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LUIS DÍAZ
SANTANA GARZA
Originario de Monterrey,
Nuevo León. Licenciado en Música con Acentuación en Guitarra por la Facultad
de Música de la Universidad Regiomontana, ha culminado la maestría en
Humanidades de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ). Investigador de
la música colonial hasta nuestros días e intérprete en instrumentos
originales, como guitarra barroca y séptima mexicana. Participante en
seminarios y clases magistrales de Richard Lluby, Leo Brouwer, Miguel Ángel
Girollet y en Taos, Nuevo México, con Robert Guthrie. Ciudadano honorario de
Dallas Texas. Impartió guitarra en la UAZ, con cuya Orquesta de Cámara ha
realizado conciertos. Como solista ha actuado en en gran parte de la
República Mexicana, en Estados Unidos, Guatemala y El Salvador. Fue miembro
de la Orquesta de Guitarras de Xalapa y del Ensamble de Guitarras de la
Secretaría de Educación y Cultura de Veracruz. Desde 1994 forma dueto con la
destacada soprano zacatecana Sonia Medrano. Ha recibido apoyo del programa
nacional «Educación por el Arte» y del PACMYC. Becario del FONCA, director
del ensamble Capilla Barroca Zacatecana, pronto presentará su libro La
tradición musical en Zacatecas, 1 8 5 0 - 1 9 2 0 .
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El Coliseo y los
teatros "provincianos"
Al realizar un
estudio comparativo del famoso Coliseo de la Ciudad de México y de otros
teatros principales en el interior del país, nos damos cuenta de que el
número y calidad de eventos existentes en el Coliseo no es igualada por
otros recintos culturales. Y nos referimos a número porque las efemérides
del Coliseo ofrecidas por Rubén M. Campos y Enrique de Olavarría y Ferrari
nos habla de espectáculos diferentes todos los días.1 Por
solo citar unos ejemplos reunidos por Campos, de los albores del siglo XIX:
La noche del martes 1º de octubre de 1805 se representó en el Coliseo de
México la comedia La holandesa, con intermedios de cantado y
representado, el día 3 la comedia El caldero de San Germán,
con canto y baile; al día siguiente se dio una folla,2 la
cual incluyó, entre otras cosas, unas boleras con acompañamiento de trompa,
un concierto de violín y un “baile grande”, etc.3 En
fin, podemos verificar que no solamente los fines de semana, sino
prácticamente todos los días había música en el enorme recinto, lo cual no
es tan habitual en los teatros del interior.

En cuanto a la
calidad de dichas funciones, obviamente no podemos dar un juicio en lo que
se refiere a la perfección de las ejecuciones musicales, pero los hechos
registrados esclarecen un buen número de solistas, lo cual nos da un
indicio. En los teatros del interior, no hay tales audiciones ni
periódicamente ni con el número de músicos observados en el dichoso coliseo.
Si hojeamos
los periódicos mexicanos del siglo XIX, descubriremos que la Ciudad de
México tiene la preponderancia sobre todas las metrópolis de la república en
materia de espectáculos artísticos. Solamente hay que mencionar que hacia
1753 la capital contaba ya con un Coliseo viejo y un Coliseo nuevo.4 Pero
no es todo: en el Archivo General de la Nación se localiza un manuscrito que
demuestra el monopolio de la capital mexicana sobre el teatro desde tiempos
coloniales: “Esta capital tiene privilegio de tal, o corte para traer a este
teatro las habilidades que en los demás del reyno se hallen”.5
No obstante,
la ciudad de Zacatecas también tenía una interesante vida cultural. Prueba
de ello son los anuncios que aparecen en los rotativos comunicando las más
variadas veladas artísticas, literarias y musicales. La Compañía de Ópera
Italiana fue invitada regular de la capital zacatecana durante la década de
1850, ofreciendo siempre temporadas de conciertos que podían extenderse por
varias semanas.6
Así mismo,
podemos ver frecuentes avisos donde un músico ofrece clases de piano, canto
o música en general. La frase “Lecciones de piano” se aprecia en un pequeño
anuncio de El Defensor de la Constitución: “Edmundo Castro ofrece los
trabajos de su profesión, como también toda clase de compostura de reloxería
y máquinas de coser.”7 Con
lo cual nos damos cuenta que la ocupación de maestro de música quizá no era,
como en la ciudad de México, del todo apreciada.
