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RENÉ AVILÉS
FABILA
Literato, politólogo y
periodista. Profesor de carrera de la Universidad Autónoma Metropolitana
(UAM). Catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas (UNAM).
Editorialista de diversos periódicos y revistas de circulación nacional.
Premio Nacional de Periodismo del Gobierno de la República (1991). Director
de la revista cultural Unvierso de El Búho Búho. . Presidente de la
Fundación cultural que lleva su nombre. Autor de una vasta producción
literaria en la que destacan El gran solitario de Palacio, Fantasías en
carrusel, Tantadel y Réquiem por un suicida suicida, , y cuyas obras
completas publica actualmente la editorial Nueva Imagen.
www.renevailesfabila.com.mx
ravilesf@prodigy.net.mx
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No
parece que la música, la gran música,
sea parte esencial de los escritores mexicanos. Hasta donde sé la mayoría
son ajenos o prefieren manifestaciones musicales de corte popular. Sin
embargo, hay un puñado que vive o vivió bajo el influjo de la música.
Recuerdo, por ejemplo, a Carlos Pellicer en el Palacio de las Bellas Artes,
donde el poeta era asiduo. Más recientemente, me he encontrado a Enrique
González Rojo en verdad embelesado luego de una buena sesión de operística.
Tito Monterroso era un melómano más que aceptable y Eduardo Lizalde es un
devoto de la ópera, como lo es, a grado de cantar bajo las enseñanzas del
gran barítono mexicano Roberto Bañuelas, Carlos Montemayor. Y dos personajes
recientemente fallecidos, mis queridos amigos y maestros, Gastón García
Cantú y Henrique González Casanova, no se perdían ninguno de los conciertos
de la OFUNAM.
Dentro de este grupo de literatos,
destaca el escritor Rafael Solana, quien sabía mucho de música y cuyo amor
por la ópera era compartido con otros dos más, quizá tres: la literatura, el
teatro y los toros. Don Rafael, como siempre le llamé, nació en 1915 y fue
un literato precoz, junto con los compañeros de su generación, Taller,
Octavio Paz, José Revueltas y Efraín Huerta, entre otros, cometió diversas
hazañas que fueron dándole un rostro personal a la literatura mexicana.
Rafael Solana nació veracruzano e
hijo de un experimentado y famoso crítico taurino: Verduguillo. De allí,
supongo de modo fácil, su afecto por la llamada fiesta brava. Él se dedicó a
todo aquello que está vinculado a las letras: el cuento, la novela, el
ensayo, el teatro y el periodismo. Ocasionalmente fue un eficaz funcionario,
en donde destaca su desempleo como secretario particular de don Jaime Torres
Bodet, cuando don Jaime era, por segunda ocasión, secretario de Educación
Pública y trabajaba en grandes conquistas nacionales como la edificación de
museos portentosos y en el libro de texto gratuito, una figura muy alta de
la literatura y la función pública en México.
Solana escribió novelas espléndidas
como El sol de octubre y La casa de la Santísima, pero fue un
cuentista de excepción. Justamente como tal comencé a leer su faceta
literaria que va más allá de relatos y novelas al incluir ensayos y poesía.
Alrededor de 1967, quizá un poco antes, leí un libro suyo de historias
breves: El oficleido y otros cuentos. A don Rafael le conocía por su
amistad con mi padre. Ignoro cómo, cuándo y dónde se conocieron, pero entre
ambos existía un cierto respeto. El de mi padre lo conozco y se debía a su
estrecha relación con Torres Bodet, quien lo había apoyado durante la larga
estancia del primero en París, a donde llegó, me parece, en 1951 ó 52,
cuando don Jaime era secretario general de la UNESCO. Es decir, desde muy
joven o tal vez desde muy niño, yo había escuchado el nombre de Rafael
Solana. Lo primero que de él leí fue El sol de octubre, un libro que
fue importante (lo ha dicho Gustavo Sáinz y lo he repetido muchas veces)
debido a su trabajo de prosa y a su estructura, pero fundamentalmente a que
era una novela por completo urbana. Junto con La región más transparente
de Carlos Fuentes y Casi el paraíso de Luis Spota, forman un trío de
obras claves para que la literatura mexicana deje atrás su época rural. Ya
estamos en una ciudad de México que velozmente se convierte en una
megalópolis y sus problemas ya son otros y muy diferentes a los del campo.
