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EL
SILENCIO Y LAS CARRETERAS
El silencio -excepto los ruidos generados por los fenómenos físicos y los
elementos abióticos- que reina en el ambiente natural es algo tan real y
consubstancial a la naturaleza, al hombre o a los otros seres vivos que, cuando
el estruendo mecánico o artificial generado por el ser humano atruena el
espacio, éste se siente incómodo o fastidiado por la alteración de la quietud
que es propicia a la reflexión, a la creación o a la contemplación.
El paisaje o el panorama de un bosque, las
montañas y los cerros o un valle, un río, el mar, un lago o laguna y el
desierto, arroban el alma y el espíritu y no dan tregua al afán de los ojos y
mente por captar el espectáculo y luego, en silencio, generar pensamientos
íntimos y reflexiones y producir satisfacción.
¡Ah, pero si a algún comerciante, político o
industrial se le pega la gana hacer propaganda de los bienes o servicios que
fabrica o expende, crea una interrupción artificial y un obstáculo para la
contemplación y la reflexión con los anuncios que planta en la carretera o en
otros sitios naturales, ultrajando abusivamente la visión y consiguiendo que
todo se venga abajo, excepto su propaganda!
Por eso los anuncios en el ambiente rural,
lacustre, marítimo, serrano o desértico son algo similar a los sonidos ruidosos
y molestos que producen los tocadiscos, altavoces, radios, televisiones o
tocacintas que contaminan el ambiente con su ruido en lugares públicos.
En ambos casos, el
ser humano que tiene la desgracia de padecerlos no pidió tales estímulos sonoros
u ópticos: ni a esa hora, ni en ese lugar, ni de ese tipo, calidad e intensidad.
El silencio y la ausencia de letreros son lo
natural y debe respetarse: a nadie le hace daño no percibir ruido ni parar
mientes en las estrategias de la comercialización contemporánea.
En cambio, en su ambiente privado, el ser humano
tiene libertad total para generar -sólo para sí mismo y no para otros- todo el
ruido que se le pegue la gana, igual que nadie le impedirá que las ventanas,
puertas, paredes, techos, pisos y hasta muebles de su hogar sean cubiertos por
la propaganda que sea de su agrado.
EL RUIDO,
ES YA EL AMBIENTE NATURAL EN LA CIUDAD DE MÉXICO
En contra de la recomendación de la Organización Mundial de la Salud, que ha
establecido como límite 65 decibeles, en la ciudad de México y en otras
poblaciones mexicanas nadie está ya a salvo de oír ruidos superiores a los 100
decibeles y a todas horas del día o de la noche, pues hay sistemas de sonido
instalados en todos los comercios para que el cliente oiga lo que al operario o
dependiente del comercio se le ocurre que es lo adecuado.
Así es entonces como carece de quietud e
intimidad la gente que va al almacén, cine, librería, restaurante, supermercado,
teatro, tienda o cualquier otro lugar. En todo momento y con mucha intensidad,
está obligada a permanecer en el lugar donde hace las compras, come, bebe, hojea
libros para seleccionar el que busca o se divierte y, al mismo tiempo, oír el
ruido infame que le han escogido y que no ha pedido.
Y ¡el acabose!
También en los ascensores y en los excusados o lavabos públicos hay bocinas
vomitando o excretando ruido a toda hora.
Pero si usted, señor lector de
CONSERVATORIANOS, cree que el horror
para ahí, se equivoca: en el transporte público, sea camión (autobús), metro,
taxi, tranvía (en México, cursi, ridícula y pomposamente lo llaman tren
ligero)o trolebús, también hay ruido o música, si usted piadosamente quiere
llamarle así al estruendo que sale de las bocinas. Y si va en su automóvil, los
de los vecinos -con las ventanillas abiertas- también llevan por las calles sus
radios o tocacintas prendidos y sonando a toda intensidad.
En los restaurantes
hay un factor agregado a las bocinas con la dizque música, que agrava el
estrépito y contamina o corrompe más todavía el ambiente ya viciado de por sí
con los sonidos generados por la conversación de los parroquianos, los vehículos
que pasan afuera y por los platos, cubiertos, tazas y vasos que chocan cuando
son manejados o transportados De todo sólo queda un rumor estruendoso y molesto
producido por los tambores percusivos o los gritos destemplados de la
«cantatroz» o cantante y... ¡la gente no protesta ni se inconforma y, quizás, ni
siquiera perciba nada de lo que sucede!
Le da igual, porque ya se acostumbró al ruido y a
la falsificación del arte o nunca ha sabido apreciar este último, el auténtico.