A pesar de
todo, el estado de Zacatecas, con las mencionadas restricciones, era modelo
para otros como, por ejemplo, el estado de Nuevo León, ya que al consultar
sus diarios en el Archivo General del Estado, nos percatamos de que los
neoleoneses no gozan de la clase ni cuantía de acontecimientos musicales que
sí disfrutan los zacatecanos.8
Al aire libre
Al mediar el siglo
XIX, como en la actualidad, encontramos habitantes para los que la palabra
teatro es sinónimo de cultura y, por lo tanto, de pavor o aburrimiento.
También es equivalente a burguesía y ostentación de alhajas y tocados y
costosos trapos. Pudiera ser que tengan razón. Sin embargo, no podemos negar
la influencia que el teatro ha tenido para el mundo occidental,
especialmente desde tiempos de la ilustración, ya que el arte que ahí se
presenta no es puro esparcimiento para la comunidad, también es fantasía,
instrucción y moralización. Las candilejas han proporcionado a la sociedad
mexicana un refugio contra la incertidumbre de la vida diaria y, en los
momentos de mayor tensión, se convirtió en un espacio para la evasión de la
desconsoladora realidad cotidiana. Dos ejemplos nos pueden ilustrar la
afirmación anterior: en el año de 1854 la ciudad de México fue asolada por
el colera morbus, sin embargo, los periódicos recibieron orden de
siquiera mencionar el nombre de la epidemia.9 A
pesar de los fallecimientos, en ese momento actuaban en la capital dos
compañías de ópera que tuvieron fuerte rivalidad, razón por la cual ofrecían
funciones incansablemente. Varios artistas enfermaron por causa de la
epidemia del cólera, y entre los difuntos se contó a la excelsa cantante
Enriqueta Sontag, condesa de Rossi.10 Posteriormente,
durante la intranquila vida cotidiana que generó el segundo imperio, las
compañías de los teatros capitalinos continuaron presentándose.11
Hay que
destacar el hecho de que muchos municipios zacatecanos no contaban con un
teatro propiamente dicho, sin embargo, esto no era un impedimento para ser
testigo de un concierto, una comedia o cualquier tipo de representación
artística. Un corral, la plaza pública o el salón de la iglesia eran sitios
apropiados para el esparcimiento. La Sociedad Filarmónica Pedro Briseño
invitaba por medio de un diario local a una serenata, la cual se ofrecería
“el primer día que la estación lo permita”.12 Diversas
crónicas del siglo XIX nos relatan que no existía la angustia de oír una
ópera o una zarzuela al aire libre,13 tal
como se podía contemplar una pelea de box en un elegante teatro.14
Gracias al
ayuntamiento de la ciudad, desde el año de 1870 los habitantes de la capital
del estado de Zacatecas pudieron deleitarse regularmente escuchando, en los
paseos públicos, los conciertos y serenatas ofrecidos por la banda del
antedicho maestro Fernando Villalpando. Normalmente, cuando otros
compromisos no lo impedían,15 se
presentaban los jueves y domingos, en el Jardín Hidalgo y en la Alameda.
Desde el año de 1877 la agrupación pasó a la nómina del gobierno del estado.16
La Banda del
Estado incluía en sus presentaciones una selección de formas musicales en
boga: fantasías, mazurcas, polkas, marchas y valses de compositores
europeos, como Donizetti, Offenbach y Saint-Saëns. Debemos resaltar que
cuando interpretaban una obra de autor nacional o local, solo incluían en el
programa sus iniciales, por ejemplo F. V. (sospechamos que se trata de
Fernando Villalpando), ó J. A. (Jesús Alejandri), con lo cual deducimos la
mayor jerarquía concedida a la música europea.
