Enero-Febrero de 2008, No.10

Publicación bimestral

 


 

Algo sobre música

 

 

Héctor Robles Girón

NÚMERO ACTUAL

ÍNDICE

CURRICULUM DEL AUTOR

 

HÉCTOR ROBLES

Violoncellista, egresado del Conservatorio Nacional de Música. Director fundador del Taller de Música México. Ha sido solista y principal en las más prestigiadas orquestas de México. 

 

Si me propusiera enumerar a todas las grandes personalidades del apasionante mundo de la Música de Concierto que visitaron México durante la última cuarta parte del siglo XX y que actuaron en los máximos escenarios de la República Mexicana en ese período, descubriría seguramente que en realidad, sí fue un importante bloque de destacados virtuosos el que se dejó sentir con todo su peso específico como artistas en nuestro ambiente cultural, a pesar de que no se dieron estas visitas ilustres con la frecuencia que el público melómano mexicano hubiera deseado.

Pierre Fournier

Tan solo recordaré que, hacia la segunda mitad de los años 70’s, los que en ese entonces éramos estudiantes de la cátedra de Violoncello en el Conservatorio Nacional de Música, de la Ciudad de México, tuvimos el gran privilegio de ver y escuchar en vivo, en el Auditorio “Silvestre Revueltas”, al legendario violoncellista francés Pierre Foumier, uno de los herederos de las glorias del ilustre catalán Pablo Cassals, hecho que, sin duda, resultó memorable para la máxima institución de estudios musicales a nivel profesional en México y que significó, indiscutiblemente, un momento clave en nuestra historia cultural reciente, el cual, a su vez, dejó marcada para siempre su huella en aquellos alumnos, quienes tuvimos la invaluable oportunidad de estar presentes en tan relevante suceso.

Las Suites de Bach para violoncello solo, en manos del virtuosismo y la excelencia artística del insigne maestro Fournier, fueron la mejor manera en que pudimos iniciar en México la lista de visitantes distinguidos en el último cuarto del Siglo XX.

Por esos años, vino otra gran violoncellista internacional: la checoslovaca Sara Nelsova, que impresionó con su majestuosa presencia y su portentoso temperamento musical, dejando, igualmente, una memoria imborrable en todos aquellos espectadores que la disfrutamos en la Sala Netzahualcóyotl, del Centro Cultural Universitario (D.F.), acompañada por la Orquesta Filarmónica de la UNAM. Nunca olvidaré el gran impacto que causó en mi persona verla entrar al escenario con su descomunal vestido y su descollante personalidad para después regodearse en su virtuosismo y ejecutar magistralmente el Concierto de Elgar.

Pablo Cassals

Poco más tarde, quién podría olvidar las conmovedoras y emotivas presentaciones, dentro del Festival Internacional Cervantino, del excepcional pianista argentino Claudio Arrau, cuyo alarde técnico y profundidad en la interpretación, mantuvo a muchos de los que estábamos presenciando su actuación, con los ojos cristalinos bajo una emoción incontenible y dentro de un contexto escenográfico sencillamente majestuoso, como lo fue el Templo de la Compañía, en la Ciudad de Guanajuato (Gto.). Recordando al maestro, quedo convencido de que, muy pocos artistas en la historia de la música, han logrado conmover al público en la dimensión de un Claudio Arrau, que pareciera ser de esos elegidos, que están hechos de una madera verdaderamente muy especial y única, es decir, diferente.

En aquellos primeros años de la década de los 80', fue invitada a nuestro país la violoncellista polaco-norteamericana Christine Walewska, quién para mi gusto, podría ser considerada, junto con la inmensa cellista Jaqueline Duprée, como una de las más grandes solistas de todos los tiempos, para dar el primer Curso Magistral Internacional de Violoncello, dentro de las instalaciones del Conjunto Cultural Ollin Yoliztli (D.F.) en el cual, yo tuve el gran privilegio de ser considerado por mi entrañable maestro Leopoldo Téllez para participar como ejecutante y así tener la oportunidad de vivir la experiencia más trascendental de toda mi carrera, al recibir de cerca las enseñanzas de una de las más grandes artistas de todo el mundo y, al mismo tiempo, convivir con mis mejores colegas en la especialidad, envueltos en un ambiente de altísima competitividad y respeto y bajo una atmósfera de gran regocijo, por la presencia envolvente y carismática de la Maestra.

