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Reflexiones
académicas
Entrevista
con
Rosa
Rimoch
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MAESTRA DE CANTO EN EL
CONSERVATORIO NACIONAL DE MÚSICA
Y ARTISTA DISTINGUIDA DE LA CIUDAD DE
MÉXICO |
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Descendiente de una familia turca, nacida en
Cuba, formada durante sus primeros años en España,
naturalizada mexicana, Rosa Levy Rimoch conjuga y canaliza su
origen cosmopolita en el arte universal por excelencia, el
canto.
Siendo pequeña, fue la gran influencia de su
madre, que tenía una voz muy bella y en todo momento cantaba,
la que provocó que un día, de pronto, Rosita se soltara
cantando en la época en que la residencia de la familia era la
ciudad de Barcelona, y que años más tarde, al llegar a México,
se inscribiera en el Conservatorio Nacional de Música para
estudiar canto de manera profesional.
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Maestra Rosita, cuéntenos por favor sobre sus orígenes |
Aunque yo nací en Cuba, soy más mexicana que el
mole. Se los juro. Mis padres que eran turcos y se llamaban
Eugenia y Alberto, un día decidieron salir de su país porque él
estaba loco por irse a un país de habla hispana. A mi padre le
fascinaba el español y aunque hablaban en ladino y decían por
ejemplo «me trusho», en vez de «me trajo», o «disho», en vez de
«dijo», esa forma de hablar no le convencía, por lo que decidió
que nos fuéramos a España para poder hablar el español de verdad,
sin contar que además mi padre amaba profundamente a la
República. Así fue como llegamos a la ciudad de Barcelona.
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¿Cómo fue su vida en ese entonces?
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La vida de mi familia, sobre todo en aquellos
años fue realmente impresionante, al grado que mis hermanos
están ahora rehaciendo nuestra historia, no se lo pueden
imaginar. Mi padre era comerciante, pero durante la guerra se
salvó de milagro, no obstante que tres veces lo apresaron, pero
se pudo salvar porque era masón grado 33 y sus propios hermanos
de logia lo ayudaron a salir en un momento dado. En Francia, a
la que íbamos con frecuencia, cuando veían a gente dudosa
preguntaban: «Votre papier, votre papier..., papeles, pasaporte».
Fue una época terrible, muy triste, por lo que mi papá ya no
quiso quedarse en España, sino venir a México, al grado de que
cuando llegaron mis padres, se agachaban y besaban la tierra. No
se me olvida nunca. Sí, fue una época muy dura. Algo que me
marcó especialmente fue el hecho de que mi padre diera dinero a
niños pobres y huérfanos de dos hospicios. Mi mamá lo regañaba,
le decía: «¡Cómo es posible que des dinero a los hospicios! ¿Y
tus hijos qué? ¡Mira a tu hija Rosita, ya no tiene vestidos y tú
estás dando dinero al hospicio!». Él entonces le contestaba: «Eugeny
-como le decía-, no te enojes, hay que ayudar a los niños que
son huérfanos». No me lo van a creer pero a años de distancia
también nosotros hemos seguido su ejemplo. Fuimos ocho hermanos,
cinco hombres y tres mujeres, y siempre hemos querido mucho a
los niños. Hoy en día yo también me encuentro dando dinero,
ropita, dulces, chocolates, lo que pueda, a dos hospicios cerca
de Tlalpan. Mi hermano Samy tiene también dos hospicios y David
uno. Me emociono enormemente cuando llego a estos centros y
escucho que gritan los niños y las propias monjitas «allá viene
la cantante, allá viene la cantante», me muero de risa y digo,
porqué no dicen «Rosita, Rosita, ahí viene Rosita». Nosotros
mismos, entre los hermanos, nos hemos apoyado toda la vida.
Hasta la fecha mis hermanos me preguntan siempre si tengo dinero,
tanto mi hermano Samuel, como David y Víctor. Así son ellos,
siempre están pendientes de mí. «¿Cómo te vas al Conservatorio,
Rosita?», también me preguntan. Pero gracias a mi hija Andrea,
me lleva un chofer a la escuela. Como ven, la costumbre se va
pegando.
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¿En qué época ustedes se nacionalizaron?
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Allá por los años cuarenta y desde entonces hemos
cultivado nuestra amistad con la familia de Cuauhtémoc Cárdenas.
