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HORACIO RANGEL
ORTIZ
Doctor en Derecho. Socio de la firma de especialistas en Derecho
intelectual Uhthoff, Gómez Vega & Uhthoff, S.C. (1987 - ). Profesor
de Derecho intelectual (1982 - ). Presidente de la Asociación
Internacional de Profesores e Investigadores de Propiedad Intelectual ATRIP
(1997-1999). Presidente de la Asociación Mexicana para la Protección de
la Propiedad Intelectual AMPPI (1992-1995). Autor de más de 130
estudios y artículos sobre temas de Derecho intelectual y de la cultura
publicados en revistas jurídicas y culturales que se editan en más de quince
países de América, Europa y Asia. Miembro del Consejo Asesor de la maestría
en Derecho intelectual de la Facultad de Derecho de la Universidad de
Houston. Miembro del Consejo editorial de publicaciones que se editan en
México, Argentina y España. Página académica del autor
www.horaciorangelortiz.org.mx |

La lectura de la
vida y obra de los genios de la composición muestra que ninguno de ellos
tuvo una vida personal que pueda ser propuesta como ejemplo. Trátese
de Mozart, Beethoven o Tchaikowsky --por mencionar sólo tres de los
que sin duda alguna corresponden a la categoría de genios de la
composición--, ninguno podría ser ofrecido como un modelo para nadie en lo
que hace a su vida personal, en contraste con su actuación en el mundo de la
creación musical. A pesar de ello, nadie censura la obra de estos
compositores por razón de su pensamiento o su conducta fuera del ámbito
musical. Tratándose de Richard Wagner (1813-1883), no ocurre lo mismo.
El pensamiento del compositor alemán, con independencia de su producción
operística, ha sido revisado y censurado más que el de ningún otro
compositor, y ello a veces se ha traducido en apartar a ciertos sectores del
público de la obra de Wagner, y en privarlo del hechizo, el encanto y el
deleite que producen en el escuchador y el espectador las óperas de Wagner
como Tannhäuser.
Hay críticas a su
persona que están apoyadas en informaciones sobre la vida del autor
verificadas y comprobadas; otras, están apoyadas en la imaginación y en la
suposición. Aceptado que el texto de los libretos de las óperas de
Wagner con frecuencia incluye material para la especulación, se estima que
ello ocurre en el contexto de la obra, del drama, y no necesariamente como
medio para decir veladamente algo, sino para dar un complemento al regocijo
del espectador. No debiera atribuírsele a la magia de las obras
dramático-musicales, esto es, de la ópera, el papel de medios portadores de
mensajes cifrados, máxime cuando se sabe que en la vida de todos los días el
compositor tenía la costumbre de llamarle a las cosas por su nombre, y que
si tenía que decir algo, lo decía.
Lo
verdaderamente importante de Wagner son sus obras musicales
Admitido que el
conocimiento de la persona de un compositor puede jugar un papel interesante
en la manera como se interpreta y se escucha una obra --por eso se
escriben, se venden, se leen y se disfrutan las biografías de los
compositores--, lo verdaderamente importante de Wagner --o de
cualquier otro compositor-- son sus obras musicales. Desde el punto de
vista de la creación musical, todo lo demás –incluida la vida personal del
compositor-- es accesorio. Es perfectamente comprensible que a
alguien se le dificulte hacer de modo genuino esta distinción, pero el
inmenso goce de las óperas de Wagner justifica enormemente el intento.
En el terreno de los artistas, admirado con las interpretaciones de la
Callas, hace muchos años devoré cuanta biografía sobre ella llegaba a mis
manos, al grado que tanta información sobre el ser humano, más que
contribuir a reafirmar mi admiración por la soprano, conducía a un
camino que estoy seguro hubiera preferido no explorar. Después de esas
lecturas y un proceso de asimilación de las mismas, María Callas siguió
siendo simplemente la más grande de todas las sopranos: nunca antes ni
después hubo o habrá otra María; como artista intérprete, equiparable
a Mozart en el mundo de la composición, pero dejó de ser la diosa que
ocupaba el pedestal donde ciegamente la había colocado. Con todo, la
magia de sus interpretaciones, hoy permanece intacta.
