Enero-Febrero de 2008, No.10

Publicación bimestral

 


 

La música en la literatura

 

IV. Verdi visto por Rafael Solana

 

 

René Avilés Fabila

NÚMERO ACTUAL

ÍNDICE

CURRICULUM DEL AUTOR

 

RENÉ AVILÉS FABILA

Literato, politólogo y periodista. Profesor de carrera de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas (UNAM). Editorialista de diversos periódicos y revistas de circulación nacional. Premio Nacional de Periodismo del Gobierno de la República (1991). Director de la revista cultural Unvierso de El Búho Búho. . Presidente de la Fundación cultural que lleva su nombre. Autor de una vasta producción literaria en la que destacan El gran solitario de Palacio, Fantasías en carrusel, Tantadel y Réquiem por un suicida suicida, , y cuyas obras completas publica actualmente la editorial Nueva Imagen.

 www.renevailesfabila.com.mx

ravilesf@prodigy.net.mx

 

 

No parece que la música, la gran música, sea parte esencial de los escritores mexicanos. Hasta donde sé la mayoría son ajenos o prefieren manifestaciones musicales de corte popular. Sin embargo, hay un puñado que vive o vivió bajo el influjo de la música. Recuerdo, por ejemplo, a Carlos Pellicer en el Palacio de las Bellas Artes, donde el poeta era asiduo. Más recientemente, me he encontrado a Enrique González Rojo en verdad embelesado luego de una buena sesión de operística. Tito Monterroso era un melómano más que aceptable y Eduardo Lizalde es un devoto de la ópera, como lo es, a grado de cantar bajo las enseñanzas del gran barítono mexicano Roberto Bañuelas, Carlos Montemayor. Y dos personajes recientemente fallecidos, mis queridos amigos y maestros, Gastón García Cantú y Henrique González Casanova, no se perdían ninguno de los conciertos de la OFUNAM.

Dentro de este grupo de literatos, destaca el escritor Rafael Solana, quien sabía mucho de música y cuyo amor por la ópera era compartido con otros dos más, quizá tres: la literatura, el teatro y los toros. Don Rafael, como siempre le llamé, nació en 1915 y fue un literato precoz, junto con los compañeros de su generación, Taller, Octavio Paz, José Revueltas y Efraín Huerta, entre otros, cometió diversas hazañas que fueron dándole un rostro personal a la literatura mexicana.

Rafael Solana nació veracruzano e hijo de un experimentado y famoso crítico taurino: Verduguillo. De allí, supongo de modo fácil, su afecto por la llamada fiesta brava. Él se dedicó a todo aquello que está vinculado a las letras: el cuento, la novela, el ensayo, el teatro y el periodismo. Ocasionalmente fue un eficaz funcionario, en donde destaca su desempleo como secretario particular de don Jaime Torres Bodet, cuando don Jaime era, por segunda ocasión, secretario de Educación Pública y trabajaba en grandes conquistas nacionales como la edificación de museos portentosos y en el libro de texto gratuito, una figura muy alta de la literatura y la función pública en México.

Solana escribió novelas espléndidas como El sol de octubre y La casa de la Santísima, pero fue un cuentista de excepción. Justamente como tal comencé a leer su faceta literaria que va más allá de relatos y novelas al incluir ensayos y poesía. Alrededor de 1967, quizá un poco antes, leí un libro suyo de historias breves: El oficleido y otros cuentos. A don Rafael le conocía por su amistad con mi padre. Ignoro cómo, cuándo y dónde se conocieron, pero entre ambos existía un cierto respeto. El de mi padre lo conozco y se debía a su estrecha relación con Torres Bodet, quien lo había apoyado durante la larga estancia del primero en París, a donde llegó, me parece, en 1951 ó 52, cuando don Jaime era secretario general de la UNESCO. Es decir, desde muy joven o tal vez desde muy niño, yo había escuchado el nombre de Rafael Solana. Lo primero que de él leí fue El sol de octubre, un libro que fue importante (lo ha dicho Gustavo Sáinz y lo he repetido muchas veces) debido a su trabajo de prosa y a su estructura, pero fundamentalmente a que era una novela por completo urbana. Junto con La región más transparente de Carlos Fuentes y Casi el paraíso de Luis Spota, forman un trío de obras claves para que la literatura mexicana deje atrás su época rural. Ya estamos en una ciudad de México que velozmente se convierte en una megalópolis y sus problemas ya son otros y muy diferentes a los del campo.