ARTE,
FALSIFICACIÓN, LIBERTAD Y DEMOCRACIA
Y en su casa... tampoco está a salvo: el vecino invade su intimidad con su
ruido, no sólo de día sino también de noche, aparte de que quizás el viernes o
el sábado el baile público a unos pasos de su morada le impida dormir, leer, ver
televisión o estar a gusto, pues no es sino hasta las dos o tres de la madrugada
que el escándalo cesa.
¿Acaso es democrático que la gente que quiera
quietud, no desee en todo momento música o goce con la música buena, tenga que
sufrir la preferencia mayoritaria por el ruido que substituye o falsifica el
arte musical y literario?
¿No sería más
equitativo que hubiera silencio y que cada quien escogiera entre charlar con el
prójimo, oír un casete en su aparato portátil, leer un libro, revista o
periódico o concentrarse en sus pensamientos?
Colofón: el ruido no sólo lesiona el sistema nervioso y produce
sordera, sino además -dice con acierto la filósofa barcelonesa Encarna Bailón-
“es el síntoma de una enfermedad que afecta el sistema democrático de
convivencia”.
DOS CASOS
CONCRETOS DE FALSIFICACIÓN MUSICAL
Vale la pena llamar a escena a un antiguo y ameritado universitario del antiguo
Colegio y Universidad de San Nicolás-Hidalgo, don José Valdovinos Garza
(q.e.p.d.), escritor costumbrista muy prestigiado sobre todo en su oriundo
Michoacán y compañero -a principios de este siglo- en el bachillerato del
insigne cardiólogo, humanista y educador don Ignacio Chávez.
LOS
NABORES
Pues bien, don Pepe Valdovinos, además político -del entonces partido oficial-
visionario, honesto y honrado, causas por las cuales nunca hizo fortuna, contaba
que a mediados de los años cincuenta del siglo,pasado, cuando la influencia
política de los hermanos Nabor (rector de la UNAM) y Antonio (secretario de Hacienda)
Carrillo Flores financiaba con fondos públicos las fantasías musicales de su
padre, el violinista potosino Julián Carrillo, un trabajador modesto de la
propia Secretaría de Hacienda murmuró con vehemencia y sinceridad en una tarde
tequilera, frente a sus amigos, el comentario siguiente: “¡Qué caros nos salen
estos Nabores!”.
Quizás el comentario se fundó, inconscientemente,
en la letra de una canción popular de aquella época la cual terminada diciendo:
“Nabor... Nabor el de la orquesta”.
Pero permítaseme abundar un poco sobre don
Antonio Carrillo, indudablemente un hombre talentoso y con grandes conocimientos
jurídicos en materia administrativa, constitucional y fiscal, pero además famoso
porque, como siempre llegaba tarde en las ceremonias en donde acudía el
presidente -en turno- de la república, se abría paso a codazo limpio para estar
siempre a su lado, según lo atestiguan numerosas fotografías de 1930 a 1970.
Dese usted una idea del dispendio, señor lector:
nada más en lo que se refiere a pianos, se mandaron construir ¡quince
especiales! que fueron adaptados para los devaneos carrillistas y, con ellos, se
dedicó don Julián a dar dizque conciertos en Europa y Estados Unidos.
EL SONIDO
13 Y EL SONIDO ENÉSIMO
La teoría del sonido 13, lucubrada por los desvaríos fantasiosos de
Julián Carrillo, se inició en 1895 cuando se dio cuenta que si doblaba una
cuerda de su violín por la mitad, daba un octavo superior en cada ocasión.
Más tarde dividió el trecho entre las notas la y
sol y halló dieciséis sonidos diferentes que, en años posteriores, resultaron
-en la octava- 4 mil 640, es decir, 37 mil 120 en las ocho octavas, de donde
resultó el sonido 13 pues hasta ese entonces sólo se reconocían o
manejaban doce. Luego, escribió veintiocho libros sobre temas de música, en uno
de los cuales incluye ¡13 mil 300 escalas basadas en semitonos!
Valdría la pena confrontar la idea de Carrillo
con la tesis de Paul Hindemith
(1895-1963), compositor alemán neoclásico y de quien se dijo que era “puro
reflejo del romanticismo”: “Sólo existen doce tonos. Hay que tratarlos con
cuidado”.
Volvamos a don Julián, quien voluntariamente
quiso pararse en los más de 37 mil sonidos y 13 mil escalas y no seguir porque,
de acuerdo con su idea del infinito musical ¡hay tantos sistemas
musicales como números existen!
