastó para
despedirnos de él porque se acercaba la hora de inicio, y teníamos que correr
hasta el Anfiteatro en donde nos deleitamos con el espíritu del maestro
Rubinstein sobre el teclado.
Conocimos a don Joaquín Rodrigo en su casa; a Maurice André, a Jean Pierre
Rampal, a Victoria de los Ángeles, a Josefina Manresa, viuda del genio poético
de Miguel Hernández, a José Bergamín, poeta también de la generación del 98',
etc., etc. Tuve el honor de tomar cursos de pantomima con discípulos del maestro
Marcel Marceau, ya que desde niño me encantó el arte que gritaba a voces al
hablar del silencio el maestro.
Nos
deleitábamos en las grabaciones al ver a Manuel Alejandro en los estudios de
Gamma Hispavox y a Waldo de los Ríos. En fin, nuestra carrera se vio truncada
cuando recibimos de la representación consular de México en España, un
comunicado de la Secretaría de la Defensa Nacional en el que nos pedían
respetuosamente regresar a México para cumplir con el Servicio Militar, ya que
habíamos salido de México siendo menores de edad, y que a los diecinueve años
éramos remisos y debíamos cumplir con la Patria ¿?.
Total,
henos aquí de regreso.
Las
cosas de los mortales todas pasan... si ellas no pasan..., somos nosotros los
que pasamos,
Luciano
de Samosata. Así comienza el libro Memoria de la Melancolía de la esposa
de Rafael Alberti, María Teresa León. Al paso del tiempo veo que mi mejor
composición, mi mejor arreglo, mi mejor interpretación en la vida de todo lo que
recibí, es mi hija Ximena. Dios los bendiga. Gracias.
JESÚS CARMELO PELUYERA
Concertista de piano egresado del Conservatorio
Nacional de Música de México. Desarrolla una intensa actividad
de difusión cultural en diversos foros de carácter artístico,
educativo y social de nuestro país y del extranjero. Estudioso
asiduo e intérprete notable de un vasto repertorio pianístico
y amante literario.
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