El curso fue, desde sus inicios, un verdadero suceso cultural que logró congregar a las más importantes personalidades del mundo del violoncello, tanto del ámbito docente como estudiantil, en un mismo lugar y compartiendo quince días de un tren verdaderamente intenso de trabajo, de conocimientos y de aprendizaje, inspirados todos por la arrolladora personalidad de una gran mujer que derrochaba talento y capacidad pedagógica, además de una solvencia artística muy poco usual y un dominio técnico impresionantemente eficiente, que permitía disfrutar plenamente todo el proceso del Curso.

Una vez terminado dicho Curso Magistral, que resultó ser un verdadero legado intelectual para los participantes y un acontecimiento que enriqueció notablemente el entorno musical en su momento, Christine Walewska continuó con su agenda de trabajo en México, participando igualmente en el Festival Internacional Cervantino, que se vistió de manteles largos con los inolvidables conciertos ofrecidos por ella tanto en el Templo de la Compañía, en Guanajuato, como en la Sala Ollin Yoliztli, en el Distrito Federal, quedándonos, a todos los testigos, la impresión de haber entrado en una dimensión mágica, ante tal portento de ejecuciones artísticas y ante tal alarde de disciplina profesional y de sentimiento demostrado por «Su Majestad», la Walewska.

Dicho sea de paso, una de las discografías más impactantes en toda la historia de la Música de Concierto grabada, la posee, precisamente, esta gran violoncellista internacional, en la que se incluyen exclusivamente las obras más ambiciosas y desafiantes de la literatura violoncellística y que solo muy pocos violoncellistas escogidos han podido abordar, ya no digamos grabar.

Christine Walewska

La visita de esta clase de luminarias del arte, es un lujo que muy raras ocasiones nos hemos podido dar en el ambiente cultural en México; lo fue, indiscutiblemente, la descollante presencia de Christine Walewska entre nosotros, lo cual- visto desde la óptica lejana del tiempo-, representa un hecho histórico que cobra más relevancia, al no haberse repetido algo similar en la última cuarta parte del siglo pasado (XX).

Otra visita, también memorable para las tierras guanajuatenses, dentro del “Cervantino” durante la década de los 80’s, tuvo lugar en el hermosísimo Teatro Juárez, cuando el carismático y célebre director norteamericano Leonard Bernstein nos “estrujó” al frente de la Orquesta Filarmónica de Israel, dejando bien claro el efecto longevo y rejuvenecedor que surte en muchos músicos el dedicarse con honestidad y entrega a las exigencias de la disciplina profesional de la Música, ya que resultaba asombrosamente vivificante y aleccionador ver a un señor de avanzada edad, con su melena blanca, blanca y las huellas del tiempo en el rostro, pegar un brinco de aproximadamente 30 centímetros, en pleno podio y en el momento más crucial de la obra, para. indicarle, a más de cien músicos, electrizantemente conectados y envueltos en su energía, el instante preciso donde deberían coincidir para llegar al gran clímax de la obra y caer todos juntos, creando en el auditorio, un efecto, como ya lo dije, estrujante e inolvidable.

Ésa era la personalidad del gran Bernstein, quién, además de imprimir la totalidad de su energía y de su temperamento artístico a cada interpretación de las obras monumentales que dirigía, no conforme con ello, era capaz de integrarse todavía más a la orquesta, como si fuera un elemento más de la sección de percusiones, haciendo coincidir su “caída”, después de su espectacular brinco, con el acorde contundente y “escalofriante” del gran tutti orquestal, logrando un momento que resultó de efecto “demoledor” para quienes lo presenciamos.

Pocos años después, lamentablemente falleció el legendario personaje e ilustre Maestro Bemstein, con quien yo tuve la gran suerte de sostener una breve plática aquel día en el momento de su acceso al Teatro Juárez, alrededor de una hora antes de dirigir el concierto anteriormente mencionado y en la que me pude percatar de su gran calidad humana y de su profunda sencillez, cualidad propia de ese tipo tan especial y único de seres humanos, superdotados de talento, pero también superdotados de corazón y de humildad.

