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HÉCTOR ROBLES
Violoncellista, egresado del Conservatorio Nacional de Música. Director
fundador del Taller de Música México.
Ha sido solista y principal en las más prestigiadas orquestas de México.
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Si me
propusiera enumerar a todas las grandes personalidades del apasionante mundo
de la Música de Concierto que visitaron México durante la última cuarta
parte del siglo XX y que actuaron en los máximos escenarios de la República
Mexicana en ese período, descubriría seguramente que en realidad, sí fue un
importante bloque de destacados virtuosos el que se dejó sentir con todo su
peso específico como artistas en nuestro ambiente cultural, a pesar de que
no se dieron estas visitas ilustres con la frecuencia que el público
melómano mexicano hubiera deseado.

Tan solo
recordaré que, hacia la segunda mitad de los años 70’s, los que en ese
entonces éramos estudiantes de la cátedra de Violoncello en el Conservatorio
Nacional de Música, de la Ciudad de México, tuvimos el gran privilegio de
ver y escuchar en vivo, en el Auditorio “Silvestre Revueltas”, al legendario violoncellista francés Pierre Foumier, uno de los herederos de las glorias
del ilustre catalán Pablo Cassals, hecho que, sin duda, resultó memorable
para la máxima institución de estudios musicales a nivel profesional en
México y que significó, indiscutiblemente, un momento clave en nuestra
historia cultural reciente, el cual, a su vez, dejó marcada para siempre su
huella en aquellos alumnos, quienes tuvimos la invaluable oportunidad de
estar presentes en tan relevante suceso.
Las Suites
de Bach para violoncello solo, en manos del virtuosismo y la excelencia
artística del insigne maestro Fournier, fueron la mejor manera en que
pudimos iniciar en México la lista de visitantes distinguidos en el último
cuarto del Siglo XX.
Por esos años,
vino otra gran violoncellista internacional: la checoslovaca Sara Nelsova,
que impresionó con su majestuosa presencia y su portentoso temperamento
musical, dejando, igualmente, una memoria imborrable en todos aquellos
espectadores que la disfrutamos en la Sala Netzahualcóyotl, del Centro
Cultural Universitario (D.F.), acompañada por la Orquesta Filarmónica de la
UNAM. Nunca olvidaré el gran impacto que causó en mi persona verla entrar al
escenario con su descomunal vestido y su descollante personalidad para
después regodearse en su virtuosismo y ejecutar magistralmente el
Concierto de Elgar.

Poco más tarde,
quién podría olvidar las conmovedoras y emotivas presentaciones, dentro del
Festival Internacional Cervantino, del excepcional pianista argentino
Claudio Arrau, cuyo alarde técnico y profundidad en la interpretación,
mantuvo a muchos de los que estábamos presenciando su actuación, con los
ojos cristalinos bajo una emoción incontenible y dentro de un contexto
escenográfico sencillamente majestuoso, como lo fue el Templo de la
Compañía, en la Ciudad de Guanajuato (Gto.). Recordando al maestro, quedo
convencido de que, muy pocos artistas en la historia de la música, han
logrado conmover al público en la dimensión de un Claudio Arrau, que
pareciera ser de esos elegidos, que están hechos de una madera
verdaderamente muy especial y única, es decir, diferente.
En aquellos
primeros años de la década de los 80', fue invitada a nuestro país la
violoncellista polaco-norteamericana Christine Walewska, quién para mi
gusto, podría ser considerada, junto con la inmensa cellista Jaqueline
Duprée, como una de las más grandes solistas de todos los tiempos, para dar
el primer Curso Magistral Internacional de Violoncello, dentro de las
instalaciones del Conjunto Cultural Ollin Yoliztli (D.F.) en el cual, yo
tuve el gran privilegio de ser considerado por mi entrañable maestro
Leopoldo Téllez para participar como ejecutante y así tener la oportunidad
de vivir la experiencia más trascendental de toda mi carrera, al recibir de
cerca las enseñanzas de una de las más grandes artistas de todo el mundo y,
al mismo tiempo, convivir con mis mejores colegas en la especialidad,
envueltos en un ambiente de altísima competitividad y respeto y bajo una
atmósfera de gran regocijo, por la presencia envolvente y carismática de la
Maestra.