También hay quienes
sugieren a quienes empiezan a disfrutar la fascinación y seducción de la
ópera, apartarse de las óperas del compositor alemán hasta haber alcanzado
un nivel superior de familiaridad con los trabajos dramático-musicales de
otros compositores, supuestamente creadores de obras más accesibles para el
gran público. Aceptada la buena fe de quienes opinan de esta forma,
debo decir que la primera función de ópera a la que asistí en compañía de mi
padre fue Aída, seguramente muy apropiada para un niño de ocho años,
pero creo que no lo hubiera sido menos Tannhäuser, Parsifal o
El holandés errante (cuando era niño, a esta ópera se le conocía como
El buque fantasma, al menos en casa de mis padres y en las clases del
profesor Fernando Cataño). Sé de aficionados cuyo primer
contacto con la ópera fue Wagner.
Mitos y realidades sobre la duración de las óperas de Wagner
A la etiología a
propósito del temor y devoción por las óperas de Wagner hay que agregar el
tiempo de interpretación de las óperas del compositor, algunas de las cuales
– no todas—, alcanzan una duración superior al promedio de una ópera de
Puccini, Verdi, Donizetti, Bellini o Mozart, con las que el gran público
está más familiarizado. A las causas habrá que agregar el hecho que,
de tiempo en tiempo, se escuchan versiones que sostienen que las
óperas de Wagner son muy largas, como si esto fuera la norma, y como si
escuchar Tristán e Isolda o Tannhäuser fuera una tortura, y no
todo lo contrario. En efecto, El anillo de los nibelungos, la
Tetralogía, cuyas cuatro obras monumentales (El oro del Rhin,
La Valkiria, Sigfrido y El ocaso de lo dioses) tiene una duración de
dieciocho horas, y en opinión de su compositor sólo debieron siempre ser
interpretadas juntas, esto es, en cuatro días consecutivos, como lo ha hecho
por varios años la Opera de Seattle en sus temporadas de verano: una
hazaña wagneriana, en palabras del maestro Eduardo Lizalde. Las
demás óperas de Wagner se interpretan en una sesión, algunas de las cuales
pueden durar poco más que el promedio general de las obras de este género de
otros compositores que son más conocidas e incluidas con más frecuencia en
las temporadas lo mismo de Bellas Artes, que del Colón, el Comunale, el
Palais Garnier o el Met, pero nada más. Como sea, la puesta en
práctica de recomendaciones elementales contribuye a disfrutar el
espectáculo, como es no desvelarse la noche anterior, leer como mínimo una
sinopsis con anterioridad a la presentación de la obra e invertir el tiempo
indispensable para ubicar un buen lugar en la sala: por fortuna cada
espectador tiene una concepción diferente de lo que se considera un buen
lugar. En el mundo de los aficionados informales como yo, sólo
unos cuantos --como mi amigo de la adolescencia el distinguido abogado
Pepe Mier--, leen el texto íntegro del libreto horas antes de la
presentación. La duración de la interpretación de algunas de las
operas de Wagner no representa inconveniente alguno para que principiantes y
aficionados se acerquen a ellas, en las circunstancias apropiadas. En
fin, la reverencia hacia las óperas de Wagner es obligada, el miedo no.
 
Tema aparte es el
de las dificultades e implicaciones en torno a la interpretación de los
papeles creados por Wagner para los solistas, quienes tienen reverencia,
respeto y temor por los mismos. Para los tenores que interpretan
papeles de Wagner y que como regla se especializan en Wagner, el fin de la
grandeza y esplendor de sus voces suele llegar antes que si no hubieran
interpretado las obras de este compositor en sus mejores años. Esto se
agrava cuando el tenor optó por especializarse en Wagner en situaciones en
que los papeles interpretados no se adaptaban de modo natural a las
cualidades y alcances de la voz del artista. Son muy pocos los tenores
que interpretan papeles de Wagner y además otros autores. La
preparación y formación para interpretar papeles wagnerianos también es tema
aparte. La soprano Joan Sutherland originalmente estudió para ser una
cantante wagneriana. Más tarde tomó otro camino.
