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RAÚL CARRANCÁ Y
RIVAS
Doctor en
Derecho Magna Cum Laude por la UNAM. Distinguido penalista, profesor
titular de tiempo completo en la Facultad de Derecho donde ha sido director
y fundador del Posgrado así como director del Seminario de Derecho Penal.
Fue magistrado del Tribunal de lo Contencioso Electoral Federal. Es miembro
de número de la Academia Mexicana de Ciencias Penales y de la Asociación
Internacional de Derecho Penal. Medalla al Mérito Académico (1995). Premio
Universidad Nacional (2005). Editorialista y colaborador de numerosos
periódicos y revistas como El Sol de México, El Día y
Excélsior. Autor de una vasta obra jurídica, entre cuyos títulos
sobresalen El drama penal, El arte del Derecho, El Derecho
y la palabra, Don Juan a la luz del derecho penal, así como en
coautoría con Raúl Carrancá y Trujillo: Derecho Penal Mexicano y
Código Penal Anotado.
www.doctorraulcarrancayrivas.com
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Raúl Carrancá y Trujillo
Un
verdadero maestro es siempre un padre,
sobre todo desde un punto de vista intelectual y espiritual; y un verdadero
padre debe ser maestro de su hijo o de sus hijos. ¿Cómo? No importa que les
dé clases o no, pues el ejemplo es tan importante -en otro espacio- como
dictar clase. Por mi parte tuve el privilegio y la suerte de que mi padre
fuera maestro mío en el más amplio sentido de la palabra; y digo amplio
porque, además del ejemplo, tomé clase con él de Derecho Penal, Parte
General, en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma
de México, hacia 1952, en el antañón edificio de San Ildefonso. Aún conservo
en mi biblioteca, debajo del cristal de mi escritorio, mi boleta de
calificación que dice: "Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de
Derecho y Ciencias Sociales, Escuela de Jurisprudencia. En el examen
ordinario de Primer Curso de Derecho Penal que sustentó hoy el alumno
Carrancá y Rivas Raúl obtuvo la calificación de
10 (diez) y por lo mismo resultó Aprobado. 12 de noviembre de 1951", y la
firma de mi padre y profesor. Mi padre me examinó en público, delante de
todos mis compañeros, para que no hubiera la menor duda de que por la
relación familiar recibía yo una buena y hasta magnífica calificación.
Me acabo de referir al ejemplo y debo aclarar que en mi caso ese ejemplo
sobresaliente, fulgurante, deslumbrante, tuvo a mi madre como cotidiano
punto de apoyo y referencia. En efecto me faltarían páginas si contara los
mil momentos, ¡qué digo mil!, un millón, en que mi madre tierna y
femeninamente me inclinaba hacia él, hacia su sombra protectora, siempre
con admiración y alabanzas: "Guarda silencio porque tu padre estudia,
escribe en su biblioteca". Y mágicamente creaba alrededor suyo una atmósfera
propicia de paz y recogimiento. Algunos opinan que ella fue una
representante de casi la última generación de españolas dedicadas con
devoción al hogar, la familia, el marido, sin que esto menguara el
desarrollo de su personalidad y vocación. Por cierto, no creo que ella
representara una de las últimas generaciones de españolas de este tipo. Las
generaciones se transforman al compás de los tiempos, viven y se renuevan.
Así es como la historia en las manos de Clío teje su malla de hilo dorado.
Quien no coincida con este punto de vista puede y debe consultar del gran
sociólogo alemán George
Simmel esa joya de libro que se intitula Cultura femenina y otros
ensayos, desdeñado obviamente por cierto tipo de feministas que
confunden la liberación de las mujeres con la renuncia a sus características
más finas y exquisitas y ven en el hombre un baluarte del machismo a
ultranza. No han sabido o podido o querido distinguir esa cultura femenina
que complementa la del hombre, sobre todo por medio del amor.
Simmel alude a la sala de la casa, epicentro de
las relaciones familiares; a la comida, donde la alquimia de los manjares y
bebidas reconforta el espíritu; a la alianza sutil de temperamento y corazón
entre hombre y mujer, quijotesca tal vez y evocadora de la imagen de
Dulcinea, pero definitivamente impulsara del destino varonil. La defino como
una cultura que, por medio del amor al hombre (por supuesto: correspondido),
10 enaltece, lo impulsa, lo proyecta. Hombre sin amor y por más culto que se
diga, lo es a medias. Por eso los grandes cultos han amado aunque sea en
sueños. Los tiempos dizque modernos han relegado esa cultura al olvido, en
especial la sociedad de consumo fundida en el horno de un
anglosajonismo puritano y pragmático; aunque la
historia, que es filosofia en ejemplos según
Dionisio de Halicarnaso, la regresará tarde o
temprano al sitio que le corresponde.
Mi madre, por ejemplo, cultivaba la poesía. Lo que pasó es que estuvo
inalterablemente presente al lado de mi padre, y las opiniones que tenía de
él y compartía conmigo, aparte del inmenso amor que hubo entre nosotros, ¡y
que aún nos tenemos!, fue puliendo mi alma y mi inteligencia. Comencé por
imitarlo, por seguir sus huellas desde mi atolondrada mente infantil. Ése
fue un primer paso pedagógico. Es así como la egregia figura de mi madre,
cargada de potencias femeninas, estrechó los lazos de la familia en una
unidad que no considero convencional, de mera forma o apariencia, sino
esencial y forjada en esas entelequias amorosas que al final de cuentas le
dan al hombre su señorio y su clase. Si tengo
algo de culto como hijo de mi padre, es por mi madre, porque ella ensortijó
nuestros amores acunándolos en su pasión amorosa. De esa forma concibo la
poca o mucha cultura humanista que me pueda distinguir. Y tal clase de
distinción, que en rigor lo es, la llevaba mi padre adonde iba: a la
Facultad de Derecho, al juzgado, al Tribunal de Magistrado. Por eso sus
alumnos lo evocan aún hoy como a un hombre cautivador, fino en grado
superlativo en el decir, justo, piadoso y generoso, apegado a los libros y
al Derecho.
Mi padre, nacido en Campeche y criado en Mérida, fue hijo de un catalán muy
culto, dueño de una relojeria y cónsul honorario
de España en La Habana (en cuyo palacio presidencial
vi, acompañando a mi padre en su calidad de Secretario General de la
Universidad, un enorme reloj de pared con el nombre de mi abuelo). Desde muy
niño se destacó por su capacidad para el estudio y su habilidad para las
matemáticas, tanto que en el teatro Peón Contreras de Mérida, los
sábados o los domingos, resolvía en el foro y sobre una pizarra ecuaciones
de primero y segundo grados. Era un espectáculo de fin de semana al que
asistían algunas familias emeritenses.
Un día, apenas jovencito, murió su padre, y él, junto con sus dos hermanos y
una hermana, tuvo que encarar la orfandad y asumir sus consecuencias. Pero
la ausencia de mi abuelo no le quitó arrestos para el estudio y la acción.
Mi tía y mi abuela me contaban, por ejemplo, cómo él y sus hermanos hacían
representaciones teatrales en su casa para regocijo y entretenimiento
familiar.
Un joven de hoy tal vez vea esos tiempos muy lejanos y apartados de él. De
acuerdo: las costumbres cambian; pero no puede modificarse lo substancial,
como tampoco las propensiones y tendencias del espíritu, que no aficiones, a
las que no corta siquiera la bulla desenfrenada del progreso técnico.