Este hecho se
hace notar en la comedia de Fernando Calderón A ninguna de las tres,
donde el engreído personaje de Carlos, a quien “todo lo nuestro le
disgusta”, glorifica la música italiana y el idioma “universal” en el que se
escriben las óperas:
¡Cuánto me agrada Rossini!
Pero es más tierno Bellini,
más “tocante”: yo vi en Roma,
no, no en Roma, fue en Milán,
vi “Pirata” ...
Pero nada como “Norma” ¡qué belleza!
Habla allí
naturaleza.17
Finalmente, podemos
mencionar una deliciosa narración zacatecana de la época, que describe el
ámbito de estos originales conciertos y su estimación entre las diversas
clases sociales: “Serenata que se verificó la noche del domingo en el jardín
Hidalgo. Una selecta y numerosa concurrencia llenaba las avenidas del
favorito paseo y una infinidad de farolitos venecianos le comunicaban un
aspecto fantástico”.18
Los toros: fanáticos y adversarios
Una diversión
pública muy gustada desde la época colonial fue la fiesta brava. Fue tal su
significación, que la primera corrida de toros realizada en la Nueva España
se dio el 13 de agosto de 1529, para celebrar el aniversario de la caída de
México-Tenochtitlán, y se instituyó anualmente para celebrar a San Hipólito,
“en cuyo día se ganó la ciudad”.19 Sin
embargo, la “fiesta” fue perdiendo su “función política de legitimación del
orden estamentario”20 y
fue vista con desagrado por los ilustrados del siglo XVIII. A pesar de los
esfuerzos de varios gobernantes, entre los que se encontraban los virreyes
Bucareli o Mayorga, esta sangrienta diversión jamás pudo prohibirse en la
capital de la república, debido a los beneficios que significaban para el
real erario.21
Sin tener en
cuenta estas ganancias, Felipe Cleere, el primer intendente de la ciudad de
Zacatecas, privó a los ciudadanos de corridas de toros durante su gestión,
que ejerció de 1789 a 1794.22 Después
de la independencia, los ilustrados síndicos del ayuntamiento de la capital
del estado vuelven a la carga en contra de tan inconveniente recreación,
prohibiendo en 1831 las corridas de toros cuando menos durante los
siguientes nueve años, a pesar de los esfuerzos de varios ciudadanos por
evitarlo.23 No
fue sino hasta 1888 cuando el ayuntamiento de la capital expidió un
reglamento para dicha “fiesta”, en el cual prohíbe el toro “embolado”, sacar
convites de toros, y el perverso uso de las banderillas de fuego.24
Esparcimientos
provechosos
Regresemos al
problema del analfabetismo durante la decimonovena centuria. Hemos
mencionado las impresionantes cifras que existen después de la lucha por la
independencia. La situación no había mejorado gran cosa en 1895, pues el
primer censo realizado con los controles “científicos” arroja un raquítico
porcentaje del 17.9% de mexicanos que saben leer.25 Pero
debemos matizar estos gélidos números. Si bien es una realidad que solamente
una “élite cultural” podía leer, también existen referencias que revelan un
generalizado uso de la lectura en voz alta para el goce colectivo.26 De
hecho, esta práctica no se debía tanto al analfabetismo, sino que era un
antiguo hábito multisecular.27
Jorge Manjarez,
corresponsal en Guadalajara de don Vicente Riva Palacio, le informa cómo un
grupo de personas, incluidos niños, se sientan en círculo durante las noches
para escuchar la lectura de la novela Calvario y Tabor.28
Un obstáculo
para la lectura fue el precio y las dificultades para conseguir libros, pero
A donde el
libro no penetra nunca llega el periódico; y a donde el periódico no
llega, circula el folleto... tiendas portátiles, talleres, huertas,
hogares, veladoras, taburetes, por donde quiera se encuentra... letrados y
no letrados, viejos, jóvenes, hombres y mujeres, de cualquier opinión y
estado, lo pasan de mano en mano y lo devoran. En menos de una semana,
hojeado, roto, ennegrecido, gastado por el dedo pulgar, ha dado vuelta...29
Esta
revelación nos puede sorprender, sobre todo si nos impresiona la
avasalladora cantidad de información que difunden en nuestros días los
medios masivos de comunicación. Pero será más asombroso conocer otro medio
de difusión de ideas y noticias con el que se contaba durante el siglo XIX,
ya que desde los albores de esta centuria “los predicadores utilizaron el
púlpito sagrado para entrar en abiertas disputas sobre el movimiento
insurgente.”30 Todo
esto nos da una idea clara de cómo se “traducía” una cultura “letrada” para
ser presentada y juzgada por el público.