Con independencia
del lugar donde uno se sitúe para acercarse a las óperas de Wagner, o
apartarse de ellas, el hecho es que la complejidad de la mente, la vida y la
obra de este compositor, justifican plenamente la existencia de todo tipo de
versiones sobre el fenómeno wagneriano; y más que versiones, de lo que
se trata realmente es de opiniones que, como todas las opiniones, estamos
obligados a respetar, especialmente cuando tienen algún sustento en grado
que varía de un caso a otro. Cosa muy distinta es acogerse a ellas y
aceptar sus consecuencias como una realidad fáctica inmutable.
Lo anterior sirve
como exordio a un breve comentario sobre Tannhäuser, la ópera de
Wagner de tres actos que se presentó el pasado 14 de diciembre en el Lincoln
Center de Nueva York en una producción de The Metropolitan Opera bajo
la batuta del director inglés Mark Elder.
El
estreno de Tannhäuser: Dresden 1845
El estreno mundial
de Tannhäuser tuvo lugar en Dresden en 1845 actuando como director el
propio compositor. Como ocurría con frecuencia en los estrenos mundiales de
otras obras del siglo XIX, el público que asistió al estreno de
Tannhäuser en Dresden en 1845 –incomprensiblemente— se resistió a dar
manifestaciones públicas de agrado o aprecio por la obra, pero con el paso
de los años el público terminaría por entender y apreciar la obra de Wagner,
y por dispensar esas manifestaciones de complacencia y aprobación que quién
sabe quién o qué le impedía conceder al autor, a los intérpretes,
ejecutantes y productores años atrás. Para el año de 1850 la obra se
incluía como un programa exitoso en Dresden y el resto de Alemania.
De todas las óperas
del compositor alemán, Tannhäuser fue la primera que se presentó en
el continente americano: Nueva York, 1859. En México, la primera
ópera de Wagner que se presentó fue Lohengrin en el año de 1890, y un
año más tarde, Tannhäuser, El holandés errante (El buque fantasma)
y La Valquiria (primer miembro de la Tetralogía El anillo del
nibelungo). Da comienzo de esta manera lo que el maestro Ernesto
de la Peña llama una tradición de representaciones wagnerianas que,
pese a no ser muy frecuentes, orientan el gusto del público de la capital
mexicana hacia otras dimensiones de la música.
La
versión de París de 1861
En ejercicio de los
derechos morales que la incipiente jurisprudencia francesa y alemana
comenzaba a reconocer en el siglo XIX, el autor de Tannhäuser
instrumenta una serie de modificaciones a la obra estrenada en Dresden en
1845, en lo que hoy se conoce como la versión de París de 1861, por
haberse estrenado en esa ciudad poco más de quince años después que el
estreno mundial en Dresden en 1845.
No todos los
cambios de la versión de 1861 fueron instrumentados por iniciativa del
compositor. La versión de 1845 no incluía el ballet que los parisinos
esperaban en el primer acto de toda ópera, así que la versión de 1861
incluye un brevísimo ballet incorporado por el autor, justo al principio del
primer acto sólo para cubrir el expediente, no porque el autor creyese que
la versión original debía incluirlo. En el estreno, al momento en que muchos
miembros del público pasaron a la sala, ya había terminado el ballet.
Para un sector del público de la época, una forma de darse importancia era
llegar tarde al espectáculo, así que todos los que llegaron deliberadamente
tarde no se enteraron que había habido un ballet. El derecho moral,
específicamente el derecho a la integridad de la obra, comenzaba a
reconocerse por los tribunales franceses, de modo que para estar del lado
seguro, la incorporación del ballet requería del consentimiento del autor,
en este caso de un autor ansioso por presentar su primera ópera en París, en
momentos en que el empresario había cancelado un proyecto para presentar
Tristán e Isolda ese mismo año en la misma ciudad. El cambio de
idioma del alemán al francés fue otra modificación diseñada ex profeso para
la producción de París aprobada por el autor. Otros cambios, como la
reaparición de Venus al final del tercer acto, fueron de la cosecha del
autor y no del empresario (un estudio comparativo de las dos versiones
aparece en el tratado de Ernest Newman, The Wagner Operas, mi edición
es de 1991, pero sé que la obra se publicó por primera vez en 1949).
