Domingo, marzo 23 de 2008
 

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  Conservatorianos No. 10 (noviembre-diciembre) 2006
   

Conservatorianos conmemora el XC aniversario de su nacimiento

 UBERTO ZANOLLI

(1917-1994)


Conservatorianos conmemora el CCLV aniversario de su fallecimiento

 GIACOMO FACCO

(1676-1753)


 

 

Orquesta Sinfónica Nacional

 

 

Orquesta Filarmónica de la UNAM

 

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Universo de El Búho

 Marzo de 2008

 

 

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* * * NUEVO * * *

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Fondo sonoro:

 

Sobre las olas

del músico conservatoriano mexicano

Juventino Rosas

(Fragmento)

 

Elaboración orquestal de Uberto Zanolli

 

Orquesta de Cámara de la Escuela Nacional Preparatoria -UNAM (1987)

   

 

         

 

  Reflexiones académicas

 

Entrevista con

Rosa Rimoch

MAESTRA DE CANTO EN EL

CONSERVATORIO NACIONAL DE MÚSICA

Y ARTISTA DISTINGUIDA DE LA CIUDAD DE MÉXICO

Descendiente de una familia turca, nacida en Cuba, formada durante sus primeros años en España, naturalizada mexicana, Rosa Levy Rimoch conjuga y canaliza su origen cosmopolita en el arte universal por excelencia, el canto.

Siendo pequeña, fue la gran influencia de su madre, que tenía una voz muy bella y en todo momento cantaba, la que provocó que un día, de pronto, Rosita se soltara cantando en la época en que la residencia de la familia era la ciudad de Barcelona, y que años más tarde, al llegar a México, se inscribiera en el Conservatorio Nacional de Música para estudiar  canto de manera profesional.

 

Maestra Rosita, cuéntenos por favor sobre sus orígenes

Aunque yo nací en Cuba, soy más mexicana que el mole. Se los juro. Mis padres que eran turcos y se llamaban Eugenia y Alberto, un día decidieron salir de su país porque él estaba loco por irse a un país de habla hispana. A mi padre le fascinaba el español y aunque hablaban en ladino y decían por ejemplo «me trusho», en vez de «me trajo», o «disho», en vez de «dijo», esa forma de hablar no le convencía, por lo que decidió que nos fuéramos a España para poder hablar el español de verdad, sin contar que además mi padre amaba profundamente a la República. Así fue como llegamos a la ciudad de Barcelona.

 

 

¿Cómo fue su vida en ese entonces?

 

La vida de mi familia, sobre todo en aquellos años fue realmente impresionante, al grado que mis hermanos están ahora rehaciendo nuestra historia, no se lo pueden imaginar. Mi padre era comerciante, pero durante la guerra se salvó de milagro, no obstante que tres veces lo apresaron, pero se pudo salvar porque era masón grado 33 y sus propios hermanos de logia lo ayudaron a salir en un momento dado. En Francia, a la que íbamos con frecuencia, cuando veían a gente dudosa preguntaban: «Votre papier, votre papier..., papeles, pasaporte». Fue una época terrible, muy triste, por lo que mi papá ya no quiso quedarse en España, sino venir a México, al grado de que cuando llegaron mis padres, se agachaban y besaban la tierra. No se me olvida nunca. Sí, fue una época muy dura. Algo que me marcó especialmente fue el hecho de que mi padre diera dinero a niños pobres y huérfanos de dos hospicios. Mi mamá lo regañaba, le decía: «¡Cómo es posible que des dinero a los hospicios! ¿Y tus hijos qué? ¡Mira a tu hija Rosita, ya no tiene vestidos y tú estás dando dinero al hospicio!». Él entonces le contestaba: «Eugeny -como le decía-, no te enojes, hay que ayudar a los niños que son huérfanos». No me lo van a creer pero a años de distancia también nosotros hemos seguido su ejemplo. Fuimos ocho hermanos, cinco hombres y tres mujeres, y siempre hemos querido mucho a los niños. Hoy en día yo también me encuentro dando dinero, ropita, dulces, chocolates, lo que pueda, a dos hospicios cerca de Tlalpan. Mi hermano Samy tiene también dos hospicios y David uno. Me emociono enormemente cuando llego a estos centros y escucho que gritan los niños y las propias monjitas «allá viene la cantante, allá viene la cantante», me muero de risa y digo, porqué no dicen «Rosita, Rosita, ahí viene Rosita». Nosotros mismos, entre los hermanos, nos hemos apoyado toda la vida. Hasta la fecha mis hermanos me preguntan siempre si tengo dinero, tanto mi hermano Samuel, como David y Víctor. Así son ellos, siempre están pendientes de mí. «¿Cómo te vas al Conservatorio, Rosita?», también me preguntan. Pero gracias a mi hija Andrea, me lleva un chofer a la escuela. Como ven, la costumbre se va pegando.

