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Reflexiones
académicas
Entrevista
con
René
Avilés Fabila
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GLORIA DE LAS LETRAS MEXICANAS
Y
HOMBRE DE LA CULTURA UNIVERSAL |
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¿Por qué escogiste precisamente
a la literatura y no a otra de las artes? |
Eso lo he pensado varias veces. A
mí me impresionaban mucho los violinistas y los pianistas, sin
embargo no hubo nada a mi alrededor que me acercara a un piano.
Es un instrumento muy costoso, con un buen violín ocurre lo
mismo, y a nadie se le ocurrió ponerme cerca de la música. La
escuchaba, había discos de buena música pero a ninguno de mis
padres les interesó aproximarme a ella, en cambio, ellos me
acercaban a los libros, el sólo hecho de ver a un hombre en tu
casa que escribe, que hace libros, impacta. Por ejemplo, a un
costado de la Alameda había una librería famosa que se llamaba
La Pérgola y allí mismo había un restaurante. Era una
librería que pertenecía a Rafael Jiménez Siles, que se había
asociado con Martín Luis Guzmán para hacer empresas editoriales,
y allí me acuerdo haber visto exhibidas novelas de mi papá y su
foto en la vitrina, en el aparador, lo que me impresionó mucho.
Yo creo que esas son las cosas que lo marcan a uno. Tal vez si
mi papá hubiera sido futbolista y lo hubiera visto en la sección
de Deportes de Excélsior, a lo mejor hoy sería árbitro de
futbol y no escritor, para mí era más fácil por tanto ser
escritor. Déjenme decirles también algo muy importante, a las
niñas les gustaba mucho que uno fuera distinto, cuando yo les
decía que quería ser escritor y cuando empecé a escribir, a
ellas les encantaba leer las primeras cosas que yo escribía. En
pocas palabras, nada hubo que me condujera fuera de la
literatura. Intenté la oratoria, que no es ningún arte sino una
imbecilidad y fracasé, y si mal no recuerdo, en el primer año de
secundaria, en la Escuela Secundaria No. 1, tuve mi única
experiencia musical, el maestro de música resultó ser además un
director de coros y nos hizo a todos pruebas de voz, pero yo
fracasé estrepitosamente, mi voz no daba para ser un niño cantor
de Viena ni de Xochimilco, tal vez de Morelia.
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¿Cuál consideras que sea la obra
literaria más representativa de René Avilés Fabila?
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Yo creo que la más representativa
está en mis cuentos, en mis cuentos fantásticos, la gente compra
más algunos libros míos que están dentro de la literatura
amorosa o dentro de la literatura política como El gran
Solitario de Palacio, que narra desde mi punto de vista cómo
fue la «matanza de Tlatelolco», matanza que presencié y de la
que fui testigo. La literatura amorosa me gusta, me siento bien
dentro de ella, pero realmente tampoco me siento muy ligado a
ella, a mí me gustan los cuentos fantásticos que escribo y que
están agrupados por el Fondo de Cultura Económica en un volumen
que se llama Fantasías en carrusel, que organicé
temáticamente: los cuentos de mitología, los cuentos de temática
religiosa, los cuentos de fantasmas, los oficios perdidos, en
fin, a mi me gusta mucho escribir ese tipo de cuentos, el
problema es que quizás es un tipo de literatura al que el
mexicano no es muy afecto, no ve con mucha simpatía. El mexicano
es un lector de literatura realista en el mejor de los casos; de
toda Latinoamérica no cabe duda que sólo los argentinos han
cultivado con esmero la tradición fantástica por su cercanía con
Europa, con Francia, con Alemania, con el Centro de Europa, y a
mí me gusta, me siento ubicado de modo natural. Yo nunca he
querido dejar esa literatura donde hay elementos irreales, donde
hay fantasmas o seres sobrenaturales. Todo eso en general me
gusta mucho, es la literatura con la que de alguna manera me
eduqué, leyendo cuentos de hadas, leyendo cuentos aparentemente
infantiles porque Alicia en el país de las maravillas no
es una novela para niños, pueden ellos leerla pero
indudablemente es una novela que exige un mayor esfuerzo de
comprensión, y lo mismo ocurre con los cuentos de Oscar Wilde,
no son cuentos para niños, él no pensó en ellos sino en adultos,
pensó en lectores agudos, inteligentes, sensibles. Creo que esta
literatura que rara vez escribo ya, porque pareciera que me he
dejado más guiar por una demanda de literatura realista, amorosa,
que por los cuentos fantásticos, siento que es la que mejor me
representa. Son más de 350 o 400 los cuentos que ya llevo
escritos en esta línea de tendencia fantástica. Algunas son
observaciones, reflexiones, otros son apólogos, fábulas, cuentos
de ciencia ficción; hay una gran variedad, pero en todos está
presente el reino de la creación, de la verdadera literatura,
donde la imaginación juega un papel importante. Es decir, donde
hice un ejercicio intelectual, yo sé que suena pedante, lo otro
como que uno lo toma con más sencillez de la realidad de la vida
inmediata, pero esto no, esto es literatura que viene de la
propia literatura, que viene de leyendas, de autores que para mí
han sido muy importantes como Edgar Allan Poe y Lovecraft, de
fabulistas como Samaniego y otros más, pero que me representan,
que yo los leí con mucho entusiasmo y que los sigo releyendo. Si
la pregunta fuera qué rescataría de lo que he escrito antes de
morir yo escogería un puñado de cuentos fantásticos, las otras
obras francamente no.