Téngase presente que, en el estreno, la versión de 1861 no fue dirigida por
Wagner, sino por un director mediocre: la aplicación de las reglas de la
Opera de París de aquel tiempo no permitieron la intervención de Wagner en
el estreno de la obra.
La verdad sobre las
modificaciones que Wagner instrumentó en Tannhäuser es que a partir
del día siguiente de su estreno en Dresden en 1845, el autor sometió a la
obra a un proceso permanente de revisión, como no lo hizo con otras de sus
óperas. De hecho, después de la versión de París –realizada ex profeso
para dar gusto al público parisino que no supo apreciarla en toda su
extensión, aunque después lo haría, igual que el resto del mundo--, el
autor publicó otras dos versiones: la de Munich en 1865 y la de Viena
en 1875. A pesar de esta multiplicidad de versiones, en los programas
de mano y la literatura sobre Tannhäuser, suelen distinguirse
únicamente la versión de Dresden de 1845 y la de París de 1861.
La versión que generalmente se escucha en las salas es la de París, pero
traducida de regreso al alemán incluyendo los ajustes de lenguaje
necesarios para hacer compatible el texto en alemán traducido del francés,
con la parte musical, tanto vocal como orquestal, como se presentó en Nueva
York el pasado mes de diciembre; sin embargo, en tiempos recientes (2001)
hay quienes han interpretado y grabado la versión de Dresden de 1845, como
la Staatskapelle Berlin bajo la dirección del director y pianista
Daniel Baremboim nacido en Buenos Aires hijo de padres ruso-judíos, de
nacionalidad israelí, quien además es considerado uno de los grandes
directores de Wagner de nuestro tiempo. Sus grabaciones con la casa
TELDEC incluyen prácticamente toda la producción operística de Wagner: El
holandés herrante (El buque fantasma - 2 CDs), Lohengrin
(3 CDs), Los maestros cantores de Nuremberg (4 CDs),
Parsifal (4 CDs), El anillo de los nibelungos (14 CDs), El oro
del Rhin (2 CDs), La Valkiria (4 CDs), Sigfrido (4 CDs),
El ocaso de los dioses (4 CDs), Tannhäuser (3 CDs), Tristán
e Isolda (4 CDs).
Personajes
En la obra destacan
los siguientes personajes:
Tannhäuser.
Poeta y
cantor del amor. Papel para tenor, interpretado por Peter Seiffert.
Elisabeth.
Dama
enamorada de Tannhäuser. Papel para soprano interpretado por Deborah
Voigt.
Wolfram.
Compañero de canto con quien Tannhäuser debate su amor por Elisabeth.
Papel para barítono interpretado por Thomas Hampson.
Venus.
Diosa del amor, que ha fascinado a Tannhäuser.
Papel
para soprano o mezzosoprano interpretado por la mezzo Michelle DeYoung.
Hermann.
Landgrave de Turingia, señor del Wartburg, castillo donde se
celebran los “combates musicales” de los cantores del amor (Minnesänger).
Papel para bajo interpretado por Kart Moll.

Opera en tres actos.
En el Acto I,
Tannhäuser, seducido y cautivado por Venus, vive con ella los placeres del
amor carnal. Fastidiado de esa vida, Tannhäuser pide su libertad a
Venus quien, después de hacer todo lo necesario para retenerlo, finalmente
accede a la petición de Tannhäuser, y le advierte que si decide partir no
debe volver a Venusberg, la montaña del mal que ella habita. Recobrada
su libertad, Tannhäuser se halla en el campo donde se encuentra con sus
antiguos compañeros de caza también poetas y cantores de la corte de
Hermann, landgrave de Turingia. Wolfram forma parte de ese
grupo, quien lo convence a regresar con ellos al castillo donde se encuentra
Elisabeth sobrina de Hermann, de quien Wolfram sabe que Tannhäuser estuvo
enamorado. La realidad es que Wolfram también está enamorado de
Elisabeth, sin decirlo a Tannhäuser.