 

 

¿En qué época ustedes se nacionalizaron?

 

Allá por los años cuarenta y desde entonces hemos cultivado nuestra amistad con la familia de Cuauhtémoc Cárdenas. En una ocasión no pude ir a una reunión con él y se enojó, yo iba a ser sinodal y me dijo: «qué sinodal ni qué nada, tú te vienes», pero no pude. Le hablé por teléfono y me disculpé, «no te enojes, por favor». Él y Celeste son una pareja linda, me quieren mucho y yo los adoro.

 

 

¿Cómo inicia usted sus estudios musicales?

 

Yo cantaba desde niña, me gustaba mucho hacerlo, lo que creo se haya debido a que mi mamá tenía una voz muy bonita y siempre se la pasaba cantando, aún cuando hacía la comida. Por eso, para mí la voz era una cosa lógica. Bailaba, cantaba bulerías y todas las canciones de aquellos años, por lo que apenas llegamos a México, lo primero que hicieron mis hermanos fue llevarme al Conservatorio. Todos mis maestros eran de primera y siempre fueron cariñosos con nosotros, muy respetuosos. La enseñanza en ese entonces era muy bonita, entre los maestros estaban Juan D. Tercero y Josefina Aguilar. En canto primero fui alumna de la maestra Sonia Verbitzky, pero su técnica no me convencía porque me obligaba a que pusiera la lengua debajo de los incisivos inferiores y yo me desesperaba, al grado de que un día di una patada y la maestra me sacó de la clase. Me echó fuera, y fue entonces cuando una compañera, Oralia Domínguez, me recomendó pasarme con su maestra, que resultó ser Fanny Anitúa. Recuedo que ella me dijo: «Fanny no te va a decir que pongas la lengua debajo de los incisivos. Ya ves, ya estaba de Dios que te vinieras con ella».

 

 

¿Qué recuerda de su maestra Fanny?

La maestra Fanny fue fabulosa, sobre todo en su bello trato, era maravillosa: «A ver hija, fíjate en esto», siempre te decía. «¿Estás segura de lo que estás diciendo?». Así era Fanny, una mujer que quería calma para todo, te daba tiempo y eso es muy importante. Fue increíble haber sido su alumna.  Por ejemplo, levantaba su dedo y decía: «Esa nota no me gustó, Rosita, repítela». Tenía razón. «Es que la grité, ¿verdad Fanny?» -porque he de decirles que no le gustaba que le dijéramos maestra- «Sí, Rosita, me contestaba», a pesar de que ella misma tenía un carácter muy fuerte.

 

 

¿Cuándo empezó usted a cantar en la ópera?

Mi primera ópera fue El pobre marinero, que trabajé mucho con Fanny y con el maestro Eduardo Hernández Moncada, y que canté en 1946 en el Palacio de Bellas Artes. Después hice también La serva padrona, y con ella pasó algo muy curioso, similar a lo que ocurrió más tarde con Tosca, de la que fui la primera soprano mexicana en cantarla, al igual que en 1972 ocurrió con Turandot. Interpretarlas fue un reto, pues el público estaba a la expectativa, se preguntaban si podría o no hacerlo, y hasta me lo llegaron a decir. Quieren lo mejor de ti, me decían, pero a mí me daba mucho coraje. Tuve también la fortuna de estrenar en México Carmina Burana de Orff, Las bachianas brasileiras de Villa-Lobos y Los Cuentos de Hoffman.

¿Qué recuerda especialmente de sus compañeros con los que actuó?

Todos fueron muy amables conmigo. Se daban cuenta inmediatamente de mi sencillez y de lo bien que estaba preparada. En una ocasión vino uno del extranjero y me quiso poner una zancadilla. El propio maestro Guido Picco me advirtió que aquel cantante había dicho: «Sí, canta muy bien, pero yo le voy a ganar». Ni de su nombre me acuerdo porque lo quise olvidar.