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¿Y de ese puñado, cuáles serían
los tres que escogerías? |
Yo creo que los cuentos de corte
bíblico, aquellos en los que he recreado la Biblia, en donde la
rehago, valga la osadía, pues son cordiales, amables, simpáticos,
tienen mucho sentido del humor. Recuerdo la reacción que provocó
cuando en el viejo Búho del periódico Excélsior
publiqué «El diario de Noé», en donde este personaje va contando
cómo ocurre realmente toda serie de enormes desaguisados dentro
del arca. Para empezar al tipo se le olvidan animales, no entran
por ejemplo los dragones, los pegazos, toda una serie de
animales realmente mitológicos pero que yo doy por sentado que
sí existieron y que desaparecieron con el diluvio universal
porque a Noé se le olvidaron. Además, sabemos bien los que hemos
leído la Biblia que a Noé le gustaba el alcohol, bueno, pues
ello ha de haber contribuido a su mala memoria, pero además sólo
hay que imaginar un arca en donde hay cientos, miles de parejas
de animales, se da la promiscuidad, la suciedad, se crean
grandes conflictos casi de orden social. Todo aquello resultó
muy divertido y mucha gente me habló, me escribió y hasta me
mandó aportaciones. Luego escribí otro cuento para aquella serie,
sobre cómo fue el combate entre David y Goliat, yo di unas
medidas y una señora me habló y me señaló que estaban mal porque
la Biblia decía que eran otras. Sí, le dije, pero esas medidas
son imprecisas... hoy en día, por ejemplo, no sabemos cuánto es
un codo, además de que depende del tamaño del codo o del pie,
según sea. Ella aceptó que era una broma. Agregaría también los
cuentos de oficios perdidos, porque fue un gran trabajo de corte
intelectual, para el que primero reuní todos los oficios
realmente significativos que podían tener un provecho literario
con objeto de desarrollarlos y contar por qué desaparecieron:
por qué desaparece el deshollinador, por qué aparecen y
desaparecen los gladiadores, piratas, zurcidoras de medias,
organilleros, domadores, cazadores, en fin, hasta los campesinos,
como si eso fuera un oficio. Son series que a mí me gustan, pero
hay algunos cuentos de fantasmas que también rescataría,
particularmente un cuento largo que se llama algo así como «Fantasmas
y materialismo dialéctico», en donde hago la mezcla de lo que yo
estudié y leí de marxismo, de materialismo dialéctico y de la
existencia de los fantasmas, puesto que nadie que sea
materialista puede aceptar la existencia de fantasmas, pero
resulta en el cuento que ellos hacen su aparición en la Unión
Soviética, delante de los comunistas y se hace entonces un
desorden político, económico, social. Esos cuentos me gustan
mucho, los cuentos son realmente fábulas que están dentro de los
primeros textos que escribí, y miren, no me acuerdo cómo escribí
ciertos capítulos de mis novelas que se han vendido más, pero en
cambio sí recuerdo perfectamente algunos cuentos, como uno que
es una variación sobre un tema de Kafka, y que así le puse,
porque me impresionó mucho leerlo. Tendría unos diecinueve años,
veinte tal vez, no se leía tanto en esa época. Estoy hablando de
los años sesenta, se leía poco, porque además la izquierda
latinoamericana influenciada por el PECUS, por la Tercera
Internacional, por el realismo socialista, había dado
directrices de qué autores podía uno leer y cuáles no porque
eran cosmopolitas o capitalistas o simplemente para consumo de
la burguesía, estupideces de esa magnitud. Así, cuando lo leí
descubrí un autor muy afín a mí, y lo que inmediatamente se me