Al finalizar nuestro fugaz encuentro y despedimos, me estrechó con un fuerte abrazo y me deseó la mejor de las suertes en mi carrera y me bendijo, como si fuera yo su hijo, detalle que jamás olvidaré y que me hizo sentir francamente conmovido y agradecido con la vida, además de sinceramente emocionado, por lo arrollador de su personalidad, de su imagen y de su presencia.

En ese mismo tenor de personajes, tuvimos el privilegio de recibir, hacia mediados de los 80’s, a la virtuosa cantante neoyorkina Diamanda Galas, quién visitó el Distrito Federal para proponer un revolucionario y espectacular concepto de composición musical, eminentemente futurista y sobretodo, en manos de una cantante como ella, hechizante tanto en su exquisita presencia y personalidad, como en la magia de sus ejecuciones, en las que ocasionalmente, surgían una especie de lamentos, con los que lograba producir acordes de tres y hasta cuatro voces, perfectamente controladas y emitiendo armonías enigmáticas, que sacudían el alma, y que nos situaban’ a todos los espectadores, imaginariamente enfrentados a la tragedia de muchos otros seres  humanos, al escuchar esos sonidos que provenían de lo más profundo de su alma y que, en ocasiones, eran disonancias en segundas y terceras inversiones de los acordes, cosa que resulta difícil de creer que un solo ser humano pudiera lograr. Tales eran sus tamaños como ejecutante.

Diamanda Galas podía lograr ese tipo de efectos ante el público y muchísimos más, porque no solamente era una voz privilegiada como pocas, sino que demostró ser una artista auténticamente integral que impactó a los que la disfrutamos actuar, desde su mágica e inesperada entrada al escenario, caminando desde el vestíbulo de la sala de concierto de la calle de Dinamarca (Zona Rosa), para pasar por entre las butacas cantando y sorprendiendo con su embrujo, a los que nos encontrábamos de pié en nuestras butacas platicando y esperando la tercera llamada y sin poder creer que una mujer, tan exuberantemente bella, con una impresionante cabellera negra, un vestuario negro- que la hacía parecer la más hermosa y misteriosa escultura- y un maquillaje también negro, cuya extravagancia contrastaba con el fulminante rojo de sus labios, circulara entre nosotros, produciendo sonidos abrazadores como el fuego y apoderándose en forma tan inusitada del escenario, con no pocos ni menos brillantes despliegues coreográficos: el milagro de su “magia”, había comenzado.

Desde el punto de vista creativo y estético del concepto artístico propuesto por Diamanda Galas, se podría decir que ella logró demostrar una originalidad y una profundidad notablemente inspiradas y un esfuerzo totalmente honesto y comprometido con la búsqueda de lenguajes innovadores que desafíen la cultura y el criterio del espectador, porque su espectáculo no solo integra una evidente concepción histriónica y escenográfica, sino que es, por excelencia y eminentemente, una prodigiosa demostración de virtuosismo musical y de apasionada entrega al arte como profesión, razón por la cual tiene un lugar muy especial para mí en estas humildes reminiscencias.

Otra de esas afortunadas visitas, que dejaron huella no solo por el portentoso nivel artístico de sus actuaciones, sino por la importante labor pedagógica que desarrollaron durante su estancia en nuestras tierras, poco antes de 1985 y que aportaron un auténtico tesoro de conocimientos a la comunidad musical profesional lo fue, sin duda, el prestigiado Trío Budapest de Hungría, integrado por tres auténticos virtuosos de la cuerda: el elegante Ferenc Kiss de Hungría en el violín, junto con el genial Tivadar Popa, también húngaro, en la viola y el impactante y talentosísimo alemán Peter Wopke, en el violoncello, que nos hicieron el honor de venir a dar un extraordinario Curso Magistral de Música de Cámara en la bellísima Ciudad de San Miguel de Allende, Guanajuato, en el cual también tuve la oportunidad y la alegría de participar como ejecutante, precisamente en la época en la que fungía yo como violoncellista principal adjunto de la Orquesta de Cámara de Bellas Artes, que brillantemente dirigía el insigne pianista y director mexicano José Guadalupe Flores, curso que significó otra experiencia trascendental en mi carrera, definitivamente.

Por otra parte, el inigualable violoncellista de fama mundial, el húngaro Janos Starker, también pisó suelo mexicano en esa época, para beneplácito de los amantes del violoncello y de los que estudiábamos la especialidad en el Conservatorio y en otras escuelas profesionales de música de la Ciudad de México.