El primer trabajo que redacté sobre Rafael Solana fue una crítica sobre El oficleido y otros cuentos. Debo añadir que en ella exaltaba su prosa narrativa y me pronunciaba de modo contundente por su faceta de novelista y cuentista. Don Rafael se dignó a enviarme una generosa carta donde con humildad me agradecía el artículo (publicado en El Día de Enrique Ramírez y Ramírez, mi primera escuela periodística), pero con cordialidad me aclaraba que él era básicamente un hombre de teatro. En efecto, don Rafael amó al teatro con enorme pasión, igual que otro querido amigo suyo y mío, Luis G. Basurto quien se veía a sí mismo como "un soldado del teatro". En efecto, Solana le dio a la dramaturgia un acento muy especial y para ello escribió dramas y comedias de alta calidad tales como Debiera haber obispas, Los lunes salchichas y Pudo haber sucedido en Verona (premio Juan Ruiz de Alarcón, 1985). No le respondí, pero ese fue el pretexto para iniciar una cálida amistad que duró toda la vida.

Rafael Solana fue un periodista destacado que prefirió los espectáculos sobre la crítica política. No parecía interesarle o cuando se adentraba en los terrenos espinosos de la lucha política, era cauteloso como lo mostraba en sus artículos publicados en la legendaria revista Siempre! En esta publicación tuvo una sección, punto de referencia, como las columnas de otro estimable amigo, Antonio Magaña Esquivel, en las que uno podía saber cuáles obras de teatro valían la pena o si un concierto había estado a la altura del prestigio del director de orquesta. Habrá que añadir que Solana fue un hombre parco en las condenas o críticas destructivas. Alguna vez le pregunté por qué solía ser generoso y me respondió con una historia atroz donde alguien se había suicidado debido a la dureza de las críticas recibidas. En general, en esa sección se notaba la inmensa cultura musical de don Rafael.

Pero el asunto central de esta columna es ver la música dentro de la obra literaria, de qué manera el autor la incluye. Creo que muchas de sus trabajos de prosa narrativa aparece la música, no para complementar una escena o para darle un cierto toque cultural al personaje central o aledaño, sino como eje o al menos como parte sustancial. Sin duda esto se puede observar en sus cuentos, desde los títulos, el ya citado El oficleido, La trompeta y La música por dentro, reunidos en Todos los cuentos. En "El oficleido" un músico que no logra conseguir empleo dentro de la orquesta sinfónica más importante del siglo XIX mexicano, hace un gracioso recorrido por todas las posibilidades instrumentales, en ninguna cabe, siempre hay un dueño de la plaza quien al morir se la deja a su hijo a algún amigo. Desesperado por obtener un lugar en la orquesta, finalmente, el hombre descubre que hay dentro de una obra orquestal un papel para un oficleidista y a él se consagra. El desenlace es por demás risible. En este tipo de relato vemos al gran humorista que fue Solana y, obviamente, al hombre que sabía de música.

Durante sus mejores momentos económicos, don Rafael que era un hombre generoso, solía escribir un libro para regalo navideño de sus más cercanos amigos; de este modo aparecieron Leyendo a Loti, Leyendo a Queiroz, Leyendo a Maugham y Oyendo a Verdi. Fui, a pesar de mi juventud, uno de los afortunados en recibir tal maravilloso obsequio firmado por el autor. En 1969, otro hombre, poeta agudo, ensayista perspicaz y asimismo generoso, Raymundo Ramos, ocupó un sitio importante dentro del Fondo de Cultura Económica. Me dijo, ¿Por qué no publicar un libro de Rafael Solana? La idea fue muy buena, pero no recuerdo si él mismo propuso seleccionar Leyendo a Loti, Leyendo a Queiroz y Oyendo a Verdi bajo un título unificador: Musas latinas o si el propio Solana compartió la idea. El caso es que yo fui el intermediario. Solana, muy complacido, escribió aceleradamente el prólogo y me dijo, por favor, revíselo para ver si hay algún error. El libro apareció como volumen especial de Letras Mexicanas, colección donde originalmente fue publicada la novela El sol de octubre.