La prensa
Poco tiempo
después de finalizar la conmoción que causó la guerra de independencia, los
estados mexicanos “libres y soberanos” comenzaron a publicar sus diarios
oficiales. Algunos incidentes concretos acapararon inicialmente la atención
de los lectores, como la disputa por la supremacía política de la joven
república, las referencias de invasiones extranjeras o la vetusta
inseguridad de los caminos. Sin embargo, gradualmente estas publicaciones
fueron percatándose de su actuación como difusores de una cultura, o
como se diría en ese momento, pregoneros de una
ilustración.
Si hablamos de
aprendizaje y entretenimiento estamos hablando, sin duda, de la lectura de
periódicos durante el siglo XIX. Los habitantes de Zacatecas la practicaban
de buena gana. Solo tenemos que hacer un repaso de las gacetas que se
leyeron en el estado: El Periódico y el Diario Oficial del
Gobierno del Estado, El Defensor de la Constitución, El
Defensor de la Reforma, El Correo de Zacatecas, El Correo Municipal,
Crónica Municipal, El Jornalero, La Abeja Zacatecana, El Liberal, etc.
También es notable el número de rotativos que vieron la luz en municipios
apartados de la capital del estado: El Amigo del Pueblo y El
Bromista en Pinos, La Antorcha Evangelista en Villa de Cos, El
Espectro de Tlaltenango, y El Colibrí en Fresnillo, entre
muchos otros.31
Además, los
más importantes diarios y revistas literarias a nivel nacional circulaban en
el estado gracias a las suscripciones: como muestra podemos mencionar que
Zacatecas ocupa el cuarto lugar nacional en número de suscriptores de La
semana de las señoritas mexicanas en 1852.32 Los
zacatecanos también sabían leer música, y eran asiduos compradores de
partituras. La obra del título abultado: Gran pieza histórica de los
últimos gloriosos sucesos de la guerra de independencia, para piano,
compuesta por Don José Antonio Gómez, fue publicada por Ignacio Cumplido en
veinte entregas, mediante suscripción, y adquirida en varios hogares de
Zacatecas.33 Igualmente,
el diario local El Liberal, insertó por entregas y “como obsequio a
sus lectoras” los curiosos Consejos a los músicos de Roberto Schumann,
traducidos por el propio periódico.34
Habitualmente
se encuentra en los diarios del período, ingeniosos y llamativos rótulos
usados para vender libros de rimas o novelas por entregas. También es
rutinario encontrar en los periódicos de mediados del siglo XIX y primeros
años del XX, comentarios y notas de nuestra historia nacional, biografías de
personajes ilustres y fragmentos de obras literarias escritas por
distinguidos autores universales y regionales. Y no faltan los informes de
crueldades cometidas, sobre todo, por indios en Sonora, Coahuila y Texas.