El primer trabajo que redacté sobre
Rafael Solana fue una crítica sobre El oficleido y otros cuentos.
Debo añadir que en ella exaltaba su prosa narrativa y me pronunciaba de modo
contundente por su faceta de novelista y cuentista. Don Rafael se dignó a
enviarme una generosa carta donde con humildad me agradecía el artículo
(publicado en El Día de Enrique Ramírez y Ramírez, mi primera escuela
periodística), pero con cordialidad me aclaraba que él era básicamente un
hombre de teatro. En efecto, don Rafael amó al teatro con enorme pasión,
igual que otro querido amigo suyo y mío, Luis G. Basurto quien se veía a sí
mismo como "un soldado del teatro". En efecto, Solana le dio a la
dramaturgia un acento muy especial y para ello escribió dramas y comedias de
alta calidad tales como Debiera haber obispas, Los lunes
salchichas y Pudo haber sucedido en Verona (premio Juan Ruiz de
Alarcón, 1985). No le respondí, pero ese fue el pretexto para iniciar una
cálida amistad que duró toda la vida.
Rafael Solana fue un periodista
destacado que prefirió los espectáculos sobre la crítica política. No
parecía interesarle o cuando se adentraba en los terrenos espinosos de la
lucha política, era cauteloso como lo mostraba en sus artículos publicados
en la legendaria revista Siempre! En esta publicación tuvo una
sección, punto de referencia, como las columnas de otro estimable amigo,
Antonio Magaña Esquivel, en las que uno podía saber cuáles obras de teatro
valían la pena o si un concierto había estado a la altura del prestigio del
director de orquesta. Habrá que añadir que Solana fue un hombre parco en las
condenas o críticas destructivas. Alguna vez le pregunté por qué solía ser
generoso y me respondió con una historia atroz donde alguien se había
suicidado debido a la dureza de las críticas recibidas. En general, en esa
sección se notaba la inmensa cultura musical de don Rafael.
Pero el asunto central de esta
columna es ver la música dentro de la obra literaria, de qué manera el autor
la incluye. Creo que muchas de sus trabajos de prosa narrativa aparece la
música, no para complementar una escena o para darle un cierto toque
cultural al personaje central o aledaño, sino como eje o al menos como parte
sustancial. Sin duda esto se puede observar en sus cuentos, desde los
títulos, el ya citado El oficleido, La trompeta y La música por
dentro, reunidos en Todos los cuentos. En "El oficleido" un
músico que no logra conseguir empleo dentro de la orquesta sinfónica más
importante del siglo XIX mexicano, hace un gracioso recorrido por todas las
posibilidades instrumentales, en ninguna cabe, siempre hay un dueño de la
plaza quien al morir se la deja a su hijo a algún amigo. Desesperado por
obtener un lugar en la orquesta, finalmente, el hombre descubre que hay
dentro de una obra orquestal un papel para un oficleidista y a él se
consagra. El desenlace es por demás risible. En este tipo de relato vemos al
gran humorista que fue Solana y, obviamente, al hombre que sabía de música.
Durante sus mejores momentos
económicos, don Rafael que era un hombre generoso, solía escribir un libro
para regalo navideño de sus más cercanos amigos; de este modo aparecieron
Leyendo a Loti, Leyendo a Queiroz, Leyendo a Maugham y
Oyendo a Verdi. Fui, a pesar de mi juventud, uno de los afortunados en
recibir tal maravilloso obsequio firmado por el autor. En 1969, otro hombre,
poeta agudo, ensayista perspicaz y asimismo generoso, Raymundo Ramos, ocupó
un sitio importante dentro del Fondo de Cultura Económica. Me dijo, ¿Por qué
no publicar un libro de Rafael Solana? La idea fue muy buena, pero no
recuerdo si él mismo propuso seleccionar Leyendo a Loti, Leyendo a
Queiroz y Oyendo a Verdi bajo un título unificador: Musas
latinas o si el propio Solana compartió la idea. El caso es que yo fui
el intermediario. Solana, muy complacido, escribió aceleradamente el prólogo
y me dijo, por favor, revíselo para ver si hay algún error. El libro
apareció como volumen especial de Letras Mexicanas, colección donde
originalmente fue publicada la novela El sol de octubre.