En el Acto II
se realiza un concurso entre los poetas cantores Tannhäuser y Wolfram.
Hermann ha ofrecido la mano de su sobrina al vencedor, que Elisabeth
confía sea Tannhäuser, de quien sigue enamorada. El primer turno le
corresponde a Wolfram quien hace una actuación magistral a propósito del
amor puro. Tannhäuser, en vez de competir conforme a lo acordado
arremete verbalmente a Wolfram acusándolo de falso e hipócrita por todas sus
aseveraciones a propósito del amor puro y espiritual. Tannhäuser habla de
los encantos del amor sensual y de sus experiencias en Venusberg.
Elisabeth –y sólo ella— da muestras de simpatía por las palabras de
Tannhäuser, que han sido consideradas como un agravio por el resto de los
presentes. Tannhäuser es expulsado del castillo y condenado a partir a
Roma a obtener el perdón de su pastor (el Papa). Podrá regresar al
castillo cuando tenga la absolución de Roma. Tannhäuser parte con un
grupo de peregrinos que llevaban esa ruta con el mismo propósito.
Ya en el acto
final, el Acto III, regresan los peregrinos confortados por el perdón
que fueron a buscar, pero Tannhäuser no regresa con ellos, lo que provoca
que Elisabeth se retire con tristeza a morir de dolor. Más
adelante Wolfram se topa con un Tannhäuser fatigado y maltratado, quien
confiesa no haber obtenido el perdón del Papa. En respuesta a la
petición, el Papa ha dicho que antes de otorgarle el perdón sería más
factible que brotaran flores de una pieza de madera como su báculo papal.
Tannhäuser se dirige ahora a buscar a Venus quien lo espera con los brazos
abiertos. El regreso con Venus traería consigo la eterna condenación de
Tannhäuser quien jamás podrá librarse de Venus. Wolfram
consigue disuadir a Tannhäuser quien, arrepentido, emprende el camino al
cielo donde se encontrará con su amada Elisabeth, quien ofreció su vida a
Dios a cambio de la salvación de su amado. Aparece un grupo de
peregrinos jóvenes de regreso de Roma con el báculo papal del que han
brotado flores como símbolo de la redención de Tannhäuser a quien el Papa
envía su absolución.
El
libreto de Tannhäuser y las fuentes de inspiración de Wagner.
A diferencia de
otros compositores de óperas que son responsables únicamente de la
composición de la música --en contraste con los textos literarios cuya
autoría corresponde a otra persona--, en el caso de Wagner, él mismo era
autor de música y texto. Estudiosos de esta obra de Wagner muestran
como los textos del libreto de Tannhäuser no tienen como fuente
exclusiva la imaginación del autor, sino que son resultado de las lecturas
del compositor de textos literarios en donde aparecen personajes y escenas
identificados con los personajes y escenas de Tannhäuser en más de un
aspecto. Una de esas fuentes es la colección de historietas de Ernest
Theodor Wilhelm HOFFMANN (Alemania 1776-1822) The Serapion Brethren (Die
Serapionsbrüder o Los hermanos Serapien) que incluye una con el título
The Singers’ Contest, lectura común entre los niños alemanes
durante la infancia de Wagner. En esa historia se habla de un concurso
entre cantores, pero ahí no aparece Tannhäuser. En un cuento publicado
por Jacob y Wilhelm Grima en la obra Deutsche Sagen (1816-18) aparece
un personaje identificado como el noble Tannhäuser, un gran viajero
que se ha involucrado con Venus que habita una montaña de mala reputación.
Igual que en la ópera, cuando el Tannhäuser del cuento quiere partir, Venus
hace todo lo necesario para retenerlo, pero finalmente consigue su libertad
invocando a la Virgen. Arrepentido, Tannhäuser viaja a Roma en busca
del perdón del Papa. El Papa niega el perdón argumentando que sería
más fácil que brotaran hojas verdes de su báculo papel de madera, antes que
Tannhäuser pudiera recibir el perdón. En el cuento, Tannhäuser se
aleja de Roma y vuelve con Venus quien lo recibe y lo acoge de regreso, pero
al tercer día milagrosamente salen hojas verdes del báculo de madera del
Papa. Cuando el Papa envía a sus mensajeros en busca de Tannhäuser, ya
es muy tarde pues al haber regresado a la montaña encantada, ahí deberá
permanecer hasta el Día del Juicio cuando Dios lo enviará a otro sitio.