En esos largos ensayos que don Rafael calificaba con excesiva modestia como "comentarios y juicios personales", destaca Oyendo a Verdi, trabajo que rechaza sus propias palabras, pues se trata de una obra que muestra facetas poco tratadas del ilustre compositor italiano. Es una prueba innegable del conocimiento que de la ópera tenía Solana y en particular de la italiana. Pero su mayor aportación consiste en la forma en que un escritor mira a un músico y destaca la relación de Verdi con las letras.

El libro sobre Verdi es un relato ameno, lleno de datos y de experiencias personales que Rafael Solana tuvo con éste uno de sus autores favoritos. Considera —haciendo una amable ironía de Alexis Carrel, autor de Verdi, ese desconocido— que no hay compositor más famoso que el italiano: ¡pero si es el más conocido de los músicos! Más que Beethoven, y que Mozart, y que Bach. ¿Quién no ha oído Trovador o Traviata? Personas que serían incapaces de identificar ningún trozo de Chpin o de Tchaikowsky, de Brahms, o de Wagner, reconocen inmediatamente "la donna è mobile" y la marcha triunfal de Aída; el brindis de Violeta y el cuarteto de Rigoletto son más populares que las canciones folklóricas en algunos países. El mismo nombre de Verdi es célebre en todas partes, y hay estatuas suyas en muchas plazas del mundo."

Rafael Solana era asiduo a la ópera, cuando tenía la oportunidad de viajar a Europa, por razones de trabajo o por placer, desde México solicitaba boletos para L’Scalla de Milán o para L’Opera de Paris, particularmente si había una obra operística. Escucharle después la crónica verbal o leer la escrita era una delicia. Pues de pronto, cosa rara en él, brotaba el ingenio y la gracia que ponía sobre todo en sus cuentos y en sus comedias.

Vale la pena observar el amoroso fanatismo de Solana por Verdi y la presencia de diversos escritores en su trabajo: "Con motivo del cincuentenario de la muerte de Verdi, algunas de sus obras más raras fueron exhumadas; yo tuve ocasión de conocer, en ese tiempo, una de ellas, Juana de Arco, que la Compañía del teatro San Carlos de Nápoles llevó a la ciudad de parís, y que con curiosidad fui a escuchar a la Sala Garnier, seguro de que otra oportunidad de oír tal obra tardaría en presentárseme. Es muy posible que los napolitanos hayan escogido esta ópera, para llevarla a la capital de Francia, como un homenaje, por tratarse de un personaje francés: en realidad dentro de la obra de Verdi no cuesta trabajo encontrar obras que en alguna forma atañan a los franceses, o por su asunto, o por la firma del autor que inspiró el libreto: hay óperas de Verdi que están basadas en obras de Victor Hugo; aunque alguna vez pensó en escribir Cromwell, se decidió finalmente por Hernani, y, muy posteriormente, de la obra de de Victor Hugo Le roi s’amuse hizo su celebérrimo Rigoletto; Alzira, está basada en una tragedia de Voltaire; pero La Docella de Orleáns (un personaje que, como "Luisa Millar", que sacó de Kabale und liebe, y como I mesnadieri, que se basa en Die Täuber, tomó de Schiller) parecía más adecuada figura para un homenaje a los franceses, quienes tuvieron la cortesía de aceptar las muchas licencias que el libretista se tomó con esa heroína, que en la época en que la ópera se escribió ya había subido a los pedestales, pero todavía no a los altares; una de esas licencias es la que cosiste en hacer morir a Giovanna no en la hoguera, como la historia cuenta, y como han respetado los comediógrafos y aún los autores de las películas, sino en una batalla; pero esto no causó ningún escándalo, sino que fue amablemente tolerado por el público de París, en aquellos días de 1951 muy entremezclado con los turistas que visitaban la feria comercial."