Además,
existen algunas inclementes críticas de distintos eventos teatrales y
sociales, lo cual nos habla de un buen conocimiento artístico. A pesar de
que firma su artículo como amateur, lo cierto es que este criticón
conoce a fondo los pormenores musicales, tal como lo vemos en este fragmento
de su atiborrada reseña:
La noche del jueves
se puso en escena Carmen en el Teatro del Mercado. La Sra. Navarro (Carmen)
cantó mejor que cuando acomete los papeles de soprano ligero, aunque a veces
no encontraba la entonación... La srita. Gutiérrez bien, dentro de sus
facultades... Vargas hizo Escamillo. Cantó mal como siempre. La misma voz
estridente, la misma emisión abierta en demasía en el registro medio y muy
cerrada en el agudo, el mismo pésimo fraseo... Tuvo una ovación en el
segundo acto: sea por Dios... El conjunto fue malo... la mitad de la
orquesta ejecutando una cosa y la otra mitad otra... Aquello fue una torre
de Babel... Mintió José cuando dijo que él había asesinado a Carmen: muchos
tomaron parte en el crimen.35
Los expertos
en las artes escénicas nos han dejado una notable cantidad de crónicas del
teatro en toda la región, lo que revela que su público tenía cierta idea de
lo que leían. El Teatro Degollado, en Jalisco, tenía veladas regulares de
alto nivel, y los críticos locales no se quedaban callados, exigiendo
funciones dignas para su comarca y reivindicando a la provincia:
... La Dama de las
Camelias de Dumas, disfrazada con las sonoras armonías de Verdi, cuya música
trae al mar traer los organillos de barrio [sic], cumpliendo una misión
más destructora que educadora, siempre oída con gusto por cierta parte
del público aficionado a las fioritturas y a los pasajes románticos donde la
protagonista muere siempre en el suelo. La compañía de la Tetrazzini...
ojalá que cuando vuelva, si es que vuelve, la veamos más completa y más
digna de la fama que se ha ganado por otros lugares de la república.36
Los
espectáculos de regular o infame calidad tampoco se libraban de la
desaprobación en la región noreste del país, como lo vemos en esta jovial
diatriba:
El jueves por la
noche asistimos a la representación del drama en tres actos de Luis Mariano
de Lara “Proverbios de Salomón o la oración de la tarde”; cuyo título es tan
oportuno como si dijéramos: “El peñón de Gibraltar o El buey solo bien se
lame...” preciso es confesar que nuestra esperanzas quedaron enteramente
burladas, no solo en cuanto al mérito de dicho drama, sino a su
representación por los actores... verdad es que nuestra población todavía no
puede recompensar dignamente los trabajos de un Talma o de un Maiquez, pero
a lo menos espera que no se le embauque...37
Finalmente,
nos percatamos que incluso el respetable no escapaba al agudo juicio
de los periodistas, aunque seguramente éste aficionado exagere la
nota:
Pues señores, los
ilustres zacatecanos somos incomprensibles. Carecemos de espectáculos, no
quiere visitarnos ninguna compañía porque nuestra cultura nos impide
pagarlas y creemos que alguien tiene la culpa de lo que es resultado de
nuestra envejecida educación, de nuestro inconcebible atraso... si es Maggi
el que tiene el heroísmo de visitarnos, no le vamos a ver porque habla en
italiano. Si la ópera, porque cobra demasiado... y si usted, encantadora
Virginia [Fábregas] porque... ¡habla usted en español!38
Para cerrar
podemos detallar que hay una gran diferencia entre los rotativos oficiales y
los independientes, estos últimos cuidaban más la calidad del formato y
confeccionaban sus anuncios con prodigiosa imaginación. No obstante, eran
frecuentemente criticados por tener algo de gubernamentales. Los periódicos
oficiales, por su parte, incluían modificaciones a leyes estatales, edictos
y todo tipo de publicidad. Unos y otros normalmente se contentaban con un
tiraje de dos o tres días a la semana.
Folletos y
calendarios
Muy gustados por la
multitud eran los calendarios, como el que presentó en Zacatecas, para el
año de 1865, don Homobono Redondo, a beneficio de Isidoro Maiquez, primer
actor, bailarín y director de la compañía dramática. El almanaque contiene
fechas y programas de diversos acontecimientos teatrales para ese año. De la
misma forma, se incluyen varios poemas, como el dedicado al Sr. Maiquez :
Isidoro Maiquez,
Casado y no mal parecido
Y natural de la tierra
Que es patria de aquel que haya nacido
De este teatro actor y por más señas
De carácter jocoso alias gracioso
Con respeto pagado y no debido
A vuesencia espone lo que a la letra copio;
Que el jueves 23 del mes presente
Hará su beneficio y deseoso
De que tan buena y esplendente fiesta
No carezca de gente y alborozo
Pide, ruega, reclama y solicita
Vuestro sublime y esplendente apoyo.