Seguramente impactado por el desenlace final del cuento que con toda
probabilidad leyó en su infancia –o en cualquier otro momento de su vida,
antes de escribir Tannhäuser--, Wagner quiso modificar esta fatal
situación del cuento de Jacob y Wilhelm Grima en el que Tannhäuser no se
beneficia de la absolución, y a tales fines Wagner diseña una versión que
permita que Tannhäuser se beneficie de manera oportuna del perdón:
Wagner le concede a Tannhäuser el perdón en condiciones que no le
fueron obsequiadas por Jacob y Wilhelm Grima. En el libreto de
Tannhäuser, Wagner quiso ver la vida de otra forma: creyendo en la
redención y en la oportunidad y puntualidad del perdón, siempre que haya
arrepentimiento sincero de quien ha de ser absuelto de una falta. El
perdón en circunstancias diversas, e.g., las de los autores Jacob y
Wilhelm Grima, no es perdón. Wagner cambia, a su manera, el destino
que Jacob y Wilhelm Grima le asignaron años atrás al noble
Tannhäuser.
En el libreto de
Wagner, hay una combinación de las historias de Hoffmann por un lado, y de
Jacob y Wilhelm Grima por otro, evidentemente modificadas al gusto del
compositor, y además todo lo que el propio Wagner introduce en el libreto de
su propia inspiración con independencia de los textos de estos autores, cuyo
origen no pudo ser otra que la compleja y fascinante imaginación de este
excepcional músico.
Los
mensajes contenidos en el libreto
Los mensajes y
pensamientos contenidos en el libreto de la obra son fuente de reflexiones
tan interesantes como entretenidas, que provocan divertidas --y a
veces también formativas-- discusiones entre contertulios de ópera,
que pueden prolongarse varias horas después del espectáculo, hasta que el
mesero coloca en la mesa una cuenta aún no pedida. Esas reflexiones
han sido materia de interesantísimas discusiones encabezadas por las que
aparecen en la obra de Ernest Newman, seguramente el más importante de los
estudiosos de las óperas de Wagner. Pero ese tema será para otra
ocasión. Sólo una observación a propósito de una referencia muy
propagada en torno a lo que simbolizan Venus y Elisabeth.

Muy difundida es la
versión que entiende que, en el drama, Tannhäuser se encuentra entre dos
polos: el del amor carnal representado por Venus y el amor espiritual,
por Elisabeth. Admitido que Venus representa sólo el amor
sensual, la realidad de las cosas es que Elisabeth simboliza mucho más que
el amor espiritual en oposición al sensual. Elisabeth encarna el amor
integral: el amor espiritual no es integral. Elisabeth no solo no
repudia el amor carnal, sino que abiertamente expresa comprender las
circunstancias en las cuales Tannhäuser vive el amor sensual, víctima de la
magia de Venus. En definitiva, Elisabeth acoge con comprensión y hasta
con simpatía las palabras de Tannhäuser que han sido censuradas por los
presentes. Esta escena del segundo acto con frecuencia pasa
desapercibida para los comentaristas que insisten en hablar de dos polos.
Venus y Elisabeth personifican dos mundos distintos, no
necesariamente polos opuestos. Con independencia de lo
que simbolizan o no Venus y Elisabeth, en rigor, Tannhäuser nunca es
presentado ante una disyuntiva, sino ante situaciones distintas de la vida.
Esto es, en ningún momento Tannhäuser se encuentra en una situación de
elección entre un supuesto polo y otro; cuando se encuentra con cada uno de
ellos, es porque es llevado por las circunstancias, más que por lo que
podríamos llamar una elección en el más estricto sentido del vocablo. Las
reflexiones propias de una elección surgen después que Tannhäuser se sitúa
ante cada uno de esos dos mundos distintos.