 

 

¿Para usted quién podría ser el prototipo de un cantante?

Giuseppe Di Stefano, por supuesto. En alguna ocasión él mismo me dijo: «Vieni in Italia», pero yo me dije, qué hago en Italia, con tantos cantantes. Yo no me voy de México.

 

 

Maestra, ¿qué recomendaría a un cantante para llegar a ser una gran figura como usted?

Yo digo que tener un ambiente bonito, amar lo que estás haciendo y así progresas, porque cuando tienes un ambiente en contra dices no, primero está mi salud y después otras cosas.

 

 

¿Además del Conservatorio imparte clases en otra escuela?

Sí, estoy dando clases con el maestro Javier González en la Escuela Sacra de Música «Cardenal Darío Miranda» en la colonia Santa María la Rivera, y de verdad que el padre Javier es un ángel, es una persona con una gran paciencia y lógica, una bella persona, digna de alabanza, sea como maestro o director. Allá voy los viernes muy feliz. El padre Javier dirige con mucha paciencia al coro, aunque luego se enoja y me gusta verlo enojar, hace muecas. «¡Qué les pasa, qué les pasa hoy!», les dice.

 

 

¿Cómo se conoció usted con su esposo, el maestro Armando Montiel Olvera?

Fue cuando el Conservatorio estaba en las calles de Moneda. Él era prácticamente el acompañante de piano de la maestra Fanny. Un día, que la maestra no había llegado, mis compañeros me pidieron que cantara, y entonces me puse a interpretar una canción española».¡Qué bonita voz tienes!», me dijo Armando. «Pues por eso estoy en el Conservatorio, porque quiero aprender a cantar». «Pero si cantas muy bien», y agregó: ¿niña, de dónde saliste?» «De la tierra de mi madre», le contesté. Se moría de la risa y a partir de entonces a todo el mundo le decía, «Ven a esta niña, nació de la tierra de su madre». «No seas payaso, Armando, no digas esas cosas». «Pues es lo que tú dices»... Él me buscaba, me llevaba hasta mi casa. Me guiaba mucho y en ocasiones me decía «Eso está mal, lo vuelves a hacer ¿eh?» Y yo lo tenía que hacer, porque cuando le decía que me esperara, él me reclamaba: «Nada de espérame, hazlo».

 

 

¿Cómo describiría al maestro Armando Montiel?

Como un hombre muy digno. Yo le decía: «eres demasiado bueno Armando, te pasas de bueno». Pero él me decía, «mira Rosita, tu lo tuyo y yo lo mío. Yo así soy, no puedo ser de otra forma».

 

 

¿De dónde era originario el maestro Montiel?

 

Él nació en San Juan Teotihuacan, era teotihuacano, y desde muy niño comenzó a tocar el piano. Su abuela, su padre y su madre, que murió muy joven de influenza española, lo tocaban también, y fue precisamente su abuela, ejemplo típico de la «época porfiriana», quien además de formarlo empezó a enseñarle este instrumento.

 

 

¿Con quién estudio luego el maestro Armando?

Fundamentalmente con Manuel M. Ponce, de quien llegó a ser acompañante, y tan allegado a él era que todo el día se la pasaba en su casa, al grado que cuando se fueron por varios años él y su esposa Clema a Francia, de donde era ella, mi marido se quedó prácticamente en su casa al cuidado de sus cuatro perritos, los sacaba a pasear y comía allí mismo con el matrimonio que les cuidaba la casa. Ponce era muy estricto, hasta le pegaba a Armando. «¡Quita esa mano de allí!», le decía. Yo también llegué a tratar al matrimonio. «Ven, Rosita -me decía Clema-, vamos a hablar en francés para que no se te olvide». A su vez ella regañaba al maestro, pero los dos se querían mucho.

 

 

Pero maestra, por lo que nos ha contado, es usted más mexicana que el maestro Montiel que nació en Teotihuacan.

 

Se los juro, yo adoro a México.