Ya sabe V. que el pueblo de Zacatecas
A mas de complaciente, es generoso;
Si vuesencia me protege, estoy seguro
Que acudirán al
teatro hasta los sordos…39
Éste Isidoro
Maiquez era un actor y bailarín mexicano, homónimo del gran actor español
que revolucionó el arte escénico y la declamación en su país desde las
primeras décadas del siglo XIX.40
Para no
agobiar al lector con versos, aquí presentamos los últimos, pertenecientes a
otro calendario, editado en la Ciudad de México para el año de 1880; es el
de Doña Caralampia, del cual transcribimos una burlona porción:
El segundo calendario
Con chistes y novilunio
Va a salir el mes de junio
De lo más estrafalario.
Contiene mil travesuras,
Quinientas barbaridades,
Política, variedades
Y también
caricaturas…41
También había
libros con entretenimientos musicales, como el que Juan Buxó y compañía
publicó en folletín, con cincuenta canciones para mezzo-soprano y barítono,42 los
cuales eran recibidos con beneplácito por el público, sobre todo por la
clase media y los acomodados.
Las artes escénicas en la vida cotidiana
Entre los
provechosos entretenimientos hallaremos el baile. El pintor de las
costumbres mexicanas, Don Guillermo Prieto, recuerda que durante su viaje a
Zacatecas presenció un popular jolgorio:
En sus
fandangos, en que el mezcal y el colonche hacían papeles principales, en
que el chito y el sabrosísimo chile verde regocijaban los estómagos y
vigorizaban el baile, el barretero neto, el del calzoncillo blanco y
borrego al cinto, se lucía, alentaba a la bailadora, le ponía su sombrero
en el suelo para que danzase o zapatease en su alrededor y él, puro en
boca, con los ojos entrecerrados, sentado en el suelo... permanecía
arrojando pesos a los pies de la bailadora hasta que se remudaba el
sombrero o descansaba la sílfide... y enviaba a poco una criada... que
recogiese su dinero.43
Por otro lado
hallamos bailes relamidos, como el ofrecido con motivo de la Jamaica
organizada por la junta patriótica, en donde la banda, dirigida por Aurelio
Elías, estrenó las piezas Ilusión y realidad, Todo por ti y Vuelta a la
patria de Genaro Codina.44
No obstante,
ningún pasatiempo mejor que el acariciar –o vapulear, en su caso- un
instrumento musical. El predilecto era el piano, acaso porque, además de
crear música, era un cachivache más entre los enseres para presumir en el
hogar, sin mencionar el prestigio social que otorgaba a su propietario.
Fácilmente comprobamos su dominio con el exceso de avisos periodísticos, en
los cuales se vende un instrumento o se dan lecciones del mismo.
Hacia en el
año de 1879, nos asombramos de encontrar dos afinadores y reparadores de
pianos: Agustín Moreno, con domicilio en la calle de arriba #27 y Eufemio
Gómez, su rival en la calle de abajo #32. Sus respectivos avisos aparecían
en el diario entre la publicidad de la zarzaparrilla “milagrosa, depurativa
y refrescante de la sangre” del Dr. Robinson y el cartel de la pensión de
caballos.45 Y
es precisamente en los decenio de 1870 y 1880 cuando aparecen varios
profesores de piano en Zacatecas, algunos provenientes de Jalisco y
Guanajuato, entre los que destacaron Luis G. Araujo, Edmundo Castro y Pedro
Chávez Aparicio. De la misma forma, el maestro de música inmigrante Torcuato
F. Crosty brindó sus conocimientos aproximadamente desde 1884 a la sociedad
zacatecana, y cuando soñaba regresar a su patria con la “modesta fortuna”
que había reunido, sucumbió por la terrible epidemia que asoló la ciudad en
1893.46
Todavía en las
primeras décadas del siglo XX, don Eugenio del Hoyo recuerda que los
distraídos caminantes percibían las “discretas notas de los
pianos, tan numerosos que en la calle de arriba no había casa en que no se
escuchase su sonido”.47 Esta
música que surgía de los balcones, mezclada con las notas que en el
empedrado producían los organillos o cilindros, deben haber creado un
ambiente de armonía espléndido.