En una ocasión no pude ir a una reunión con él y se enojó, yo
iba a ser sinodal y me dijo: «qué sinodal ni qué nada, tú te
vienes», pero no pude. Le hablé por teléfono y me disculpé, «no
te enojes, por favor». Él y Celeste son una pareja linda, me
quieren mucho y yo los adoro.
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¿Cómo inicia usted sus estudios musicales?
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Yo cantaba desde niña, me gustaba mucho hacerlo,
lo que creo se haya debido a que mi mamá tenía una voz muy
bonita y siempre se la pasaba cantando, aún cuando hacía la
comida. Por eso, para mí la voz era una cosa lógica. Bailaba,
cantaba bulerías y todas las canciones de aquellos años, por lo
que apenas llegamos a México, lo primero que hicieron mis
hermanos fue llevarme al Conservatorio. Todos mis maestros eran
de primera y siempre fueron cariñosos con nosotros, muy
respetuosos. La enseñanza en ese entonces era muy bonita, entre
los maestros estaban Juan D. Tercero y Josefina Aguilar. En
canto primero fui alumna de la maestra Sonia Verbitzky, pero su
técnica no me convencía porque me obligaba a que pusiera la
lengua debajo de los incisivos inferiores y yo me desesperaba,
al grado de que un día di una patada y la maestra me sacó de la
clase. Me echó fuera, y fue entonces cuando una compañera,
Oralia Domínguez, me recomendó pasarme con su maestra, que
resultó ser Fanny Anitúa. Recuedo que ella me dijo: «Fanny no te
va a decir que pongas la lengua debajo de los incisivos. Ya ves,
ya estaba de Dios que te vinieras con ella». |
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¿Qué recuerda de su maestra Fanny? |
La maestra Fanny fue fabulosa, sobre todo en su
bello trato, era maravillosa: «A ver hija, fíjate en esto»,
siempre te decía. «¿Estás segura de lo que estás diciendo?». Así
era Fanny, una mujer que quería calma para todo, te daba tiempo
y eso es muy importante. Fue increíble haber sido su alumna.
Por ejemplo, levantaba su dedo y decía: «Esa nota no me gustó,
Rosita, repítela». Tenía razón. «Es que la grité, ¿verdad
Fanny?» -porque he de decirles que no le gustaba que le
dijéramos maestra- «Sí, Rosita, me contestaba», a pesar de que
ella misma tenía un carácter muy fuerte.
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¿Cuándo empezó usted a cantar en la ópera? |
Mi primera ópera fue El pobre marinero,
que trabajé mucho con Fanny y con el maestro Eduardo Hernández
Moncada, y que canté en 1946 en el Palacio de Bellas Artes.
Después hice también La serva padrona, y con ella pasó
algo muy curioso, similar a lo que ocurrió más tarde con
Tosca, de la que fui la primera soprano mexicana en cantarla,
al igual que en 1972 ocurrió con Turandot. Interpretarlas
fue un reto, pues el público estaba a la expectativa, se
preguntaban si podría o no hacerlo, y hasta me lo llegaron a
decir. Quieren lo mejor de ti, me decían, pero a mí me daba
mucho coraje. Tuve también la fortuna de estrenar en México
Carmina Burana de Orff, Las bachianas brasileiras de
Villa-Lobos y Los Cuentos de Hoffman. |
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¿Qué recuerda especialmente de sus compañeros con los que actuó? |
Todos fueron muy amables conmigo. Se daban cuenta
inmediatamente de mi sencillez y de lo bien que estaba preparada.
En una ocasión vino uno del extranjero y me quiso poner una
zancadilla. El propio maestro Guido Picco me advirtió que aquel
cantante había dicho: «Sí, canta muy bien, pero yo le voy a
ganar». Ni de su nombre me acuerdo porque lo quise olvidar.
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¿Para usted quién podría ser el prototipo de un cantante? |
Giuseppe Di Stefano, por supuesto. En alguna
ocasión él mismo me dijo: «Vieni in Italia», pero yo me dije,
qué hago en Italia, con tantos cantantes. Yo no me voy de
México.