En alguna ocasión, supimos que comiendo en Acapulco con un grupo de maestros del Conservatorio, entre ellos el propio maestro Armando, el maestro Francisco Javier Garduño y el entonces administrador Pablo Fernández, usted empezó a cantar y una mesera dijo: «Esa señora canta como si fuera de ópera»

 

Sí, y otra decía, «canta como los ángeles». Recuerdo que Armando se paró feliz y me dijo «Tu éntrale, vámonos». En realidad él tenía sus momentos de tristeza, debidos fundamentalmente a que no había conocido a su madre y siempre la recordaba, pero prácticamente todo San Juan Teotihuacan lo conocía como el pianista que animaba las fiestas, a las que él iba «felizaso».

 

¿De sus tiempos como director del Conservatorio, qué recuerda?

 

Que Armando trabajaba demasiado. Salíamos a las 10 de la noche aunque yo le decía: «¡Ya vámonos, estoy cansada», no se iba hasta que dejaba todo en su lugar. Antes había sido también director durante cinco años de la Academia de la Ópera, lo respetaban mucho, pero al poco tiempo ésta desapareció.

 

 

Él era muy elegante y sobrio, usaba siempre chaleco, reloj con leontina, bastón, portafolios y sombrero.

 

Sí, a veces me reía de él: «Armando, vas muy elegante al Conservatorio, hasta de sombrero». «Sí, Rosita, déjame, a mí me gusta». Era como les digo porfiriano, de aquella época, tenía esa idea, como su propio papá que también estaba educado en la misma forma.

 

 

¿Qué significó para el matrimonio Montiel la llegada de su hija Andrea?

 

Algo maravilloso. Su padre la admiraba mucho, y discutían muchas veces. Cuando ella tenía razonamientos y a él no le gustaban, él le decía que no le parecían y ella le contestaba: «Bueno, papá, tú eres libre de no razonar como yo». Nunca se enojaron, pero sí discutían. Yo misma les decía: «Deja que tu papá piense de esa forma. Tú hazlo a tu manera». Se llevaban muy bien, él la respetaba mucho, sobre todo por ser una gran «poetasa».

 

 

¿Qué habrá hecho a Andrea dedicarse más hacia la poesía que a la música?

 

Creo que a ella le hubiera gustado mucho ser músico, pero Armando no le tenía mucha paciencia que digamos, hasta que ella le dijo un día, «Sabes qué papá, olvídate, yo no voy a estudiar piano». Siento mucho que no se haya dedicado a la música. ¿Qué curioso, no? Pero en realidad, por una causa o por otra, dedicarse a la música siempre es muy difícil, los niños se ponen tensos y por eso se les debe tratar de una forma especial.

 

 

¿Por qué especial?

 

Porque depende sobre todo del carácter del alumno, si de verdad ama lo que quiere estudiar, adelante. Seguro que va a triunfar, pero si hay dudas, si hay incertidumbre de lo que el instrumento le va a dar, si se pregunta dónde va a actuar, al grado que me han dicho: «Maestra ¿usted cree que voy a terminar cantando en un restaurante?», entonces yo les digo «Y a ti que te importa, si estás ganando dinero y de ello vives, hazlo». «Maestra, es que me molesta, oigo los tenedores, los platos y aún así debo cantar». En realidad ellos tienen razón, yo les digo que lo piensen de otra manera, pero tienen razón, en esos sitios no se valora mucho el arte.

 

 

¿En qué partes del extranjero ha cantado y con qué repertorio?

 

En Francia, concretamente en París y Marsella. En España, sobre todo en Barcelona, y también he cantado en Cuba. Más que nada me he presentado   en recitales, en los que he interpretado música popular del país, como con María la O en Cuba. Que por cierto, he de decirles que de la Habana yo no me acuerdo mucho a pesar de haber nacido en ella, porque como les repito, soy más mexicana que cubana. En Israel, tenemos familia, y cuando fuimos allá, la gente lloraba cuando nos despedimos para regresar a México. No los conocía, sólo mi hermano Samuel que en alguna ocasión había ido. Son gente buena. Me veían, acariciaban, lloraban, al grado que yo misma les decía «no me hagan llorar, por favor». Nos hicieron unas deliciosas comidas, «Cómetelo, cómetelo», reclamaba la abuela de la familia, y al final me decían: «Canta Rosica, cántanos una cantica», y entonces les cantaba canciones españolas y en ladino, a lo que ellos decían «lo bueno de Dios, Rosica. El ‘Dio’ nos dio la alegría de conocerlas, de verlas». Son gente muy generosa, creen en Cristo, consideran que fue un judío al que no entendieron en su tiempo.