El curso fue,
desde sus inicios, un verdadero suceso cultural que logró congregar a las
más importantes personalidades del mundo del violoncello, tanto del ámbito
docente como estudiantil, en un mismo lugar y compartiendo quince días de un
tren verdaderamente intenso de trabajo, de conocimientos y de aprendizaje,
inspirados todos por la arrolladora personalidad de una gran mujer que
derrochaba talento y capacidad pedagógica, además de una solvencia artística
muy poco usual y un dominio técnico impresionantemente eficiente, que
permitía disfrutar plenamente todo el proceso del Curso.
Una vez
terminado dicho Curso Magistral, que resultó ser un verdadero legado
intelectual para los participantes y un acontecimiento que enriqueció
notablemente el entorno musical en su momento, Christine Walewska continuó
con su agenda de trabajo en México, participando igualmente en el Festival
Internacional Cervantino, que se vistió de manteles largos con los
inolvidables conciertos ofrecidos por ella tanto en el Templo de la
Compañía, en Guanajuato, como en la Sala Ollin Yoliztli, en el Distrito
Federal, quedándonos, a todos los testigos, la impresión de haber entrado en
una dimensión mágica, ante tal portento de ejecuciones artísticas y ante tal
alarde de disciplina profesional y de sentimiento demostrado por «Su
Majestad», la Walewska.
Dicho sea de
paso, una de las discografías más impactantes en toda la historia de la
Música de Concierto grabada, la posee, precisamente, esta gran
violoncellista internacional, en la que se incluyen exclusivamente las obras
más ambiciosas y desafiantes de la literatura violoncellística y que solo
muy pocos violoncellistas escogidos han podido abordar, ya no digamos
grabar.

La visita de
esta clase de luminarias del arte, es un lujo que muy raras ocasiones nos
hemos podido dar en el ambiente cultural en México; lo fue,
indiscutiblemente, la descollante presencia de Christine Walewska entre
nosotros, lo cual- visto desde la óptica lejana del tiempo-, representa un
hecho histórico que cobra más relevancia, al no haberse repetido algo
similar en la última cuarta parte del siglo pasado (XX).
Otra visita,
también memorable para las tierras guanajuatenses, dentro del “Cervantino”
durante la década de los 80’s, tuvo lugar en el hermosísimo Teatro Juárez,
cuando el carismático y célebre director norteamericano Leonard Bernstein
nos “estrujó” al frente de la Orquesta Filarmónica de Israel, dejando bien
claro el efecto longevo y rejuvenecedor que surte en muchos músicos el
dedicarse con honestidad y entrega a las exigencias de la disciplina
profesional de la Música, ya que resultaba asombrosamente vivificante y
aleccionador ver a un señor de avanzada edad, con su melena blanca, blanca y
las huellas del tiempo en el rostro, pegar un brinco de aproximadamente 30
centímetros, en pleno podio y en el momento más crucial de la obra, para.
indicarle, a más de cien músicos, electrizantemente conectados y envueltos
en su energía, el instante preciso donde deberían coincidir para llegar al
gran clímax de la obra y caer todos juntos, creando en el auditorio, un
efecto, como ya lo dije, estrujante e inolvidable.
Ésa era la
personalidad del gran Bernstein, quién, además de imprimir la totalidad de
su energía y de su temperamento artístico a cada interpretación de las obras
monumentales que dirigía, no conforme con ello, era capaz de integrarse
todavía más a la orquesta, como si fuera un elemento más de la sección de
percusiones, haciendo coincidir su “caída”, después de su espectacular
brinco, con el acorde contundente y “escalofriante” del gran tutti
orquestal, logrando un momento que resultó de efecto “demoledor” para
quienes lo presenciamos.
Pocos años
después, lamentablemente falleció el legendario personaje e ilustre Maestro
Bemstein, con quien yo tuve la gran suerte de sostener una breve plática
aquel día en el momento de su acceso al Teatro Juárez, alrededor de una hora
antes de dirigir el concierto anteriormente mencionado y en la que me pude
percatar de su gran calidad humana y de su profunda sencillez, cualidad
propia de ese tipo tan especial y único de seres humanos, superdotados de
talento, pero también superdotados de corazón y de humildad.
Al finalizar
nuestro fugaz encuentro y despedimos, me estrechó con un fuerte abrazo y me
deseó la mejor de las suertes en mi carrera y me bendijo, como si fuera yo
su hijo, detalle que jamás olvidaré y que me hizo sentir francamente
conmovido y agradecido con la vida, además de sinceramente emocionado, por
lo arrollador de su personalidad, de su imagen y de su presencia.