ocurrió fue realizar una variante con la idea de hacer otras más
sobre temas de Kafka. Le llevé ese cuento a Juan José Arreola, a
quien le gustó mucho y me dijo: «Eso ya lo intenté yo y no pude»,
a lo que le respondí: «Maestro, qué barbaridad, bueno, usted
porque no hizo el esfuerzo...», pero en realidad yo tampoco lo
pude, realmente no avancé mucho más. Esos pues, creo que son los
cuentos que a mí me gustan, cuentos que me sugirió un cuadro,
una sinfonía, la lectura de otro cuento o de una novela, y que
casi nunca provienen de la realidad inmediata. Debo advertir que
yo veo a la Biblia como un texto literario, no soy una persona
propiamente creyente, pero disfruté la lectura de ella y las
explicaciones tal vez muy sencillas que mi abuelo me daba,
todavía tengo la Biblia que él me hizo leer, en fin... eso es lo
que a mí me gusta.
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¿Por qué se considera a RAF como
un líder de opinión en materia de literatura política? |
Yo creo que por tantos años de
escribir en periódicos sobre temas políticos. Yo creo que es una
apreciación generosa de su parte. Debo tener lectores, hoy por
ejemplo en la grabadora tenía el recado de una señora que me
felicitaba por mi artículo publicado en Siempre, aunque
no supe a cuál se refería. Carlos Ramírez, que sí es un líder de
opinión cabal, me habló para pedirme un artículo, supongo que
hay quien me toma en serio y me cree. Yo he usado al periodismo
exclusivamente para hacer la crítica política, nunca se me
ocurrió alguna otra cosa, no lo uso para elogiar. Alguna vez un
viejo crítico mexicano que fue director de Literatura del
Instituto Nacional de Bellas Artes, don Antonio Acevedo
Escobedo, un hombre que yo aprecié y admiré mucho, me escribió
una cartita muy linda donde me decía que a él le sorprendía que
mis cuentos tan delicados -refiriéndose sobre todo a los
fantásticos- se encontraran hermanados por los artículos llenos
de aversión al PRI, al Presidente de la República en turno, y
así. Yo creo que después de casi treinta años de ejercer el
periodismo de manera sistemática, escribir en periódicos
importantes te da alguna reputación, algún prestigio, yo nunca
he sido corrupto. No lo digo simplemente, creo que se puede
comprobar, allí están mis artículos y la gente se da cuenta de
cuándo un periodista se corrompe y cuándo no. Nunca he elogiado
a nadie. Elogio en efecto, a poetas como Rubén Bonifaz Nuño o a
periodistas como Juan Rejano que ya murió, pero a un político,
me cuesta mucho esfuerzo y no lo logro. Yo creo que el
periodismo sirve para orientar, para criticar al poder, sobre
todo mi actitud en el periodismo es la de estar exactamente al
servicio de una sociedad que por cierto nunca te lo agradece,
pero ni remedio, son cosas que uno tiene que hacer.
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¿Cómo se dio la formación
literaria, periodística y política de RAF? |
La formación literaria es la más
antigua de todas, la inicié efectivamente de modo informal.
Nunca tuve maestros de literatura, si acaso las orientaciones,
las pláticas, las reuniones de taller con Juan José Arreola, con
Juan Rulfo -sobre todo con este último-, y con algunos otros
como José Revueltas, como el autor de Canek, Ermilo Abreu
Gómez. Realmente son contados los escritores con los que yo
hablé. Nunca por ejemplo hablé con mi padre de literatura, en
fin, son contados. Esta formación vino más bien de una lectura
directa, yo sólo busqué los libros, los rastreé, me metí a las
librerías, preguntaba, intercambiaba opiniones con mis camaradas
escritores de mi generación o un poco mayores.