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Maestra, ¿qué recomendaría a un cantante para llegar a ser una
gran figura como usted? |
Yo digo que tener un ambiente bonito, amar lo que
estás haciendo y así progresas, porque cuando tienes un ambiente
en contra dices no, primero está mi salud y después otras cosas.
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¿Además del Conservatorio imparte clases en otra escuela? |
Sí, estoy dando clases con el maestro Javier
González en la Escuela Sacra de Música «Cardenal Darío Miranda»
en la colonia Santa María la Rivera, y de verdad que el padre
Javier es un ángel, es una persona con una gran paciencia y
lógica, una bella persona, digna de alabanza, sea como maestro o
director. Allá voy los viernes muy feliz. El padre Javier dirige
con mucha paciencia al coro, aunque luego se enoja y me gusta
verlo enojar, hace muecas. «¡Qué les pasa, qué les pasa hoy!»,
les dice.
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¿Cómo se conoció usted con su esposo, el maestro Armando Montiel
Olvera? |
Fue cuando el Conservatorio estaba en las calles
de Moneda. Él era prácticamente el acompañante de piano de la
maestra Fanny. Un día, que la maestra no había llegado, mis
compañeros me pidieron que cantara, y entonces me puse a
interpretar una canción española».¡Qué bonita voz tienes!», me
dijo Armando. «Pues por eso estoy en el Conservatorio, porque
quiero aprender a cantar». «Pero si cantas muy bien», y agregó:
¿niña, de dónde saliste?» «De la tierra de mi madre», le
contesté. Se moría de la risa y a partir de entonces a todo el
mundo le decía, «Ven a esta niña, nació de la tierra de su madre».
«No seas payaso, Armando, no digas esas cosas». «Pues es lo que
tú dices»... Él me buscaba, me llevaba hasta mi casa. Me guiaba
mucho y en ocasiones me decía «Eso está mal, lo vuelves a hacer
¿eh?» Y yo lo tenía que hacer, porque cuando le decía que me
esperara, él me reclamaba: «Nada de espérame, hazlo».
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¿Cómo describiría al maestro Armando Montiel? |
Como un hombre muy digno. Yo le decía: «eres
demasiado bueno Armando, te pasas de bueno». Pero él me decía, «mira
Rosita, tu lo tuyo y yo lo mío. Yo así soy, no puedo ser de otra
forma».
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¿De dónde era originario el maestro Montiel?
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Él nació en San Juan Teotihuacan, era
teotihuacano, y desde muy niño comenzó a tocar el piano. Su
abuela, su padre y su madre, que murió muy joven de influenza
española, lo tocaban también, y fue precisamente su abuela,
ejemplo típico de la «época porfiriana», quien además de
formarlo empezó a enseñarle este instrumento.
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¿Con quién estudio luego el maestro Armando? |
Fundamentalmente con Manuel M. Ponce, de quien
llegó a ser acompañante, y tan allegado a él era que todo el día
se la pasaba en su casa, al grado que cuando se fueron por
varios años él y su esposa Clema a Francia, de donde era ella,
mi marido se quedó prácticamente en su casa al cuidado de sus
cuatro perritos, los sacaba a pasear y comía allí mismo con el
matrimonio que les cuidaba la casa. Ponce era muy estricto,
hasta le pegaba a Armando. «¡Quita esa mano de allí!», le decía.
Yo también llegué a tratar al matrimonio. «Ven, Rosita -me decía
Clema-, vamos a hablar en francés para que no se te olvide». A
su vez ella regañaba al maestro, pero los dos se querían mucho.
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Pero maestra, por lo que nos ha contado, es usted más mexicana
que el maestro Montiel que nació en Teotihuacan.
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Se los juro, yo adoro a México. |
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En alguna ocasión, supimos que comiendo en Acapulco con un grupo
de maestros del Conservatorio, entre ellos el propio maestro
Armando, el maestro Francisco Javier Garduño y el entonces
administrador Pablo Fernández, usted empezó a cantar y una
mesera dijo: «Esa señora canta como si fuera de ópera»
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Sí, y otra decía, «canta como los ángeles».
Recuerdo que Armando se paró feliz y me dijo «Tu éntrale,
vámonos». En realidad él tenía sus momentos de tristeza, debidos
fundamentalmente a que no había conocido a su madre y siempre la
recordaba, pero prácticamente todo San Juan Teotihuacan lo
conocía como el pianista que animaba las fiestas, a las que él
iba «felizaso».
