
Mozart y Beethoven son genios -¡pero
Schubert! Schubert es un milagro"
Son palabras del pintor ruso Marc
Chagal. También el actor Oskar Werner dijo: "Mozart y Beethoven llegan hasta
el cielo, pero Schubert viene de allá". Por su parte, Stravinsky contestó a
alguien que le dijo que la música de Schubert hacía dormir porque era
demasiado larga: "Y qué me importa dormir, si cuando despierto estoy en el
Paraíso…"
Todas estas expresiones se sienten
vibrar en el ambiente de la Schubertiade que tiene lugar cada año en
Austria.
Es sabido que el origen de las
Schubertiade viene desde el tiempo en que los amigos de Schubert se reunían
en torno a él para hacer música. Ahí se daban a conocer sus Lieder
que cantaba el famoso barítono Johann Michael Vogl y Schubert acompañaba
modestamente al piano. Su círculo de amigos formado por los destacados
pintores Moritz von Schwind, Leopold Kuppelwieser, Josef von Spaun, el
músico Franz von Schober, poetas como Ferdinand Mayerhofer, el genial Franz
Grillparzer, etc., se reunían frecuentemente y sabían que el pequeño "Schwammerl"
(honguito), como lo llamaban, era un genio.
Schubert es el más típicamente
vienés de los compositores austriacos, además nunca salió de Viena más que
para ir un verano a Hungría, donde fue invitado como maestro de piano de la
condesa Carolina Esterhazy. Y ahí extrañaba Viena y suspiraba por regresar.
Las Schubertiade han seguido
rindiendo homenaje a Schubert y como una necesidad de escuchar su música
celestial. Una de ellas, la más famosa es la que se lleva a cabo en
Schwarzenberg (provincia de Vorarlberg) en la frontera con Suiza, en plenos
Bosques de Bregenz en los Alpes austriacos. Está dividido en tres etapas que
comienzan desde mayo y terminan en septiembre.
El origen se remonta al año 1976 a
iniciativa del gran cantante Hermann Pray, quien por cierto, en un principio
quería dedicarlo a Mozart. Se inició en Hohenems, pero el público creció en
tal forma que ya no cabían en el castillo donde tenía lugar. Se cambió a
Feldkirch, una bella y antigua ciudad, pero desde hace tres años se instaló
en Schwarzenberg, un pequeño poblado vecino, típico del paisaje alpino, "la
región que está en armonía con la naturaleza", ideal para un festival de
música. No tiene subsidio alguno, y se sostiene con la venta de boletos,
pero ha tenido tanto éxito que siempre está lleno y vienen gentes de
Alemania, Italia y hasta de Inglaterra… y México. Desde hace tres años
solicité asistir y fui recibida con la mayor generosidad y hospitalidad y es
mi baño anual de música y de Schubert. Ahí no hay hoteles Sheraton ni Hilton,
son pequeños hoteles en donde la tradición es que las familias lo atiendan
personalmente. Como no hay sino dos hoteles en Schwarzenberg, ahí solamente
se aloja a los artistas, los asistentes tienen reservada habitación en
diferentes pueblitos y el turismo de Bregenzerwald tiene todo organizado tan
perfectamente junto con la Schubertiade, que hay autobuses que pasan a
recoger a los melómanos en sus hoteles y lo mismo hacen a la salida de los
conciertos.
Estos tienen lugar a las 4 y a las
8, además en las mañanas el curso de Lied y el de Cuarteto de Cuerdas. El de
Lied es impartido por el legendario Fischer-Dieskau.
Los domingos hay tres conciertos al
día, y los insaciables schubertianos asistimos a todo.
Y no sólo es el placer de escuchar
la música, sino además hay una serie de atractivos, como son los paisajes,
la gastronomía, tal vez la más renombrada de Austria, donde desde el
desayuno es un banquete, los paseos a los lugares aledaños, pueblitos
preciosos, y la visita a los diferentes museos y exposiciones. El Museo
Schubert encierra la historia de Schubert y su tiempo con retratos,
pintoras, partituras y documentos. El año pasado estaba la exposición de
Chagall; éste se dedicó a Geroges Braque. Además se están celebrando los 200
años del pintor MOritz con Schwind, de los poetas Eduard Mörike (autor de
textos de Schubert) y Johann Gabriel Seidl, el músico Salomón Sulzer, famoso
cantor de la sinagoga y Johann Strauss padre, a quienes se les dedicó
también un espacio.
En estos años, de 1976 a 2004 han
tomado parte una infinidad de artistas de primer nivel. La enorme lista
incluye a grandes linderitas, desde Araiza (por empezar con al "A", Hermann
Pray, Fischer-Dieskau, Meter Schreier, Cecilia Bartolli, Elizabeth
Schwarzkop, Alfred Brendel, Andras Schiff, etc., y en fin, toda una
constelación interminable, siempre dentro de la línea de recitales de lied y
música de cámara, principalmente.
Yo pude llegar para los últimos
conciertos del festival, a principios de septiembre. Llegué directamente
desde México en una verdadera odisea, pues llevando a París corrí a tomar la
conexión a Zurich, que es el aeropuerto más cercano al lugar. Ahí tomar el
tren para Bregenz con dos transbordes: en St. Gallen y en Sta. Margaretten.
En Bregenz me esperaba un taxi enviado por la Schubertiade. Pude reconocer
al taxista porque traía en la mano una hoja con el retrato de Schubert. Me
encantó.