He sido notablemente respetuoso
con los mayores, algo extraño, lo que me ha rodeado de amistades
y de afecto que también han contribuido para que me digan cosas,
claro que a veces no he estado completamente de acuerdo. José
Revueltas, por ejemplo, me hacía comentarios que no consideré
pertinentes. Él me exigía una posición política más definida que
no me interesaba ni me ha interesado adoptar. Así se da mi
formación literaria, uno sólo y con sus libros, con los libros
que te van alimentando, pero la formación periodística también
viene de manera autodidacta, de pronto me dieron la oportunidad
de escribir en periódicos. Yo necesitaba algo de dinero, estaba
por casarme o recién casado y empecé a escribir, además es muy
grato ver tu nombre en los periódicos y constatar que hay una
reacción inmediata, de pocos, pero hay una reacción pues te
comentan, te dicen. En una novela el proceso es mucho más largo.
Fue así como me fui acercando a los periódicos y a los
periodistas, aprendiendo día a día.
Hoy, curiosamente he terminado
como profesor en la carrera de Ciencias de la Comunicación,
dirijo el Seminario de Tesis de mis alumnos en la Universidad
Autónoma Metropolitana, doy Géneros Periodísticos en la UNAM, en
fin, lo único formal es mi orientación política. La vocación
política sí la cultivé y para nada me ha servido. Es decir,
cuando yo decidí hacerme marxista, empecé a leer, leer y leer.
Llegué a la Facultad de Ciencias Políticas donde maestros como
Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero, los González
Casanova, Ricardo Pozas, Francisco López Cámara, un buen número
de distinguidos académicos de aquella época que en ese entonces
todos eran marxistas, quienes me acabaron de orientar o de
hundir. Luego estudié la carrera de Ciencias Políticas, hice el
posgrado en lo mismo y nunca dejé la militancia política. La
mayor parte del tiempo estuve en el Partido Comunista, pero
también milité con organizaciones trostkistas en México y sobre
todo en París. Me era difícil estar con los trostkistas porque
nos separaban muchas cosas, pero había también afinidades, sigo
teniendo la impresión de que León Trostky es quien con más
claridad habla de los problemas del arte y la literatura dentro
del marxismo. Es quizás el pensador o uno de los pensadores
clásicos más coherentes; para la mayor parte la estética
marxista era de un gran simplismo, y consistía en ponerla al
servicio del Estado, del Partido, al servicio entre comillas de
las masas, darle un gran contenido político, hacer demagogia
pura: calendarios, mala música, pésima literatura, siempre bajo
los gustos personales de los dirigentes políticos. Esto no se
puede, esto es antinatural en arte, donde la libertad juega un
papel fundamental. Entonces, de alguna manera me quedé en esta
parte también de la militancia y todo esto fue derivando al
periodismo, y así he ido haciendo junto al periodismo cultural
un periodismo político que es al que me refería hace un momento,
que por lo menos trata de orientar mis juicios, mi crítica. Yo
me sigo considerando, pese a todo lo que digan mis detractores,
un hombre de izquierda, simplemente seguí el consejo de mi mamá,
«ser comunista pero de altos ingresos».
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En la vida pública, ¿has
intervenido en el desarrollo de alguna obra cultural
excepcionalmente trascendente? |
Nunca me han tocado realmente las
grandes hazañas, siempre que he estado en cargos culturales o
cerca de personas que tienen proyectos de esta naturaleza nos ha
detenido la crisis económica, los problemas presupuestales. En
México lo primero que se recorta en una crisis es justamente la
parte cultural, las propias universidades públicas lo hacen,
dejan la investigación y la docencia pero cortan recursos para
la cultura. Así, con presupuestos francamente ridículos no se
puede hacer nada. La cultura cuesta, es un precio que hay que
pagar y el Estado tendría que hacerlo. En el mismo Partido
Comunista tratamos de diseñar políticas culturales, estuve
siempre encargado o fui responsable y copartícipe de todas estas
ideas, pero tampoco cuajaron porque allí se privilegiaba todo lo
político, de tal manera que si estoy lejos de algo, es
justamente de las grandes hazañas. Siempre me he visto inundando
de libros al país como José Vasconcelos, o al menos reparando
las esculturas de la «Ruta de la Amistad», viendo cuáles faltan,
cuáles se robaron, siempre tengo en mente este tipo de proyectos,
me interesa formar orquestas. En alguna época fui designado para
conducir la estructura cultural del Departamento del Distrito
Federal pero ocurrió lo mismo, el problema del dinero. No
obstante todo, puse mucho empeño en que la Orquesta Filarmónica
de la Ciudad de México, entonces dirigida por Enrique Batiz,
fuera un estímulo para la Escuela de Música que teníamos en el
Conjunto Cultural Ollin Yoliztli. En fin, participé
haciendo planes y proyectos armónicos, pero siempre tuve la
desgracia de que nada cuajara.