En ese mismo
tenor de personajes, tuvimos el privilegio de recibir, hacia mediados de los
80’s, a la virtuosa cantante neoyorkina Diamanda Galas, quién visitó el
Distrito Federal para proponer un revolucionario y espectacular concepto de
composición musical, eminentemente futurista y sobretodo, en manos de una
cantante como ella, hechizante tanto en su exquisita presencia y
personalidad, como en la magia de sus ejecuciones, en las que
ocasionalmente, surgían una especie de lamentos, con los que lograba
producir acordes de tres y hasta cuatro voces, perfectamente controladas y
emitiendo armonías enigmáticas, que sacudían el alma, y que nos situaban’ a
todos los espectadores, imaginariamente enfrentados a la tragedia de muchos
otros seres humanos, al escuchar esos sonidos que provenían de lo más
profundo de su alma y que, en ocasiones, eran disonancias en segundas y
terceras inversiones de los acordes, cosa que resulta difícil de creer que
un solo ser humano pudiera lograr. Tales eran sus tamaños como ejecutante.

Diamanda Galas
podía lograr ese tipo de efectos ante el público y muchísimos más, porque no
solamente era una voz privilegiada como pocas, sino que demostró ser una
artista auténticamente integral que impactó a los que la disfrutamos actuar,
desde su mágica e inesperada entrada al escenario, caminando desde el
vestíbulo de la sala de concierto de la calle de Dinamarca (Zona Rosa), para
pasar por entre las butacas cantando y sorprendiendo con su embrujo, a los
que nos encontrábamos de pié en nuestras butacas platicando y esperando la
tercera llamada y sin poder creer que una mujer, tan exuberantemente bella,
con una impresionante cabellera negra, un vestuario negro- que la hacía
parecer la más hermosa y misteriosa escultura- y un maquillaje también
negro, cuya extravagancia contrastaba con el fulminante rojo de sus labios,
circulara entre nosotros, produciendo sonidos abrazadores como el fuego y
apoderándose en forma tan inusitada del escenario, con no pocos ni menos
brillantes despliegues coreográficos: el milagro de su “magia”, había
comenzado.
Desde el punto
de vista creativo y estético del concepto artístico propuesto por Diamanda
Galas, se podría decir que ella logró demostrar una originalidad y una
profundidad notablemente inspiradas y un esfuerzo totalmente honesto y
comprometido con la búsqueda de lenguajes innovadores que desafíen la
cultura y el criterio del espectador, porque su espectáculo no solo integra
una evidente concepción histriónica y escenográfica, sino que es, por
excelencia y eminentemente, una prodigiosa demostración de virtuosismo
musical y de apasionada entrega al arte como profesión, razón por la cual
tiene un lugar muy especial para mí en estas humildes reminiscencias.
Otra de esas
afortunadas visitas, que dejaron huella no solo por el portentoso nivel
artístico de sus actuaciones, sino por la importante labor pedagógica que
desarrollaron durante su estancia en nuestras tierras, poco antes de 1985 y
que aportaron un auténtico tesoro de conocimientos a la comunidad musical
profesional lo fue, sin duda, el prestigiado Trío Budapest de Hungría,
integrado por tres auténticos virtuosos de la cuerda: el elegante Ferenc
Kiss de Hungría en el violín, junto con el genial Tivadar Popa, también
húngaro, en la viola y el impactante y talentosísimo alemán Peter Wopke, en
el violoncello, que nos hicieron el honor de venir a dar un extraordinario
Curso Magistral de Música de Cámara en la bellísima Ciudad de San Miguel de
Allende, Guanajuato, en el cual también tuve la oportunidad y la alegría de
participar como ejecutante, precisamente en la época en la que fungía yo
como violoncellista principal adjunto de la Orquesta de Cámara de Bellas
Artes, que brillantemente dirigía el insigne pianista y director mexicano
José Guadalupe Flores, curso que significó otra experiencia trascendental en
mi carrera, definitivamente.
Por otra parte,
el inigualable violoncellista de fama mundial, el húngaro Janos Starker,
también pisó suelo mexicano en esa época, para beneplácito de los amantes
del violoncello y de los que estudiábamos la especialidad en el
Conservatorio y en otras escuelas profesionales de música de la Ciudad de
México.