Lolita Carrillo, hermana de los Nabores e
hija de don Julián, se dedicó ya profesionalmente a tocar en el piano algunas de
las composiciones hechas con el sistema de su padre, el sonido 13, por
ejemplo: el estreno en Bruselas (1958) del concierto para piano de tercios de
tono, con la orquesta del Instituto Nacional de la Radio y, en 1960, el
concertino para piano de dieciseisavos de tono, este último tocado en Tejas
con una orquesta dirigida por Leopold Stokowsky.
Hoy, al iniciarse el siglo XXI ¿quién se acuerda
de las composiciones de Carrillo,
qué orquesta las toca en algún país del mundo, quién busca o compra discos con
su dizque música y qué estación de radio o televisión las incluye en su programación?
No hay problema alguno para contestar rápida, sencilla
y verídicamente las cuatro preguntas: nadie, ninguna, nadie y ninguna.
Pero el despilfarro se hizo a costa del dinero de
los mexicanos y las locuras de este potosino, buen violinista pero falsificador
del arte, quedaron ya en el olvido.
LA MÚSICA
ELECTROACÚSTICA
Otro caso notable es el del también buen violinista de Guadalajara, México,
Manuel Enríquez Salazar: estudió nada menos que con el organista vallisoletano
Manuel Bernal Jiménez y con Ignacio Camarena, así como en la prestigiada Escuela
Juilliard, de Nueva York, donde obtuvo (1955-1957) una maestría de composición,
música de cámara y violín; fue concertino de la Orquesta Sinfónica de
Guadalajara, violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Herrera
de la Fuente, director del Conservatorio Nacional, director del Centro Nacional
para la Investigación, Documentación e Información Musical y director -de
Música- del Instituto Nacional de Bellas Artes, además de haber obtenido
también, en 1971, la beca Guggenheim-Princeton para estudios en Nueva York y
haber demostrado ser un solista excelente pues de él es el violín que se oye,
casi como sonido único, durante toda la excelente película mexicana llamada
Yanco, rodada en el bosque de Nativitas en Xochimilco, entonces a salvo de
los depredadores -paseantes o comerciantes- actuales que cada día que pasa lo
aniquilan más.
Pues sí, su talento y su preparación son
indudables, así como su producción musical pero, su gusto musical se torció
y.... retorció. Véase:
Enríquez compuso: 24 obras de música de cámara, 15 para orquesta, 4 de música para
cine, 5 para violín o piano y orquesta, dos para solista (voz) y 8 para piano y
teclado (órgano o clavicémbalo). Aparte, tres de ¡música electroacústica!
CHILLIDOS
Y CAÑONAZOS
OBERTURA
1812
Muy bien, sólo que... Oiga usted, señor lector de CONSERVATORIANOS,
cuando Enríquez introduce chillidos, bramidos o rugidos de animales o ruidos
altisonantes de índole diversa, presuntamente reproducidos por instrumentos de
percusión pero que parecen causados por cacerolas, martillazos en el yunque o
aldabonazos en una puerta.
Después, señor lector, platiquemos y lleguemos a
un acuerdo sensato, racional, estético, artístico y musical y, quizás, tengamos
la misma sensación: la música de Enríquez no produce placer, ensoñación ni
deleite, sino rechazo y deseo de dejar de oírla o ¡no volver a escucharla nunca
jamás!
Escúchense los cañonazos de los ejércitos ruso y
francés o los tañidos de las campanas de los templos y torres de las murallas
del Kremlin que incluye Tchaikowsky en la partitura de su bella y vibrante
Obertura 1812 (Ouverture solenelle, 1812, opus 49), compuesta
para recordar cuando el zar Alejandro I defendió Moscú del ataque de las tropas
del emperador Napoleón I que fueron vencidas por el general Invierno, como les
sucedió más de cien años después en Leningrado a las hordas hitlerianas.
Ahora, compárese dicha Obertura con el
ruido dizque musical de Enríquez y
se constatará que, no sólo hay 150 años de distancia, sino también un siglo de
años-luz de belleza y solaz estéticos y perfección artística.
También puede hacerse una comparación con Sergei Rachmaninov, quien
incluyó en su estudio número cinco para piano (casi en puras teclas
negras), el sonido de los campanarios moscovitas que, aunque fuertes, son
armónicos, bellos y coherentes.
HUGO
FERNÁNDEZ DE CASTRO
Profesor titular B de carrera, tiempo completo, de la UNAM,
Plantel 2 de la Escuela Nacional Preparatoria y Facultad de
Medicina. Articulista de Uno más uno y Excélsior.
hfdec@hotmail.com
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