Domingo, marzo 23 de 2008
 

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  Conservatorianos No. 10 (noviembre-diciembre) 2006
   

Conservatorianos conmemora el XC aniversario de su nacimiento

 UBERTO ZANOLLI

(1917-1994)


Conservatorianos conmemora el CCLV aniversario de su fallecimiento

 GIACOMO FACCO

(1676-1753)


 

 

Orquesta Sinfónica Nacional

 

 

Orquesta Filarmónica de la UNAM

 

Cartelera UNAM

 

 

Orquesta Sinfónica de Minería

 

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 Marzo de 2008

 

 

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Fondo sonoro:

 

Sobre las olas

del músico conservatoriano mexicano

Juventino Rosas

(Fragmento)

 

Elaboración orquestal de Uberto Zanolli

 

Orquesta de Cámara de la Escuela Nacional Preparatoria -UNAM (1987)

   

 

         

 

  Pautas inmortales

 

Genio de genios

Jorge Sayeg Helú

 

Finalizábamos nuestra anterior colaboración: La buena música como alimento espiritual, haciendo alusión a las distintas preferencias que, entre los melómanos o musicófilos, se dan en materia de música selecta; dichas preferencias parecen ir de Vivaldi y Bach hasta Verdi y Brahms, principalmente, no sin detenerse, de manera fundamental también, en Mozart, Beethoven, Rossini, Wagner y Schubert.

Nosotros, en lo particular, desde siempre hemos sentido y tenido una atracción muy especial hacia la genial obra musical del «sordo de Bonn»: Ludwig van Beethoven dado, tal vez, por el momento en el que le tocó en suerte vivir y que habría de matizar enteramente sus diversas composiciones. De aquí, precisamente, los tonos heroicos que se encuentran en su obra musical toda, atento a la irrupción de la naciente revolución (francesa de 1789) que habría de transformar al mundo conocido hasta entonces.

Efectivamente, la esencia política que reemplazaría por el republicanismo y la democracia, el absolutismo monárquico que hasta entonces prevaleciera, se encuentra, a cada paso, en la obra musical de Beethoven. Y si «para muestra basta un botón», como dice el conocido refrán, son varios los botones que, al efecto, nos muestran las composiciones beethovenianas: la Tercera, la Quinta y la Novena sinfonías, fundamentalmente, además de la sonata Appassionata y los conciertos opus 61 para violín y orquesta, opus 73 («Emperador») para piano y orquesta y el Triple Concierto, opus 56, para violín, violoncello, piano y orquesta. Los tres cuartetos del opus 59 y el cuarto concierto, opus 58, para piano, pueden ser señalados igualmente como ejemplificativos de esta heroicidad beethoveniana con la que tanto nos hemos identificado.

Una doble circunstancia nos presenta, pues, la humana existencia de nuestro Beethoven: por una parte, el presenciar el fallecimiento del antiguo régimen absolutista de gobierno, mientras que por otra, el asistir al nacimiento de la nueva ideología política: republicana y democrática. Y de aquí, precisamente, ese doble carácter que nos manifiesta en su magna obra musical: clásico y romántico a la vez.

No es casual ni gratuito, ciertamente, el que Ludwig van Beethoven haya sido considerado siempre, dentro del panorama musical o de la historia de la música, como el último de los compositores clásicos y el primero de los músicos románticos. De su clasicismo musical, siguiendo a Haydn y a Mozart, nos dan cuenta sus primeras obras: primera y segunda sinfonías; primero, segundo y tercer conciertos para piano; sus seis cuartetos del opus 18 y sus primeras sonatas tanto para piano, cuanto para violín y violoncello. Esa es la que suele denominarse, asimismo, como su primera etapa.

Su segunda etapa: la romántica, propiamente dicha, es la que va -como diría Romain Rolland- «De la Eroica a la Appassionata», aunque nosotros agregaríamos, todavía, algunas obras más; pues si la Tercera sinfonía «Eroica» corresponde al opus 55 y a ella secundarían el primoroso triple concierto opus 56 y la sonata Appassionata opus 57, el cuarto concierto para piano, opus 58, debe ser considerado también dentro de dicha segunda etapa; lo mismo podemos decir del opus 59 representado por los tres cuartetos rusos, así como de la jovial cuarta sinfonía, opus 60. Mención aparte nos merece el opus 61, correspondiente al maravilloso concierto para violín y orquesta en el cual nuestro Beethoven parece haber volcado su romanticismo todo y con el cual nos hemos identificado plenamente: en nuestro pensar, en nuestro sentir, en nuestro existir... es el más bello, sin duda, de cuantos conciertos para violín se han compuesto... en él parécenos encontrar, asimismo, una ligera remembranza del himno nacional mexicano, lo que nos induce a pensar que don Jaime Nunó estaba escuchando esta hermosísima música al tiempo en que componía nuestro también hermoso himno nacional.

         Mas ello no es todo, un romanticismo «quintaesenciado» -como también diría Romain Rolland-es el que Beethoven exterioriza en sus obras finales, quizá a partir de su séptima sinfonía, cuyo segundo movimiento es otra de las páginas beethovenianas más bellas. Y después de esta sinfonía a la que corresponde el opus 92, debemos señalar a sus últimas sonatas para piano. Las marcadas con los números de opus 101, 106 (Hammerklavier), 109, 110 y 111; sus últimos cuartetos: opus 127, 130, 131, 132 y 135, y finalmente sus dos apoteósicas obras: su Missa Solemnis opus 123, de colosal dimensión religiosa, y su Novena Sinfonía, en la que nuestro Beethoven crea él mismo la alegría que la vida le negó, haciéndonos encontrar en él, acaso, al genio de los genios.

 


JORGE SAYEG HELÚ

Doctor en Derecho. Magistrado del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal. Catedrático de la UNAM. Conferencista, editorialista y ensayista, es autor de una amplia gama de textos jurídicos, entre los que se encuentran El Constitucionalismo Social Mexicano, El Poder Legislativo Mexicano, Los Derechos Sociales de la Revolución Mexicana, y otros de interés general como De la Flauta Mágica a Rigoletto.

 

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