En esos largos ensayos que don
Rafael calificaba con excesiva modestia como "comentarios y juicios
personales", destaca Oyendo a Verdi, trabajo que rechaza sus propias
palabras, pues se trata de una obra que muestra facetas poco tratadas del
ilustre compositor italiano. Es una prueba innegable del conocimiento que de
la ópera tenía Solana y en particular de la italiana. Pero su mayor
aportación consiste en la forma en que un escritor mira a un músico y
destaca la relación de Verdi con las letras.
El libro sobre Verdi es un relato
ameno, lleno de datos y de experiencias personales que Rafael Solana tuvo
con éste uno de sus autores favoritos. Considera —haciendo una amable ironía
de Alexis Carrel, autor de Verdi, ese desconocido— que no hay
compositor más famoso que el italiano: ¡pero si es el más conocido de los
músicos! Más que Beethoven, y que Mozart, y que Bach. ¿Quién no ha oído
Trovador o Traviata? Personas que serían incapaces de identificar
ningún trozo de Chpin o de Tchaikowsky, de Brahms, o de Wagner, reconocen
inmediatamente "la donna è mobile" y la marcha triunfal de Aída; el
brindis de Violeta y el cuarteto de Rigoletto son más populares que
las canciones folklóricas en algunos países. El mismo nombre de Verdi es
célebre en todas partes, y hay estatuas suyas en muchas plazas del mundo."
Rafael Solana era asiduo a la ópera,
cuando tenía la oportunidad de viajar a Europa, por razones de trabajo o por
placer, desde México solicitaba boletos para L’Scalla de Milán o para
L’Opera de Paris, particularmente si había una obra operística. Escucharle
después la crónica verbal o leer la escrita era una delicia. Pues de pronto,
cosa rara en él, brotaba el ingenio y la gracia que ponía sobre todo en sus
cuentos y en sus comedias.
Vale la pena observar el amoroso
fanatismo de Solana por Verdi y la presencia de diversos escritores en su
trabajo: "Con motivo del cincuentenario de la muerte de Verdi, algunas de
sus obras más raras fueron exhumadas; yo tuve ocasión de conocer, en ese
tiempo, una de ellas, Juana de Arco, que la Compañía del teatro San
Carlos de Nápoles llevó a la ciudad de parís, y que con curiosidad fui a
escuchar a la Sala Garnier, seguro de que otra oportunidad de oír tal obra
tardaría en presentárseme. Es muy posible que los napolitanos hayan escogido
esta ópera, para llevarla a la capital de Francia, como un homenaje, por
tratarse de un personaje francés: en realidad dentro de la obra de Verdi no
cuesta trabajo encontrar obras que en alguna forma atañan a los franceses, o
por su asunto, o por la firma del autor que inspiró el libreto: hay óperas
de Verdi que están basadas en obras de Victor Hugo; aunque alguna vez pensó
en escribir Cromwell, se decidió finalmente por Hernani, y,
muy posteriormente, de la obra de de Victor Hugo Le roi s’amuse hizo
su celebérrimo Rigoletto; Alzira, está basada en una tragedia
de Voltaire; pero La Docella de Orleáns (un personaje que, como
"Luisa Millar", que sacó de Kabale und liebe, y como I mesnadieri,
que se basa en Die Täuber, tomó de Schiller) parecía más adecuada
figura para un homenaje a los franceses, quienes tuvieron la cortesía de
aceptar las muchas licencias que el libretista se tomó con esa heroína, que
en la época en que la ópera se escribió ya había subido a los pedestales,
pero todavía no a los altares; una de esas licencias es la que cosiste en
hacer morir a Giovanna no en la hoguera, como la historia cuenta, y como han
respetado los comediógrafos y aún los autores de las películas, sino en una
batalla; pero esto no causó ningún escándalo, sino que fue amablemente
tolerado por el público de París, en aquellos días de 1951 muy entremezclado
con los turistas que visitaban la feria comercial."
Pero no sólo de Verdi habla Rafael
Solana sino de muchos aquellos artistas (músicos, cantantes y escritores)
que conformaron su mundo. Por ejemplo, las líneas dirigidas a Toscanini
precisan la relación del director con el compositor cuando. Toscanini
estrenó los Quattro pezzi sacri, "tres de ellos compuestos después de
Falstaff, y verdaderamente el testamento artístico del gran
compositor, como se les ha llamado, pues no solamente son el último en fecha
de todos sus trabajos de creación, sino contienen la lección que Verdi
pretendió dictar a quienes quisieran escucharle: ‘volved a lo antiguo’."