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¿Cuál ha sido tu responsabilidad
como escritor, literato, maestro y funcionario en el proceso de
democratización de la vida nacional? |
No lo sé, yo creo que otros
podrían algún día ver qué tanto he contribuido. Probablemente
como literato nada, la literatura es ajena a estos procesos en
términos generales. Otros son los temas que por excelencia ella
trata y en eso siempre procuro ser más yo, más cínico, más como
realmente soy, más irónico. A mí la sociedad me merece un total
y absoluto desdén, y allí lo muestro, en la literatura, y le
echo la culpa a mis personajes. Por ejemplo, lo que la sociedad
mexicana reconoce como grandes valores, en lo personal son muy
discutibles, pero como periodista y como maestro, como académico
que he sido toda mi vida, me he preocupado por orientar, por
hablar de la democracia y ahora me encuentro infinidad de
alumnos convertidos en médicos, en dentistas, en sociólogos, en
funcionarios de alto nivel, aunque desgraciadamente todavía
ninguno de ellos llega a la Presidencia de la República para ver
si de alguna manera me honra el «miserable». Cuando me los
encuentro me da mucho gusto que recuerden siempre que yo orienté,
que critiqué, que dije, a veces con sentido del humor, otras muy
molesto, según el caso. En esta actividad sí siento que he
jugado un papel, aunque modesto, de cierta amplitud, porque en
treinta años o más que tengo como maestro -treinta y seis, para
ser exactos-, han pasado miles de alumnos por mis manos. Unos
terminan como mediocres vendedores de jabones pero otros se
hacen gente de bien, supongo que de algo sirvió que les diera
clases durante semanas, meses o años.
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¿Qué acciones podrías proponer
para preservar, promover y revalorizar las manifestaciones
culturales en el ámbito nacional?
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Uno puede dar opiniones a grandes
rasgos, pero es muy difícil, porque hay que hacer un previo
estudio de las condiciones socioculturales en que se encuentra
el país y ver el peso que tiene la televisión y los medios de
comunicación en general. El peso que tiene la cultura de Estados
Unidos en tanto cultura dominante, cómo se han perdido los
valores nacionales, la identidad, en fin, todo eso; hacer
después una especie de catálogo cultural: qué tenemos, qué no
tenemos. Ver las necesidades de los distintos estratos de la
población, porque supongo que hay una gran cantidad de jóvenes a
los que les gustan los reventones, que les atraen y divierten,
pero no les educan. Y supongo que la buena música, la buena
literatura, será parte del patrimonio cultural de otros estratos
sociales. Habría que ver, conocer también las opiniones de los
creadores. Organizar, dentro de esta enorme tradición cultural
que tiene el Estado Mexicano como promotor, el caos del mundo
administrativo de la cultura. Su crecimiento ha sido desmesurado,
se ha convertido en una suerte de «elefante blanco» en donde se
duplican funciones, en donde no se tiene preciso para qué
funciona tal o cual cosa y al mismo tiempo se desprecian grandes
manifestaciones artísticas como la danza.
La danza siempre es como el «patito
feo», recuerdo que en alguna ocasión un funcionario me decía: «Bueno,
bueno, a ver, René, si quieres un poco más de presupuesto para
estas gorditas que levantan las piernas, pues bueno, te vamos a
dar tanto más de dinero». En fin, es una tarea amplia, un
problema complejo, confuso, habría que sentarse y discutir
muchas horas. Hacer un gran movimiento en donde participe el
mayor número de personas, pero bien conducidas, porque tampoco
es cuestión de votación; no me gusta tampoco usar el término de
revolución cultural, porque se asemeja peligrosamente a las
demagogias de Mao Tse Tung, que tan costosas fueron para la
cultura china, pero algo así.