Su llegada,
para mí, no solo significó la oportunidad de ver en concierto a una de las
leyendas más reconocidas de todos los tiempos, cosa que así sucedió en el
Palacio de las Bellas Artes, sino que, además, volví a tener la fortuna de
que mi maestro, Leopoldo Téllez -quizás el más glorioso violoncellista que
haya dado México-, tuviera nuevamente la deferencia hacia mí de recomendarme
para participar como ejecutante en una clase privada que ofreció el maestro
Starker, para un grupo muy selecto y privilegiado de violoncellistas
mexicanos, la cual se llevó a cabo en una casa de la colonia Hipódromo
Condesa (D.F.).
Ése fue, sin
duda, otro momento clave en mi vida profesional, que me dejó una huella
indeleble, por todo 10 que representaba en mí, como estudiante del
Conservatorio, la pura experiencia de recibir los comentarios y consejos de
una autoridad musical de tal magnitud. .
Por esos mismos
años, México se volvió a engalanar con otro célebre visitante, originario de
Cuba: el fascinante guitarrista y compositor Leo Brower, dueño de una
creatividad y una profundidad envidiables, en cuya obra se puede percibir,
inmejorablemente, toda la más genuina esencia del fino talento caribeño.
Nuevamente, el
Palacio de Bellas Artes se invadió de un encanto sublime y sobrecogedor,
gracias a las pinceladas de inspiración propias de la Música de Concierto
del maravilloso Leo Brower.
Pero, hablando
de autoridades musicales, hay que mencionar, en un lugar muy especial, lo
que yo sin exagerar consideraría como el acontecimiento musical más
trascendental de la segunda mitad del siglo, para el mundo de la composición
contemporánea en nuestro país: me refiero a la presencia en México de quién,
para mi gusto, es uno de los más revolucionarios -en el mejor sentido de la
palabra- y exquisito compositor y director italiano del siglo XX, el maestro
Luciano Berio, una vez más, llegando a enriquecer con su fantasía, el
impresionante abanico artístico del Festival Internacional Cervantino y
bañando de experiencia y de conocimiento, con su finísima música y sus
amenas y edificantes conferencias, a todos los compositores que gozamos del
privilegio de poderlo acompañar y estar cerca de él, en sus emotivas
presentaciones y en sus pláticas, en las cuales, desempeñó el honorable
papel de anfitrión de forma brillante, uno de los pioneros de la música de
vanguardia en México: el connotado compositor mexicano Mario Lavista.
Fueron momentos
cumbres en la historia del Cervantino, por la emotiva y deliciosa vivencia
de escuchar y vibrar con las obras originales del gran Luciano Berio,
dirigidas por él mismo, en vivo y al frente de la Academia Bizantina, una de
las mejores y más finas orquestas de cámara del mundo, logrando transportar,
al público que 10 atestiguábamos, por los confines de su frondosa e
inspirada imaginación, sumergidos todos en un viaje musical inolvidable. Esa
fue la mejor manera de iniciar los 90’s para nuestro ambiente cultural,
indiscutiblemente.
El impacto que
causó en mí, la personalidad y la obra del Maestro Berio fue tal que llegué
a pensar que su música podría constituir las páginas más bellas e
interesantes del acervo musical que se hayan compuesto hacia el final del
segundo milenio, en el terreno de la Música de Cámara.
En esa misma
ocasión, llegó también directamente de Italia al multicitado Festival, un
contrabajista y compositor eminentemente vanguardista, de altísimo calibre y
con una innovadora propuesta creativa, llena de una especie de «locura»
futurista, combinada con el éxtasis de la imaginación: estoy hablando del
sensacional contrabajista y compositor Steffano Scodanibbio; un personaje
que parecía haber salido de un cuento, al subirse al escenario y que
igualmente, dejó fiel constancia de la gran tradición de grandes músicos
italianos que han existido a través de la historia.
Si tuviéramos
que hablar de un concepto auténticamente vanguardista en el arte,
inevitablemente tendríamos que considerar el nombre de Steffano Scodanibbio,
como uno de sus principales representantes, hacia las postrimerías del siglo
XX.
Cabe decir,
como un dato anecdótico y ampliamente recordado por mí, que en esa misma
edición del FIC, yo fui altamente honrado para participar, dentro del Foro
Internacional de Música Contemporánea, con la inclusión del Estreno Mundial
de dos de mis obras de cámara que fueron motivo de un grato y ameno
acercamiento con uno de los más importantes compositores mexicanos de la
segunda mitad del siglo XX: el ilustre Maestro Joaquín Gutiérrez Heras,
precursor y pionero indiscutible del movimiento vanguardista, quién me
felicitó y animó a continuar trabajando, durante una cena esa misma fecha en
el Mesón del Cervantino.