Pero no solo el
piano tenía admiradores, también encontramos un buen número de individuos
que se entretenían con instrumentos de latón, como el armónico de campanas,
la corneta de infantería o la caja de guerra; de madera como el clarinete o
la flauta; y de cuerda, como la guitarra séptima, el arpa de pedales o la
cítara de 30 cuerdas. Algunos de estos instrumentos fueron introducidos en
Zacatecas en 1875, por un tal Timoteo Macías, que se instaló en la calle de
la Merced #7.48 Este
personaje ofrecía también libros y artículos de tlapalería y relojería, con
tan mala estrella que para 1878 declaró la suspensión de pagos a sus
asociados.49
Al curiosear
entre las añejas páginas de los periódicos zacatecanos del siglo XIX y
comienzos del siglo XX, es palpable el refinamiento alcanzado en materia
cultural, educativa y social. Así mismo, es evidente que gracias a los
amarillentos impresos podemos recuperar la cultura y la vida social de un
ciclo trascendental de nuestra historia.
Zacatecas es
un estado que goza de diversiones refinadas, en ese sentido, los territorios
aledaños lo admiran. En el próximo capítulo profundizaremos en la actividad
que los actores y músicos desarrollan en el México decimonónico.
Bibliografía
n 1 Rubén
M. Campos, El folklore musical de las ciudades, México, SEP,
1930, p.p. 15-93.
n 2 Mezcla
de números musicales, bailes y comedias.
n 3 Campos,
Op.cit., p. 15.
n 4 Olavarría
y Ferrari, Op.cit., p. 23.
n 5 Mencionado
en Maya Ramos Smith, La danza en México durante la época colonial,
México, CONACULTA, 1990, p. 86.
n 6 AHEZ,
f. Ayuntamiento, s. Diversiones públicas, 1852-1857.
n 7 El
Defensor de la Constitución, Periódico oficial del Gobierno del Estado de
Zacatecas, 23 de enero de 1879.
n 8 Archivo
General del Estado de Nuevo León, Periódico Oficial en microfilm, 1826-1900.
n 9 Olavarría
y Ferrari, Op.cit., p.563.
n 10 Ibidem.
pp. 560-569.
n 11 Ibidem.
pp. 708-709.
n 12 El
Defensor de la Constitución, Periódico Oficial del Gobierno del Estado de
Zacatecas, sábado 3 de febrero de 1877.
n 13 La
Marquesa Calderón de la Barca fue invitada a presenciar en Izúcar de
Matamoros, Puebla, en el año de 1841, una representación de El Barbero de
Sevilla, al aire libre y bajo un árbol.
n 14 Como
aconteció en el Teatro Calderón durante los primeros años del siglo XX.
n 15 “La
jefatura política solicita al maestro Villalpando que su banda no falte en
los paseos públicos…” El maestro responde que faltan a su compromiso porque
el subsidio no les alcanza a los músicos ni para comprar su uniforme, por lo
que tienen que ofrecer audiciones en otros lugares. AHEZ, f. Ayuntamiento,
s. Diversiones públicas. Diciembre de 1885.
n 16 El
Defensor de la Constitución, Periódico Oficial del Gobierno del Estado de
Zacatecas, martes 6 de febrero de 1877.
n 17 Calderón,
Op.cit., p. 11.
n 18 El
Defensor de la Constitución, Periódico Oficial del Gobierno del Estado de
Zacatecas, 24 de septiembre de 1890.
n 19 Juan
Pedro Viqueira Albán, ¿Relajados o reprimidos?, Diversiones públicas y
vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces,
México, FCE, 1987, p. 34.
n 20 Ibidem.
p. 39.
n 21 Ibidem.
p. 45.