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¿Qué importancia tiene para un
pueblo el conservar su cultura? |
Yo creo que es toda. Pese a que
los políticos son incapaces de entender este tipo de fenómenos,
es obvio que las primeras manifestaciones del ser humano fueron
artísticas. Un movimiento que se convierte en danza, el percutir
un tronco hueco que se convierte en música, y cuando aparece el
lenguaje, el contar historias, inventarlas, reproducir hazañas,
explicar fenómenos naturales, hasta convertirse en literatura
cuando aparezca el lenguaje. Esto es francamente anterior, tan
viejo como lo que Marx llamaba «comunismo primitivo». En el
comunismo primitivo debieron existir, antes que otra cosa,
manifestaciones de tipo artístico; las pinturas en las cavernas,
el arte rupestre, todo eso indica que el ser humano tiene una
gran necesidad de cultura y que, claro, hoy en día es lo que nos
ha permitido una identidad, una personalidad, una forma de ser.
No obstante, yo considero que siempre hemos vivido en la
globalización, pues Mozart no es exclusivamente un producto
alemán, es también un producto nuestro, como lo son Beethoven,
Goethe o Shakespeare, en fin, del mismo modo en que un Alfonso
Reyes -por raro que pueda parecer- es patrimonio de otras
naciones. El problema es que lo están haciendo de un modo muy
abrupto, brutal, una globalización en donde no prevalece la
cultura de Estados Unidos sino su subcultura. Eso nos está
haciendo un gran daño, lo que quiere decir que es fundamental
defender y rescatar lo más importante de la cultura nacional y
luego mezclarla con la cultura de otros países. Eso es lo que yo
en alguna parte de mis libros llamo la «ruta de Rubén Darío».
Darío es un poeta muy local, de su región, pero que va creciendo,
se hace latinoamericano, se hace norteamericano, se hace europeo,
particularmente francés y de pronto produce la más grande poesía
en castellano que también va a renovar poesías de otros países,
como es el caso de Borges, en fin. Por allí veo las cosas. Tan
es importante que sólo los pueblos que lo entienden logran
avanzar. Vietnam del Norte, cuando estaba en plena guerra, zona
que ocupaba militarmente, zona donde lo primero que hacía era
establecer vínculos culturales, su teatro, su música, su danza,
su literatura, con objeto de contrarrestar algo tan poderoso
como lo es la presencia norteamericana materializada en un buen
rock o unos espléndidos jeans.
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¿Por qué nace y cuáles serían las
expectativas de El Universo del Búho? |
La revista El Universo del Búho
nace básicamente, aunque parezca pedante, como una respuesta. Es
una respuesta a un acto de censura y a la negativa de un montón
de pintores, músicos, literatos que dicen: «No, se va René y nos
vamos todos, y con lo que se pueda hacemos una revista». Me
parece un lindo gesto, de una gran solidaridad. En esta revista
están algunos de los más grandes nombres de la cultura nacional
como Silvio Zavala, Premio «Príncipe de Asturias», que siempre
me ha acompañado en todo esto. Están desde luego escultores de
la talla de Sebastián; ahora nos han dado la portada gentes como
Juan Soriano, Felipe Ehrenberg, muy distintos entre sí pero que
les atrae el proyecto, que les atrae la revista. De tal manera,
nace como respuesta a un acto de censura pero además como el
deseo de preservar a un grupo que había encontrado una forma de
expresarse dentro de un suplemento cultural.