Janos Starker

Su llegada, para mí, no solo significó la oportunidad de ver en concierto a una de las leyendas más reconocidas de todos los tiempos, cosa que así sucedió en el Palacio de las Bellas Artes, sino que, además, volví a tener la fortuna de que mi maestro, Leopoldo Téllez -quizás el más glorioso violoncellista que haya dado México-, tuviera nuevamente la deferencia hacia mí de recomendarme para participar como ejecutante en una clase privada que ofreció el maestro Starker, para un grupo muy selecto y privilegiado de violoncellistas mexicanos, la cual se llevó a cabo en una casa de la colonia Hipódromo Condesa (D.F.).

Ése fue, sin duda, otro momento clave en mi vida profesional, que me dejó una huella indeleble, por todo 10 que representaba en mí, como estudiante del Conservatorio, la pura experiencia de recibir los comentarios y consejos de una autoridad musical de tal magnitud. .

Por esos mismos años, México se volvió a engalanar con otro célebre visitante, originario de Cuba: el fascinante guitarrista y compositor Leo Brower, dueño de una creatividad y una profundidad envidiables, en cuya obra se puede percibir, inmejorablemente, toda la más genuina esencia del fino talento caribeño.

Nuevamente, el Palacio de Bellas Artes se invadió de un encanto sublime y sobrecogedor, gracias a las pinceladas de inspiración propias de la Música de Concierto del maravilloso Leo Brower.

Pero, hablando de autoridades musicales, hay que mencionar, en un lugar muy especial, lo que yo sin exagerar consideraría como el acontecimiento musical más trascendental de la segunda mitad del siglo, para el mundo de la composición contemporánea en nuestro país: me refiero a la presencia en México de quién, para mi gusto, es uno de los más revolucionarios -en el mejor sentido de la palabra- y exquisito compositor y director italiano del siglo XX, el maestro Luciano Berio, una vez más, llegando a enriquecer con su fantasía, el impresionante abanico artístico del Festival Internacional Cervantino y bañando de experiencia y de conocimiento, con su finísima música y sus amenas y edificantes conferencias, a todos los compositores que gozamos del privilegio de poderlo acompañar y estar cerca de él, en sus emotivas presentaciones y en sus pláticas, en las cuales, desempeñó el honorable papel de anfitrión de forma brillante, uno de los pioneros de la música de vanguardia en México: el connotado compositor mexicano Mario Lavista.

Fueron momentos cumbres en la historia del Cervantino, por la emotiva y deliciosa vivencia de escuchar y vibrar con las obras originales del gran Luciano Berio, dirigidas por él mismo, en vivo y al frente de la Academia Bizantina, una de las mejores y más finas orquestas de cámara del mundo, logrando transportar, al público que 10 atestiguábamos, por los confines de su frondosa e inspirada imaginación, sumergidos todos en un viaje musical inolvidable. Esa fue la mejor manera de iniciar los 90’s para nuestro ambiente cultural, indiscutiblemente.

El impacto que causó en mí, la personalidad y la obra del Maestro Berio fue tal que llegué a pensar que su música podría constituir las páginas más bellas e interesantes del acervo musical que se hayan compuesto hacia el final del segundo milenio, en el terreno de la Música de Cámara.

En esa misma ocasión, llegó también directamente de Italia al multicitado Festival, un contrabajista y compositor eminentemente vanguardista, de altísimo calibre y con una innovadora propuesta creativa, llena de una especie de «locura» futurista, combinada con el éxtasis de la imaginación: estoy hablando del sensacional contrabajista y compositor Steffano Scodanibbio; un personaje que parecía haber salido de un cuento, al subirse al escenario y que igualmente, dejó fiel constancia de la gran tradición de grandes músicos italianos que han existido a través de la historia.

Si tuviéramos que hablar de un concepto auténticamente vanguardista en el arte, inevitablemente tendríamos que considerar el nombre de Steffano Scodanibbio, como uno de sus principales representantes, hacia las postrimerías del siglo XX.

Cabe decir, como un dato anecdótico y ampliamente recordado por mí, que en esa misma edición del FIC, yo fui altamente honrado para participar, dentro del Foro Internacional de Música Contemporánea, con la inclusión del Estreno Mundial de dos de mis obras de cámara que fueron motivo de un grato y ameno acercamiento con uno de los más importantes compositores mexicanos de la segunda mitad del siglo XX: el ilustre Maestro Joaquín Gutiérrez Heras, precursor y pionero indiscutible del movimiento vanguardista, quién me felicitó y animó a continuar trabajando, durante una cena esa misma fecha en el Mesón del Cervantino.