n 22 Lidia
Medina Lozano, Las diversiones en nuestra señora de los Zacatecas,
1785-1796, Tesis inédita de licenciatura en historia, Zacatecas, UAZ,
1998, pp. 45-50.
n 23 AHEZ,
f. Festividades, ss. Remate de toros y gallos, 6 de septiembre de 1831.
n 24 AHEZ,
f. Ayuntamiento, s. Documentos y bandos, reglamento de toros, 1888.
n 25 Ortiz
Monasterio, Op.cit., p. 425.
n 26 Alfonso
Rodríguez Arias, Del Águila Mexicana a La Camelia: revistas de
instrucción y entretenimiento. La presencia de la mujer mexicana como
lectora, en Empresa y cultura en tinta y papel (1800-1860), Laura
Beatriz Suárez de la Torre (coord.), México, Instituto Mora-UNAM, 2001, pp.
364-365.
n 27 Margit
Frenk, De la letra a la voz, en Historias 31, México, INAH, octubre
1993-marzo 1994, p. 58.
n 28 Mencionado
en José Ortiz Monasterio, Op.cit., pp. 426-427.
n 29 Timón
[Cormenin], El libro de los oradores, trad. De la 13ª edición
francesa por Don Ruperto Navarro Zamorano, México, Imprenta de Juan R.
Navarro, 1850, p. 93, mencionado en Arturo Soberón Mora, Las armas de la
ilustración: folletos, catecismos, cartillas y diccionarios en la
construcción del México moderno, en Empresa y cultura en tinta y papel
(1800-1860), Laura Beatriz Suárez de la Torre (coord.), México, Instituto
Mora-UNAM, 2001, pp. 432.
n 30 Mariana
Terán Fuentes, Los orígenes de la educación cívica en Zacatecas, en
Entre la tradición y la novedad, La educación y la formación de hombres
“nuevos” en Zacatecas en el siglo XIX, Sonia Pérez Toledo y René Amaro
Peñaflores (coords.), México, UAZ-UAM, 2003, p. 34.
n 31 Rafael
Carrasco Puente, Hemerografía de Zacatecas, 1825-1950, México, SRE,
1951, pp. 3-67.
n 32 Rodríguez
Arias, Op.cit., pp. 368.
n 33 José
Antonio Robles Cahero, Las ediciones de Euterpe: Libros e impresos de
música en México en la primera mitad del siglo XIX, en Empresa y cultura
en tinta y papel (1800-1860), Laura Beatriz Suárez de la Torre (coord.),
México, Instituto Mora-UNAM, 2001, pp. 103-104.
n 34 El
Liberal, año II, núm. 53, domingo 16 de octubre de 1892.
n 35 El
Liberal, año IV, núm. 161, Zacatecas, domingo 21 de abril de 1895.
n 36 Las
cursivas son nuestras, La Gaceta de Guadalajara, domingo 30 de julio de
1905.
n 37 La
Gaceta de Monterrey, domingo 27 de noviembre de 1864.
n 38 El
Liberal, año V, núm. 212, jueves 20 de agosto de 1896.
n 39Zacatecas,
Imprenta de Tostado, 1865.
n 40 Olavarría
y Ferrari, Op.cit., p.211.
n 41El
Defensor de la Constitución, Periódico Oficial del Gobierno del Estado de
Zacatecas, 17 de mayo de 1879.
n 42Ibid.
25 de febrero de 1879.
n 43 Prieto,
Op.cit., p. 206.
n 44Crónica
Municipal, 12 de septiembre de 1901.
n 45 Crónica
Municipal, domingo 9 de noviembre de 1879.
n 46 El
Liberal, año II, núm. 93, lunes 20 de febrero de 1893.
n 47 Eugenio
Del Hoyo, La ciudad en estampas, Zacatecas 1920-1940, México,
SEP-CONACULTA, 3ª ed., 1996, p.28.
n 48Diario
Oficial del Gobierno del Estado de Zacatecas, 25 de enero de 1875.
n 49Periódico
Oficial del Gobierno del Estado de Zacatecas, 1 de febrero de 1879.
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