Toscanini era un heredero de Verdi como lo habían sido Verdi de Rossini,
"cuando expresamente viajó a Bolonia para visitarlo, poco después del
estreno de Los lombardos, y que Rossini habría podido recoger de
Beethoven, en la conmovedora visita que le hizo, como en religiosa
peregrinación, en Viena, cuando el compositor de Guillermo Tell era
joven y el de Fidelio se había hundido ya en el mundo opaco de su
sordera."
El final de Verdi es observado por
Rafael Solana con los asombrados ojos de un literato, quizá semejantes a los
que utilizó Romain Rolland para analizar con admiración y amor a Beethoven.
"En sus Quattro pezzi sacri, Verdi parece renunciar a todas las
pompas de que antes se mostró orgulloso; desnuda su estilo, como algunos
escritores han hecho en su vejez, lo depura, lo reduce a la mayor y más
perfecta simplicidad, y, como si cerrase un ciclo, regresa al punto de donde
partieron sus mayores; el rigor técnico de estas construcciones musicales es
extremo, su pureza es ascética. No se trata esta vez de inspiración fácil,
sino de austero estudio, de elaboración severamente crítica. Parecen el
adiós a la vida de un artista que renuncia a todos los ropajes de su arte,
que fueron lujosísimos, y adopta un hábito, el más austero, el de líneas más
simples, pero al mismo tiempo el de corte más noble, para vestir con él sus
despojos." Esta observación tan llena de emoción, me hace pensar en las
últimas composiciones de Liszt y el cambio que su trabajo había sufrido
luego de abandonar el ruidoso mundo de su época de compositor innovador y
pianistas virtuoso.

Rafael Solana y René Avilés Fabila
Rafael Solana, tengo la impresión,
de que tenía muy claras sus distintas vocaciones. En un gaveta de su
inteligencia y cultura tenía a la música llamada clásica, en otra al teatro,
en una más los toros y en aquella de más allá, estaba la literatura. Nunca
dejó todas estas actividades, las siguió con una fidelidad asombrosa. Pero
mucho de ello quedó en la parte periodística que es frágil. En cambio, a la
literatura le rindió grandes servicios con novelas y cuentos de muy alta
calidad. Me cuesta trabajo valorar su teatro (y me avergüenza, pues Solana
lo tenía en gran estima), no soy especialista y pese a mi relación estrecha
con algunos dramaturgos como Hugo Argüelles, Héctor Azar, Luis G. Basurto y
Fernando Sánchez Mayáns o alguna más distante con Emilio Carballido, con
quien compartí el amor por Elena Garro (otra notable autora dramática, pero
esencialmente prosista), no me atrevo a dar opiniones precisas. Me parece
que he leído más teatro del que he visto en los escenarios. Sin embargo,
Rafael Solana supo darle a su prosa narrativa sonidos musicales y además
introducir citas operísticas o sinfónicas en cuentos y novelas. Pero fue más
lejos y escribió muchas críticas sobre conciertos y óperas en las que nos
comunicó su deslumbramiento por tal o cual compositor. Leyendo a Verdi
es una obra obligada. No tal vez para los músicos (y no estoy por completo
seguro) sino para todos aquellos que aman la gran música y por añadidura la
literatura. Pese a la modestia de Solana que niega la importancia de su
propio trabajo sobre Verdi, es una memorable biografía, un estudio donde
hace un recorrido por su vida y por cada una de sus más importantes obras.
Allí encontramos al Verdi artista, un compositor italiano analizado por un
escritor mexicano, ópera tras ópera, brillantemente, con una cultura y
conocimiento musical que asombra. El creador y su innegable vocación. No
cabe duda que el amor de Solana por la ópera y en especial por Verdi lo
llevó a salir de sus terrenos fundamentales, la prosa narrativa y la
dramaturgia, para introducirse de lleno en el campo del arte operístico.
Vale la pena leer el libro, mucho más escuchar a Verdi, para cuyo fin fue
escrito el largo ensayo.
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