Concedo que uno se acomoda a lo que hoy pasa, a su presente, lo cual no
implica renunciar al ayer o desconocerlo en su dimensión cultural. La
cultura no se interrumpe, al margen de sus ciclos, gran verdad que deberían
saber y respetar los abogados.
Es una mentira sostener que hay un abismo entre las generaciones, y pensarlo
es ignorar el sentido de la historia, ya que ésta es o va siendo la
acumulación de generaciones. Lo que hay es un puente, y no todos tienen el
valor de cruzarlo en un sentido o en otro. Lo extraño, no hallo otra
palabra, es que saberlo le acarrea a uno el calificativo de conservador. Por
eso a juristas de gran estirpe y prosapia se los llama conservadores. Yo
aceptaría el mote a condición de que la palabra se tome en su acepción
primera, o sea, la de conservar, cuidar, mantener, guardar. En suma:
proteger.
Lo odioso es el restaurador del pasado, no de cuadros u otra clase de
objetos preciosos, sino de la idea del pasado, que es por cierto
irrestaurable, con perdón del neologismo. Hablo
así porque creo que evocar a un gran maestro, como mi padre, puede acarrear
el estigma lastimoso de siervo del pasado. Y no es nada placentero que le
endilguen a uno atributos de vejestorio, aunque supongo que lo harían esos
pseudo universitarios incultos y bárbaros que han tomado la Universidad
como asiento de su estulticia. Lo digo porque no puede desprenderse a un
gran hombre de su cultura, de sus costumbres, de las modalidades de su
época. Y verlo de esta manera no es asunto de edad sino de perspectiva.
Se dice que a un hombre lo define el dolor, así como la manera de
enfrentado. Dado el amor entrañable que se tenían mi padre y sus dos
hermanos varones, Camilo y Ramón, la vida de mi padre quedó terriblemente
ensombrecida con la muerte de aquéllos, acaecida sólo con cuatro días de
diferencia. Allí lo vi, como tiempo después,
cuando fallecieron mi abuela y mi madre, dominador de la tristeza y estoico
en la búsqueda de un nuevo concepto de la felicidad. Quizás lo expliquen
mejor que mis palabras las suyas propias. Helas aquí, intituladas El
resorte vital, que conservo junto a su retrato debajo del vidrio con que
cubro mi escritorio:
Ocurre a veces que la vida llena a un hombre de
hurañía y de acedía. Todo es acerbidad para él y su mundo se hace
occiduo. La noche le aterra con la amenaza de un insomnio dilacerante. Le
solivianta y obsede la fatalidad, que se ensaña tercamente con él como el
mazo percuciente sobre el yunque. Mas observad
a ese hombre. Calad en lo profundo de su alma. Penetrad en lo escondido y
soterraño de su ser. Alumbrad los entresijos de su corazón. ¿Qué descubrís
allí? Un palpitar afanoso e incesante que se rebalsa como en espera de
algo. Una voluntad vigilante de vivir, de salvarse, de volar. Si es esto
lo que halláis; si el resorte vital lo encontráis intacto, nada será capaz
de aniquilar a ese hombre. Ni la fatalidad ni el destino.
Mi padre creía en el humanismo vital, que llevó hasta el mundo del Derecho
impregnándolo con la savia de la cultura. Jamás cayó en la dicotomía tan
habitual entre el uno y la otra. Tal fue su característica primordial como
hombre, como abogado, como profesor, como funcionario de la judicatura y
como escritor. Sus alumnos, que lo leían y que ojalá los de hoy lo sigan
leyendo, recuerdan de memoria en su Derecho Penal Mexicano esas
palabras iniciales de su texto: "Un clásico venerable -Rossi-,
transido su espíritu por la más pura y noble experiencia humanista, escribió
que el Derecho Penal es la más importante rama entre todas las de la Ciencia
de las Leyes, ya por sus relaciones morales, bien por las políticas..." y
luego lo siguiente:
En horas críticas para la humanidad entera; cuando los insensatos
nacionalismos y los intereses egoístas de las clases que desde el Estado
tienen el poder de dirigir a los pueblos, frente a nuevas formas de vida
que se anuncian, van desatando furias destructoras que azotan al mundo,
con agitado trémolo que alcanza a México, no ha de ser empeño vano el
escrutar, apasionada el ánima, los vastos y luminosos horizontes de la
ciencia penal; pasar siquiera las yemas de la inteligencia por su
epidermis, bajo la cual, como la de la maja
españolísima de Goya. late y fluye
eternamente la sangre caliente y roja de los pueblos.
Así pensaba, concebía el Derecho y escribía ese hombre excepcional que fue
Raúl Carrancá y Trujillo.
Un hombre venerable, el español castellano don Rogelio Suárez, tiempo
después de la muerte de mi abuelo, becó a mi padre en nombre de la colonia
española de Yucatán para que realizara sus estudios de bachillerato,
licenciatura y doctorado en Derecho en la Universidad Central de Madrid. Y
fue en Madrid, entre los años 20 y 25, donde conoció a mi madre y asistió a
las clases de don Luis Jiménez de Asúa, de quien se convirtió en uno de sus
alumnos y discípulos predilectos.
De ese eminente jurista tomó, para pasarlo después por su tamiz personal,
una visión cultural y hasta sensible, me atrevo a decir, del Derecho Penal,
ciencia dogmática nunca carente de la fibra medular del alma. Años de
esparcimiento vital, de profundo amor a la vida, de entrega solidaria (junto
con ella, mi madre) al estudio, fueron los de Madrid. Penetraron en su
espíritu y en su conciencia, se añejaron en ellos, le imprimieron su
pátina.
Tuvo en la Madrid recoleta y conventual, todavía con sereno que recorría las
calles, aunque venturosamente alegre y dicharachera, cargada del milagro de
la fiesta y de la batahola de los lab/aos,
profesores de excepción que nunca desligaron el Derecho de su verdadera
columna vertebral: el humanismo jurídico que abreva su sed en la fuente
diamantina y generosa, eternamente fluyente, de la cultura enciclopédica
universal.
En ese entonces la representaban, y la representan, aún, Miguel de
Unamuno, José Ortega y
Gasset, Gregorio Marañón, Azorin
(pseudónimo de José Martínez Ruiz), Antonio y Manuel Machado, Pío Baroja,
Ramiro de Maeztu, Jacinto Benavente, Ramón María
del Valle Inclán (el de las maravillosas
Sonatas); todos ellos de la famosa generación del 98, de comienzos del
siglo xx, a quienes la pérdida de las últimas
colonias españolas en 1898, en concreto Cuba, agrupó a la luz de una
ideología liberal en una misma preocupación por España.
En Salamanca Unamuno, rector de su amada
Universidad y a la mesa del Café Novelti, frente
a la espléndida Plaza Mayor porticada, barroca, con la generación entera
rodeándolo, disertaba con mesura y genio. Lo que pasa es que esos maestros
de mi padre (Luis Jiménez de Asúa, Rafael Altamira y
Crevea, Felipe Sánchez Román, Mariano Ruiz Funes,
entre otros) dominaban la palabra del Derecho, lo que significa del idioma
español y de la idea cultural española en su más pura e íntegra acepción.
Asistía, junto con aquellos grandes pensadores a los que
me he referido líneas arriba, al Ateneo de Madrid y a su famosa
Cacharrería. Tertulias, conversaciones, conferencias, mañanas y tardes de
estudio, de concentración intelectual. ¿Y la vida? En un libro suyo
precioso, Pretil, prosas intrascendentales, lo explica así mi padre:
Madrid. El "Ateneo". Una vasta biblioteca en
semipenumbra, poblada de tenues ruidos que caminan de puntillas y como
pisando sobre algodones. Las lámparas vertiendo su halo
verdidorado sobre los pupitres, entre racimos
de libros. En cada pupitre un lector absorto. Un lector era yo.