Mitslav Rostropovich

No cabe duda, de que la última década del siglo fue generosa también en cuanto a la calidad de los distinguidos artistas que nos visitaron, pues se presentó en nuestro amado Palacio de Bellas Artes ni más ni menos que el excelso violoncellista ruso Mitslav Rostropovich, el gran titán de los violoncellistas a nivel mundial, que cautivó con su virtuosismo, con su técnica y su sensualidad interpretativa, a todos quienes lo escuchamos en aquel domingo memorable.

Es muy bien sabido, dentro del mundo de la música culta, que cualquier elogio que se emita hacia el quehacer artístico de Mitslav Rostropovich, queda corto, en relación a su categoría como violoncellista internacional y a su verdadera jerarquía profesional como director de orquesta, que lo han hecho mundialmente famoso y que a su vez, le han asegurado desde hace mucho tiempo, un lugar de privilegio en la historia musical de todas las épocas, razón por la cual resulta doblemente trascendental que haya actuado en nuestro país.

Ya perfilados hacia el final de la década, que coincidió por cierto con el final del siglo y del milenio, pudimos recibir en nuestros magnos escenarios, a un último e importantísimo bloque de ilustres solistas internacionales que nos permitieron cerrar en grande este período histórico de la actividad musical en México.

Yo Yo MaUno de ellos fue el maravilloso violoncellista de origen chino, aunque nacido en Francia y mundialmente famoso: el gran Yo Yo Ma, quién, sin temor a equivocarme, está llamado por la historia para heredar las glorias de los Cassals, los Fournier, los Starker y los Rostropovich, entre otros, lo cual seguramente se consolidará en la primera cuarta parte del siglo XXI.

Nuevamente, el Palacio de Bellas Artes fue el digno escenario que presenció, emocionado, la maestría y el temperamento de un talento excepcional y finamente cultivado como el del Maestro Yo Yo Ma, con quién tuve también, por cierto, la alegría de tener una conversación muy amigable dentro del mismo Palacio, una hora antes de iniciar su ensayo general, volviendo a corroborar la afabilidad y sencillez características de éste tipo de personalidades.

Una tercia sin paralelo en el mundo del “bel canto” nos honró igualmente con su presencia en las históricas tierras yucatecas de Chichen-Itzá : me estoy refiriendo, obviamente, al italiano Luciano Pavarotti y a los españoles Plácido Domingo y José Carreras, quienes con sus privilegiadas voces, inundaron los cielos Mayas para dejar un recuerdo perenne en nuestro público melómano.

Y, por si fuera poco brillante el desfile de distinguidos artistas de la Música de Concierto, que nos permitieron el honor de tenerlos en México, actuando para numerosos públicos de nuestras bellas ciudades, todavía nos pudimos dar el lujo de recibir, a manera de colofón espectacular del siglo, al descomunal gigante del violín, al insuperable judío Itzhak Perlman, quién con el embrujo de su virtuosismo, bañó con una lluvia de notas sublimes, el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, cerrándose así, de manera por demás espectacular, la última cuarta parte del siglo XX y dejándonos una cascada de emotivos recuerdos, cuyo común denominador fue la excelencia artística y la grandaza como seres humanos de todos a los que hemos traído a la memoria en éste modesto relato.

Para terminar, diré solamente que, si bien es cierto que no vivimos en gran cantidad éste tipo de acontecimientos culturales como el poder estar cerca de los músicos más grandes de nuestro tiempo y disfrutados actuando en vivo, sí debemos agradecer que nos hayan escogido entre sus destinos profesionales y valorar, con toda justicia, el esfuerzo realizado por todos quienes estuvieron involucrados en tales proyectos y logros. A todos ellos, pero principalmente a las autoridades culturales mexicanas, mi más sincero reconocimiento como artista por sus invaluables esfuerzos, mientras que al público melómano que fue testigo de los hechos, una gran felicitación por haber vivido tan inolvidables experiencias.

  


 

 

 

D.R. © Conservatorianos
Revista de información, reflexión y divulgación culturales
México D.F.
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