No cabe duda,
de que la última década del siglo fue generosa también en cuanto a la
calidad de los distinguidos artistas que nos visitaron, pues se presentó en
nuestro amado Palacio de Bellas Artes ni más ni menos que el excelso
violoncellista ruso Mitslav Rostropovich, el gran titán de los
violoncellistas a nivel mundial, que cautivó con su virtuosismo, con su
técnica y su sensualidad interpretativa, a todos quienes lo escuchamos en
aquel domingo memorable.
Es muy bien
sabido, dentro del mundo de la música culta, que cualquier elogio que se
emita hacia el quehacer artístico de Mitslav Rostropovich, queda corto, en
relación a su categoría como violoncellista internacional y a su verdadera
jerarquía profesional como director de orquesta, que lo han hecho
mundialmente famoso y que a su vez, le han asegurado desde hace mucho
tiempo, un lugar de privilegio en la historia musical de todas las épocas,
razón por la cual resulta doblemente trascendental que haya actuado en
nuestro país.
Ya perfilados
hacia el final de la década, que coincidió por cierto con el final del siglo
y del milenio, pudimos recibir en nuestros magnos escenarios, a un último e
importantísimo bloque de ilustres solistas internacionales que nos
permitieron cerrar en grande este período histórico de la actividad musical
en México.
Uno de ellos
fue el maravilloso violoncellista de origen chino, aunque nacido en Francia
y mundialmente famoso: el gran Yo Yo Ma, quién, sin temor a equivocarme,
está llamado por la historia para heredar las glorias de los Cassals, los
Fournier, los Starker y los Rostropovich, entre otros, lo cual seguramente
se consolidará en la primera cuarta parte del siglo XXI.
Nuevamente, el
Palacio de Bellas Artes fue el digno escenario que presenció, emocionado, la
maestría y el temperamento de un talento excepcional y finamente cultivado
como el del Maestro Yo Yo Ma, con quién tuve también, por cierto, la alegría
de tener una conversación muy amigable dentro del mismo Palacio, una hora
antes de iniciar su ensayo general, volviendo a corroborar la afabilidad y
sencillez características de éste tipo de personalidades.
Una tercia sin
paralelo en el mundo del “bel canto” nos honró igualmente con su presencia
en las históricas tierras yucatecas de Chichen-Itzá : me estoy refiriendo,
obviamente, al italiano Luciano Pavarotti y a los españoles Plácido Domingo
y José Carreras, quienes con sus privilegiadas voces, inundaron los cielos
Mayas para dejar un recuerdo perenne en nuestro público melómano.
Y, por si fuera
poco brillante el desfile de distinguidos artistas de la Música de
Concierto, que nos permitieron el honor de tenerlos en México, actuando para
numerosos públicos de nuestras bellas ciudades, todavía nos pudimos dar el
lujo de recibir, a manera de colofón espectacular del siglo, al descomunal
gigante del violín, al insuperable judío Itzhak Perlman, quién con el
embrujo de su virtuosismo, bañó con una lluvia de notas sublimes, el
Auditorio Nacional de la Ciudad de México, cerrándose así, de manera por
demás espectacular, la última cuarta parte del siglo XX y dejándonos una
cascada de emotivos recuerdos, cuyo común denominador fue la excelencia
artística y la grandaza como seres humanos de todos a los que hemos traído a
la memoria en éste modesto relato.
Para terminar,
diré solamente que, si bien es cierto que no vivimos en gran cantidad éste
tipo de acontecimientos culturales como el poder estar cerca de los músicos
más grandes de nuestro tiempo y disfrutados actuando en vivo, sí debemos
agradecer que nos hayan escogido entre sus destinos profesionales y valorar,
con toda justicia, el esfuerzo realizado por todos quienes estuvieron
involucrados en tales proyectos y logros. A todos ellos, pero principalmente
a las autoridades culturales mexicanas, mi más sincero reconocimiento como
artista por sus invaluables esfuerzos, mientras que al público melómano que
fue testigo de los hechos, una gran felicitación por haber vivido tan
inolvidables experiencias.
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