Leia. Habían transcurrido así no sé cuántas
horas. Súbitamente sentí que alguien me penetraba con la mirada. (¿No
habéis sentido nunca que alguien os está mirando fijamente?). Volví los
ojos. Vi casi a mis espaldas, de pie,
contemplándome tras los anteojos de cristal bordeados por
fmo cerco de oro, a un hombre todo de negro
hasta los pies vestido, la tez rojiza cual de cocido barro, barba y
cabellos canos. Fui hacia él derechamente, porque aquél hombre, "el
Maestro", atraía -desde entonces- mi espíritu como ingente montaña imán
atrae a una briznilla de tosco hierro. Mi mano en la suya fuerte, Don
Miguel de Unamuno empezó así: "muchos libros
lee usted y hace más que bien. No cuenta aún los treinta años. Yo también,
a su edad, leia muchos libros. Pero después
procuré leer menos y hasta procuré olvidar todo lo que piensan los demás.
Desde entonces mi empresa ha sido averiguar qué es lo que pienso yo".
Lector -continúa mi padre- que hasta aqui has
llegado: si atravesaste ya el dintel de la madurez dejando atrás el
crucero de imperiosas llamadas, unas frivolas
y otras no, que es la juventud; si ves apuntar ya en tus sienes la primera
cana oportuna, invitándote a guardar el órgano del pensamiento limpio como
la plata misma en caja de plata; si sientes que un nuevo aliento puro te
recorre, que una nueva pasión irunaculada,
capaz de conducirte serena y no atropelladamente por los caminos de la
vida, te enciende; lector: si tienes una palabra tuya, aunque humilde, que
dar a los hombres, dásela. Si a su tiempo supiste regar en tu campo la
simiente, hoy, cuando el fruto madura, es llegada la hora de que nos
brindes tu cosecha.
Mi padre y maestro nos brindó su palabra constante y permanentemente. Nos
dijo qué es lo que él pensaba y nos brindó también su cosecha encendido por
una pasión inmaculada. Cuántos, a diferencia suya, repiten palabras,
declaman palabras e imprimen palabras ajenas. Hasta las glosan pero no se
atreven a decir las suyas propias, no piensan por sí mismos. Les falta la
imaginación del jurista, la audacia del compromiso. El Derecho, como el
idioma, no es dominar la corteza de la palabra sino la pulpa, el jugo
nutricio: Y por saber pensar mi padre, se lo contradijo y por contradecirlo
se lo descubrió. Ésta es su herencia de profesor, de escritor y de
tratadista. En él el hombre iba por delante, es decir, lo humano.
¿Qué objeto tendría que yo aquí analizara su riguroso pensamiento jurídico?
Creo que descifrado el hombre, sobre todo con amor, lo demás viene por
añadidura. Sus libros hablan por él y habrá quienes los compartan y quienes
no. Qué importa. El Derecho es dinamismo, dialéctica; y la verdad es que por
más cosas que yo dijera acerca de sus libros, el lector siempre quedará
insatisfecho. El viaje a los libros es personal. Amo el Derecho, él me
enseñó a amado; pero no hay Derecho sin hombre, sin relación substancial con
el hombre. Él me enseñó a creer en mí más que a creer en él. Por eso creo en
él.
Y
regreso a su época de Madrid. Siempre he pensado e incluso sentido que
aunque las ciudades cambien con la edad, como los hombres, y que cambien al
compás e impulso del llamado progreso (avance de la técnica, de la
tecnología, de la ciencia, de la fisonomía de la ciudad y de la sociedad),
el alma de ellas permanece igual; tan igual que hasta se refleja no sólo en
los edificios antiguos sino en los renovados o nuevos. Claro, lo ideal es
que las normas reguladoras de la ciudad impidan la destrucción o el
deterioro de su pasado histórico.
En este orden de ideas Madrid no cambia, no ha cambiado, no puede cambiar.
Me he paseado por el Retiro, por la Castellana y por la Gran Vía, he
visto lo mismo que me contaban mis padres. Se sentaban a una mesa junto al
lago de El Retiro o a una del Café Gijón, en plena Castellana, y pedían una
deliciosa infusión o anís chínchón o chatos de
manzanilla. Tertulias, atardeceres, mediodías, a
los que también asistía, por ejemplo, Antonio Mediz
Bolio. A lo lejos el museo de El Prado y el Caserón del Buen Retiro, en el
que siempre me ha impresionado el retrato que Vicente López le hizo a su
padre sentado al órgano o al piano (no lo recuerdo bien): lleno de ternura,
de respeto, de amor filial.
Me distraigo con estos detalles porque corresponden a la escuela que me legó
mi padre. ¿Y qué tiene que ver esto con el Derecho? Todo. Se me ocurre un
parangón. López retrató a Goya ya viejo, pero la escrupulosidad que lo
caracterizaba, su pasión por el dibujo, se diluyó al retratar a Goya, sin
duda bajo el consejo sabio de éste. Conozco a quienes hacen del Derecho una
especie de minuciosidad y escrupulosidad jurídicas, lineales. Copian las
ideas, no las reelaboran. He citado líneas atrás al gran poeta yucateco
Antonio Mediz Bolio. En un libro suyo
encantador, A la sombra de mi Ceiba, escribe unas páginas de oro, que
intitula Mis muchachos de Madrid. No quiero distraer aquí al lector,
pero lo remito a ellas si le interesa el tema.
Madrid, donde el rey Alfonso XIII se escapaba por las noches del Palacio
Real y, disfrazado, hacía graciosamente de la suyas en tabernas, bodegones
y tablaos. Mi padre fue presidente de la Federación de Estudiantes
Iberoamericanos en España y, como tal, tuvo que entrevistarse un día con el
rey. "¿Cómo te llamas?", le preguntó el monarca. "Majestad, yo soy
mexicano", le respondió. "Perdone --dijo instantáneamente el rey-, ¿cómo se
llama usted?" Es que el rey les habla o les hablaba a sus súbditos de
"tú". ¿Es esto un simple detalle, una anécdota? Depende de quien la contó y
de quien ahora la lee o la lea. Para mí es algo más. Desde allí, como
estudiante de Derecho, asomaba el republicanismo liberal de mi padre, su
independencia de carácter.
Otro día visitó Toledo con sus compañeros de facultad. Entraron por la
puerta de Bisagra Grande, luego rodearon el Tajo cruzando el puente de
Alcántara y ascendieron hacia la cumbre, viendo a lo lejos el Alcázar por
una vieja calle, angosta, espectacular, con ventanales altos, sobrios, y
enormes portones con escudo señorial. Mi padre toca a una puerta, y sale un
toledano. Es un personaje de El Greco: delgado, de regular estatura, de
barba afilada, de ojos centelleantes, crepuscular en
cuanto a la edad pero aún fuerte y sobrio, sereno. Mi padre se
anuncia diciéndole que son estudiantes iberoamericanos, él mexicano, y que
si lo permite desean conocer su casona, verdadero castillo de piedra dura y
añosa. El toledano accede y abre el recio portón. Mi padre los guía y, ante
el asombro del dueño, va describiendo el lugar: un pasillo aquí, otro allá,
una enorme escalera, un patio, un traspatio, una fuente, un segundo piso con
altos techos, en la pared un retrato familiar, una chimenea, un piano. El
toledano, sorprendido, entra en menudo susto. Dice: "¡Callad, joven! Os
ruego que os vayáis. ¿Quién sois, de dónde venís?" Y se apresta a abrir de
nueva cuenta el portón secular.