 

¿Usted qué opina al respecto?

 

Yo lo he discutido mucho con ellos. He ido hasta a la sinagoga y he tenido controversias con judíos. Un día les señalé con el dedo diciéndoles: «Ustedes no entendieron a Cristo. Él tenía razones y muy lógicas, pero ustedes tenían demasiada cerrazón. Eran demasiado cerrados en aquella época, pero Cristo fue un ser único en la historia». No saben, todos se enojaron muchísimo. He tenido por mis convicciones muchos pleitos con ellos, y me han llegado a decir renegada. Pero renegada no soy, les he contestado, los renegados son ustedes, porque están equivocados. Cristo es el ser más grande de la historia, fue único. Lo tengo en mi cabecera y ojalá algún día vean mi recámara, pues allí está sobre mi cama. No obstante que he cantado mucho en la comunidad judía, con canciones ladinas, discuto enormemente, pues les insisto en que no saben todo lo que se perdió con la muerte de Cristo. Como al principio les contaba, en nuestra niñez tanto mis padres como mis hermanos y yo sufrimos mucho.

         Cuando decidimos salir de España y llevábamos 7 u 8 horas de mar y cielo en el barco, de pronto subió un submarino alemán, fue horrible. Por mucho tiempo prometimos en la familia que no lo habríamos de platicar, pues en aquel desembarco los alemanes se llevaron a siete familias judías a los campos de concentración, y más tarde supimos que todos murieron en los crematorios. Juramos nunca hablar de ello, fue una época muy dura, principalmente porque éramos judíos, pero al poco tiempo yo me bauticé y desde entonces adoro a Cristo. Para mí es el personaje más maravilloso de la historia. Desde muchachita, casi una niña, cuando supe que le habían crucificado, pasé muchos momentos llorando y cuando podía me escapaba a las Iglesias a ver a Cristo. Mis hermanas se volvían locas buscándome y de pronto me veían salir de la iglesia.

         Mi casa está llena de Cristos, y hasta la fecha, cuando lo comento con el padre Javier, él mismo me dice: «Sabes qué Rosita, ya no pienses en eso, porque a mí me fastidias», y yo le digo «Padre Javier, le juro que ya no le vuelvo a decir nada», y el padre Javier nada más se ríe, pero para mí, insisto, Cristo ha sido y es el personaje más maravilloso de la historia.

 

 

Maestra, ¿qué significa la música para usted?

 

Es parte de mi vida, cuando no vengo a dar clases al Conservatorio me siento mal. Necesito estar en este medio, lo amo, aquí me formé.

 

 

¿Qué aconsejaría a los alumnos del Conservatorio?

 

Que si entran al Conservatorio, que respeten la enseñanza, que sigan estudiando dignamente, para que de veras en el futuro sean músicos, no que se la pasen echando relajo. Que la dirección del plantel los llame a cuentas y les diga «si quieres ser músico, demuéstralo, si no, deja a la música». La música no es juego, palabra. Porque un país que tiene buena música, buenos estudiantes, ¡hombre, por Dios, qué maravilla!. No que «pican aquí, pican allá», deben tener responsabilidad si quieren ser músicos. Si no, aman la música y no se entregan a ella, que la abandonen. Que demuestren que están de verdad estudiando y tocando. Allí se ve cuando realmente están metidos en la música. A mí me costó trabajo, Armando mi marido se enojaba, «¿qué te pasa, Rosita?», «que si me gritas, Armando, me bloqueo», pero siempre le decía que estaba bloqueada, ¡ja, ja, ja!. «Te lo juro, Armando, con el grito que me diste y los nervios, ya me bloqueaste». Por ello, considero que los maestros deben transmitir tranquilidad. Es tan bonito oir a un maestro sereno, se aprende mucho; de lo contrario, estar tenso todo el tiempo, no se puede.

 

 

Maestra, CONSERVATORIANOS agradece a usted este tiempo que nos ha ofrecido y expresa a usted su beneplácito por el merecidísimo reconocimiento que como artista distinguida el Gobierno de la Ciudad de México, presidido por Rosario Robles Berlanga, le tuvo a bien otorgar en la memorable sesión del pasado 31 de octubre en el Museo de la Ciudad de México. Su alta distinción honra también al Conservatorio Nacional de Música. Muchas felicidades.

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