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¿De sus tiempos como director del Conservatorio, qué recuerda?
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Que Armando trabajaba demasiado. Salíamos a las
10 de la noche aunque yo le decía: «¡Ya vámonos, estoy cansada»,
no se iba hasta que dejaba todo en su lugar. Antes había sido
también director durante cinco años de la Academia de la Ópera,
lo respetaban mucho, pero al poco tiempo ésta desapareció.
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Él era muy elegante y sobrio, usaba siempre chaleco, reloj con
leontina, bastón, portafolios y sombrero.
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Sí, a veces me reía de él: «Armando, vas muy
elegante al Conservatorio, hasta de sombrero». «Sí, Rosita,
déjame, a mí me gusta». Era como les digo porfiriano, de aquella
época, tenía esa idea, como su propio papá que también estaba
educado en la misma forma.
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¿Qué significó para el matrimonio Montiel la llegada de su hija
Andrea?
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Algo maravilloso. Su padre la admiraba mucho, y
discutían muchas veces. Cuando ella tenía razonamientos y a él
no le gustaban, él le decía que no le parecían y ella le
contestaba: «Bueno, papá, tú eres libre de no razonar como yo».
Nunca se enojaron, pero sí discutían. Yo misma les decía: «Deja
que tu papá piense de esa forma. Tú hazlo a tu manera». Se
llevaban muy bien, él la respetaba mucho, sobre todo por ser una
gran «poetasa».
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¿Qué habrá hecho a Andrea dedicarse más hacia la poesía que a la
música?
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Creo que a ella le hubiera gustado mucho ser
músico, pero Armando no le tenía mucha paciencia que digamos,
hasta que ella le dijo un día, «Sabes qué papá, olvídate, yo no
voy a estudiar piano». Siento mucho que no se haya dedicado a la
música. ¿Qué curioso, no? Pero en realidad, por una causa o por
otra, dedicarse a la música siempre es muy difícil, los niños se
ponen tensos y por eso se les debe tratar de una forma especial.
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¿Por qué especial?
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Porque depende sobre todo del carácter del alumno,
si de verdad ama lo que quiere estudiar, adelante. Seguro que va
a triunfar, pero si hay dudas, si hay incertidumbre de lo que el
instrumento le va a dar, si se pregunta dónde va a actuar, al
grado que me han dicho: «Maestra ¿usted cree que voy a terminar
cantando en un restaurante?», entonces yo les digo «Y a ti que
te importa, si estás ganando dinero y de ello vives, hazlo». «Maestra,
es que me molesta, oigo los tenedores, los platos y aún así debo
cantar». En realidad ellos tienen razón, yo les digo que lo
piensen de otra manera, pero tienen razón, en esos sitios no se
valora mucho el arte.
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¿En qué partes del extranjero ha cantado y con qué repertorio?
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En Francia, concretamente en París y Marsella. En
España, sobre todo en Barcelona, y también he cantado en Cuba.
Más que nada me he presentado en recitales, en los que he
interpretado música popular del país, como con María la O
en Cuba. Que por cierto, he de decirles que de la Habana yo no
me acuerdo mucho a pesar de haber nacido en ella, porque como
les repito, soy más mexicana que cubana. En Israel, tenemos
familia, y cuando fuimos allá, la gente lloraba cuando nos
despedimos para regresar a México. No los conocía, sólo mi
hermano Samuel que en alguna ocasión había ido. Son gente buena.
Me veían, acariciaban, lloraban, al grado que yo misma les decía
«no me hagan llorar, por favor». Nos hicieron unas deliciosas
comidas, «Cómetelo, cómetelo», reclamaba la abuela de la familia,
y al final me decían: «Canta Rosica, cántanos una cantica», y
entonces les cantaba canciones españolas y en ladino, a lo que
ellos decían «lo bueno de Dios, Rosica. El ‘Dio’ nos dio la
alegría de conocerlas, de verlas». Son gente muy generosa, creen
en Cristo, consideran que fue un judío al que no entendieron en
su tiempo.
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¿Usted qué opina al respecto?
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Yo lo he discutido mucho con ellos. He ido hasta
a la sinagoga y he tenido controversias con judíos. Un día les
señalé con el dedo diciéndoles: «Ustedes no entendieron a Cristo.