Pero no sólo de Verdi habla Rafael Solana sino de muchos aquellos artistas (músicos, cantantes y escritores) que conformaron su mundo. Por ejemplo, las líneas dirigidas a Toscanini precisan la relación del director con el compositor cuando. Toscanini estrenó los Quattro pezzi sacri, "tres de ellos compuestos después de Falstaff, y verdaderamente el testamento artístico del gran compositor, como se les ha llamado, pues no solamente son el último en fecha de todos sus trabajos de creación, sino contienen la lección que Verdi pretendió dictar a quienes quisieran escucharle: ‘volved a lo antiguo’." Toscanini era un heredero de Verdi como lo habían sido Verdi de Rossini, "cuando expresamente viajó a Bolonia para visitarlo, poco después del estreno de Los lombardos, y que Rossini habría podido recoger de Beethoven, en la conmovedora visita que le hizo, como en religiosa peregrinación, en Viena, cuando el compositor de Guillermo Tell era joven y el de Fidelio se había hundido ya en el mundo opaco de su sordera."

El final de Verdi es observado por Rafael Solana con los asombrados ojos de un literato, quizá semejantes a los que utilizó Romain Rolland para analizar con admiración y amor a Beethoven. "En sus Quattro pezzi sacri, Verdi parece renunciar a todas las pompas de que antes se mostró orgulloso; desnuda su estilo, como algunos escritores han hecho en su vejez, lo depura, lo reduce a la mayor y más perfecta simplicidad, y, como si cerrase un ciclo, regresa al punto de donde partieron sus mayores; el rigor técnico de estas construcciones musicales es extremo, su pureza es ascética. No se trata esta vez de inspiración fácil, sino de austero estudio, de elaboración severamente crítica. Parecen el adiós a la vida de un artista que renuncia a todos los ropajes de su arte, que fueron lujosísimos, y adopta un hábito, el más austero, el de líneas más simples, pero al mismo tiempo el de corte más noble, para vestir con él sus despojos." Esta observación tan llena de emoción, me hace pensar en las últimas composiciones de Liszt y el cambio que su trabajo había sufrido luego de abandonar el ruidoso mundo de su época de compositor innovador y pianistas virtuoso.

Rafael Solana y René Avilés Fabila

 

Rafael Solana, tengo la impresión, de que tenía muy claras sus distintas vocaciones. En un gaveta de su inteligencia y cultura tenía a la música llamada clásica, en otra al teatro, en una más los toros y en aquella de más allá, estaba la literatura. Nunca dejó todas estas actividades, las siguió con una fidelidad asombrosa. Pero mucho de ello quedó en la parte periodística que es frágil. En cambio, a la literatura le rindió grandes servicios con novelas y cuentos de muy alta calidad. Me cuesta trabajo valorar su teatro (y me avergüenza, pues Solana lo tenía en gran estima), no soy especialista y pese a mi relación estrecha con algunos dramaturgos como Hugo Argüelles, Héctor Azar, Luis G. Basurto y Fernando Sánchez Mayáns o alguna más distante con Emilio Carballido, con quien compartí el amor por Elena Garro (otra notable autora dramática, pero esencialmente prosista), no me atrevo a dar opiniones precisas. Me parece que he leído más teatro del que he visto en los escenarios. Sin embargo, Rafael Solana supo darle a su prosa narrativa sonidos musicales y además introducir citas operísticas o sinfónicas en cuentos y novelas. Pero fue más lejos y escribió muchas críticas sobre conciertos y óperas en las que nos comunicó su deslumbramiento por tal o cual compositor. Leyendo a Verdi es una obra obligada. No tal vez para los músicos (y no estoy por completo seguro) sino para todos aquellos que aman la gran música y por añadidura la literatura. Pese a la modestia de Solana que niega la importancia de su propio trabajo sobre Verdi, es una memorable biografía, un estudio donde hace un recorrido por su vida y por cada una de sus más importantes obras. Allí encontramos al Verdi artista, un compositor italiano analizado por un escritor mexicano, ópera tras ópera, brillantemente, con una cultura y conocimiento musical que asombra. El creador y su innegable vocación. No cabe duda que el amor de Solana por la ópera y en especial por Verdi lo llevó a salir de sus terrenos fundamentales, la prosa narrativa y la dramaturgia, para introducirse de lleno en el campo del arte operístico. Vale la pena leer el libro, mucho más escuchar a Verdi, para cuyo fin fue escrito el largo ensayo.

 


 

 

 

 

 

D.R. © Conservatorianos
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