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¿Qué vinculaciones podrías
establecer entre El Búho, El Capitán Lujuria y El Águila Negra
con René Avilés Fabila? |
El Búho es muy serio, el otro
aparece todo el tiempo en mi vida. Yo estoy en la secundaria
cuando decidí presentarme en alguna fiesta en mi personalidad de
El Águila Negra, y lo de El Capitán Lujuria creo que sea mucho
más reciente. Viene de unos veinte años, pero me parecieron como
cosas muy graciosas que definían mi sentido del humor y mi poco
respeto por los aspectos serios de la cultura. Entonces los uso,
claro que la gente insiste. Hace unos días, en una presentación
de la revista en la ciudad de Pachuca, un compañero dijo: «Aunque
a René Avilés se le identifica con el búho, tiene los hábitos
exactamente contrarios a los del búho. A las ocho de la noche
René tiene sueño, a las ocho René está dormido, pero a las cinco
de la mañana ya está trabajando». Lo otro es una parte que me
divierte mucho, que me entretiene, supongo que ya dentro de
algunos meses tendré que dejar de usarlo, pues ya pertenezco a
una total decrepitud, pero creo que de alguna manera han
representado estados de ánimo, actitudes ante la vida, el modo
gozoso en que yo he enfrentado la vida. Piensen por ejemplo lo
que significa para un marxista que de pronto se derrumbe todo el
mundo en el que creyó, por el que trabajó toda su vida. Yo
siempre por eso dije, me salvó el humor. Me salvó exactamente
ser El Capitán Lujuria, El Águila Negra, El Vengador Justiciero
y Luigi Valetti, ligador internacional, que será la personalidad
que me va a quedar ahora que vaya a Corea.
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René, tú eres un hombre lleno y
rodeado de mujeres, ficticias, reales, pero hay dos mujeres
principales en tu vida, ¿qué han significado para ella tu madre
Clemencia y Rosario, tu esposa? |
Mi madre me formó, me estimuló, me
orientó y sobre todo me mantuvo hasta los 24 años, que no es
poca cosa. Fui un niño muy difícil, complicado, yo creo que era
muy embrionario esto de El Capitán Lujuria y El Águila Negra,
hacía cosas verdaderamente atroces y mi mamá logró que yo
estudiara. Y Rosario, empezó como una novia, como una muchacha
que me gustaba en la Preparatoria, de la que me enamoré, y
finalmente ha sido una gran compañera porque tengo la impresión
de que es quien mejor me comprende, incluso mejor que mi mamá.
Me es muy difícil por ejemplo pelear con ella, porque no se
propone discutir, me desarma, literariamente aunque ella no
escribe, pues no es escritora, me ha dado sus opiniones en cada
novela, en cada cuento, en cada artículo. Ha sido una compañera
ejemplar, lo que supongo me ha hecho no pensar en niños, o no
pensar en las cosas que a mí me gustan como los perritos, los
caballos y los coches.
Son ellas dos mujeres que
aparecen constantemente en mis libros. Esto me lo hizo notar
Griselda Álvarez, en un largo texto que escribió sobre
Recordanzas, en donde decía que a pesar de ser El Capitán
Lujuria y de mi pretensión de ser un fauno inagotable, en el
fondo sólo estaban Rosario y la devoción hacia mi mamá. Yo no lo
veo de forma tan dramática, pero es cierto, yo creo que son las
mujeres que han estado en mis mejores y en mis peores momentos,
y el resto de la familia, aunque le tengo afecto, nunca jugó un
papel realmente. Eso es pues lo que ellas representan para mí.
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Finalmente, de los reconocimientos
nacionales e internacionales que has recibido, ¿cuál es el que
cobra para ti un especial significado? |
El Premio Nacional de Periodismo,
porque de los poquísimos que criticaban a Carlos Salinas de
Gortari en su momento de mayor poderío, de mayor represión y
autoritarismo, yo mostré a lo largo de los seis años, e insisto,
como se puede comprobar en los periódicos, una actitud
totalmente antisalinista. Y él me tuvo que entregar el Premio
Nacional que me dio un grupo de escritores encabezados por dos
hombres que aprecio y quiero mucho, Rafael Solana y Edmundo
Valadés. Un jurado de pares, de gente que yo respeto. Para mí
fue muy impresionante de pronto recibir un premio que jamás
esperé recibir, aparte de que era una buena suma de dinero, para
mí era muy importante, y porque además me permitía mostrar a
toda la gente que yo estaba en el camino acertado, en lo que a
periodismo cultural se refiere. Creo que eso es lo que más me ha
emocionado. Recuerdo que lo primero que hice fue irme a
emborrachar con mi mamá, estábamos muy contentos los dos. Otras
cosas ya no me conmueven tanto, quizá como me conmovió la
aparición de mi primer libro, después de casi treinta libros, ya
como que te da igual, entonces bueno, cada rato saco algo, me
publican algo y ya.
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