¿Es esto un simple detalle, una anécdota menor? Mi padre explicaba en su
clase, con singular maestría, todo lo relacionado con las ciencias y artes
auxiliares del Juez penal: antropología criminal, sociología criminal,
psicología criminal, endocrinología criminal, estadística criminal y
penología. Y al llegar al tema de la endocrinología se refería siempre al
episodio de Toledo. Era prudente, cauto, moderado. Nos dejaba pensar y
razonar. ¿Qué fue aquello? ¿Herencia claramente definida en el código
genético? ¿Memoria neuronal, si cabe el término? ¿Acaso otra vida que él
vivió y aquello se lo recordó? Saber es recodar, decía Platón. ¿Por qué supo
aquello?
Los niveles del alma son vastos y, en un elevado índice, indescifrables. Y
cuando se reflejan en la acción concreta, en la conducta, el Juez los debe
entender y comprender. Por eso tenemos en nuestra legislación penal el
arbitrio judicial y la individualización de las sanciones. La ley dice una
cosa y la realidad concreta, específica, puede ser otra. El decir de la
ley, por lo tanto, depende de la esencia de la ley, de la ratio
legiss, de lo que
Montesquieu llamó su espíritu.
¿Cómo descifrarlo? No hay más camino que el de la cultura y el humanismo. La
verdad es relativa y a través de la percepción sensible, que equivale a
humanismo y cultura, se la puede o podrá apreciar: la verdad, por ejemplo,
del indiciado, del acusado, de] procesado; y también la verdad de los
testigos. Cada hombre tiene su verdad circunstancial, histórica, hasta
cronológica de acuerdo con su edad; verdad que corresponde a una verdad
superior de su espíritu que las engloba a todas.
Mi padre dictaba en 1958, año en que murió mi madre, su clase en la
facultad. Me encargó el curso, que iba a la mitad. Pero antes de hacerla
reunió a sus alumnos en un examen singular. Lo recuerda muy bien Pedro
Vázquez Colmenares, quien entre otros altos cargos desempeñó los de
Director General de las Preparatorias en la Universidad y el de Gobernador
del Estado de Oaxaca. Pues bien, momentos antes de la llegada de mi padre
para dictar su clase, varios alumnos, entre ellos el que acabo de citar, se
increparon y uno sacó un cuchillo mohoso de madera y lo empuñó con fiereza
en su mano. Alarma general, gritos (no eran los tiempos agresivos del CEU,
ni los del CGH, ni los del llamado Colectivo Estudiantil). En consecuencia
cundió el miedo, y en el instante preciso en que el alboroto estaba a punto
de estallar mi padre dijo: "¡Calma! ¡Calma! Es una prueba, a sus asientos.
Ha sido algo preparado, una especie de representación teatral. Silencio,
vaya hacer un examen". Y las preguntas, con el propósito de indagar el valor
de los testigos y de las pruebas, fueron las siguientes: "¿qué vio usted,
qué oyó?, descríbalo con el mayor cuidado". En las respuestas hubo de todo:
disparos de arma de fuego, fuerte olor a pólvora, cuchillo sangrante en el
filo y en la empuñadura, palabras amenazantes más que duras y textualmente
reproducidas, confusión en la descripción de los personajes, colores
equivocados y confundidos de las camisas, corbatas, vestidos o trajes. En
suma: poco, muy poco, de lo que en realidad sucedió.
Entre paréntesis mi padre, a la usanza española, les hablaba a los alumnos
de "usted", salvo excepciones. Y al pasar por ejemplo lista de presentes
decía invariablemente: "Carrancá y Rivas, don
Raúl". Considero que los modos, los usos, las costumbres, los anticipas
de las normas, son atributos y expresiones del espíritu,
modalidades suyas si se quiere. Son algo así como el aroma del
tiempo, particularmente del de cada quien.
¿Otro simple detalle, otra anécdota menor? Juntemos como en un cuadro
impresionista lo de Toledo y esto último que acabo de narrar. Recuérdese que
hay rasgos, gestos, actitudes. que definen a un
hombre. Se trata de anécdotas mayores y detalles casi metafísicos. Me
pregunto si mis hijos, y por extensión mis alumnos, lo entenderán. ¿Mis
hijos y yo somos tan distintos? No..., ellos pueden conocer su pasado, su
herencia, su cultura, a través de mí. Pero no pueden conocer su futuro,
salvo que su futuro sea su pasado renovado. Yo tampoco puedo conocer su
futuro. Pero juntos podemos conocer lo que hemos sido y somos y, en
consecuencia, lo que serán y seré, lo que
seremos. ¡Esto es el humanismo cultural! ¡Ésta es la cultura humanista!
¿Estamos en otra época, en otro tiempo, en otra cultura? No... ¡Cómo
quisiera transmitirlo a mis hijos, a mi nieto, a mis alumnos! Mi padre lo
pudo hacer.
Y
ya que de anécdotas y detalles de la vida se trata, recuerdo que un día mi
padre y maestro me presentó a otro alumno suyo, el inolvidable y
excepcionalmente talentoso Manuel Osante López.
Lo llevó a comer a la casa y desde entonces hasta su prematura muerte nos
identificó la oratoria, la cultura española, el amor a España, las letras y
el humanismo jurídico. Fuimos íntimos y entrañables amigos, casi hermanos.
No, no hay barrera generacional insalvable. Clío teje en su rueca una malla
sin solución de continuidad. Y quien pretenda o pretende quebrar la historia
se quiebra primero a sí mismo. Añado que, sin el conocimiento y la
percepción del hombre, el Derecho se vuelve un conjunto de principios y
reglas fríos, sin razón ni sentido; sobre todo el Derecho Penal.
Vir bonus
dicendi peritus,
decían del jurista los romanos. ¡Qué manera de hablar la de mi padre y
maestro! Pero en su palabra hablada y escrita se daba, se da, el milagro de
la elocuencia aliada a la bondad.
Debo insistir en este rasgo de su personalidad. Muchos se preguntan de qué
sirve la cultura, para qué sirve. Dependerá de la capacidad de asimilación
cultural de cada quien y de que la cultura no se confunda, jamás, con la
información o con la erudición. No recuerdo de qué escritor es esta frase
magistral (probablemente de Unamuno o de Ortega
y Gasset): la cultura es 10 que permanece en uno
después de que se olvidó el resto. Y lo que queda se perfila en el corazón y
lo envuelve o hasta transformarse en bondad vital. Sucede así porque la
verdadera cultura se halla impregnada de valores que orientan la vida y la
existencia del hombre; y el respeto a esos valores, su aplicación en la
sociedad, corresponde al Derecho mediante su tutela y salvaguarda.
Pero si el abogado que lidia cotidianamente en los Tribunales no ve en el
fondo de las leyes la luz radiante de los valores, si no sabe distinguir la
transformación de las normas culturales en normas jurídicas, sin dejar por
supuesto de ser culturales, se vuelve un simple amanuense del Derecho; en
otros términos: copiará o pondrá en limpio lo ajeno que no lo propio,
obedecerá el dictado. Será un escribiente y jamás un abogado ni mucho menos
un jurista. Esto enseñaba mi padre, lo que recuerda las sabias palabras de
Unamuno: ". ..mi
empresa ha sido averiguar qué es lo que pienso yo".