Él tenía razones y muy lógicas, pero ustedes tenían demasiada
cerrazón. Eran demasiado cerrados en aquella época, pero Cristo
fue un ser único en la historia». No saben, todos se enojaron
muchísimo. He tenido por mis convicciones muchos pleitos con
ellos, y me han llegado a decir renegada.
Pero renegada no soy, les he contestado, los renegados son
ustedes, porque están equivocados. Cristo es el ser más grande
de la historia, fue único. Lo tengo en mi cabecera y ojalá algún
día vean mi recámara, pues allí está sobre mi cama. No obstante
que he cantado mucho en la comunidad judía, con canciones
ladinas, discuto enormemente, pues les insisto en que no saben
todo lo que se perdió con la muerte de Cristo. Como al principio
les contaba, en nuestra niñez tanto mis padres como mis hermanos
y yo sufrimos mucho.
Cuando decidimos salir de España y
llevábamos 7 u 8 horas de mar y cielo en el barco, de pronto
subió un submarino alemán, fue horrible. Por mucho tiempo
prometimos en la familia que no lo habríamos de platicar, pues
en aquel desembarco los alemanes se llevaron a siete familias
judías a los campos de concentración, y más tarde supimos que
todos murieron en los crematorios. Juramos nunca hablar de ello,
fue una época muy dura, principalmente porque éramos judíos,
pero al poco tiempo yo me bauticé y desde entonces adoro a
Cristo. Para mí es el personaje más maravilloso de la historia.
Desde muchachita, casi una niña, cuando supe que le habían
crucificado, pasé muchos momentos llorando y cuando podía me
escapaba a las Iglesias a ver a Cristo. Mis hermanas se volvían
locas buscándome y de pronto me veían salir de la iglesia.
Mi casa está llena de Cristos, y hasta
la fecha, cuando lo comento con el padre Javier, él mismo me
dice: «Sabes qué Rosita, ya no pienses en eso, porque a mí me
fastidias», y yo le digo «Padre Javier, le juro que ya no le
vuelvo a decir nada», y el padre Javier nada más se ríe, pero
para mí, insisto, Cristo ha sido y es el personaje más
maravilloso de la historia.
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Maestra, ¿qué significa la música para usted?
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Es parte de mi vida, cuando no vengo a dar clases
al Conservatorio me siento mal. Necesito estar en este medio, lo
amo, aquí me formé.
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¿Qué aconsejaría a los alumnos del Conservatorio?
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Que si entran al Conservatorio, que respeten la
enseñanza, que sigan estudiando dignamente, para que de veras en
el futuro sean músicos, no que se la pasen echando relajo. Que
la dirección del plantel los llame a cuentas y les diga «si
quieres ser músico, demuéstralo, si no, deja a la música». La
música no es juego, palabra. Porque un país que tiene buena
música, buenos estudiantes, ¡hombre, por Dios, qué maravilla!.
No que «pican aquí, pican allá», deben tener responsabilidad si
quieren ser músicos. Si no, aman la música y no se entregan a
ella, que la abandonen. Que demuestren que están de verdad
estudiando y tocando. Allí se ve cuando realmente están metidos
en la música. A mí me costó trabajo, Armando mi marido se
enojaba, «¿qué te pasa, Rosita?», «que si me gritas, Armando, me
bloqueo», pero siempre le decía que estaba bloqueada, ¡ja, ja,
ja!. «Te lo juro, Armando, con el grito que me diste y los
nervios, ya me bloqueaste». Por ello, considero que los maestros
deben transmitir tranquilidad. Es tan bonito oir a un maestro
sereno, se aprende mucho; de lo contrario, estar tenso todo el
tiempo, no se puede.
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Maestra, CONSERVATORIANOS agradece a usted
este tiempo que nos ha ofrecido y expresa a usted su beneplácito
por el merecidísimo reconocimiento que como artista distinguida
el Gobierno de la Ciudad de México, presidido por Rosario Robles
Berlanga, le tuvo a bien otorgar en la memorable sesión del
pasado 31 de octubre en el Museo de la Ciudad de México. Su alta
distinción honra también al Conservatorio Nacional de Música.
Muchas felicidades. |
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