Esa noche, el 4 de septiembre
escuché un concierto que hubiera valido por todos: un recital de lied con el
barítono Thomas Quasthoff a quien yo nunca había escuchado. Es una de las
voces más extraordinarias que yo haya oído, cálida y expresiva, y sobre todo
una musicalidad incomparable, y extraordinaria dicción. Yo no estaba
preparada, al verlo salir me sorprendió: es discapacitado, pues supongo que
es de la generación de la talidomida, a juzgar por sus características y por
su edad, no tiene brazos, pero sí manos y es pequeñito. Le ponen una tarima,
a la que trepa ágilmente y cuando empieza a cantar, se siente uno
transportado al Paraíso. Su programa estuvo formado por Lieder de Schubert,
Carl Loewe, Hugo Wolf y Richard Strauss. La gente le tributó interminables
aplausos de pie. Como último encore nos regaló "An die Musik" de Schubert:
"En cuántas horas grises me has mostrado un mundo mejor… a ti sublime arte,
Ich danke Dir". Me hizo llorar.
El pianista acompañante excelente,
el joven alemán Justus Zeyen; ambos se compenetran espléndidamente.
Quasthoff tiene ya un gran nombre en Europa y es solicitado incluso en la
ópera.
El domingo 5 hubo una matinée con un
melodrama poco conocido de Schumann: "Die Weise von Liebe und Tod des
Cornets Cristoph Rilke (de Reiner María Ritke) para narrador y piano,
estupendamente declamado por Fischer-Diskau, con su bella voz y Hartmut Höll.
A las 4 de la tarde recital de lied
y hammerklavier con la mezzosoprano sueca Anne Sofie von Otter y al
hammerklavier Andreas Staier. El hammerklavier es el antecesor inmediato del
piano. Era un recital Haydn-Schubert. Ella no tiene la voz oscura de las
mezzo, pero es cristalina y es una buena cantante. Compartió el recital con
su excelente pianista, aunque me pareció raro que para tocar una sonata de
Haydn y un Impromptu de Schubert (el primero del Op. 90 en do menor) lo
hiciera leyendo la partitura.
En la noche el Sexteto de Viena, que
se despidió de los escenarios con este concierto. ¡Lástima" pues es un
conjunto estupendo. Los acompañó la magnífica clarinetista Sabine Mayer con
el Quinteto de Max Reger. Además tocaron el Sexteto para cuerdas de Brahms y
el de Richard Strauss de su ópera "Capriccio" op. 85.

Y no todo es perfecto; el lunes 6 se
presentó el joven barítono berlinés Dietrich Henschel, alumno de Fischer-Diskau,
y seguramente recomendado por él, pero todavía está verde; su voz es pequeña
y no dice nada. Su acompañante, el excelente pianista Helmut Deutsch, uno de
los mejores hoy en día, le hizo la maldad de tocar demasiado fuerte y como
que no se veía muy a gusto. Mostró su maestría en el arte de acompañar, pues
como encore Henschel cantó "Die Musensohn" y se lo acompañó de memoria. Él
(el pianista) se lució. Era un recital Schubert.
Pero en la noche nos compensamos con
un fabuloso recital de la soprano alemana Juliane Banse, que de las voces
femeninas fue sin duda la mejor, no sólo por la calidad de su voz, sino
porque transmite desde adentro con gran musicalidad, temperamento y su voz
corre con una gran fluidez. Además su programa estaba muy bien escogido:
Canciones de Debussy (Pantomime, Claire de lune y Pierrot), tres Lieder de
Mozart, nuevamente Debussy con las Arietes oubliées, Frühlingslied de
Mendelssohn, un interesante lied de Fanny Mendelssohn y terminó ocn el Poema
en forma de canciones de Turina con excelente pronunciación, dicción y
temperamento gitano. Su pianista, Jean Philip Schulze: magnífico. Fue una
noche estelar.
El jueves 7 un recital del joven
pianista vienés Hill Feliner, Premio 1993 del Concurso Clara Haskil. Tocó
muy correctamente la Sonata Op. 22 de Beethoven, la Sonata en la menor D.
784 de Schubert y Cuadros de una exposición de Mussorgsky. Fue irreprochable
y entiende muy bien cada estilo.
En la noche un recital de lied con
cuatro cantantes, a veces solos y otras en conjuntos: Diana Damrau
(soprano), Annely Peebo mezzosoprano estoniana, quien suplió a la cantante
programada, quien canceló por enfermedad, el tenor Christoph Strehl y el
barítono Stephan Genz, acompañados magistralmente por Helmut Deutsch.
Finalmente, mi último concierto fue
con al famosa soprano Edita Gruberova, quien aún conserva una voz fresca,
con cristalinas y malabarísticas coloraturas. Su programa era Schubert,
Strauss. Empezó fría (en realidad nunca se caracterizó por su expresividad,
sino que se hizo famosa por sus coloraturas, haciendo histórica su
Zerbinetta de Ariadna auf Naxos de Strauss). Al cantar El pastor en las
rocas de Schubert se sintió más emoción, ayudada por el magnífico
clarinetista Wolfgang Meyer (hermano de Sabine) que la acompañó. Encuentra
muy buen soporte en su pianista acompañante, su marido Friedrich Haider. Sus
encores fueron admirables por su técnica e hizo alarde de su coloratura. Es
una cantante a quien se admira, pero no emociona.
Y así me despedí de esta maravillosa
Schubertiade, a la que invito a todo el que quiera tener un viaje al
Paraíso. Fue un auténtico banquete musical.