Tengo el orgullo de guardar en mi biblioteca un diploma entregado a mi padre
que dice así: "La Junta Directiva de la Unión de Profesores Universitarios
Españoles en el Extranjero acordó nombrar al Doctor Raúl
Carrancá y Trujillo Miembro Honorario de la
misma. México, D. F., a 26 de marzo de 1952". Firman José
Giral (Presidente de la República
Espaiiola en el Exilio antes de que lo fuera
Jiménez de Asúa), Mariano Ruiz Funes; Niceto
Alcalá Zamora y Castillo y Cipriano Rivas Cherif,
entre otros cuyas firmas son ilegibles. Ello fue así porque mi padre se
mantuvo siempre leal a la España republicana. Sus grandes maestros fueron
republicanos. Y republicano, en este contexto, no aludía tanto al sentido
estricto de la palabra, es decir, enemigo de la monarquía constitucional,
cuanto de Franco y del franquismo. Mi madre, por ejemplo, como moza
madrileña soñadora, sensible y huérfana, admiraba en su tierno corazón al
rey Alfonso XIII y le lanzaba flores cuando llegaba de paseo al Retiro.
Los hermanos de mi madre, Humberto y José Rivas Panedas
(poetas distinguidos en la corriente literaria del ultraísmo de Guillermo
de Torre, Gerardo Diego, Juan Larrea y Jorge Luis Borges, entre otros),
fueron republicanos y uno de ellos, José, luchó del lado de la República,
fue encarcelado y estuvo a borde de ser fusilado; incluso compartió espacios
carcelarios con García Lorca. De vez en cuando
enviaba cartas que mi madre leía con mano temblorosa y en cuyo sobre estaban
escritas de su puño y letra, ¡por supuesto que obligado!, las siguientes
terribles palabras: "¡Viva Franco! Caudillo de España por la gracia de
Dios". Hasta que un día, hecho pedazos, vino a México gracias a las
gestiones de lndalecio Prieto. Aún recuerdo a
mis padres, yo niño todavía, recibiéndolo en el puerto de Veracruz y a él
cuando bajaba del buque Niasa.
Y
la bandera de la República Española la llevó en el exilio Luis Jiménez de
Asúa, quien fue su presidente después de Giral,
hasta que otros presidentes menos relevantes y trascendentes en la historia,
Luis Echeverria Álvarez y José López Portillo,
desconocieron injustamente lo hecho por las huestes de Manuel
Azaña. A Jiménez de Asúa presidente y
catedrático, tratadista insigne difícilmente superado, elocuente orador y
conferenciante, lo recibía mi padre en el aeropuerto cada vez que venía a
México, casi siempre gracias a gestiones suyas, en solemne ceremonia con
salva de veintiún cañonazos. Pero un día recién llegado el maestro, mi
padre, impedido por una enfermedad pasajera, no pudo acompañarlo, a dictar
una conferencia en la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal, donde
yo lo presenté; y en la conferencia don Luis hizo generosa alusión a
mí, que por pudor excusable no transcribo íntegramente: "Antes -dijo_ me
presentaba mi antiguo discípulo de Madrid, el profesor Raúl
Carrancá y Trujillo, ahora colega ilustre. Hoy
lo hace su hijo, cuya palabra me ha emocionado profundamente".
Carrancá
y Trujillo fue eminente jurista y literato, orador y poeta. Su obra jurídica
es obra literaria: el estilo, la imaginación, el dominio del lenguaje. Es
autor de dos novelas, Camaradas (premiada en el Primer Concurso
Nacional de la Novela Corta Mexicana, abierto por la Secretaría de Educación
Pública en 1936 y que tiene la siguiente dedicatoria: "A nuestro hijo"; el
epígrafe es éste: "No ser copistas de la realidad -que está ahí para que
todos la veamos-, sino sus intérpretes; no fotógrafos, sino pintores; no
historiadores, sino poetas") y Pérez (dedicada al notable periodista
y escritor mexicano Gregario López y Fuentes) y de Seis Cuentos en Fuga,
dedicados asimismo a ilustres amigos suyos, luego Ministros de la
Suprema Corte, Procuradores, Secretarios de Estado, Gobernadores, rectores
de la Universidad: Franco Carreño, Luis Garrido, José Lorenzo
Cossío Jr., Rafael
Matas Escobedo, José Ángel Ceniceros, Francisco González de la Vega.
Su bondad no tuvo límites, puesto que era expresión directa de la cultura
fraguada en su corazón. Aconsejaba a sus amigos, los guiaba, les daba ánimos
en momentos difíciles. Muchos domingos yo iba prácticamente de su mano, y
con nosotros Francisco González de la Vega, desde nuestra casa en la Colonia
del Valle hasta San Ángel; recorríamos toda la avenida de los Insurgentes,
hasta el Restarán Jardín. donde mi padre y
él bebían un tarro de cerveza. Durante todo el trayecto mi padre le daba
consejos a González de la Vega, puntos de vista acerca de los discursos que
éste, cuyos borradores le mostraba, pronunciaría en la campaña política de
Miguel Alemán, para Presidente de la República del que más adelante fue
Procurador General de la República. Sencillez, gentileza, refinamiento,
fuerza de carácter.
Cuando cayó el rector Zubirán, y Soto y Gama se
posesionó de la rectoría de la Universidad en las calles de Justo Sierra,
Luis Garrido, designado rector por la Junta de Gobierno, tuvo que despachar
en el viejo edifico de Mascarones, en las calles de la Ribera de San Cosme,
sede de la Facultad de Filosofia y Letras, hasta
que el volcánico Soto y Gama abandonó su empeño de ser rector de Jacto.
Pero en el ínter mi padre no se cansó de dar ánimo y coraje a su amigo
el rector Garrido, de suyo aterciopelado. Con posterioridad
Carrancá y Trujillo ocupó en nuestra Máxima Casa
de Estudios los cargos de Director de Difusión Cultural, Secretario General
y Director de la Facultad de Ciencias Políticas.
La vida es periférica, circunstancial, condicionada, medular. La vida es
múltiple, aunque individual y unitaria. Y son múltiples las circunstancias,
las de afuera, las del mundo que nos rodea, que imprimen un sello en nuestro
devenir existencial. Rogelio de la Selva, secretario particular del
Presidente Alemán hasta que una sucia traición lo hizo abandonar el cargo,
relató a mi padre que el Presidente, antiguo alumno suyo, deseaba nombrarlo
Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero que un
distinguido miembro del gabinete, también antiguo profesor suyo, cuya
obligación era aconsejarlo en las cuestiones jurídicas y de Derecho, tachó
su nombre de una lista de candidatos al puesto. "No te confíes tanto, Raúl",
aconsejó de la Selva a mi padre. La vida transita con la velocidad del rayo,
con la pausa de la respiración y con el sortilegio de la magia más depurada.
Ya muy anciano González de la Vega recibió un justo homenaje en la tierra de
la que fue Gobernador, Durango. Sergio García Ramírez, a la sazón presidente
de la Academia Mexicana de Ciencias Penales, me pidió que asistiera en
representación de la Academia, cosa que desde luego hice. Aún siento,
después de mi discurso laudatorio, las lágrimas del homenajeado en mi
mejilla, acompañadas de un fuerte, muy fuerte abrazo. "¡Cómo quise a tu
padre, cómo lo quise, qué talento de hombre!", no se cansaba de decir. La
vida es mágica, incomprensible en momentos para nosotros y en
otros transparente como la aureola de un santo.
