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Finalizábamos nuestra anterior colaboración: La buena
música como alimento espiritual, haciendo alusión a las
distintas preferencias que, entre los melómanos o musicófilos,
se dan en materia de música selecta; dichas preferencias
parecen ir de Vivaldi y Bach hasta Verdi y Brahms,
principalmente, no sin detenerse, de manera fundamental
también, en Mozart, Beethoven, Rossini, Wagner y Schubert.
Nosotros, en lo particular, desde siempre hemos sentido y
tenido una atracción muy especial hacia la genial obra musical
del «sordo de Bonn»: Ludwig van Beethoven dado, tal vez, por
el momento en el que le tocó en suerte vivir y que habría de
matizar enteramente sus diversas composiciones. De aquí,
precisamente, los tonos heroicos que se encuentran en su obra
musical toda, atento a la irrupción de la naciente revolución
(francesa de 1789) que habría de transformar al mundo conocido
hasta entonces.
Efectivamente, la esencia política que reemplazaría por el
republicanismo y la democracia, el absolutismo monárquico que
hasta entonces prevaleciera, se encuentra, a cada paso, en la
obra musical de Beethoven. Y si «para muestra basta un botón»,
como dice el conocido refrán, son varios los botones que, al
efecto, nos muestran las composiciones beethovenianas: la
Tercera, la Quinta y la Novena sinfonías, fundamentalmente,
además de la sonata Appassionata y los conciertos
opus 61 para violín y orquesta, opus 73 («Emperador»)
para piano y orquesta y el Triple Concierto, opus 56,
para violín, violoncello, piano y orquesta. Los tres cuartetos
del opus 59 y el cuarto concierto, opus 58, para
piano, pueden ser señalados igualmente como ejemplificativos
de esta heroicidad beethoveniana con la que tanto nos hemos
identificado.
Una doble circunstancia nos presenta, pues, la humana
existencia de nuestro Beethoven: por una parte, el presenciar
el fallecimiento del antiguo régimen absolutista de gobierno,
mientras que por otra, el asistir al nacimiento de la nueva
ideología política: republicana y democrática. Y de aquí,
precisamente, ese doble carácter que nos manifiesta en su
magna obra musical: clásico y romántico a la vez.
No es casual ni gratuito, ciertamente, el que Ludwig van
Beethoven haya sido considerado siempre, dentro del panorama
musical o de la historia de la música, como el último de los
compositores clásicos y el primero de los músicos románticos.
De su clasicismo musical, siguiendo a Haydn y a Mozart, nos
dan cuenta sus primeras obras: primera y segunda sinfonías;
primero, segundo y tercer conciertos para piano; sus seis
cuartetos del opus 18 y sus primeras sonatas tanto para
piano, cuanto para violín y violoncello. Esa es la que suele
denominarse, asimismo, como su primera etapa.
Su segunda etapa: la romántica, propiamente dicha, es la que
va -como diría Romain Rolland- «De la Eroica a la Appassionata»,
aunque nosotros agregaríamos, todavía, algunas obras más; pues
si la Tercera sinfonía «Eroica» corresponde al opus 55
y a ella secundarían el primoroso triple concierto opus
56 y la sonata Appassionata opus 57, el cuarto
concierto para piano, opus 58, debe ser considerado
también dentro de dicha segunda etapa; lo mismo podemos decir
del opus 59 representado por los tres cuartetos rusos,
así como de la jovial cuarta sinfonía, opus 60. Mención
aparte nos merece el opus 61, correspondiente al
maravilloso concierto para violín y orquesta en el cual
nuestro Beethoven parece haber volcado su romanticismo todo y
con el cual nos hemos identificado plenamente: en nuestro
pensar, en nuestro sentir, en nuestro existir... es el más
bello, sin duda, de cuantos conciertos para violín se han
compuesto... en él parécenos encontrar, asimismo, una ligera
remembranza del himno nacional mexicano, lo que nos induce a
pensar que don Jaime Nunó estaba escuchando esta hermosísima
música al tiempo en que componía nuestro también hermoso himno
nacional.
Mas ello no es todo, un romanticismo «quintaesenciado»
-como también diría Romain Rolland-es el que Beethoven
exterioriza en sus obras finales, quizá a partir de su séptima
sinfonía, cuyo segundo movimiento es otra de las páginas
beethovenianas más bellas. Y después de esta sinfonía a la que
corresponde el opus 92, debemos señalar a sus últimas
sonatas para piano. Las marcadas con los números de opus
101, 106 (Hammerklavier), 109, 110 y 111; sus últimos
cuartetos: opus 127, 130, 131, 132 y 135, y finalmente
sus dos apoteósicas obras: su Missa Solemnis opus
123, de colosal dimensión religiosa, y su Novena Sinfonía, en
la que nuestro Beethoven crea él mismo la alegría que la vida
le negó, haciéndonos encontrar en él, acaso, al genio de los
genios.
JORGE
SAYEG HELÚ
Doctor en Derecho. Magistrado del Tribunal Superior de Justicia
del Distrito Federal. Catedrático de la UNAM. Conferencista,
editorialista y ensayista, es autor de una amplia gama de
textos jurídicos, entre los que se encuentran El Constitucionalismo
Social Mexicano, El Poder Legislativo Mexicano, Los Derechos
Sociales de la Revolución Mexicana, y otros de interés
general como De la Flauta Mágica a Rigoletto.
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