La cuestión de las
distintas categorías y calidades en materia amorosa capturó la atención de
Wagner toda su vida. Aunque en un contexto que poco o nada tiene que
ver con Tannhäuser, Wagner volvería a hacer evidentes estas
distinciones en posteriores obras como la Tetralogía, específicamente
en El oro del Rhin, en donde aparecen dos personajes que encarnan
distintas expresiones del amor: Fricka, diosa del amor y del
matrimonio --o del amor conyugal-- por un lado, y su hermana Freia, diosa
del amor --no precisamente o no necesariamente conyugal-- por otro.
No hay que
profundizar mucho en la vida personal del compositor para sospechar que sus
vivencias –y carencias-- personales le permitieron experimentar en carne
propia ---a veces de manera sucesiva, a veces simultánea--, distintas
manifestaciones del amor como el de su primera esposa Minna, que vivía más
preocupada por las implicaciones financieras inherentes a sus caprichos que
por lo que hacía o dejaba de hacer su compañero de vida en materia de
creación musical, compañero a quien dejó en más de una ocasión por un
amante; o el de su segunda esposa Cosima, hija ilegítima de Liszt, a
quien conoce cuando ella es esposa de su discípulo Hans von Bülow, director
en el estreno de Tristán e Isolda. Cosima deja a Hans von Bülow
en momentos en que ya era la madre de dos hijas de Wagner (Isolde y
Eva, después vendría Sigfrido, también compositor de óperas) a quien
acompaña los últimos 18 años de su vida. Antes de involucrarse e
instalarse con Cosima --depués de la muerte de Minna--, Wagner se enamora de
Mathilde Wesendonck, esposa del banquero Otto Wesendonck, a quien le dedica
una sonata. El amor y el desamor –espiritual y sensual-- están
presentes en la vida y la obra del ser humano y del compositor.
Las
interpretaciones
Suficiente por el
autor y la obra; ahora dos palabras a propósito de los titulares de los
derechos conexos, quienes hacen posible que la obra escrita hace 160 años
tenga vida y pueda gozarse inmensamente en vivo o en grabaciones al día de
hoy. Me refiero específicamente a los artistas intérpretes
responsables de la re-creación de la obra la noche del 14 de
diciembre de 2004.
Muy elogiada fue la
soprano estadounidense Deborah Voigt en el carismático papel de Elisabeth,
quien hizo su debut en el Met en 1991 y es bien conocida del público
neoyorquino. Igualmente generoso fue el reconocimiento del público a
la interpretación del tenor alemán Peter Seiffert, quien hacía su debut en
el Met en el papel protagónico de Tannhäuser. El grueso del público
correspondió benignamente pero de manera calibrada las actuaciones del bajo
Kart Moll --veterano del Met—en el papel de Hermann, y de la mezzo
estadounidense Michelle de Young, en el papel de Venus. Ambos
recibieron un reconocimiento benigno pero moderado, quizá más moderado de lo
pertinente, probablemente por que su presencia en el escenario –y el trabajo
preparatorios implícito-- es en tiempos más reducidos que la soprano y el
tenor que interpretaron Venus y Tannhäuser, pero no la calidad y belleza de
sus interpretaciones. Admitido que las elogiadas
interpretaciones de la soprano y el tenor pueden considerarse técnicamente
irreprochables, las actuaciones de la mezzo Deborah Voigt en el papel de
Venus y del bajo Kurt Moll en el papel de Hermann –con voz enorme y timbre
excepcional— en términos generales en mi opinión fueron superiores, cuando
menos en el aspecto vocal. La dirección del maestro Mark Elder, otro
veterano del foso del Met, fue precisa, emotiva pero sin exuberancias,
reconocida por público y músicos con justicia. Tema de otro comentario sería
la espectacular escenografía; espectacular para estándares de producciones
lo mismo de Ciudad de México y Buenos Aires, que de Praga, Florencia, París
o Tokio.