La vida es así.
A
mi padre se lo tuvo por español debido a sus estudios en la península
ibérica. No compartió, como yo, por ejemplo experiencias, condiscípulos,
maestros, en la preparatoria o en la facultad. Se lo admiró, respetó y
envidió. Y quizás a causa de esa falta de camaradería generacional no fue
parte del equipo de hombres que, en aquellos años y en los espacios públicos
u oficiales, gobernaron México. Todo su estilo era, sin perder nada de lo
mexicano, y no es contradicción, de pura cepa española, a la que me he
referido líneas arriba. No hay más que leer su libro La evolución
política de lberoamérica (Madrid, 1925), que
en rigor fue su tesis doctoral, o sus delicadas y finas Estampas del
pueblo (México, 1933), con la exquisita dedicatoria que dice "a Becerril
de la Sierra: aroma de jara y de tomillo en mis recuerdos", para entender la
naturaleza de aquel estilo.
Por cierto que el primer libro citado se transformó, cuando mi padre era
director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad,
en una bien actualizada edición que se intituló Panorama crítico de
nuestra América (México, Imprenta Universitaria, 1950). Acoto que
Carrancá y Trujillo nunca utilizó la
denominación de "Latinoamérica" para referirse a nuestros países más acá del
río Bravo, sino que, a la usanza de Unamuno,
prefería la de "Iberoamérica", más propia por
nuestras raíces mestizas. Respetaba como nación, como pueblo, a los Estados
Unidos de Norteamérica y siempre alabó sus orígenes históricos, p01íticos y
constitucionales. Admiraba el contenido del Acta de Independencia lamentando
que, con los años, se hubiera desvirtuado en aras de un colonialismo y de un
imperialismo omnipotentes y avasalladores; pero defendía con pasión (véase
La evolución política de lberoamérica y
Panorama crítico de nuestra América) a las naciones iberoamericanas y a
su cultura, a la vez que, como idea y conglomerado histórico y cuando era
necesario, las ponderaba frente al poderío invasor de aquel país. En una
palabra: abogaba por nosotros.
Lo que pasa es que el abogado, el jurista, es como el hombre; y el hombre es
como su cultura. En otras ramas del conocimiento no sucede lo mismo de
manera tan precisa, tan exacta. En consecuencia su corte y perfil de jurista
estaba impregnado de cultura humana. ¿Y qué es tal cultura sino nuestra
naturaleza como humanos, nuestra formación e información? Se suele creer de
manera equivocada que en la obra jurídica no se distingue el temperamento
del autor. Léanse, por ejemplo, los libros de Carrara,
de Calamandrei, de
Carnelutti, de Jiménez de Asúa, para corroborar lo contrario. La
verdad es que en el libro se refleja el alma del autor, aunque la oculte o
quiera ocultarla; igual que en las anécdotas o historias de la vida
cotidiana se refleja esa alma.
Ya referí por qué mi padre no llegó a ocupar un sitial en la Suprema Corte
de Justicia de la Nación. Tampoco fue Gobernador de Yucatán al rechazar la
oferta del Presidente Ávila Camacho para que se postulara al cargo. La
respuesta de mi padre al Presidente fue muy clara: "No soy oriundo de
Yucatán, señor Presidente. Yo nací en Campeche". "Lo podríamos resolver",
contestó el mandatario. "No sería prudente pues yo le podría crear a
usted un problema, aparte del de mi conciencia". El Presidente quedó
impresionado y entonces le ofreció una embajada. Mi padre, dando las
gracias, dijo: "Mi hijo es aún muy joven y debe permanecer en México
haciendo sus estudios. Mi madre es ya muy anciana. Debo estar en mi país
sirviéndolo en lo que usted disponga". Entonces el Presidente lo nombró su
asesor.
¿Son anécdotas las anteriores? Sí, pero ponen de relieve la personalidad de
un hombre. Mucho se usa la palabra integridad para definir a las personas.
No obstante a pocas les queda a la medida. Carrancá
y Trujillo fue íntegro en grado superlativo, congruente con su ética
personal. Dios le dio el don de transmitir esto a su hijo y a sus verdaderos
discípulos. Un día, alrededor de los 60 años de edad, supo que la muerte
física lo acechaba. La indiscreción de una enfermera le reveló la gravedad
del mal. Sin embargo el desenlace no era inmediato e incluso el médico le
dijo que en la ciencia universal se trabajaba arduamente para combatirlo.
¿Qué hizo? Por desgracia (para la Universidad) dejó su cátedra y se dedicó a
viajar en compañía de su segunda esposa, una magnífica mujer, el resto de
vida que le quedaba (diez años); a vivir con intensidad y pasión, con
alegría. Nunca con resignación pero sí con la convicción de que, pasara lo
que pasara, el espíritu pervive, sobrevive y de que la vida es eterna. Me
llevó junto con su esposa a un viaje maravilloso a Europa: Francia, España,
Alemania, Italia, Austria, Holanda, Yugoslavia, Hungría. En París bebió vino
tinto y se alegró hasta la euforia. En Hungría visitamos la joya de
Dubrovnik en la costa dálmata y subimos luego en un automóvil precioso,
pequeño, transparente, los escarpados Montes Cárpatos,
en medio de un esplendor de luces e intensidades atmosféricas. Y en España
me enseñó, sobre todo en Madrid, los sitios y lugares donde vivió,
estudió, conoció a mi madre, departió con sus
maestros y soñó conmigo a la sombra generosa de su amor por mi madre.
Después hizo con su esposa varios viajes, principalmente
a Europa, sin abandonar su obra jurídica y escribiendo,
siempre escribiendo (por ejemplo, durante una larga temporada, en la
sección editorial del periódico Excélsior).
Fruto de ello son dos libros preciosos: Meridianos del mundo y
Odisea. Libros de viaje, de vida, de emoción, de observación asidua y
puntual. No he trazado ni querido trazar aquí el vademécum de su obra
escrita, más de treinta y cinco títulos.
Lo que anhelo lograr en estas líneas, y espero en alguna medida haberlo
logrado, es presentarle al lector el perfil noble y generoso de un gran
maestro. Inteligencia, esmero intelectual, amor mesurado por todo lo bueno
que hay en el mundo. Humildad que no riñó en absoluto con la seguridad en sí
mismo. ¿Soberbia? Según y conforme. Se sentía satisfecho de lo suyo, de lo
propio, aunque nunca creyó haber llegado al final o a la consumación de su
obra. Con moderación se envanecía de sí mismo, de sus prendas, sin
menospreciar en lo mínimo las ajenas. El orgullo era en él satisfacción de
lo conquistado a base de un gran esfuerzo. Guiaba sus apetitos la
prudencia.
Mi abuelo paterno pensaba que hay que levantarse de la mesa con un poco de
hambre y de la cama con un poco de sueño. No saciarse, nunca saciarse. Por
eso la personalidad de Carrancá y Trujillo era
fascinante. Tuvo en la mirada la penetración del que busca y sigue buscando,
del que sabe que hallará lo que busca, del que se asombra. Tuvo en la mirada
la alegría efervescente que estallaba en una risa espontánea, elocuente si
cabe el término, transparente igual que el río que corre. ¡Qué hombre! Dejó
en sus alumnos lo que ya no se suele dejar en ellos: la devoción por el
maestro, el respeto tierno y leal, la admiración sin cortapisas. Dejó en su
hijo lo que en los días que corren es desusado, aunque estoy seguro de que
tarde o temprano ello regresará al espacio del tiempo y de la historia: la
pasión por la continuidad, por la herencia intelectual, la admiración al que
transmite sangre y brío espiritual. Fue alegre y serio, ordenado, meticuloso
y espontáneo. Su sentido de la responsabilidad y del deber era proverbial.
Tal vez sea el amor cargado de reconocimiento, respeto y orgullo compartido,
lo que me lleva a escribir lo anterior. Hay un espíritu universal que bulle
entre el espacio y el tiempo. A veces penetra en un hombre con más fuerza y
brío que en otros, lo distingue y caracteriza.
No hay por qué sorprenderse de que ese espíritu recorra la que llamamos
historia. Lo pudo haber tenido un hombre registrado con lauros por ésta o un
hombre aparentemente insignificante. En este sentido la historia es
democrática. Carrancá y Trujillo lo tuvo, y doy
como prueba de mis palabras el testimonio de su obra escrita. No me quiero
regodear, que probablemente muy justo y explicable seria, en los aspectos
técnico-jurídicos de su enorme esfuerzo intelectual. Buscaba la sencillez en
la ley, su alma, y proponía en los códigos el discernimiento claro que no
excluye doctrinas ni teorías, a condición de que no la atosiguen ni
obstruyan en su interpretación.
Mi padre fue universitario por los cuatro costados, y sobre esto aprovecho
la oportunidad para decir algo. Universitario es equivalente a universal,
pero no en el sentido de abarcarlo todo en proporciones enciclopédicas, sino
en el de la selección y escrupuloso trasegar del vino de la vida y de la
ciencia. No lo envaneció el método universitario, su disciplina y rigor;
pero lo considero imprescindible para que el torrente del pensamiento no se
acumulara infructuosamente. Tuvo en la cultura un punto de apoyo y de
referencia que jamás impidió el espontáneo fluir de sus ideas. Su
refinamiento espiritual fue el resultado de su educación. Hombre de su
tiempo y con la vista siempre alerta hacia el futuro, su condición de
abogado postulante, en ejercicio abierto de su profesión, lo llevó a litigar
con enorme prestigio en los Tribunales. Sabía que el Derecho es una lucha y
no disociaba la teoría de la realidad. La apretada técnica de la dogmática
jurídico-penal no lo hizo perder el rumbo en cuanto al aspecto humano de
esta disciplina. Su cultura, el dominio de su ciencia, su apertura de alma,
fraguaron su personalidad hasta el grado de lo impecable en este sentido.
Era un hombre bueno sin ser ingenuo. Por lo mismo jamás cayó en la
ampulosidad del profesor temible, exigente hasta la crueldad y, en suma,
odioso. Su relación con los alumnos era tersa, dinámica. Amaba el diálogo y
la ironía alegre que corta el hilo de la indiferencia. Insisto:
universitario de pura cepa sin engreimiento. Valiente, sin ser temerario.
Fuerte de cuerpo y de espíritu, templado en el dolor, que nunca lo abatió.
Él se describía como una especie de francotirador, de liberal en el más
depurado sentido del término: de amante de la libertad. No formó partido ni
grupo ni escuadra alguna. ¿Estuvo solo? Estuvo consigo mismo y con los que
lo amamos, escuchamos y comprendimos. Es suficiente. Jamás se comportó con
pedantería acartonada. No se aisló de sus semejantes, afines o desafines.
Nunca improvisó como recurso de la ignorancia o de la mala fe. Nunca usurpó
el cargo o el derecho de nadie. Tuvo un sitio propio, señero.
Y
todo esto, absolutamente todo, 10 vertió en el Derecho. Fue un alma
integrada a un cuerpo y un cuerpo integrado al Derecho. Fue un hombre. Lo
confirma su carrera de profesor en ejercicio de una cátedra, 10 mismo en la
licenciatura que en el doctorado, del que fue fundador. ¡Qué gran falta
hacen los grandes maestros! Los verdaderos, que poseen abolengo y clase.
Desde luego que los hay, los tenemos. ¡Pero qué gran falta hacen! Y como
hijo de mi Alma Mater añado que hacen
falta Maestros (con mayúscula) de nuestra Universidad y en nuestra
Universidad, pública, popular, acrisolada por el tiempo, al servicio del
pueblo y no de una clase, de una empresa o de un interés ajeno a la
idiosincrasia del país. Mi padre, en su precioso libro Momentos estelares
de la Universidad, cita a don Justo Sierra, campechano también, quien a
su vez dijo 10 siguiente una mañana luminosa, la del 22 de septiembre de
1910:
No será la Universidad una persona destinada a no separar los ojos del
telescopio o del microscopio, aunque en tomo a ella una nación se
desorganice; no la sorprenderá la toma de Constantinopla discutiendo sobre
la naturaleza de la luz del Tabor... Nosotros decimos: sois un grupo de
perpetua selección dentro de la substancia
popular y tenéis e!1comendada la realización de
un ideal político y social que se resume así: democracia y libertad...
Por eso también con el maestro don Justo Sierra podemos exclamar:
Somos de pura sangre plebeya, como lo somos todos los que ignoramos
quiénes son nuestros tatarabuelos y tenemos por ancestro un solo gran
abuelo anónimo. el pueblo; nuestro_' titulas
tienen que ser los merecimientos de nuestros padres, las virtudes de
nuestras ejecutorias: la veneración de su recuerdo nuestra propia nobleza.
Tal es nuestra Universidad pública: excelsa, con más de cuatro siglos y
medio de historia. Lástima que la "pura sangre plebeya" haya llevado la
plebeyez hasta la villanía extrema, con voluntad de lastimar la herencia de
siglos. Lástima, porque de ello se han aprovechado los detractores de la
Universidad para ensalzar otros intereses académicos que sirven mejor al
extranjero que a nosotros. Y también se han aprovechado los gobernantes
empresariales que ven en ella un peligro para su política
globalizadora. ¡Qué gran falta hacen los grandes
maestros! No los que traen y llevan la cultura engastada en oro reluciente,
para sólo lucirla embriagados de amor propio.
Añado a estas líneas de homenaje al maestro Raúl
Carrancá y Trujillo contando algo que, a manera de cuadro
impresionista, llevo siempre en la memoria del corazón y que espero le sirva
de algo al lector. Ya dije antes que, como Juez de primera instancia
en el proceso en contra de Ramón Mercader del Río, asesino de León
Trotsky, invocó y aplicó los artículos 51 y 52
del Código Penal, además de que tuvo trato directo con la víctima
agonizante, que aún pudo declarar, y obviamente con el victimario. Mercader
del Río se hallaba tras las rejas y el Juez lo interrogaba. Yo era un niño y
me encontraba en un rincón mirando con ojos atónitos, pero la memoria guarda
lo que la impresiona y lo añeja con el paso del tiempo. Juez impecable,
probo y sabio, jamás se atuvo exclusivamente a los infolios, al contenido de
los autos. Su trato con el individuo sujeto a proceso fue siempre directo,
personal, aun en su calidad de Juez y de Magistrado. Me consta que
Mercader del Río lo respetó. El diálogo entre ellos, y esto se lo oí contar
a mi padre muchas veces, era fluido, natural, espontáneo. En los
interrogatorios judiciales no hubo nunca nada ajeno al Derecho, a la ley y a
la justicia. No lo digo porque se haya tratado de mi padre, sino porque hay
debidas constancias de ello.