Post scriptum:
Ya en el interior,
con boletos en mano, minutos antes que se permitiera el ingreso a los pisos,
el caballero que se encontraba a mi lado –un cincuentón visiblemente
veterano del Met, de esos que prefieren ir solos antes que exponerse a que
la esposa les estropee la velada o que en el momento menos esperado les
cobre el favor-- me hizo un comentario alusivo a la obra, y así
empezó una charla breve, pero muy sabrosa. Como ninguno de los dos
había adoptado una de las típicas actitudes de algunos que van a la ópera a
todo menos a disfrutarla, la charla nos llevó a hablar de cosas tan frívolas
y tan sabrosas como su primer contacto con Tannhäuser, que además fue
su primera experiencia en el mundo de la ópera, justamente como estudiante
universitario: en el dormitorio contiguo se escuchaba una bellísima música
de un género desconocido para él; a la pregunta de qué era lo que escuchaba,
la contestación de su vecino fue simplemente Tannhäuser, lo que dejó
a mi compañero de fila en este efímero encuentro, exactamente en las mismas,
hasta que el vecino le dijo con más detalle de qué se trataba. La
reacción del camarada de fila fue sencillamente: Is this opera??!!
Desde entonces, él es aficionado a la ópera. La fila ya se movía
cuando el colega neoyorquino (con portafolio en mano y gruesa gabardina)
escuchaba de mi boca decir que por fortuna su vecino de dormitorio no se
refirió a esa ópera como un drama --como ambos recordamos que Wagner
quería que le llamaran a sus óperas-- porque todo se hubiera complicado
inútilmente y quizá él no estaría ahí esa noche; en eso llegó el momento de
entregar mi boleto y el de mi distinguida acompañante, hechizada desde años
atrás con la producción operística de Wagner --hechizadora también:
ella me obsequió una grabación de la práctica totalidad de las óperas de
Wagner de su colección personal de CDs-- como condición para acceder a la
sala donde se disfrutan algunos de los más grandes ratos de vagancia en la
Ciudad de Nueva York. Coincidentemente, tanto el colega como nosotros,
teníamos boletos para el primer balcón --donde están los mejores lugares, no
los más caros—, pero en direcciones opuestas. Nos despedimos del
colega neoyorquino con lo que parecía un obligado nice talking to you:
nice talking to you too que los buenos modales ordenan, pero en esta
ocasión sé que estas frases recobraron momentáneamente su sentido original.
Post post scriptum.
A propósito de la
expresión dramas preferida por Wagner para llamarle a sus óperas, mi
profesor de derecho de autor en The George Washington University
(1980-1981), el gran Waldo Moore, seguramente hubiera sugerido el uso de la
expresión obras dramático-musicales, que era la que se
utilizaba en las discusiones de su curso para referirse a estas creaciones
del intelecto,
Bibliografía
n Conversaciones de
Horacio Rangel Ortiz con su profesor y guía Miguel Villoro Toranzo (1920-
1990): melómano, soldado de Jesús, jurista, filósofo, teólogo,
tratadista, profesor, erudito y amigo muy querido de David Rangel Medina
(1919-2003), padre del autor, en los pasillos de la Universidad
Iberoamericana en Cerro de las Torres y en la sala de la residencia de la
Compañía de Jesús en Coyoacán, al sur de Ciudad de México.
n ALIER Roger,
Tannhäuser en: Guía Universal de la Opera, Tomo II, Ediciones
Robinbook, s.l. Barcelona 2001, pp. 482 et seq.
n ASHMAN Mike,
This cursed Tannhäuser business en: Richard Wagner, TANNHÄUSER,
Daniel Barenboim, Chor des Deutschen Staatsoper Berlin StaatskapelleBerlin,
Christian Müller-Alfred Clayton 2001, pp 17 et seq.
n BARQUET Nicolás,
Tannhäuser en: Operas Famosas. Cronología, argumentos y reparto,
Editorial Juventud, Barcelona, 1995, pp. 303 et seq.
n CATAÑO Fernando y
CARRILLO Paz, Nociones generales del contrapunto y la armonía en:
Temas de cultura musical, editorial Trillas, S.A. México 1968, pp. 61
et seq.
n CATAÑO Fernando y
CARRILLO Paz, Wagner en: Temas de cultura musical, editorial
Trillas, S.A. México 1968, pp. 86 et seq.
n DE LA PEÑA Ernesto,
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