De este modo fue modelo impecable de abogado, maestro, tratadista y
funcionario judicial, que el paso del tiempo debe resguardar en contra de la
tecnología, del apresuramiento, de la burocracia y de la macrocefalia de
asuntos a que se somete hoy al juzgador; modelo impecable asimismo de un
proceder absolutamente ajeno a cualquier clase de presión. Séneca, en sus
Epístolas, concretamente en la sexta, dijo lo siguiente: "Largo es el
camino de la enseñanza por medio de teorías; breve y eficaz por medio de
ejemplos". Raúl Carrancá y Trujillo fue durante
su existencia un ejemplo viviente, un ejemplo admirable de alegría, bondad y
estudio. De inteligencia enorme, aguda y alerta, oportuna, sus teorías no
son un cúmulo de preceptos dogmáticos, crípticos e inflexibles, sino de
príncipios que en su constante mutabilidad -el
Derecho es dialéctico- se afinan y definen mejor. Por eso perduran. Nunca
buscó las fórmulas sino el contenido de ellas. Nunca se afilió a las
etiquetas que definen elaboradas lucubraciones, hoy tan de moda. Y a
propósito de moda nunca creyó que la moda existiera en el Derecho. Jamás
practicó el embalsamamiento de las ideas- y de las tesis. Fue discípulo de
un jurista excepcional, Luis Jiménez de Asúa, y de él aprendió el valor de
la intuición jurídica. El Derecho se hace como la música, pensándolo y
sintiéndolo. No hay Justicia sin hombre justo, porque no hay tampoco otra
manera de aplicada. Fue justo, humanamente justo y por lo tanto sujeto a la
perfectibilidad en cada una de sus acciones y decisiones.
Cuando era Presidente del Tribunal Superior de Justicia del Distrito
Federal, mandó imprimir, con bella viñeta de Santos
Balmori, los memorables consejos de Don Quijote a Sancho Panza cuando
fue a gobernar la ínsula Barataria, y los
obsequió a sus colegas Magistrados en las Navidades. Se trata de verdaderos
mandamientos del abogado, a la manera de los de Hipócrates con los médicos.
Entre ellos resalta el que dice así: "Aunque los atributos de Dios todos son
iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el
de la Justicia". Doy por descontado que al margen de sus estudios
salmantinos Cervantes no apreció que la Justicia es poca cosa sin la
misericordia y que en rigor se identifican. Pero es otro asunto que no
viene precisamente a cuento.
Lo importante es resaltar aquí la vocación humanista del maestro
Carrancá y Trujillo, hoy tan extraviada en medio
de programas y más programas de estudio que acorazan el Derecho, y hasta lo
anquilosan, en demérito de su hondura y su dimensión trascendente. Por
ejemplo, él no creyó, aunque no se aplicara entonces la palabra, en la
globalización del Derecho. ¿Qué es eso? ¿De qué se trata? Ni creyó tampoco
en la importación a ultranza de doctrinas o de leyes. Desde luego hay
influencias, aceptables a condición de que no destruyan la iniciativa
intelectual propia.
Ahora bien, si cabe el término, las ideas requieren un andamiaje
intelectual, un apoyo que las vincule a unas con otras, que las enlace, que
las sostenga y relacione. La idea jurídica es en realidad simple, por más
que se le busquen entresijos inextricables. Es la idea de la Justicia, de
dar a cada quien lo suyo, de respetar lo ajeno. La cultura, el refinamiento
cultural, su aroma, su atmósfera, envuelven como un velo sutil y
transparente, mágicamente luminoso, aquellas ideas. Les dan tono. Y como la
cultura sin el hombre es entelequia, resulta que cuando ambos se juntan se
llama humanismo. Eso fue mi padre y así enseñó el Derecho.
Me referí líneas atrás a la globalización. Se han globalizado sin duda los
intereses y bienes a proteger por el Derecho positivo. Pero no se puede
renunciar, lo que quisieran los más conspicuos representantes del
pragmatismo jurídico allende el Bravo, a la potestad y soberanía, es decir,
a la individualidad e independencia jurídicas. No se puede ni se debe.
Carrancá y Trujillo fue modelo de estudioso y
estudiante en España, pero nunca clavó lanzas jurídicas en tierra que no
fuera la suya. Sirvió a una universidad con más de 450 años de historia a
cuestas. A nuestra universidad. Creyó en ella y nos hizo a sus alumnos creer
en ella. Su profunda preparación intelectual mereció elogios del más alto
nivel. Su maestro, Jiménez de Asúa, escribió en la parte final de su
Derecho Penal:
Destacan en Raúl Carrancá su magnífico estilo
literario y sus facultades creativas. Su obra más importante es el
Derecho Penal Mexicano. En un grueso volumen está desenvuelta toda la
"Parte General". Tiene el insuperable mérito de haber sido el primer
Tratado en Iberoamérica que, con sistema
moderno, expone la Dogmática Penal. Los caracteres del delito
-especialmente la tipicidad- eran desconocidos en su actual estructura
para los Hispanoamericanos; al menos no se
habían organizado en un libro de conjunto... pero el inmarcesible honor
de las prioridades nadie debe disputábaselo a
Carrancá. El Derecho Penal Mexicano de Raúl
Carrancá y Trujillo constituye uno de los
cuatro grandes Tratados de nuestra disciplina, en lengua española.
Y
Mariano Jiménez Huerta, tratadista ilustre en la Parte Especial de nuestra
disciplina, dice a su vez: en esa misma obra
México tiene ya su Tratado de Derecho Penal... La obra está a la altura
del maestro. En ella la galanura de la forma sintoniza con la profundidad
del pensamiento; las exigencias de la técnica del moderno Derecho Penal
están expuestas con tan superlativa elegancia y con tan
peculiarísimo estilo, que en la pluma de
Carrancá y Trujillo
dijérase que adquieren figura y color estético, plenos de elegancia
de dicción. Trátase, en una palabra, de una
obra fundamental para el estudio y conocimiento del Derecho Punitivo.
Como se puede apreciar destacan dos elementos en las anteriores reseñas: la
alusión al estilo literario y a la mente creadora del autor junto con el
enorme valor jurídico de su Tratado como obra que abre surco. Al efecto creo
con profunda certidumbre que la escuela de Carrancá
y Trujillo en México debe retomar aliento ante la presencia de un Derecho
Penal de ocasión, de circunstancia, en el que se ignoran la amplitud de las
opciones intelectuales tanto como la cultura expresada en la elegancia del
estilo literario. Además al exaltar con ofuscación la investigación europea
en la materia, por ejemplo, se pierde de vista que ésta es un paso precedido
por otros, así como anticipo de subsecuentes. Y si uno se detiene aquí,
aferrado a ello, nulifica el propio don creativo. Claro, éste es un vicio de
la incultura, de la insensibilidad y de la falta de proyección humanista. Es
un vicio de inmadurez.
Por eso veo muy clara la herencia y presencia de la obra jurídica del
maestro Raúl Carrancá y Trujillo: el Derecho es
una expresión depurada del humanismo cultural. El Derecho Penal lo es aún
más, lo debe ser, por su contenido existencial y vital, razón por la que
todo aquello que niegue las fuentes anteriores deteriora la grandeza del
Derecho. Por último el Derecho es palabra, verbo jurídico puro. En
consecuencia cuando un maestro como Raúl Carrancá
y Trujillo domina la palabra hablada y escrita, el Derecho se convierte en
su pluma y en sus labios virtud esencial del espíritu.
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